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Carlos-Enrique Ruiz: Los signos de la espera. Edición de la Revista Aleph, Manizales, Col., 2008

 

Un centenar de poemas, incisivamente titulados con una sola palabra, componen este libro que asegura la constante labor del poeta colombiano. Ellos se asientan en el hilo conductor de una conciencia alerta, abierta al entorno y al mundo en actitud predominantemente reflexiva, que hace lugar a instantes de contemplación.

Ruiz, Carlos-Enrique. Los signos de la espera. Ed. Revista Aleph, Manizales 2008;  110 pp.


“Los signos de la espera” son los de la ansiedad, el deseo, la duda, la fugaz felicidad, la desesperanza.  Me viene a la memoria una frase del poeta argentino Enrique Molina cuando decía: Toda poesía es tantálica, expresa la  sed interminable del ser humano. No se trata sólo, obviamente, de una sed de conocimiento, sino, al  fondo, de  una sed de  realización  y de ser.

En ciertos momentos se impone en estos breves poemas la interrogación, que no sobrepasa los límites de la contención afectiva; en otros  asoma una serenidad inusual acompañada de  la felicidad contemplativa. La respuesta llega en forma de fusión con la belleza.

Hay en el escritor una conciencia fenomenológica que produce a menudo la suspensión del tiempo, y con ello la distensión de la espera.  Vemos surgir allí las imágenes del agua, la montaña, los árboles, las flores, no sólo captados en su concretez sino en su dimensión  simbólica, como figuras del Ser y la eternidad, a las cuales tiende el alma anhelante.  Esos instantes, que diluyen la frontera sujeto-objeto,  son mínimos en el libro pero alcanzan a completar su dimensión meditativa y reflexiva.

Se despliega  una conciencia crítica, opinante, que hace el balance negativo de la vida actual, la crítica de la sociedad trivial y consumista, señalando el olvido de la tradición  histórica y  axiológica, en suma, la reducción de la  memoria a huellas y rastros, como diría Jacques Derrida, cuya lectura se nos presenta como  un posible apoyo de muchas páginas.   La vida espiritual queda aludida o insinuada desde ese nivel de escepticismo crítico. Algún toque de humor aligera  la grave  apreciación del poeta,  que examina la complejidad de opuestos : vida cotidiana y extrañamiento,  pertenencia y fuga,  vida-muerte.    Sobrevuela y se hace explícita en el libro la noción gnóstica de cautiverio en el tiempo.  Se expresa el rechazo a la vida inauténtica, las rutinas,  todo aquello que “opaca la música de lo que vive”. Constata la mutación de las especies,  y parece aguardar la mutación del hombre, ante la ruina y la condena de su habitat. Advierte, en medio del “desencantamiento” de que hablaba Max Weber,  el valor terapéutico de la piedad y el amor.   Se haría necesario, insinúa, tomar la vía heideggeriana de recreación del habitat,  tras la decisión de morar en el mundo.

El agua y el viento se presentan en el texto  como imágenes constantes,  portadoras de la contenida afectividad y espiritualidad del poeta, o bien de una sacralidad no expresa.   El color, la luz, el silencio, son menciones constantes en igual dirección.  Los dioses huyeron, y sólo queda el hombre a la intemperie, enfrentado al misterio cósmico y a la aporía de su destino.  Las noches son escenario de una batalla permanente entre razón y emocionalidad,  desencanto que avanza y moderado arraigo en el cosmos, batalla que podemos considerar como un modo de fe,  ajeno a dogmas y respuestas cómodas

El poeta afronta la lucha indeclinable del día a día, transformando su poemario en una especie de diario poético, escrito con un rico y preciso lenguaje – que incluye algunos vocablos inusuales,  al menos en el Sur del continente  -  y remite a un marco de pensamiento clásico y moderno. 

Como no podía dejar de producirse, la poesía de Carlos-Enrique Ruiz incluye su poética, afirmando a cada paso su respeto por la palabra a la que considera ligada al silencio y a la música. Señalo ciertos pasajes de excesiva abstracción – propios de un hombre que ha trabajado en el ámbito  de las ciencias, y algunos tramos herméticos o cifrados,  poco accesibles al lector, pero felizmente no son sino unos pocos momentos de este libro incitante,  que avanza sobre vías de contemplación y reflexión profunda, y aborda una expresión propia y original.

La mirada atraviesa instancias arqueológicas,  visiones de pueblos americanos destruidos, cuadros históricos apenas aludidos por metáforas de naufragio, o imágenes de neblinas que vuelan.  Cuando habla de las montañas de quebrada hermosura me parece visualizar  el horizonte montañoso de Manizales, sus “campos de bejucales y rastrojos”;  pero su poesía no es descriptiva, enlaza singularmente el entorno geográfico con los procesos de la interioridad, dando cuenta de percepciones, afectos e ideas que surcan continuamente el escenario de la  mente en vigilia.  Da cuenta de sonidos, de voces, de silencios.  El orden musical, si bien no ha sido incorporado visiblemente a la expresión, es mencionado por el poeta como un fondo constante de la misma.  Nos habla de “sonidos de encuentro/ en pentagramas cósmicos”. Son “pausas en el fragor” que hacen posible el vivir.

Las inscripciones de este “diario poético” anotician tanto de los momentos de felicidad y plenitud como de aquellos otros desangelados y vacíos. Esto  confiere  al libro una continua alternancia que hace su vivacidad y realismo psicológico, liberándolo de propuestas idealizantes. 

La suspensión del tiempo  hace posible la percepción intensificada,  la presentificación  de algunos momentos del pasado, la relativa ampliación de la racionalidad  hacia una razón ampliada, fulgurante, poética. En este libro no hay solamente signos de espera; hay también signos de advenimiento espiritual. Debo agradecer a Carlos-Enrique Ruiz esta labor continua desde la entraña del lenguaje y el sentido, esta continuidad del quehacer poético que para muchos de nosotros es un camino insoslayable.


Buenos Aires, 5 de febrero de 2009

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