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Recorrido de sueños y laberintos

Proemio del poemario "Los caminos recrudecen la espera", de Carlos-Enrique Ruiz. Ed. Revista Aleph, No. 11, Manizales 2012; 150 pp.

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    ISBN: 978-958-46-1445-2
        Catalogación BLAA:
       Co861.6cd21ed./A1372143
                               
Edición virtual (colaboración de NTC), enlace:

http://es.calameo.com/read/000948328515f77d961f4

                

 ¡Qué pasos andados y desandados! ¡Qué caminos derechos y torcidos tuvo que caminar el poeta para descubrir los ríos ocultos de los ires y venires del mundo!


¡Qué eventos sucedidos en qué tierra de oscuros desatinos produjo que los ojos se fijaran en los pies que buscan lugares escondidos, donde detener su camino y mudar el lugar sin negar el origen!

¡Qué estrella señaló nuevos derroteros para marcar entre ellos el sitio del arraigo en un nuevo lugar, dejando atrás hogares que serán en sueños recordados! ¡Qué oídos fueron necesarios para escuchar el dilema para fijar el sitio entre la duda y la certeza, como quien lanza un dardo hacia un destino fijo, con la venda en los ojos y la mira en un efímero espejismo!

¡Saber mirar! ¡Saber oír! Escuchar las voces que se han ido y que regresan. ¡Escuchar los cantos, los gemidos, la lucha de los depredadores y las presas! Sólo un poeta tiene esas capacidades, un Carlos-Enrique Ruiz que conversa con las sombras, con las luces, con las cigarras y los grillos, con aquellos que se fueron y aquellos que volvieron, consigo mismo en la penumbra de los entresijos de los nidos. Que dialoga con la piedra y el tiempo, con el agua y el río. Con el árbol y el gusano que quieren ser oídos.

El poeta dice que “cuando el tiempo se deje de sí mismo, los espejos alcanzarán la duración del símbolo”.  Ese tiempo es la “canción del destierro en la simiente del retorno”, es la historia que nos acecha desde atrás de nosotros, desde el pasado intemporal, y Carlos-Enrique Ruiz nos lo dice con la visión del poeta que, como un dios, mira el mundo total, sin dejar de observar el vaivén de cada arena que es arrastrada por el impulso de las olas sobre la playa virtual de la conciencia.

¡Qué emociones en el poeta pudieron despertar las mariposas heridas en su viajar por los espacios milenarios del dolor y el olvido, de la nostalgia y del penar  sin sentido!

¡Qué decir del rencor que nace entre la bruma del desterrado y que el poeta recoge en palabras que son cuchillos para amedrentar al miedo! ¡Qué decir de la sumisión que en la falsa luminosidad del regreso, aturde al orgullo y embrolla la congruencia! El poeta descubre en esa desolación, las quimeras que han de ser desechadas para hacer que la ilusión se cumpla en el silencio de la palabra impronunciada, “con meditaciones cargadas de espera”. El poeta va y viene deslizándose sobre el tema del destierro: La partida y el regreso, los que esperan a los que se van, los que vuelven y los que esperan lo que no quiere volver: la esperanza. Sobre el tema del amor y de la agonía. La voz poética no sólo expresa, exprime el tema del peregrinar del ser en su dimensión humana, privada y social, hasta su globalización en un mundo que añora el transcurrir sin fugas ni retornos, sin dudas ni acertijos, cuando se vive en la convivencia de la fraternidad y de la paz.

El libro es una suma de ires y venires por las rutas del mundo: de la concordia a la disputa, de la disputa a la concordia; del destello a la oscuridad y de la oscuridad al destello.

El poeta es un espectador del recorrer de la Humanidad por “los caminos tortuosos de la vida” que revela las búsquedas de diálogo, de las “realidades de la ilusión” que imponen la clausura “en ese caminar despavorido” de los amantes, los enemigos, los paseantes, los viajeros.

El poeta nos enfrenta a la dureza de la piedra, a la blandura del agua; a la solidez del dolor y a lo efímero de la felicidad. Su voz penetra en la cóncava palabra de los amantes y en la plegaria de las estrellas. Analiza la invertebrada columna del amor, con sus despertares y sus insomnios, sus desavenencias y sus reencuentros, con sus “instantes de abandono de los dioses”.

El poeta recorre los sueños, los laberintos de la vida, los campos de cosecha, los rituales. Todo  camino, toda acción humana, toda emoción, toda duda y todo descubrimiento son analizados, recorridos en disección continua por la voz poética que suma y resta, verifica y concluye; en ilusión de encontrar la piedra angular de la esperanza; en el ansia de deshacer  “la crueldad que merodea en espacios íntimos de las rocas y los dinosaurios”.

El mundo heredado nos marca como a la res el hierro, así, el poeta quiere voltear de revés los caminos, para lograr que no se recrudezca la espera en un mundo más confiable, por ello escudriña “el claroscuro de la vida”, para hacer estallar “la ceremonia de pañuelos blancos”, la cibernética y el dolor del gusano que clama en un grito invadido de agonía, por ser escuchado.

Talvez lo que Carlos-Enrique Ruiz nos está pidiendo en este poemario es que no pensemos que todo está perdido; que debemos escuchar al gusano, a la piedra, al árbol, al cristal y a la porcelana y no dejarlos morir. Si las puertas parecen todas cerradas, aunque los caminos recrudezcan la espera, de nosotros depende abrir al menos una: la puerta de la esperanza.


Cuernavaca, 22 de octubre de 2012

 

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