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Los orígenes de la Revista Aleph (1966-2016: ¡50 Años!)

Estamos reunidos para celebrar, en el ámbito de la cultura, un acontecimiento nacional de primer orden; nada menos que el arribo de la Revista Aleph a los cincuenta años de aparición de su primer número que la convierte en una de las más antiguas publicaciones culturales del continente. Además, hacer un merecido reconocimiento a su fundador y director Carlos Enrique Ruiz, quien, con Livia, su compañera de siempre, con insistencia y una generosidad sin límites han mantenido viva y abierta esa casa maravillosa habitada por buenos fantasmas, espíritus libres y palabras creadoras de universos humanos insospechados. Animada a la vez por la esperanza de estar cultivando las mejores expresiones de la condición humana.

Sobre el origen del nombre habrá tiempo de hablar más extensamente, pero es importante recordar su doble connotación, por una parte, la borgiana según la cual “es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, y por otra, su referencia a la teoría matemática de los transfinitos. Lo cierto del caso es que desde el mismo momento en el que un joven estudiante de ingeniería, Carlos Enrique Ruíz, secundado por algunos de sus compañeros, lo adoptó en  1966 como nombre de una nueva publicación cultural que fundaba, fue el anuncio de la atracción que sobre él ejercían todas las realizaciones de la cultura y el sueño de ver unidos el arte y la ciencia, la técnica y las humanidades. Y es que aquel joven universitario, asistente también a clases de filosofía en la Universidad de Caldas, inició en 1966 la gran aventura de Aleph con el interés de que al mismo tiempo fuera la expresión tanto del ámbito científico técnico como el del pensamiento, las artes y las letras. El primer número quedó en vilo durante cinco años, después de que Carlos Enrique se graduó como ingeniero e inició la propia lucha por la vida. En 1971 regresó a la Universidad Nacional (Sede Manizales) a vincularse como profesor y retomó su retoño que a partir del segundo número, aparecido en 1972, hasta hoy adquiere una dimensión cultural entonces insospechada. Es lo que ocurre siempre con las grandes obras. De manera simultánea ese año de 1972 emprendió además una empresa que también se tornó descomunal y menos conocida que Aleph, pero no por ello menos importante en el área técnica. Fundó el Boletín de Vías dedicado a temas técnicos como vías, transporte y geotecnia, que al momento de la publicación de su último número, el  101 en el 2006, alcanzó 32 años de  existencia.

 Recordaba con ello que también el joven Nietzsche, iniciando apenas su carrera docente en la U de Basilea, vivió una tensión semejante que lo llevó a confesarle a un amigo suyo “La ciencia, el arte y la filosofía crecen ahora tan juntos en mí que algún día voy a parir centauros” (1870, carta a Rodhe). Carlos Enrique con Aleph no temía parir Centauros, solo quería, según él, promover una cultura crítica que estuviera “bajo la dirección de la ciencia” (cfr Aleph, N° 5, junio de 1973, pp. 9-11). Quizás no vio que seguía situando la ciencia por encima de la cultura como si ella misma no fuese una de sus varias manifestaciones. Tanta confianza puesta en el papel hegemónico de la ciencia era el resultado natural de alguien formado en una profesión técnica, aunque seducido desde su época de colegio por las humanidades. Por eso en los primeros cinco números aparecieron colaboraciones de interés técnico científico al lado de ensayos, partituras musicales, poemas y cuentos. A partir del número 6, editado a comienzos de 1974, la revista fue otra cosa distinta, según lo muestran tres rasgos muy significativos para su historia. 1° Tomó decididamente el carácter cultural y humanístico con el que hoy la identificamos, porque su director la liberó de cargar con la pesada responsabilidad de ser al mismo tiempo expresión de la mirada científico técnica y también de las humanidades, pero, cual si fuese en realidad un temido Centauro, sin que en ella todavía lograran mirarse las caras ambas tradiciones culturales dado que cada una seguía constituyendo un ámbito aparte que aún no conseguía entrar en diálogo fructífero con el otro. Aleph comienza con el N° 6 a presentar en el mismo rango de importancia las ciencias, las artes y las humanidades y las pone, sin complejos, a dialogar entre ellas.

2° Como resultado de la represión ejercida desde Bogotá por la rectoría de la Universidad Nacional que llegó para el momento, la revista fue considerada subversiva y por ello se le retiró el respaldo institucional. Entonces Carlos Enrique y Livia la adoptan con el amor entrañable y dedicación que merece un hijo. La portada del número 6 tomó como base un diseño gráfico de una firma chilena “Vicho & Toño Larrea”, cuya adaptación para la revista la hizo uno de sus colegas profesores de la Universidad Nacional, arquitecto Santiago Moreno; en ella se muestra un estudiante con una mano levantada y el puño cerrado en señal de protesta y con la otra mano agarrando libros. Tal motivo se repite pleno hasta el número 9 y después durante 14 años, hasta inicios de la década de los 90, se conserva en segundo plano en las márgenes inferiores de las portadas, unas pocas veces en las superiores, hasta desaparecer del todo.

3° Como para que no queden dudas del espíritu tesonero, quijotesco con el pleno sentido de la palabra, del poeta Carlos Enrique y Livia, y como si no fuese suficiente carga asumir los costos económicos y la responsabilidad personal de garantizar la vida de Aleph, pasó de tener una periodicidad anual a una cuatrimestral y finalmente trimestral, lo cual significó que desde entonces hasta hoy, no se edita un número por año sino cuatro.

Podemos afirmar, por tanto, que a partir del número 6 del cuatrimestre enero abril de 1974, la revista Aleph adquirió plena identidad y asumió, sin concesiones, el sendero del libre pensamiento y la vocación de echar mano de la fuerza liberadora y transformadora del arte y la poesía, de la ciencia y la filosofía. En general, del más hondo humanismo que alimenta las ansias de vivir humanamente “sin perspectiva de trascendencia” como afirma Carlos Enrique Ruiz, lo cual quiere decir sin formalismos académicos. Con ello hace manifiesta su deuda espiritual con Michel de Montaigne, uno de los personajes que con Sócrates y el Quijote, conforman la trilogía de símbolos maravillosos que más inspiran las páginas de Aleph, convocados siempre por la evocación borgiana.

Justamente, y a partir de otra acepción que menciona Borges según la cual el término Aleph también significa “la ilimitada y pura divinidad”, se me ocurre pensar en la constelación de los dioses olímpicos, cuyos ojos escrutadores miran el mundo desde todas las perspectivas sin que ninguna en particular se imponga sobre las otras. Quizás es ese espíritu de libertad y pluralismo lo que ha hecho que la revista Aleph constituya una de las fortalezas culturales de Colombia que admirablemente aún sobreviven en medio de la barbarie, para que no sucumbamos ante la desmesura a la que han llegado muchos hombres de corazón de piedra que, a través de la historia y siempre, aparecen para causar grandes sufrimientos y someter a los peores vejámenes a sus semejantes.

“Los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar” decía Homero en el canto VIII de la Odisea (Borges Inquisiones, “Del culto de los libros”). Sean dioses u hombres de piedra quienes tejen las desdichas que nos llegan, para poder confrontarlos y vivir en medio de ellas necesitamos contar con la posibilidad de transfigurar el sufrimiento en metáforas, en imágenes, en discursos que nos hagan creer en que por fin comprendemos lo incomprensible, en cantos que atenúen el dolor y alegren la tristeza. Y el lugar apropiado para esa transfiguración es justamente lo que la revista Aleph nos viene ofreciendo desde hace 50 años, lugar que Carlos Enrique y Livia heroica y amorosamente mantienen en pie, para que por igual celebremos la vida compartida todos los días con los demás.

Cómo no estar, entonces, hondamente agradecidos con ellos, quienes en Aleph mantienen la esperanza de que la sociedad siempre encontrará abierta la posibilidad de poder cultivar las mejores manifestaciones de la condición humana y además de que quienes se empecinan en defender toda forma de barbarie tengan la opción de descargarla no en el mundo real y en sus semejantes de carne y hueso, sino en el personaje de ficción, en la muerte imaginada, en la imagen tallada en piedra o fijada en el dibujo y la pintura. Vale decir, en que el poder de destruir se convierta en poder creativo. Aunque no deja de inquietarnos una pregunta final de Borges: “¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?”

 

                            "29 Feria Internacional del Libro", Bogotá, 22 de abril de 2016

 

 

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