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ISSN 0120-0216
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Mingobierno

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"Soy, ante todo, profesor"

 

Escribe desde los tiempos de la cartilla “La alegría de leer”. Su vida está inmersa en la Poesía. Michel de Montaigne, Albert Einstein y Confucio entre sus paradigmas. La vida académica lo sedujo desde temprano. Estudió Ingeniería Civil por un imperativo del destino. Los libros lo retienen y la Revista Aleph es una obsesión. Humanitarismo.


Cerca de 12 mil libros al igual que varias tallas del maestro Guillermo Botero, una colección de Quijotes, numerosas pinturas y dibujos que han sido portada de la revista Aleph, y la amabilidad de los anfitriones es lo que se encuentra uno al entrar a la casa de profesor Carlos-Enrique Ruiz y su esposa Livia.
En medio de este ambiente de cultura y de amistad, Papel Salmón dialogó con el profesor Ruiz.

-¿Cómo se inició en la poesía y en la narrativa?

Me inicié en la vida, como es apenas natural, desde el vientre de mi madre, y en esa vida venía involucrado mi acontecer, con las improntas que se han ido evidenciando en el transcurrir propio de los días. Resulté escribiendo desde los tiempos de la cartilla la “Alegría de leer” [de Evangelista Quintana], al amparo de mi maestra de primeras letras, la señorita Margarita, que devino en la matrona doña Margoth Gómez de Hurtado. Por otra parte, con las dificultades de sobrevivencia de la familia, había, paradójicamente, estímulos para la imaginación. Y mi tía más cercana, María de Jesús Martina Ruiz y Mejía, de vocación monarquista, tuvo antenas de lecturas y de fascinaciones que me fueron enriqueciendo la ruta en la niñez. Y poesía es la vida, como continua creación, en proceso de hallazgos insospechados y de fascinaciones sin remedio.

-¿El humanismo siempre ha estado presente en su vida, en su trabajo y escritura?

En la tradición de la Cultura, humanismo es expresión en casos circunscrita a una formación clásica, de raíces griega y latina, con apogeo renacentista. En mí, con modestia, esas ventanas las conservo abiertas, con las motivaciones que tuve en el bachillerato del profesor Bernardo Trejos-Arcila, con quien accedí a campos deslumbrantes en la historia de la Cultura, con la filosofía, las lenguas clásicas y modernas, y el sentido de disfrute por las artes, proceso que he acentuado en las continuadas lecturas desde entonces, y en el vagar por el mundo. Quizá, en mi caso, la situación sea más de “humanitarismo”, por el sentido de humanidad que me acompaña, en la convicción que la solidaridad es el mejor remedio para los grandes males de las colectividades humanas.

-¿Cuáles escritores, filósofos o humanistas han influido en usted?

Las influencias podrán ser debidas a los autores que han terminado por acompañarnos en la vida, desde temprano, o que incorporados en algún momento no cesan de estar a nuestro lado. Comienzo por Cervantes con su Quijote, que de niño descubrí de la editorial Tor, en rústica, en un puesto de libros viejos del pabellón de verduras de la galería, y que se ha multiplicado con otras ediciones y fructificado en trabajo que hice con estudiantes de mi “Cátedra Aleph” en la UN, con resultado en edición monográfica de la revista Aleph (No. 129/130, 2004).
Después apareció en mi camino Michel de Montaigne, a cuyos ensayos accedí de estudiante universitario de la mano de nuestro Decano Magnífico, el ingeniero y arquitecto Alfonso Carvajal-Escobar; autor del que aprendí que la vida es vana y que no valen la pena los oropeles terrenales, apenas sí los valores incorporados en la Cultura desde los antiguos griegos y latinos, con un tono de recatado escepticismo. Los Ensayos de Montaigne, en sus tres volúmenes me siguen acompañando, en variadas ediciones.
En el bachillerato, al lado de Toño Mejía-Gutiérrez, me acerqué a la poesía de Fernando Mejía-Mejía, con su “Inicial estación”, que leíamos en voz alta paseándonos por la terraza del recién inaugurado edificio de nuestro Instituto Universitario de Caldas, y continué estando cerca de aquel poeta y de su obra, hasta configurarse en su integralidad, de tono dramático-existencial, que no deja de asomarse en nuestro espíritu. También tuve temprano asomo de la poesía de Maruja Vieira, de quien, por determinadas circunstancias, su voz tenía eco en familia, ante todo por la tía aquella que mencioné al principio. Obra que de igual modo he seguido con atención.
En niveles más amplios me acompañan obras de poetas colombianos como Matilde Espinosa, sobre quien concluí reciente un trabajo para libro sobre su vida y su obra; Fernando Charry-Lara, para mí el más hondo poeta de la modernidad en Colombia, de obra breve, exigida, un tanto hermética y de voz para la intimidad, de cuya obra me ocupé en mi lectura de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua. Han quedado también conmigo León de Greiff, Aurelio Arturo, y otros muy pocos. En un plano universal están intrincados en mi vida Antonio Machado, Luis Cernuda, el Neruda de “Residencia en la Tierra”, César Vallejo, Fernando Pessoa (como poeta, pensador y doliente sentidor), Alfonso Reyes (como poeta y ensayista), Miguel de Unamuno, Borges, José Ángel Valente, Graciela Maturo, José Hierro, Hölderlin, Emily Dickinson, Vicente Aleixandre, Matsuo Basho, Rilke, la Ajmátova, Georges Seferis.
En el campo del pensamiento o de la filosofía, sin poder en algunos casos separarlos de la poesía, están de nuevo Pessoa, el mencionado Montaigne, María Zambrano, Russell, Fernando Salmerón, Savater, Ben-Ami Scharfstein, Isaiah Berlin, Gombrich, Steiner. Por supuesto Platón. Y de los más nuestros Jaime Jaramillo-Uribe (historiador de escuela y pensamiento), Rafael Gutiérrez-Girardot, Danilo Cruz-Vélez, Antanas Mockus y Rubén Sierra-Mejía.

-¿Por qué son parte de sus paradigmas Michel de Montaigne y Einstein? ¿Tiene otros?

Desde el comienzo he advertido la presencia continua en mí de Michel de Montaigne, el referente más emblemático en mi formación, por la razón sencilla de haber descubierto en él a la personalidad, de recia formación humanista, que supo tomar distancia con cierto desdén de las ruindades del poder y de los poderosos, habiendo sido él centro de atención y de consultas por reyes y gobernantes. Y esa distancia lo llevó a un autoexilio en el “Castillo de Montaigne” para escribir sus meditaciones a partir de la singularidad de ser que era. El autor le dice en la primera frase de sus Ensayos al lector: “Este es un libro de buena fe”, y a pocos renglones agrega: “... quiero solo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria”. El tema central de sus ensayos es él mismo, pero desde la humildad en la sabiduría y con moderado escepticismo hacia las ambiciones que resultan desmedidas en el mundo. En 1998 visité, con Livia, como peregrino, el Castillo, no sin oportunidad de éxtasis.
A Albert Einstein también lo tengo en la más íntima cercanía en mis espacios de trabajo, sencillamente porque fue la personalidad más sobrecogedora en la ciencia del siglo XX, y no solo por sus hallazgos en la Física sino por representar vertiente tan seductora, en la tradición hebrea/judía, inaugurada por Baruch Spinoza, de libre pensamiento, y con representantes tan elocuentes hoy como Daniel Barenboim y Amos Oz, entre otros. Einstein fue un rebelde, pero desde la razón, con vocación por la pedagogía hacia los niños y los jóvenes, de profundas lecciones civilistas. El mundo sería más llevadero si en sus orientaciones estuvieran principios que consagraron Sócrates, Spinoza, Montaigne, Einstein..., y no el librecambismo devenido en neoliberalismo, con resultados como la crisis que ahora emerge por el desbordamiento de la codicia y la indiferencia de plutocracias ante la pobreza.
Confucio en sus “Analectas” me acompaña también en proximidad. En él descubrí que no es bueno prohibir para construir, sino que debe propiciarse un sistema de valores en positivo, por los estímulos que pueda generar en la conciencia por su puesta en práctica. Así acontece con el respeto, la amistad, la responsabilidad, la capacidad de indagar y cuestionar, la capacidad de asumir consecuencias por las decisiones propias. “Estad sedientos de bondad y retroceded temerosos ante el mal”, nos enseñó el Maestro.
En últimas, la vida que sobrellevo está inmersa, sumergida, en la Poesía.

-¿Qué ha representado el mundo de la academia en su vida?

La vida académica me sedujo desde temprano. Como estudiante universitario fui activista cultural, y la Universidad me atrapó en sus posibilidades, donde me formé y he continuado ejerciendo mi vocación por el saber y el compartir.
Dos publicaciones testimonian, de alguna manera, ese acontecer personal: la Revista Aleph, con 43 años de existencia y 148 ediciones hasta ahora, de aplicaciones a la Cultura, en sus expresiones de creación y libre examen, y el “Boletín de Vías”, con 100 ediciones, una publicación científico-técnica. Han sido algo así como mis dos piernas que me han permitido caminar en el mundo universitario. Me formé de ingeniero de caminos, pero en simultaneidad sobrellevo vocación íntima con veleidades infatigables por las letras, el pensamiento, el arte.
Han sido mis dos desempeños simultáneos, pero en los años más recientes con total dedicación a ese mundo fascinante de la Cultura, el cual trato de compartir en la “Cátedra Aleph” creada por la Universidad Nacional de Colombia, para que intentara proyectar ese mundo en nuevas generaciones, motivando estudiantes por la lectura y la reflexión.
No he sido hombre de empresa, ni con vínculos cercanos a sectores de la economía, pero admiro la capacidad emprendedora de personalidades que han tenido la capacidad de construir empresas productivas, por buen camino, para generar empleo y satisfacer necesidades básicas de la sociedad. El altruismo sigue siendo mi preocupación en una visión utópica del mundo.

-¿Las entrevistas y los trabajos que ha hecho para Aleph los considera un trabajo periodístico o literario?

En mi escritura constante, de cada día, no me pregunto a qué género pertenecen las páginas que salen de mis manos, mucho menos discernir si en los reportajes que hago, por ejemplo, estoy del lado del periodismo o de la literatura. Para el caso me he preocupado de acercarme a personalidades de gran relieve en el mundo de la Cultura para tratar de asimilar, de beber, algo de sus inmensos saberes, y de compartirlo. Hay reportajes que han salido en la forma convencional de ensayos, otros como entrevistas de meticulosa elaboración. La Universidad de Caldas publicó hace poco un volumen con antología de esos reportajes, bajo el título que han tenido siempre: “Reportajes de Aleph”.
En Aleph, al igual que en otros lugares, he publicado lo que convencionalmente suele llamarse poesía, también artículos, ensayos y notas culturales. Me cabría, quizá, alguna dosis de “periodismo cultural” en la identificación.

-¿Qué prefiere ser: escritor, académico o editor?

La vida de los seres humanos transcurre más por destinos que por preferencias personales, o por escogencia racional de camino. En mi caso personal he sido esas tres cosas a la vez. Soy, ante todo, profesor, en la idea de encontrar en espacios universitarios personas jóvenes con capacidad de acompañarme en el “aula del estudiante de la mesa redonda” para desplegar posibilidades de libre examen, con temas anchurosos de la Cultura, en construcción conjunta, sin el viejo criterio de impartir lección, sino de edificar en mancomún con procesos de diálogo respetuoso, basado en lecturas y estudio. En esa necesidad se dan las formas de expresión aludidas en la pregunta: escribir, vivir con intensidad el mundo académico y editar en lo posible resultados de esos procesos, sin esperar que los editores lleguen, y menos de medrar ante quienes tienen en sus manos los aparatos editoriales. Desde temprano he editado libros míos, de manera artesanal casi siempre, en pocos ejemplares, que van por ahí a manos generosas, sin esperar mayores destinos. Se trata, nada más, del cumplimiento de un destino que en lo posible trato de disfrutar, y hasta de padecer.

-¿Cómo una persona con tanta sensibilidad terminó estudiando Ingeniería Civil?

Mis estudios de ingeniería civil se hicieron también por imperativo de un destino. Ingresé a la Escuela de Ingeniería, como la llamábamos por entonces, en la UN-Manizales, y me formé, con entusiasmo y no sin dificultades, en arduas disciplinas de la Matemática, la Física, las ciencias aplicadas. Pero en simultaneidad esa otra pierna de la Cultura, o del humanismo, permanecía activa. Soy un híbrido de técnico y aprendiz de humanidades. Y ejercí la profesión como constructor de escuelas y de caminos, como diseñador y constructor de puentes, con formación continuada en niveles de postgrado, para enganchar en buen momento en la vida universitaria, de nuevo, como docente, al amparo de esa personalidad a la que también me debo: Alfonso Carvajal-Escobar. Y he tenido un recorrido que no me atrevo a calificar, pero si se que ha sido intenso, de total dedicación, sin mezcla alguna con los intereses monetarios o económicos, que me han sido tan ajenos.
Pertenezco a un tipo de ciudadano que se siente sintonizado con Sócrates, Jan Comenius, Francisco Giner de los Ríos y los muchachos del grupo del Ateneo de la Juventud en el México de comienzos del siglo XX. Y en lo cercano y contemporáneo con un Antanas Mockus, bajo la creencia profunda en los beneficios de la educación y de la construcción continua de ciudadanía, para el ejercicio de esos valores universales del respeto y la solidaridad.

-Usted vive rodeado de libros ¿Cuál ha sido el criterio de selección de los 12 mil volúmenes que tiene?

No estoy seguro que los tenga: ellos me tienen, me retienen. Desde “La alegría de leer” de mi maestra de letras primeras, la señorita Margarita, los libros se han sucedido como encuentros por el camino. Un libro que se lee lo remite a otros y así sucesivamente. Libros también que uno encuentra referidos en una seductora reseña, o en una conversación, o en una vitrina, o que son hallazgos por estantes de librerías de nuevo y de viejo. O en virtud de temas inquietantes que uno se propone o le aparecen, se busca en los libros respuesta, o elementos válidos para darse las propias explicaciones. Y por tiempos, en razón de la falta de espacio físico, me he visto en la dolorosa situación de salir de muchos de ellos, entregándolos a escuelas, o a universidades, con la idea que sabrán encontrar sus propios lectores. Soy, en simultaneidad, bibliófilo y bibliómano, o en una palabra que he acuñado: bibliofilómano... Es decir, un tipo sin salvación alguna.

-Desde estudiante ha estado involucrado en el mundo de las publicaciones, ¿qué han significado éstas para usted, sobre todo Aleph?

Antes traté de expresarlo: las publicaciones son una respuesta de trabajo realizado que se desea compartir. He escrito mucho, y sigo escribiendo, más por obsesión que por una disciplina de la racionalidad. Volúmenes permanecen quietos en sus lugares, con espera o sin espera. Y me he propuesto publicar gradualmente algunos de esos libros, a mi cuenta y riesgo, en la medida en que pueda hacerlo, como lo he hecho hasta ahora. No tengo capacidad alguna de competir, ni en mi ejercicio de vida ha cabido la desmesura de la “competitividad”. Voy con laboriosidad haciendo lo mío, lo que me tocó, de la mejor manera posible, sin involucrar ni afectar a nadie. Quizá Livia sea mi única cómplice, con quien suelo leer y releer lo escrito, para pulir y para saber que estamos vivos, gozosos.
La Revista Aleph, como lo dije alguna vez en conferencia del Banco de la República, es para mi una obsesión, y nada más. Y las obsesiones cobran su propio camino. No hay para qué buscarle la razón de ser, el por qué. La he llevado sobre mis hombros desde el primer día en 1966, y espero que pueda continuar con ella por muchos años más. Es una historia que alguna vez debería contarse, como un recuento de pasajes, de momentos de vida en la Cultura, con sentido de universalidad, sin perder la perspectiva de lo local. La historia de la Revista es mi propia historia. Ella ha congregado personas de valía por épocas, que le han dado buena mano, y en la sección: “Patronato histórico de la Revista” se nombran con reconocimiento y gratitud.

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Así, luego de hacer un rápido viaje por los libros, por las libretas de apuntes, por los casetes que guardan las palabras de numerosos escritores entrevistados para Aleph, por los dibujos para la Revista y de tener una conversación que uno quisiera fuera infinita, nos despedimos de Carlos-Enrique Ruiz y de Livia con la promesa de volver.


 

Ref.: Papel Salmón No.852; “La Patria”, Manizales, Col., 1 de marzo de 2009; http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticia.aspx?CODNOT=60140&CODSEC=17

 

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