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La nostalgia es aquella sensación de pérdida por lo ido/ Entrevista con CER

Entrevista con Carlos-Enrique Ruiz, publicada por entregas en la revista "Libros & Letras" (Bogotá, enero de 2010) y realizada por Jorge Consuega-Afanador

A veces uno se siente como extraño en este país porque parece que todo fuera inviable por el cinismo, por el mesianismo galopante, por la corrupción, por el “me-im-por-ta-un-ca-ra-jo”, por la absurda indiferencia de la gente, por el hecho de estar pensando todos los días en trabajar lo menos posible y ganar dinero a cantaderas. Uno espera amaneceres distintos, llenos de vida, con gente cargada de ilusiones, pero abre los periódicos y aparecen los mismos con las mismas. Veinte, treinta, cincuenta años en la misma situación de guerra, de desesperanza, de indígenas desplazados, de campesinos con la mirada perdida tendiendo la mano para esperar por lo menos un moneda y comprar un pedazo de pan para distribuirlo entre todos, cinco, seis o más de la familia. O encontrarse con obreros haciendo eternas filas para limosnear un día de trabajo.

O uno se encuentra personajes como Carlos-Enrique Ruiz quien un día cualquiera en el lejano 1966 le dio por hacer una revista, muy seguramente por hacerle un homenaje a Borges o a las tantas Beatrices que se pasean por el mundo y desde ese entonces no se le ha evaporado el empeño por mantenerse allí, recopilando versos, hablando con los amigos, diseñando las páginas y yendo a la imprenta para darle nuevamente luz a su publicación que periódicamente recibimos con enorme alegría y leemos, una y otra vez, a veces con paciente impaciencia porque nos acosan los horarios, los trancones, las facturas y los atardeces.

El hombre de las mil sonrisas y quizás más, muy seguramente aprendidas a las carreras en “Hoyofrío” y espantadas al oír un pájaro de acero que sobrevolaba su ciudad natal en los años cuando los muchachos usaban gomina y él iba a la “Escuela Santander” no sólo a repasar una y otra vez  la Alegría de Leer, sino a ver desde lejos a la señorita Margarita -después la señora Margoth- “joven y hermosa mujer, de piadosa labor pedagógica, cautivante”.

La señorita Margarita (Sra. Margoth Gómez de Hurtado), con CER, en homenaje
que se le hizo en el Rectorado de la Universidad de Caldas (Manizales, 2003)


De la escuela saltó a la universidad y se formó como ingeniero civil y de allí hacia adelante fue profesor, muchas veces aplaudido, eternamente aplaudido, por dos generaciones que aún hoy le siguen agradeciendo su paciencia, su absoluta entrega frente a los muchachos, hoy vestidos de profesionales y cuando se lo encuentran en las quebradas calles manizaleñas, se detienen, lo abrazan, le sonríen, lo invitan a un tinto, le comentan la noticia del día y él va escribiendo en su alma, en el diario de sus recuerdos todo lo que le dicen con ese cariño inmenso de profesor, maestro y amigo.

Ha visitado muchos países y aunque estuvo en México, EUA, España, Francia, Alemania y Argentina, entre otros más, siempre regresaba a su entrañable Manizales a encontrarse con los suyos, con su Livia del alma, su eterna compañera, compañera de ayer, de hoy y de siempre, su cómplice de secretos y confidente en las noches de nostalgia y a quien muchos de sus poemas y libros han sido dedicados; siempre ella, ella siempre, a la que encontró en cualquier rincón de Bellas Artes y desde ese lejano entonces fueron uno, siempre. Ella es su sombra, su vida, su norte, es su camino al andar, ¿su Aleph?, su mundo, su alegría.

Un día -o una noche- nos encontramos en la Fundación Santillana, en Bogotá. Se le rendía un merecido homenaje junto a Milcíades Arévalo, el eterno luchador con su revista Puesto de combate, y a Mario Rivero, quien tuvo la mala idea de irse de este mundo sin antes haber cantado un tango. Y allí estuvo, al lado del presidente Belisario Betancur, hablando, departiendo y compartiendo con tantos y tantos amigos que fueron llegando uno a uno para darle un abrazo al amigo, al maestro, al compañero, al poeta…

Por eso quise “hablar” con él desde la lejanía, por ese loco aparato que nos comunica en un segundo con lugares y gentes extrañas. Le propuse hacer un diálogo sumando preguntas diarias para construir esta entrevista y el resultado fue maravilloso. Ustedes lo dirán si estoy o no en lo cierto.

Abramos una botella de vino, llenemos una copa y démosle rienda suelta a la vida.

Livia y CER (Pirámide "El Sol", Teotihuacán, México 2008)



- ¿Cuál es el recuerdo más lejano que tienes de tu infancia?

El primer recuerdo que conservo se refiere a tremendo pánico cuando, de dos años de edad, trataba de treparme por un barranco  que era el patio de la “casa azul” –así la identificábamos por el color desteñido en la fachada-, en el barrio “Hoyofrío” de Manizales (familia de estrato “cero”), y de pronto un estruendo en el cielo: un avión pasaba, sin la mamá cerca para aferrarme. Esa sensación  me ha acompañado en mi paso por el mundo.

- ¿Fue mágica esa visión?


Nada de mágica, terrorífica… Lo mágico tiene algo o mucho de embeleso, de estímulo a la imaginación, de  sensación placentera.

- ¿Cómo era de maravilloso “Hoyofrío” en aquellos años infantiles?

De maravilloso poco. En mi caso estuve muy restringido a los espacios interiores de una casa de maltrecho bahareque, en arriendo ínfimo, como el hijo menor de trece, al cuidado de madre con la ilusión que llegase a ser alguien en la vida, y mucha intimidación de los “valores” cristianos, predominantes. No hice parte de muchachadas en travesuras de barrio. Mis primeros años de vida fueron un tanto de soledad, en medio de familia con dificultades y problemas inenarrables. En la esquina de nuestra casa había una cantina donde  solían ocurrirse duelos de peinilla en mano entre borrachos, con escándalos en la noche que crispaban los nervios… Pero no hay que olvidar que cada individuo es sobreviviente de multitud de tragedias antecedidas y coexistentes, y el caso de uno es el mismo, reproducido infinitas veces. Sin lamentos ni nostalgias.  

- ¿Y qué hacías, en esa soledad y en medio de esa infancia que se iba alejando? ¿Tus juegos? ¿El trompo?  

Hasta los siete años, quizá, la ambientación era absolutamente maternal, sin nadie que me contara historias, o me leyera libros, o cuentos, o cualquier cosa. Apenas las insistentes oraciones de una madre en constante invocación de ventura para la familia. Poco de juegos, apenas de manera ocasional con bolas de cristal y trompos, con sobrinos (hijos de la hermana mayor)  hasta con años algo superiores a mi edad.  Eludí los juegos de pelota o balón, por lo bárbaro que me parecía el fútbol. A los cinco o seis años estuve en pre-escolar con una maestra morocha, de voluntariado,  en el mismo barrio, que recibía niños para entrenarlos en la pizarra, en un corredor enmarcado con pilastras de madera, en alguna de las cuales un hombre adulto colgaba espejo y se afeitaba con barbera, ante la mirada de asombro de los chiquitines, y con esa misma barbera sacaba punta a los escasos lápices de los niños que apelaban a él. A los siete años ingresé a escuela pública, la “Escuela Santander”, desaparecida, donde hice mi primaria, sin mayores detalles significativos de recordar, apenas – y suficiente- el impacto que tuve con la primera maestra con quien aprendí a leer de corrido en la cartilla Alegría de leer, la señorita Margarita, joven y hermosa mujer, de piadosa labor pedagógica, cautivante. Pasados los años la reencontré como señora Margoth Gómez de Hurtado, quien me recordaba en todo detalle, al igual que a todos los compañeritos, por los que me preguntaba, ya borrados de mi memoria. Le hice homenajes en mis desempeños de dirección universitaria y escribí artículos sobre ella, adorándola. Hace poco murió, entristeciéndome.

Leopoldo Ruiz-Mejía (papá) y CER  (en 1945)


- El estruendo del avión, la angustia o el pánico de verlo, las riñas continuas en la cantina de la esquina, el hombre afeitándose frente al espejo y la señorita Margarita ¿han sido fuentes de inspiración en tus notas, poemas y demás escritos?

Difícil saberlo. En el subconsciente anidará el cúmulo de vivencias, resultado del andar por los días y los caminos, que no alcanzan a ser recuerdos. Y se manifestarán de múltiples maneras, incluso en las formas de vida, en la relación con los demás, en los comportamientos... En lo escrito no descarto elementos que puedan traducirse con esas conexiones, en especial en la poesía, en general de manera subyacente.

- Antes se enseñaba casi con el alma y el corazón en las manos, como seguramente lo hacía la señorita Margarita, “joven y hermosa mujer” ¿Crees que hoy ese amor pedagógico por enseñar se ha perdido?

No es tanto por enseñar, más bien por ayudar a aprender, por motivar en la búsqueda afanosa del conocimiento, con las artes en el centro del proceso educativo. No creo que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero si se han venido dando ciertas condiciones que no permiten aperturas en la incursión de niños y jóvenes en la educación requerida, integral y merecida para enfrentar con dignidad la vida. Y no faltan maestros en todos los niveles que realizan su labor con amor y entrega total, en singularidades ejemplarizantes, pero no es el caso que prepondere. Por supuesto, el maestro no tiene el reconocimiento social que alguna vez tuvo.  

Por otra parte, el modelo internacional que nos rige ha hecho de la educación la forma de continuarlo, bajo características de “pragmatismo”, “competitividad” y “eficientismo”, con desprecio por las formas más esenciales de la Cultura: el arte, el humanismo. Lo que interesa es la “productividad” con indicadores de medición, para emular en términos materiales. En Colombia hace rato perdimos el rumbo, incluso con olvido intencionado de los más grandes pedagogos, como el caso de Don Agustín Nieto-Caballero, el más importante educador del siglo XX en Colombia, quien introdujo en Latinoamérica, por Colombia, el modelo de “Escuela Nueva” o “Escuela Activa”. Las vertientes ideológicas más oscurantistas han querido borrar (y a fe que lo han logrado), de un plumazo (con miles de muertos a bordo) esas grandes contribuciones de los Radicales del siglo XIX y de los artífices de Nación en la República Liberal, en el XX, quienes tuvieron concepción clara y practicante de la Cultura como eje de todo desenvolvimiento humano, incluso del llamado “desarrollo”. Ese abandono de rumbo nos mantiene sumidos en la más horrenda de las barbaries.

La dedicación amorosa de mi bella maestra de primeras letras, la señorita Margarita, sigue siendo para mí una actitud rectora en mi vida de  educador.

- ¿Cómo era la Escuela Santander y tus compañeros? ¿Era una casa vieja, convertida en escuela? ¿Y tenías compañeros terribles y otros sencillamente amorosos?

La “Escuela Santander”, pública, era una edificación “moderna”, en materiales como ladrillo y concretos, de dos plantas, que todavía existe con fines educativos, pero desaparecida como aquella institución. Era solo primaria, hoy en la nueva versión de “Instituto León de Greiff” tiene bachillerato. Ubicada frente a la iglesia de san Antonio, en el sector centro-occidente de Manizales. No tengo recuerdos de asuntos fuera de lo normal en el ambiente estudiantil. Los compañeritos se fueron regando en el camino, y apenas veo en ocasiones a dos, el uno de chofer de señora aristocrática, y el otro un artesano de taller de madera, quien me ha contado de otro compañerito de escuela que se hizo sacerdote y vive en Suiza, pero de conjunto los he perdido de vista y de nombres. Apenas si tengo  tres recuerdos que me sobreviven, además del  imborrable de la bella y estimulante dama de las primeras letras: el uno se refiere a un intempestivo milagro del “crucificado” de la iglesia de enfrente, que alguien manifestó a gritos desde allí, y todos los niños nos volcamos a la iglesia, al igual que la gente, pero no alcanzamos a percibir en qué consistió ese milagro, lo cual hizo carrera en los medios de comunicación y, por supuesto, se montó por algún tiempo un buen negocio.  

El segundo recuerdo tiene que ver con la costumbre de transitar manadas de ganado vacuno por la calle de la escuela, rumbo al matadero o a ventas en galerías, y a veces algún toro en solitario se desbocaba. En una ocasión salíamos de la escuela y un maldito toro se vino encima de la muchachada que corría,… yo quedé tendido en el suelo, inconsciente, y cuando recobré el conocimiento me tenían en la puerta de la tienda de esquina chorreándome agua en la cabeza. Varios días de incapacidad, y el sujeto vuelve a sus andares, sin consecuencias aparentes, salvo las desviaciones poéticas en que he vivido.

El tercer recuerdo es el castigo que recibí, con unos reglazos en la mano, por maestra de segundo, al haber incumplido con tarea de hacer en cartón un  reloj, por física incapacidad manual, defecto del que todavía no me recupero.

La escuela primaria no me dejó mayores lecciones, salvo el haber aprendido a leer, las cuatro operaciones e incipientes nociones de historia y geografía, con fatal aprendizaje de manualidades, asignatura para la que no tuve la menor capacidad.

Y me entristece no haber seguido por la vida con algunos de esos compañeritos de infancia. La vida tiene en reserva vericuetos para cada quien. El laberinto continúa.


La alegría de leer  involucraba enseñanza de normas elementales de vida diaria, de pulcritud y ciudadanía

Carlos-Enrique Ruiz nos habla en esta grata ocasión de lo que significó, en los primeros años de su vida, tener en sus manos la belleza de cartilla como lo es La alegría de leer. Pero también nos habla de lo que representó para él la “Escuelita Santander”, sus primeros amigos y quien, años después se encargó de pagar su educación.

Sigamos haciendo camino a…

- Era maravillosa La alegría de leer… ¿recuerdas los dibujos? ¿Las palabras? ¿Las letras? ¿Los colores?

En efecto, era maravillosa, tanto por el nombre como por su contenido en letras e ilustraciones de colores, bien puestas. Me correspondió estudiar en la primera y en la segunda. Por aquellas cosas del destino, la señorita Margarita pronto me pasó a la segunda, la cual conservo, un tanto maltrecha, y es la que tengo más presente. El dibujo aquel del niño con traje marinero, de pantalón corto, medias casi hasta la rodilla, sentado, con mirada al frente y un libro abierto sobre las piernas, y una niña a cada lado, con sus vestiditos de falda, encantadores, a la rodilla, de cuello ajustado y moñitos engalanadores, un vestido amarillo y el otro rojo, que con el traje azul del niño, en su orden integran amarillo-azul-rojo. Buen gusto y expresiones motivadoras en los rostros.

Inolvidable aquella instrucción para la educación sensorial, en una de sus páginas: “Apreciar con la mano la dureza, pulidez, elasticidad, suavidad, etc., de un cuerpo./ Apreciar la temperatura: frío, calor./ Apreciar el peso relativo de varios cuerpos y clasificarlos en orden ascendente y descendente.”  Y las coplillas para describir ojos, oídos/orejas, manos, pies: “Tengo dos ojos claros, brilladores, que al volverse doquier ven placenteros/ el cielo azul, y las pintadas flores, los montes altaneros”.  Un tanto discriminadora por aquello del color de los ojos. Y las fábulas que contenía, de la zorra y el gallo, el pastorcito mentiroso (con la enseñanza conclusiva: “En boca del mentiroso,/ lo cierto se hace dudoso”), el perro avariento, el niño desordenado, la gallina de los huevos de oro, con llamado a deducir la moraleja, tan pertinente en este mundo obsesionado por el “oro”, por el brillo y lo superfluo, y tan despreciativo de valores sustantivos de la condición humana, en su relación con la Naturaleza.

Por otra parte, esa cartilla involucraba enseñanza de normas elementales de vida diaria, de pulcritud y ciudadanía, lección breve de símbolos patrios, teoría elemental de colores,.. y aquella narración de doña Clorita, la bruja que nos hizo pasar algunas pesadillas pensándola en el riesgo de una eventual realidad malévola: “La bruja se presentó como una gran señora, con el cráneo cubierto con claveles; ojos chispeantes, nariz larga como pico de guacamayo, y boca rasgada como de rana.” Para concluir que “La bruja no era mala”. Oh Dios, ¡qué salvación!

La cartilla integraba elementos diversos, en equilibrio, para dar una formación básica integrada, con manejo de lenguaje escrito y visual, en tono ameno, seductor. De este modo nuestra iniciación en el descubrimiento de la palabra y la imagen fue el acceso a un mundo que todavía no nos cansamos en descubrir. La clase se pasaba con alegría, y en competencia amable de lectura en voz alta, con guía de maestra inigualada.
De ahí, de esa Cartilla vengo, sin rendirme en la búsqueda constante por el conocimiento, la poesía, y la solidaridad.

- ¿Aún sientes el aroma de la “Escuelita Santander”? ¿Cómo era ese lugar de letras, signos, sumas y restas además de los recreos?

Mis recuerdos de la “Escuela Santander” se limitan solo a los mencionados: mi maestra de primeras letras, la cartilla La alegría de leer, el accidente del toro desbocado por la calle contigua,  el publicitado y supuesto milagro en la iglesia del frente y los reglazos de la maestra del segundo grado, además del encuentro esporádico y fugaz con muy pocos compañeritos de esos tiempos. Pero sí debo añadir que el quinto grado lo hice en la llamada “Escuela Preparatoria” (no existente hoy), por la supuesta adaptación requerida para el nivel siguiente del bachillerato, y lo hice dos veces, con una repetición, por cuanto en mi familia no hubo recursos para pagar los escasos pesos que se exigían para la matrícula en el “Instituto Universitario de Caldas”, establecimiento público donde cursé el bachillerato clásico completo. Recuerdo que en una de las dos veces que hice el quinto de primaria, me tocó con un maestro de nombre Joaquín Betancourt, hombre bajito y moreno, un tanto autoritario y campechano, que regañaba con frecuencia a quienes le decían “don Juaquín”, corrigiendo por el “Joaquín”. Al final del año se hizo un acto en el salón con presencia de los padres o acudientes, en el cual el maestro le hacía preguntas a los niños para mostrar el nivel de aprendizaje. Asistí en soledad a esa prueba, puesto que nadie de casa me acompañó: el padre ya había muerto y la mamá no solía salir de casa, apegada a sus trajines domésticos, con el sobrepeso de enormes dificultades para la sobrevivencia de familia numerosa. El acto se desarrollaba por tandas de padres y niños, y el maestro hizo que yo me quedara en las diversas ocasiones, para preguntarme reiteradas veces y satisfacerse con mis respuestas, puesto que era aventajado por repetidor.

Luego pude ingresar al bachillerato por cuanto apareció un sobrino de mi madre, farmaceuta en “La Celia”, población del Viejo Caldas, ahora de Risaralda, sobreviviente de la violencia conservadora, quien asumió el pago de mis matrículas en el bachillerato y en la universidad. Mi recuerdo de inmensa gratitud en este momento para ese ex soldado de la Patria, que cumplió labores de enfermero prestando servicio en los Llanos Orientales, José Gómez-Restrepo (q.e.p.d).

- ¿Cuáles fueron esos primeros libros que tuviste en tus manos, además de La alegría de leer?

Después de haber sido introducido en las letras con La alegría de leer, vinieron lecturas a escondidas de aventuras en periódicos y penecas, encontrados por ahí, e igual accedía de contrabando a los pocos libros que fue teniendo Pacho, uno de mis hermanos mayores (qepd), un camarada de pañuelo blanco, entre Marx, Lenin, Shakespeare, Neruda, Miguel Hernández,… y textos de Rosacrucismo; ese hermano que escasamente concluyó la escuela primaria, fue autodidacta, con mezclas de lecturas un tanto explosivas. Nada de los consabidos libros de Andersen o de Julio Verne, nada de las obras que suelen leer los niños de diversas épocas, y que relatan todos los escritores de cierta notoriedad.

A mediados del bachillerato, con un compañero de lecturas (también compañero de Universidad), Hugo Marulanda-López (q.e.p.d.), con quien lideramos la vida cultural en la sede Manizales de la UN, en poco más de la mitad de los años 60, me aventuré a leer un libro tremendo: Qué es eso de la Filosofía de Martin Heidegger. En general he sido lector de libros poco recomendables para los otros que gustan los temas de aventuras, distracciones, enredos policíacos, novelones del simple pasar,  etc. Me acostumbré a ser poco lector de novelas, apenas las imprescindibles, comenzando por El Quijote, y más cercano con libros de poesía, ensayo, autobiografías, crónica/reportaje.

En definitiva, no dejo de ser un “caso perdido”, que no participa tampoco de tertulias literarias, puesto que cuando estoy con algunos lectores, escritores o “intelectuales”, en general hablan de autores y temas que no me han pasado ni me pasarán por la cabeza, con situación más curiosa todavía: entre los escritores soy un “intruso” y entre los ingenieros soy dizque un “intelectual”. Entonces mi transcurrir por el mundo de la Cultura ha sido como en soledad.

- ¿Hubo algún personaje -en los libros de literatura- que te hubiera robado el alma o por lo menos suspiros?

Reformulo a mi manera la pregunta: ¿Qué personajes de las lecturas puede uno haber interiorizado y guardar conciencia de ellos? Difícil saberlo. Al hacer las lecturas cada renglón irá activando huellas imperceptibles en la memoria. Pero no cabe duda que al preguntar, saltarán nombres. Y en mi caso, habré de pasearme entre Sócrates en los diálogos de Platón, Hans Castorp de La montaña mágica, el señor K de Kafka o de Brecht, y don Quijote. Personajes cargados de interpretaciones, sobrecogedores, con actitudes entre la lógica de una realidad abrumadora y las fantasías de la otra realidad sobrepuesta en pensamientos y palabras, con fondo del arte de suponer la conquista del mundo, o de aceptar en rebeldía su derrota. O el Nietzsche, cuando él es el personaje de sus deliquios. O mi Montaigne siempre galopando en la soledad de pensamientos que construyen su figura, con el delicado escepticismo de las ansias de vida sin perspectiva de trascendencia; propias de los mismos autores, en intentos de configurar el otro Yo, o el Yo con capacidad de ser Otro, el mismo.

- ¿Cuándo decidiste formarte como ingeniero?

En el bachillerato tuve buenos desempeños en todas las áreas, en especial en matemáticas, química, física, idiomas (inglés, francés, latín) y filosofía; nulo en religión. Entonces al graduarme en ese nivel tuve la duda entre “Ingeniería Civil” y “Filosofía y Letras”, decidiéndome por la primera, en virtud del horizonte de apremios económicos que padecía mi familia, y la primera resultaba más favorable para la consecución de trabajo. De trece hijos solo dos pudimos hacer el bachillerato completo, y siendo el menor fui favorecido por la fortuna para acceder al nivel superior, en mayor grado por el apoyo económico del primo farmaceuta en el pago de los costos bajos de matrículas. Esa carrera profesional se hacía en seis años, con régimen anual, la que cursé con fortuna, sin repetir nada. En simultaneidad fui “oyente libre” o “asistente” en cursos del programa de “Filosofía y Letras” en la Universidad de Caldas.

Desde temprano desarrollé vocaciones en ambas líneas: científico-técnica, por un lado, y por el otro la componente humanística. Desde hace algunos años me encuentro aplicado totalmente al segundo campo, con ejercicio intenso de lectura/escritura, y aplicaciones afines en mi “Cátedra Aleph” en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, Universidad donde tuve mi formación básica y donde me he desempeñado con intensidad en lo académico y en servicios de dirección, la que es prácticamente mi segundo hogar, con deudas acumuladas por honores recibidos, pero, ante todo, por haber tomado allí alas para moverme por el mundo fascinante y anchuroso de la Cultura.


El amor son vibraciones interiores en consonancia

Carlos-Enrique Ruiz supo del amor muchos años después de “Hoyofrío”. Primero porque- como nos contaba en la primera parte- esos años infantiles fueron de privaciones y luego la adolescencia se fue sin aspavientos, igual como había llegado, en silencio, sin ruidos, con ilusiones, pero también con frustraciones. Fue entonces cuando él, joven estudiante de ingeniería, en la entrañable Manizales, oyó voces, muchas voces que conformaban un coro que le atravesó la piel, el alma, su vida, su futuro pues allí, en medio de esas voces que le cantaban a Dios y al terruño y a los amigos y al amor y a la esperanza, estaba ella.

Cómo es la historia…


Livia-CER (Universidad de Harvard, 2007)



- ¿Cómo fue ese gran encuentro con quien te robó los suspiros, el alma y tu afecto? ¿Cómo fue esa primera vez con Livia?

El robo fue, quizá, mutuo. Nos conocimos cuando yo estaba por mitad de la carrera en la UN-Manizales. Ella era estudiante sobresaliente en el Conservatorio de la Escuela de Bellas Artes, con aplicaciones al canto (mezzosoprano) y al violonchelo, en la Orquesta de Cámara del Conservatorio, y formación rigurosa en las disciplinas básicas. Y ya era docente en colegios en áreas de música, labor que empezó a los 16 años, para contribuir en el sostenimiento de su familia, también de muy bajos recursos.

Había sobrevivido de dos siniestros: el uno estando muy niña, en brazos de su padre, éste fue víctima de atentado con disparo de revólver, por el simple delito de ser liberal, en los tiempos de la violencia conservadora. Ambos sobrevivieron, ella intacta y él herido en un brazo.

El otro se refiere al asalto que hubo en “La Línea” (cordillera central, límites de Tolima y Caldas)  por bandoleros, en 1958, donde mataron al maestro Ramón Cardona-García, quien presidía delegación artística que participó en el “Festival de Música de Ibagué” (la “Coral El Ruiz”, dirigida por él, y un grupo de danzas, con músicos de compañía), donde ocuparon primer puesto. Livia hacía parte de la Coral. Viajaron en bus de la Universidad de Caldas, y el acontecimiento fatal ocurrió al retorno en la noche del 28 de junio de aquel año. Historia que está relatada, como valioso testimonio, por otro de sus discípulos, igualmente testigo, el después, y ahora, prestigioso músico-compositor, maestro Guillermo Rendón G., en su libro Ramón Cardona-García: del romanticismo del campo a la armonía ciudadana (Ed. Universidad de Caldas). Esos dos traumas, además del ambiente de pobreza familiar, templaron el carácter de aquella mujer admirable, sumado a su vocación por la música y el trabajo, le permitieron ir adelante, con frente erguida y voluntad férrea.

Por aquellos tiempos ella cantaba en misas, integrando trío que dirigía un clérigo humanista, latinista, poeta, músico, el presbítero Antonio José López Aguirre (Maestro de Capilla en la Catedral Basílica de Manizales), lo que le permitía ganarse unos pesos, para el sostenimiento. Ese curita fue a su vez profesor de latín y de literatura de mi hermana Amanda, la novena en la escala descendente de la familia, en el “Liceo Isabel la Católica”, quien fue la mejor bachiller, con medalla de oro, en su promoción y no pudo seguir estudios universitarios, puesto que le tocó trabajar como maestra en colegio privado, para sostener la casa, y ante todo a ese muchachito, el menor, para que avanzara en el estudio, y consiguiera ser alguien en la vida. El curita visitaba nuestra casa y en esos diálogos yo entrabé buena amistad con él, un espíritu liberal, sabedor de literaturas y de idiomas, quien me animaba a leer y escribir, y recibí sus lecciones, incluso de lecturas en italiano y hasta en versificación latina, con aquellas complejidades de yambos y espondeos.

Ese fue el puente de acercamiento con Livia, hasta que nos volvimos novios y seguimos en las mismas. El noviazgo duró poco más de tres años y medio, hasta casarnos el 3 de agosto de  1968, cuando yo ya llevaba siete meses de ingeniero con trabajos primero en la construcción de escuelas urbanas en Manizales y luego como ingeniero residente en un frente de construcción de carretera a pico y pala, en el oriente de Caldas. Y ahí seguimos, amándonos sin falta, compartiendo todos los momentos, los más afortunados y aquellos tan propios de los seres humanos en los que sollozamos. Tenemos tres hijos y cuatro nietecitos, todos adorables. Hemos construido una familia muy unida, especie de resguardo de afectos y motivaciones.

Esa unión de Livia conmigo interrumpió la carrera artística de ella, que pudo ser muy notable, hasta a nivel internacional. Alcanzó a dar conciertos de solista con la más bella voz de mezzosoprano, cultivada, de estas tierras. Incluso uno precioso en la “Radiodifusora Nacional de Colombia”, en el “Recital de la semana”, en Bogotá, el 19 de abril de 1967, con obras de Beethoven, Schubert, Grieg, Duparc y Schumann. Conservamos algunas grabaciones, merecedoras de ser recuperadas, digitalizadas y difundidas en un disco compacto.

Ella ingresó como docente de planta en el Conservatorio, ocupándose de impartir lecciones en gramáticas y vocalización, sin dejar de hacer parte de orquestas (en el chelo y en el tiple) y en agrupaciones corales, en algunas invitada especial como solista. Prestó también servicio en un período como directora de la Escuela de Bellas Artes. Incluso en los años 60 formó su propia agrupación: la “Coral Verdi”, que hizo época en nuestra región. En su labor docente creó área de inducción de niños a la música, con taller privado y luego consiguiendo que se creara en el Conservatorio, hasta desarrollar texto -todavía inédito- para la formación de niños entre 4 y 6 años (“Buenos días música”).

Vida trajinada la de ella, al lado de otra vida no menos trajinada, y seguimos en pie, ella jubilada, a mi lado sobrellevando mis cargas, y yo “jubiloso”, dedicado a mi “Cátedra Aleph” en la Universidad Nacional, a la Revista Aleph, a leer y escribir, y publicar algunas cosas. Cuando los hijos estaban niños, los viajes que hacía, en misiones académicas y en labor voluntaria de reportero de Aleph, los cumplía en soledad;  ya viajamos juntos, hasta condiciono cualquier invitación por su compañía infaltable.

Como curiosidad ambos nacimos en el mismo año (1943), ella bajo el signo de “Cáncer” y yo de “Tauro”.

Livia, CER  (1964)


- Los dos nacieron en cuna humilde y vivieron las duras y las maduras de una infancia y adolescencia con algunas necesidades; ¿de pronto eso también los identificó en el momento del primer encuentro?

- No creo, al menos con plena conciencia. Fue más la “química” que llaman. Vibraciones interiores en consonancia. Afinidades electivas, sin elegirse. Encuentro de suerte o de fortuna. Hay misterio en este asunto. Nunca se sabrá por qué dos personas se miran y de inmediato sintonizan, o se repelen, con rechazo sin razón alguna. Y, para el caso nuestro, con sintonía de por vida. Con la fortuna de ser dos personas que desde la infancia hemos estado en la jugada de la Cultura, con el arte en la forma más medular, especie de sentimiento por la busca incesante de la verdad y la belleza, en las formas y en los espíritus, con expresión de músicas: Livia en ejercicio explícito; yo como “melómano”, y como iluso en la palabra que busca maneras de manifestar lo suyo, hasta consolidar aplicación en la escritura, en especial en  la modalidad que suelen llamar “poesía”. Con unos versos palpitantes de León de Greiff que me rumban en las neuronas: “Riela en mi alma tu recuerdo/ como la luna sobre el mar”.

La condición similar de origen y la lucha por la sobrevivencia, a lo mejor reforzaron la identidad en la “química”, puesto que si hubiéramos sido de clases sociales distintas esa afinidad no se daría, o con tropiezos insalvables.

- ¿Entonces fue el mundo de la cultura el que ayudó a alegrar los átomos para que esa química del amor se diera en esa forma tan definitivamente especial?

Sí creo, pero sin haber sido un elemento catalizador predispuesto, o consciente, o racionalmente elaborado. Son circunstancias que se dan, un poco obra del “azar”, para utilizar un recurso tan de Marguerite Yourcenar. La vida en la Cultura nos puso en el mismo escenario y de ahí en adelante la conjunción ha sido fructífera, en ámbito de familia (como decía antes: 3 hijos, cuatro nietos,… muchos libros por todas partes…), 151 ediciones de la Revista Aleph (a diciembre de 2009), varios volúmenes monográficos en esa colección, algunos libros míos en poesía, ensayo, reportaje; momentos en la prestación del servicio público (sin padrinos políticos ni banderas partidarias), etc. Y muchas ganas de seguir adelante con proyectos que no nos cansamos de delinerar. Livia ha sido el puntal clave en mis modestas realizaciones, desde la edición No.1 de la revista, en 1966. Y la Cultura, en su sentido más riguroso, y a la vez amplio, nos retiene y estimula. Vale la pena recordar aquella primera frase del libro Dos horas de literatura colombiana, del médico/escritor/diplomático, Javier Arango-Ferrer, que dice: “Cultura es embellecer la necesidad”. Y la necesidad es el motor, como imperativo del espíritu. Quien tiene que jugársela por la expresión, por la creación, se la juega, sin importar que el mundo vaya en cualquier rumbo, o que los medios de comunicación sean sumisos de los poderes económico-políticos, tan deleznables, aunque duraderos, como parte de la tragedia reinante.

Livia, CER  (Aachen, 2004)


- ¿Qué han significado para Livia esas duras pruebas de su vida: papá liberal a quien le disparan, luego el asalto en La Línea, la pobreza en la casa?

Nunca reniega de situaciones de esa naturaleza, ni acostumbra hablar de esos temas, más bien han sido pruebas en la vida para templar su carácter, ejemplar en reciedumbre, laboriosidad y dulzura. Pero si le ha quedado sensación de pánico de viajar de noche por carreteras. Cuando hemos salido, su condición primera es que no nos vaya a coger la oscuridad por los caminos. Ese trauma le quedó de haber sido sobreviviente en aquel asalto nocturno de bandoleros en La Línea, donde hubo apreciable número de muertos, con la singularidad dramática de haber sido asesinado ese joven promisorio, ya notable músico, el maestro Ramón Cardona-García, profesor y singular orientador de la delegación que le acompañaba, con Livia en la flor de los 15 años.


Mi ambiente estuvo bastante cerrado, con gusto en soledad de la lectura de libros extraños

En este cuarto encuentro con Carlos-Enrique Ruiz nos acerca mucho más al pensador, al amigo, al intelectual. Abordamos unos temas que a veces nos angustian, como las guerras, los tiempos pasados que, por cierto, no fueron los mejores, dice que “la humanidad no aprende todavía a hacer uso generalizado de la función de la razón para la solución de conflictos” pero, aún así, se recuesta un poco en la nostalgia y dice que la “nostalgia la que presenciaba yo en mi madre observando en absoluto silencio los atardeceres”. Otra copa de vino por este diálogo tan franco y sincero.

- Dicen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Yo creo que todo tiempo tiene su tiempo. Pero…en aquellos tiempos, los tuyos y muy seguramente los míos, eran tiempos de boleros, de serenatas, de versos, de acrósticos…Hoy son tiempos de guerras, de envidias, de odios, “sin tetas no hay paraíso”… ¿Lo crees así?

Por supuesto que no todo tiempo pasado fue mejor. En los tiempos hay tiempos. La idea de progreso es tan compleja como la idea de desarrollo. En ocasiones da la impresión que la humanidad patina, o vuelve atrás, aunque la flecha del tiempo es ineludible. En ese asunto de los boleros, serenatas, versos, acrósticos…, no fuimos testigos. En mi caso la infancia y los años del despertar a la vida adulta fueron quizá un poco jartos; no estuve vinculado a tertulias ni a fiestas de fin de semana, o de conmemoraciones de cualquier orden. Mi ambiente estuvo bastante cerrado, con gusto en soledad de la lectura de libros extraños, en literatura y filosofía, con atisbos a las ciencias, y la escucha de música clásica o selecta por la “Radiodifusora Nacional de Colombia”.  Livia sí fue amiga del baile, hasta hizo parte de grupo de danzas en el Conservatorio, e incursionó en música más movida como el rock-and-roll y el twist, con un futuro parejo totalmente negado para esas lides.

Los tiempos de hoy son tan terroríficos como los de hace 25 siglos, si nos atenemos a ese gran cronista, el primer reportero de guerras, como fue Heródoto, relator de las Guerras Médicas (persas contra griegos), paseante por el mundo conocido de su tiempo, en misión autoimpuesta de testimoniar las conductas de la gente de ese entonces.

La humanidad no aprende todavía a hacer uso generalizado de la función de la razón para la solución de conflictos, o para prevenirlos, ni en la moderación de actitudes que puedan favorecer la solidaridad y la cooperación en las comunidades y entre las personas. En los desempeños de las sociedades y de los dignatarios nada se ha aprendido de los Diálogos de Platón. El empleo de los argumentos sigue siendo, por desgracia, un ejercicio meramente académico. La violencia continúa haciendo de las suyas, en todas las épocas, con formas actuales más tecnificadas con la proliferación de armamentos, negocio altamente productivo, inatajable, que suele coexistir con otras rudezas como las “motosierras”, tan usadas por ciertos especímenes colombianos, contemporáneos, para descuartizar vidas, con crueldad infinita, de corazones de piedra y cerebros fóbicos, putrefactos, similar a los procederes con machetes o peinillas en el período de la “Violencia” (entre 1946 y 1960). Ligado todo ese “negocio” a la “política”, perversión al parecer insalvable.

Quizá tenía razón Georges Bataille al referirse al “júbilo trágico que el hombre es”.

- Hoy, rodeado de una maravillosa mujer, de los hijos y los nietos ¿sientes a veces el peso de la nostalgia, de la escuelita aquella, “Hoyofrío”, el avión que te espantó, la Alegría de leer, “don Juaquín” frente al black-berry, los celulares, la USB, la Internet?

La nostalgia es aquella sensación de pérdida por lo ido, sin posibilidad de recuperación alguna, pero que la memoria trae a un presente en imágenes, en sensaciones, y ahí es donde aparece la nostalgia, con ese toque de cierta pesadumbre. En nuestro caso, la nostalgia tiene sus momentos, por ejemplo, y en especial, por la ausencia de la madre, con la que viví siempre, de soltero y de casado, una mujer bella y de asombro, por la que nunca he podido llorar suficiente su pérdida, con la secuela de abandono que en alguna medida ha suplido Livia. Los recuerdos de la infancia no me son, en general, de esos que uno quisiera revivir, apenas se recrean como dificultades superadas, con cicatrices en el alma. Caso singular también el recuerdo de mi maestra de primeras letras, por quien guardo recuerdo agradecido, y al pensarla se reviven momentos de alegría.

Nostalgia la que presenciaba yo en mi madre, Anita Restrepo-Macías, observando en absoluto silencio los atardeceres, con esos ojos profundamente grises, como sumida en meditaciones hondas, intraducibles en palabras, pero que yo recreaba con suposiciones en su infancia campesina, en los desplazamientos de la familia, en su matrimonio apenas una niña, en las muertes violentas de sus hermanos por las hordas del temido “Cóndor”, en las penas de una vida sin otro asidero que en un Dios cristiano, fuente de una esperanza de gloria en el más allá, sin opción alguna de ventura en este mundo de tinieblas y desencantos.

Anita Restrepo-Macías (mamá) y CER  (1971)


Los avances de la tecnología me han sido propicios para mi trabajo y trato de utilizar lo que necesito, sin lanzarme a las novedades diarias de los cachivaches obnubilantes de ejecutivos, de políticos y de los hijos de papi. Va conmigo a veces un celular de las más viejas generaciones que no contesto, sino cuando se trata de Livia, o de un hijo. Y llamo apenas a ellos, cuando se requiere. De manera que mi apego a la “tecnología” tiene su alcance limitado, en función de mi ejercicio de vida diaria, como constante aprendiz de escritor. En los años más recientes, en viajes para cumplir compromisos por fuera, he llevado primero una Palm, con teclado extensible, hasta fallar, y luego un mini computador Asus, de la primera generación con apenas 4 gigas de memoria en el disco duro, el que utilizo para escribir en los viajes, hacer mis borradores en la biblioteca de atrás en casa, sin falta cada día (pero no la poesía que la escribo a mano, con pluma estilográfica, en libretas singulares), y con almacenamiento del trabajo en memorias USB, el cual frecuento pasar a un PC fijo en la habitación –también sitio de trabajo-, para elaborar lo escrito y de esta manera ir teniendo en limpio mis escritos que se acumulan y de esta manera ir teniendo en limpio mis escritos que se acumulan.

De manera que tampoco estoy tan quedado, sin galope en las novedades por las novedades mismas. Importante es beneficiarse de los avances científico-técnicos para hacer más eficiente nuestra labor, y más plácida. Pienso con frecuencia en aquellos autores de obras monumentales con el trajín en máquinas de escribir, o antes con escritura a mano, repitiendo hojas y hojas por las correcciones y modificaciones… Caso el del maestro Germán Arciniegas, entre nosotros. O de un Goethe.

- ¿Cómo ves hoy a tu país? ¿Crees que no es el país con el que soñaste siempre? ¿Crees que la polarización y la insensibilidad y el mesianismo nos han llevado a olvidarnos de esa hermosa palabra “patria” para convertirla en algo político?

El 19 de mayo de 2004 hice conferencia en París, en la “Maison des Sciences de l’Homme”, bajo el título: “Una mirada a Colombia desde la educación y la cultura”, donde abordé esos asuntos, sin compromisos políticos o ideológicos, tan solo como un habitante de este país que nos duele,  trajinado en la vida de la Cultura, con plena independencia. En aquella ocasión hice repaso de los ministros de educación que fueron intelectuales, en la primera mitad del siglo XX, con sus logros, y el inventario fue realmente desolador: apenas unos cuantos con iniciativas y proyectos pertinentes y ambiciosos, con resultados positivos. Aludí también a la altisonancia de Rafael Núñez, padre de la Constitución de 1886 y del Concordato de 1887, con la guía ideológica de Miguel-Antonio Caro, al declarar “Regeneración o catástrofe” con apoyo en un estado “fuerte y centralizado”. Y en verdad dejó por buen camino la “catástrofe”, con centralización absorbente.

En resumen, encontré que las grandes y proyectivas reformas en educación, cultura, y las sociales, tuvieron origen en gobiernos liberales de avanzada, primero en Santander, luego con los radicales del siglo XIX y finalmente con la “República Liberal” (1930-1946). Al llegar los gobiernos conservadores lo primero que hicieron fue tumbar esas grandes reformas entregándole la educación a la Iglesia, con supervivencia de un Concordato totalmente obsoleto, inaudito. Y ahora se trata de seguir destrozando la Constitución del 91 -hasta hacerla desaparecer como ha sido manifiesta intención-, que fue un primer gran intento de concertación nacional, con resultado de un texto variopinto de inocultables logros.

En ese proceso trágico, resulta además inaudito borrar de un plumazo la memoria de grandes personalidades públicas, como ha sido el caso de un Agustín Nieto-Caballero o un Daniel Samper-Ortega, entre otras. El primero, el más importante educador del siglo XX en Colombia, quien introdujo por primera vez en Latinoamérica, comenzando por nuestro país, el modelo de “Escuela Nueva”, y el segundo, quien regentó desde la Biblioteca Nacional de Colombia, de la que fue su re-fundador, la más intensa actividad cultural en todo el territorio, creando bibliotecas en los municipios más apartados y promoviendo las diversas expresiones de la Cultura, con apostolado admirable, y sacrificios personales inenarrables. Fue algo así como el antecedente más notable del “Instituto Colombiano de Cultura”, que devino “Ministerio de Cultura”. De ellos podría hablar largo, pero baste con este recuerdo dolido, por la naturaleza de esta entrevista.

Sinembargo, agrego que sobrevive con ejemplaridad el “Gimnasio Moderno”, como institución educativa, privada, creada por Don Agustín, y en 1989, año del centenario de su nacimiento, un grupo de educadores e intelectuales impulsaron la creación del “Colegio de Estudios Superiores de Pedagogía Agustín Nieto-Caballero”, para la formación de maestros, con espíritu abierto al debate hacia soluciones apropiadas para el país, con la filosofía orientadora de ese gran educador y pensador. Iniciativa que se ahogó en el Icfes, sin que nadie volviese a reclamar por un proyecto ambicioso de esa naturaleza. En los gobiernos el interés ha radicado en la supervivencia utilitarista del clientelismo, la corrupción y la politiquería, tres términos que son la misma cosa.

Y como seguimos sin asumir la Educación como eje de las políticas de Estado, entonces quedamos en la “política de guerra” como ese eje, con el acompañamiento infeliz de aquellos tres términos. ¿Hasta cuándo? Es la gran pregunta, sin respuesta a la vista. Se necesita una gran concertación nacional, con rescate de principios fundamentales, laicos, con capacidad real de congregar a la Nación. ¿Cómo?, ¿Con qué liderazgos?...  Un Antanas pudiera ser el líder, pero las veleidades de las dádivas, y los medios de comunicación cautivos, conducen por otros caminos, con permanencia en el callejón sin salida.


Confieso que la vida no es nada fácil para nadie, es una lucha continua frente a cualquier forma de adversidades

- ¿En tu vida te ha producido más resultados afectivos el haber estado en la dirección de universidades, ser docente, ser esposo, ser ingeniero, ser poeta o ser director de revista tan importante e inolvidable como es Aleph?

A lo mejor aludes a los “resultados afectivos” como compensaciones o retribuciones de emoción en lo personal, por tareas cumplidas. En mis desempeños he tenido entrega absoluta, sin combinar “negocios”  con la vida académica, puesto que esta ha sido mi entrega total, sin esguinces. Con Livia y la familia he tenido el mayor de los soportes, en todos los órdenes, ni se diga en el sostenimiento de la Revista, y en el ambiente que me ha permitido tener aplicación a los asuntos que has nombrado. Declararía a la familia propia como fuera de concurso en un eventual recuento de satisfacciones. Así, pudiera entonces mencionar, ante todo, un acontecimiento que sería como culminante: la designación en el 2008 con mi nombre, estando en vida y en plenitud de sentidos, de la nueva biblioteca principal de la Universidad Nacional de Colombia, en Manizales, a tal punto mi sorpresa que suelo aludir a él como un supuesto homónimo del siglo XVIII. Decisión que ameritó resolución del Ministerio de Educación Nacional, de su representante legal, impartiendo la autorización  correspondiente, después de examinar legislación al respecto, por tratarse de estar implicada persona viva.

Ha habido otros acontecimientos de profunda conmoción en lo personal, pero sería inmodesto de mi parte recontarlos. Pero siempre la satisfacción más plena está en el trabajo con los estudiantes, en quienes tengo dialogantes constructivos, pensantes.

La poesía sigue siendo mi dedicación más íntima, desde siempre, con algunas cosas publicadas por ahí, modalidad que me ha permitido afianzarme en un estilo propio, ajeno a las modas y a las exigencias comerciales de editores, en busca de mercadeo y de notoriedad fácil. Incluso ni se me considera en este campo.

- Parodiando al gran Pablo Neruda, ¿Confiesas que has vivido?

Confieso que la vida no es nada fácil para nadie, es una lucha continua frente a cualquier forma de adversidades, desde las predispuestas por la Naturaleza hasta las inventadas a cada momento por la humanidad, en sus intentos por construir y destruir de manera simultánea, en una confrontación que al parecer va ganando la segunda potencialidad. No dejamos de asombrarnos por los avances en los conocimientos aplicados en ciencia, para resolver problemas en salud, en comunicaciones, en la indagación del Universo, pero también en las aplicaciones para la guerra, con cadena imparable de crímenes de “lesa humanidad”, desde todos los bandos e intereses, con predominio de un modelo que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, con crecimiento aterrador en la desigualdad, con falta invaluable de justicia.

Confieso que va quedando en el ser humano el más esencial de los refugios, el encuentro en la Cultura, en sus formas múltiples del arte, la expresión creativa en la plástica, en la música, en la palabra,… con búsqueda incesante de la solidaridad para la concordia, la construcción de vida en comunidad.

He vivido por encima de cualquier pronóstico para mi extracción social. No me quejo, he sido favorecido por la fortuna que implica no haberme faltado una familia de albergue y cobijo, un proceso continuo de formación, libros y libretas a mano, música de todas las épocas y géneros, grato trabajo de sobrevivencia en la modalidad más sustantiva: la educación, con jóvenes aliados, infaltables, en el aula del estudiante de la mesa redonda. Y al fondo un sonido asombroso de violonchelo acompañando la voz mezzo.

He vivido en trance de poesía, como interventor de crepúsculos y celebrador de auroras, en un festín que quisiera sin término, con jornadas de permanente aventura por lo incierto de los instantes, y con resultados propios difíciles para mí de evaluar, pero con la creencia afincada en lo transitorio de todo. Somos materia deleznable, lucecita fugaz, ceniza al viento, con la convicción que finalmente nada quedará como suele recordárnoslo José Saramago, y los escépticos de todos los tiempos.

He vivido, finalmente, con la idea atractora de Aleph, un horizonte de intimidad que cautiva, sin abandonar la sensación sincrónica de peregrino y náufrago, sin soslayar el proceso ineludible de “irnos cayendo desde la piel al alma”, expresión de Pablo Neruda, en su imperecedera “Residencia en la tierra”. Y Borges lo decía: “A medida que transcurren los años, todo hombre está obligado a sobrellevar la creciente carta de su memoria.”  Esa carta es una carga que hay que asumir, con la piel y el alma.

- ¿En qué hecho de la historia de Colombia te hubiera querido estar presente?

He quedado un tanto mudo por la pregunta, indagándome por dentro sobre qué momento de la historia colombiana podría ser. Y no he tenido sino una reiteración: la hiperactividad cumplida por Daniel Samper-Ortega en la refundación de la Biblioteca Nacional de Colombia, y el consiguiente despliegue asombroso de gestión cultural en el país, en los años treintas del siglo pasado, con los más precarios recursos. Hubiera deseado acompañarlo, como activista, en cualquier tarea de apoyo. Misión precursora la de aquella personalidad magnífica, con ejercicio pleno de magnanimidad sin antecedentes, y sin consecuentes, lamentablemente. Samper-Ortega murió muy joven, antes de los cincuenta años, quizá se devoró su propio camino a velocidad vertiginosa, con multiplicadora acción, al servicio de la más prístina noción de Patria. Pudieran dedicársele los siguientes versos de Miguel Hernández: “¿Cuándo serás, cometa,/ para función de estrella,// libre por fin del hilo/ cruel de otro albedrío?”

- Si la vida te conduce en alguna ocasión a ser juez, ¿a quién juzgarías?

Juzgaría al destierro más lejano, extraplanetario, a los productores y comerciantes de armas, y a la “clase política” colombiana, que al decir de analistas internacionales de los 60 y 70, es la “más inteligente y corrupta” de todo el continente (por supuesto, de inteligencia perversa).

- ¿Crees que realmente exista el infierno?

Por supuesto que sí creo… Existe en la mente de los oscurantistas tan en boga. Y hay “infierno”  aquí, para los condenados de la tierra, como dice Franz Fanon. La pobreza, la marginalidad, el desplazamiento forzado, tantas formas de violencia,… han generado un submundo que prepondera, con origen en la injusticia reinante, que es el verdadero infierno.

- ¿Por qué esa “clase política”, “más inteligente y corrupta”, no permanece realmente en su infierno y sí nos mandan a nosotros a él?

Porque, por desgracia, en el destino la suerte está echada.


No creo que los caminos conduzcan a la salvación. Somos obra del “azar”, del “destino”

Esta la sexta estación. Hoy encontramos a un Carlos-Enrique Ruiz diferente. Casi pesimista. Habla de la guerra, de los oportunistas, de por qué nuestro país ha sido tan absurdamente violento y hasta trae a colación una frase de Mahatma Gandhi. También aborda algunos temas espinosos, como el del falso “mesías”, de aquellos personajes que hablan en diminutivo, pero que al mismo tiempo andan cargados de tigre. Para algunos serán duras las afirmaciones de Carlos-Enrique cuando le preguntamos sobre la existencia de Dios.

- Martin Luther King dijo que “no le angustiaba la maldad de los malos sino la indiferencia de los buenos”, ¿qué opinas de esta sentencia?

Cierto, pero el magno problema está en quién define a los “buenos” y a los “malos”. Hitler lo hizo, y mira lo que ocurrió. Y entre nosotros el asunto hace mala carrera, bajo la fórmula: el que no está conmigo… es de la g… Por otra parte, está el problema de la indiferencia generada como mecanismo inconsciente de reacción a favor de sobrevivir, mal que bien. El país nuestro ha sido tan violento, que pocas veces se hace una movilización de rechazo, o siquiera gestos de repudio en los rostros de los ciudadanos…Todo lo siniestro que ocurre se ha vuelto tan “normal” que hemos caído en la “indiferencia”. Hay que volver al apotegma de Gandhi: “La verdadera educación consiste en obtener lo mejor de uno mismo”, agregando que el despliegue de potencialidades propias debe de estar en consonancia con la búsqueda infaltable de la verdad, al servicio del bien común, en sentido laico.

- ¿Cuál es la fórmula mágica que tienes para mantenerte siempre optimista, con enormes ilusiones en medio de tantos indiferentes, en medio de tanto cinismo y mentiras, en medio de tanto “mesías” “cargados de tigre”?

En la intimidad soy profundamente pesimista. No creo que los caminos conduzcan a la salvación. Somos obra del “azar”, del “destino”. Soy asiduo lector de escépticos, el mayor de todos, rayano en el pesimismo más brutal, Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego, y le siguen el Juan de Mairena de Antonio Machado, Los cantos de Maldoror de Lautréamont, La tumba sin sosiego de Cyril Connolly, entre otros. Pero me entretengo más con un escéptico moderado como es Michel de Montaigne, en sus Ensayos.  Y como docente, como educador, como padre y abuelo, he sentido la obligación de jugarle al “optimismo”, a la “esperanza”, con la filosofía del si-de-pronto, en mi relación con los niños y los jóvenes.  

Hay que hacer el enorme esfuerzo de pensar que podemos tener un destino mejor, motivando a otros para que desplieguen sus capacidades, sus ambiciones sanas, en la elaboración de sentido de “humanidad”, y en la forja de condiciones mejores para todos, de subsistencia, ambientales, de labor…, en conjunción con el otro, con los otros. De lo contrario el “desasosiego” invadiría todas nuestras células, conduciéndonos a la fatalidad del suicidio.

Cioran fue un pesimista, con ocasión de suicidios en otros, pero hizo de su pesimismo un gran éxito editorial y económico. Me guío, más bien, por la moderación penetrante del escepticismo de Montaigne, que no le pierde reto a la vida en cada día, en el estudio, en la meditación y en hacer con persistencia nuestro trabajo, con vocación y hasta con amor, si esta expresión tuviese algún sentido.

Hay que luchar cada día, con la no-violencia como llama de espíritu, y sin dejar de hacer con intensidad lo que nos corresponde, el despliegue de vocaciones asumidas. Nuestro trabajo, con sus tímidos y humildes resultados, podrá ser un referente pedagógico: en vez de predicar, el mejor ejemplo es el hacer, la labor. Otros podrán ver, apreciar, valorar, aún despreciar, lo que hemos hecho, pero que continuamos haciendo el intento, jugándole a la posibilidad, con esfuerzo y dedicación. En este sentido transmito “esperanza” en mis entornos de familia, de amistades, y en el aula.  (Mi poesía, producción de la más absoluta intimidad, por fortuna no muy ni algo difundida, sí lleva carga pesimista). Pero, con apoyo en una aseveración sartriana, tampoco es indispensable tener esperanza para actuar.

Todo aquello podrá ser mi “fórmula mágica”.

- ¿Será que Dios existe en medio de este caos de envidias, egoísmos, chismes, rumores, cinismo, hambre, desolación?…

La idea de Dios ha venido siendo en la humanidad un refugio como necesidad ante lo inexplicable. El misterio de lo que pudo existir, o no existir, fracciones de segundo antes del big-bang, abruma la mente de científicos y de filósofos. Pero no alcanzamos todavía a entrever una divinidad más allá del mundo real, a no ser como refugio ante el misterio de lo inexplicable. Y esa creencia, como dogma de fe, ha generado tres grandes religiones monoteístas, incapaces de entenderse entre ellas, que se miran con voracidad, desatando tantas guerras y tantas muertes de personas inocentes, con mujeres y niños. El politeísmo puede ser más justificable, al concebir diversidad de dioses, entre estos la Luna y el Sol, o con bellos nombres de las mitologías más antiguas, y de las comunidades aborígenes de todos los continentes.

Ya lo dijo Carlos Gaviria-Díaz: a quien tenga la necesidad de Dios para vivir, hay que respetarlo; igual a quien no tenga esa misma necesidad. Pero cuando esas necesidades actúan con sentido catequístico, de conquista, de imposición a sangre y fuego, se hace polvo el enunciado del eminente pensador-jurista. Asimismo recuerdo lo que solía decirnos el gran Manuel Mejía-Vallejo: "maestrico, Dios es un infinito silencio".

Lejos estamos de un mundo con respeto en las diferencias más antagónicas, y aun en las más sutiles.

En mi caso me acojo al panteísmo por la lucidez expuesta y por el ejercicio de vida de un Baruch Spinoza (“Deus sive Natura”: Dios o Naturaleza), con sus antecesores Bacon y Hobbes, y de análoga vivencia en un Albert Einstein y en un Sigmund Freud. En Giordano Bruno también encontramos esa noción de infinitud del inagotable Universo. Incluso con antecedentes en Akhnatón, por su adoración a la Naturaleza, en el mismo David con su Salmo 104 y en Francisco de Asís por su célebre cántico al Sol, como nos lo hizo saber el humanista Andrés Holguín. La Naturaleza es el todo. Antes de ella, ¿qué?: hasta el momento impensable noticia. Sinembargo, hay una necesidad de trascendencia, en el sentido de sumergirnos en la meditación hacia la búsqueda de respuestas en lo insondable, lo cual significa una cierta forma de religiosidad, pero no ajena a la comprensión del panteísmo.

A mis estudiantes suelo exponerles la necesidad de concebir como del fuero personal las creencias religiosas y las ideologías, sin llegar a hacer de ellas causa de prédica para conseguir adeptos. Pero el mundo actúa distinto, y las guerras siguen con un trasfondo de religiosidad incontrastable.

Livia y CER ("Caldense del año", 1995)


- ¿Alguna vez pensaste en "tirar la toalla" por las dificultades de hacerla?

Por supuesto, no han faltado los momentos críticos. Aquella primera edición fue soportada en lo económico por un conjunto de firmas de ingeniería, de profesores nuestros, y por la misma Universidad. En otros  momentos, ya sin Carvajal-Escobar, la Universidad  la apoyó, pero fue discretamente censurada cuando el rectorado de Luis Duque-Gómez, al salir la No.5, puesto que la consideraban “subversiva”, pero convine con la dirección de la Sede UN en Manizales que me permitieran seguir publicándola, bajo mi personal responsabilidad. La edición No.6 salió con un símbolo grande en carátula (rojo y negro) que representaba sentido de “protesta”, logo que nos acompañó por muchas ediciones, hasta conseguir la presentación vigente.  

Por épocas he tenido ciertos apoyos financieros representados en pautas publicitarias, discretas, no propagandísticas, con momentos muy difíciles al no tener ninguna, soportándola totalmente con los ingresos de Livia y yo, como maestros, lo cual repercutió en inocultables limitaciones familiares. Por años hubo padrinazgo de la “Fundación Mazda”, con la presidencia de José- Fernando Isaza D., pero con su retiro para asumir el rectorado de la Universidad  Tadeo-Lozano, ese apoyo terminó, y volvió a correr suerte el problema de la financiación.

Por otra parte, también debo recordar que en determinado momento un grupo de colegas profesores de la UN crearon la “Fundación Aleph”, en busca de darle soporte económico a la Revista, y en verdad fue la responsable económica de ella durante varios años. Luego, por falta de cierta condición empresarial, no solo de afectos, la Fundación se vino a menos, quedando otra vez Livia y yo con la responsabilidad total. Y ahí vamos, a veces con dos pautas que en algo soportan la vida de la Revista, y cada comienzo de año es la misma expectativa. Sinembargo, no desistimos de producirla, por aquello que en una conferencia de hace años en el área cultural del Banco de la República referí con el siguiente título: “Aleph, crónica de una obsesión”.

Por fortuna ya los hijos están crecidos, profesionalizados y en sus respectivas labores que les permiten subsistir, lo que nos ha liberado de responsabilidades  económicas con ellos, pero no de las afectivas que siguen palpitando, ya con cuatro nietecitos adorables.

En fin, cada trecho recorrido salta la infaltable pregunta: ¿Esto sí tiene algún sentido? , ¿Vale la pena continuar con la Revista?  Las respuestas están únicamente en lo que he llamado “obsesión”.

- ¿Sin lugar a dudas es un homenaje a Borges?

En alto grado sí. Por aquel tiempo de la fundación (1966) yo leía El retorno de los brujos, libro en el cual aparecía El Aleph de Borges, que me impactó. Por otra parte, en nuestra formación de ingenieros estudiamos matemáticas fuertes, y en ella de igual modo tuve similar asombro con la teoría de los transfinitos de George Cantor, cuyo primer transfinito lleva por nombre “aleph”. De manera que esa primera letra del alfabeto hebreo, “Aleph”, congregaba intereses científico-humanísticos, asumiendo el nombre como un símbolo integrador en la Cultura. En diversas épocas he escrito mis propias interpretaciones sobre el nombre, y aquí reproduzco una de las más recientes, puesto que suelen preguntarme acerca del sentido:

Aleph, o La síntesis multicolor

Sonidos

Luces

Rocío sin sombras

Larga conquista de los sueños

Y en las primeras ediciones se encuentran trabajos incluso científico-técnicos compartiendo con las veleidades de la literatura y el humanismo. Luego la despojé de aquel enfoque aplicándola a lo literario y filosófico, en general, con cabida a veces de temas históricos,  de sociología, economía o antropología, dejando lo otro en revista científico-técnica que también  fundé en 1972, y he dirigido, con el modesto nombre de Boletín de Vías, que ha alcanzado las 101 ediciones, de propiedad exclusiva de la UN.

- ¿Disfrutas más haciendo la revista, escribiendo poemas o desarrollando la Cátedra?

Por igual. No solo se disfruta, también se sufre, por las limitaciones materiales y por los retos intelectuales o de espíritu. Trabajo de manera incesante, con pocas pausas como las que otros destinan al “descanso”. Siempre tengo labores entre manos, incluyendo sábados, domingos, semanas santas y no santas. Pero “he vivido”, y con una gran estabilidad familiar, digno hogar, lo que me da ánimo cada día, espero que para largo. Y rodeado de muchos libros y de mucha música. Y de estudiantes, y de algunas, pocas, amistades cercanas. Y de hijos y nietecitos insustituibles.

- Si no fuera Manizales, ¿en qué ciudad te gustaría decirle adiós al mundo?

Pregunta que me toma de sorpresa, por no haberla pensado nunca. Quizá para morir cualquier sitio sea apropiado, por inesperado que sea. Donde tocó, tocó. Y no nos daremos cuenta.

- Menciona por lo menos (sé que es difícil) cinco libros que te hayan enternecido.

No sabría si la expresión “enternecido” sea la apropiada. En general diría, para mi caso, “emocionado”.  Sí, he tenido grandes emociones con libros como Don Quijote de la Mancha de Cervantes, El coronel no tiene quien le escriba de García-Márquez, El mundo de ayer de Stefan Sweig, El coloso de Marusi de Henry Miller, El último encuentro de Sandor Marai, Llama de amor viva de Fernando Charry-Lara… Y no podría dejar de mencionar los Ensayos de Michel de Montaigne y El libro del desasosiego de Fernando Pessoa.

- Igual con algunas películas...

Confieso esa enorme limitación de no haberme formado como frecuentador del cine. De estudiante fui hasta el operario de la máquina “Bell & Howell”, un proyector de 16 mm., el que disponía la Universidad para el primer cine-club que montamos por aquellos tiempos gloriosos de los 60 con nuestro Decano Magnífico, Alfonso Carvajal-Escobar. Recuerdo con deleite algunas películas: “El acorazado Potemkin” (de Eisenstein), “La dolce vita” (de Fellini), “La quimera del oro” (de Chaplin), “El proceso” (de O. Welles), “Macbeth” (también de Welles), “El ciudadano Kane” (también de Welles), “Casa blanca”…, “Los sueños” de Akira Kurosawa.  

Pero no dejo de ser dolorosamente un tremendo lego en cuestiones de cine.

- Y ahora sí, la final: "¿Has perdido la fe?"

Si por “fe” se entendiera “creer en lo que no vemos porque Dios lo ha revelado”, la perdí desde la infancia. Pero tengo fe en un mejor destino de la Humanidad, así no pueda alcanzarse. Y fe en la capacidad de conquistar resultados por el trabajo persistente, que nos puedan compensar con algo de alegría, en servicio a los demás, así el ámbito de nuestra labor sea tan limitado.

Livia y CER en la "Capilla Alfonsina" (Biblioteca de Alfonso Reyes, Ciudad de México)


Y hasta acá esta radiografía afectiva, cercana, de un pensador, de un poeta, del hombre que vivió entre las matemáticas pero, fundamentalmente, es un diálogo franco, abierto y sincero, con un amigo. ¡Salud!

 

 

Bogotá, enero de 2010

 

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