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ISSN 0120-0216
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Mingobierno

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De cómo vivir en tiempos de penuria


Todo tiempo pasado es una añoranza, una pena, o una gloria irrecuperable. Borges lo advirtió al comprender que el pasado es irreal en tanto recuerdo en el presente. No faltan quienes vivan del pasado, con la idea que todo tiempo ido fue mejor. O que fueron tiempos de horror. Sin faltar quienes opinan que todo tiempo pasado fue peor. Las épocas, desde lo inmemorial, son una conjunción de logros por celebrar y de padecimientos, con persistencia en formas de crueldad, violencia y guerras, dolores y cicatrices que arrastramos. Todavía no aprendemos a saber lo que significaría el ejercicio cotidiano de la convivencia, en labores y creatividad. Y en la diversidad. De igual modo Borges atisba el futuro como no real, apenas y suficiente como esperanza en el presente.

Por eso convendría recuperar ciertas lecciones de los griegos antiguos: epicureísmo, pirronismo y escepticismo, para hacer del presente una simultaneidad de recuerdo y esperanza, con tranquilidad. La obra de Michel de Montaigne es ejemplo para asirnos del escepticismo-pirrónico, testimoniado en sus “Ensayos”, que no se cansan de reeditar en múltiples idiomas, con sentido de actualidad permanente. La intención es de aceptar como inevitable lo inevitable, y no asumir padecimientos por lo que ocurre, en virtud de no ser de nuestra responsabilidad individual el destino del mundo. Sin detrimento de la solidaridad, el consuelo o la compasión. Conducta que nos haría propicios a algo de sosiego en el espíritu, tan indispensable para sobrellevar la vida con dignidad y trabajo.

Los lectores solemos encontrar maravillas, una tras otra, de autores y libros, en forma encadenada, o a saltos. Vengo de leer, con inocultable deleite: “Cómo vivir – Una vida con Montaigne”, de Sarah Bakewell (Ed. Ariel/Planeta, Barcelona 2011; 484 pp.), recorrido minucioso por la vida y la obra del insigne personaje, quien en algún momento se decide a escribir sobre su vida, con relatos del trasegar, las dudas y creencias, incluso compartiendo las propias incoherencias y contradicciones, ejemplo que ha servido para que otros en los siglos nos reconozcamos con sentido humano. Michel Eyquem de Montaigne nació en 1533 y vivió 59 años, con sólida formación en autores griegos y latinos, educado en leyes, miembro de familia de afortunados recursos económicos, productora de vinos, con buen estatus en la administración pública, consejero y miembro del parlamento de Burdeos. De 37 años se retira de la vida pública con reclusión en su castillo donde comienza a escribir los “Ensayos”, que se inician con la celebrada frase: “Es este un libro de buena fe, lector.” Escrituras en las que se propuso exponer su propia vida, sin la intención de hacerse referente para nadie. Viajó por Europa, en especial por Suiza, Alemania e Italia, con testimonios consignados en su diario, en ejercicio de su condición de “ciudadano del mundo”. Y tuvo acercamiento comprensivo con indígenas y culturas de la América incorporada a la historia universal.

Fue elegido y reelegido Alcalde de Burdeos (1581-1585), sin salario, con ejercicio sereno y comprensivo frente a la comunidad, en medio de grandes conflictos religiosos entre católicos y protestantes (hugonotes), seguidores de Calvino, que incluye las terribles masacres de San Bartolomé (agosto de 1572), con veinte mil hugonotes degollados por los católicos y sus casas incendiadas. Masacres que se sucedieron, situación que apenas es resuelta en el edicto de Nantes seis años después de la muerte de Montaigne. Celebrado, discutido, controvertido y repudiado por autores y pensadores que le han sucedido, pero sigue presente.

Montaigne fue soporte para escritores y pensadores, comenzando por Shakespeare (con alguna influencia en el “Hamlet”), incluyendo a Rousseau que tomó ideas suyas en el “Emilio”, auncuando lo rechazó. También fueron lectores de su obra Diderot, Lamartine; Pascal, aunque lo repudiaba, lo consideró  su “gran adversario”; Voltaire calificó su obra como el “retrato de la propia naturaleza humana”; Nietzsche lo reconoció como el “espíritu más libre y vigoroso que ha habido”; Flaubert recomendaba leerlo para conseguir tranquilidad, y para vivir; Stefan Zweig lo apreció por sabiduría y grandeza, y le escribió amplio ensayo de valoración, testigo que fue de la derrota de la razón y del triunfo de la brutalidad, y quien descubre en los “Ensayos” normas generales acogidas como las ocho libertades; T.S. Eliot calificó a Montaigne de “niebla”, “gas”, “fluido”, “elemento insidioso”; Borges, tan esquivo y grandioso, se refirió a él una sola vez, al valorar su escritura ajena a lo recitativo, comparándolo con Dostoievski y Cervantes (Cfr. “La supersticiosa ética del lector”, del volumen: “Discusión”); Georges Steiner dijo que él “poblaba sus silencios con la voz de sus libros”; Harold Bloom escribió: “Lo que verdaderamente convierte a Montaigne en un genio universal es su sabia elocuencia en torno a la aceptación de uno mismo, basada en un profundo autoconocimiento.”

Notable es el rescate que hizo Zweig de los “Ensayos” al seleccionar de ellos normas con validez general, que Bakewell recoge como “las ocho libertades”, y vale la pena recordarlas:

Liberarse de la vanidad y el orgullo, que es talvez lo más difícil; liberarse del miedo y de la esperanza, de las convicciones y de los partidos, de las ambiciones y toda forma de codicia, vivir libre, como la propia imagen reflejada en el espejo, del dinero y de toda  clase de afán y de concupiscencia, de la familia y del entorno, de fanatismos, de toda forma de opinión estereotipada, de la fe en los valores absolutos.

La Bakewell desarrolla su obra en veinte capítulos, para responder a una sola pregunta: ¿Cómo vivir?, con los respectivos intentos, de apego a las exposiciones de Montaigne: No te preocupes por la muerte; Presta atención; Nace; Lee mucho; olvida gran parte de lo que has leído y sé lento de entendederas; Sobrevive al amor y a la pérdida; Usa pequeños trucos; Cuestiónatelo todo; Ten una habitación privada en la trastienda; Sé sociable, convive con los demás; Despierta del sueño de la costumbre; Vive con moderación; Conserva tu humanidad; Haz algo que nadie haya hecho antes; Ve mundo; Haz bien tu trabajo, pero no demasiado bien; Filosofa solo por accidente; Reflexiona sobre todo, no lamentes nada; Abandona el control; Sé ordinario e imperfecto; Deja que la vida sea su propia respuesta. Capítulos que desarrolla con meticulosidad, hilvanando aspectos de la vida del personaje, en contextos de época.

En ese recorrido la autora revisa episodios de la biografía del personaje y escudriña en su palabra, con mirada tranquila en la interpretación histórica. Asimila la consideración de aprender haciendo lo que corresponda, igual aprender a vivir viviendo, pero a condición de despertar en la persona, desde la niñez, la capacidad de cuestionarlo todo. Montaigne fue presa de tres sistemas de pensamiento acuñados por los griegos: el estoicismo, el epicureísmo y el escepticismo (en especial el escepticismo-pirrónico), de difícil distinción entre ellos, pero que de conjunto promovían la “eudaimonia”, es decir, la felicidad, la alegría o el esplendor humano. Sistemas o escuelas que a su vez le fueron objeto de combinación o mezcla, de acuerdo con las circunstancias o con los ámbitos de pensamiento que asumía. Comprensión filosófica que le condujo a vivir bien, ejercer como buena persona, disfrutar la vida: la “ataraxia”, equilibrio en las actuaciones, o imperturbabilidad en su manera de ser, o la condición de impasible.

Hay problemas que se plantean en la vida respecto a la muerte como insalvables, pero aquellas escuelas trabajaban supuestos que pudieran afrontarla, a medio camino, para conquistar indiferencia o sosiego. Si ese fin es ineludible y el tiempo se nos escapa, al vuelo, entonces no habrá de qué preocuparse. Nuestra muerte será objeto de atención de otros, en virtud de no tener capacidad alguna para actuar en ese momento el más crucial. Séneca recordaba que si se consiguiera vivir a plena conciencia de la realidad del mundo, la vida se asumiría sin depresiones o aburrimientos. Y Montaigne reclamó aprender a vivir de forma adecuada, lo que es obra mayor y gloriosa. Epicteto también nos invitaba a aceptar lo que ocurre tal como ha de ocurrir, y de esa manera alcanzar la serenidad. Montaigne consiguió avanzar en aquellas ideas, teniendo como punto de partida el aceptarnos como somos.

El pirronismo fue el mejor amparo para Montaigne, resumido en una palabra del griego: “epoché” (o “epojé”), ‘suspendo el juicio’, estado mental de reposo, que el pensador francés adaptó al ‘me contengo’ (‘je soutiens’). Actitud de vida diaria que lleva a aceptar la realidad, y no a angustiarse por lo que debe o debió ser. Escuela de pensamiento muy afín con tendencias orientales, pero no con el budismo zen. Ese suspender el juicio representa el talante de no comprometerse en respuesta con nimiedades, o en asuntos que impliquen polarizaciones, o dogmatismos de suyo repudiables. La duda, instrumento de actitud fundamental.

Alcanzar y preservar sosiego, la serenidad, la moderación. Estado de ánimo que lleva a no manifestarse de manera tajante en los diálogos o controversias. Montaigne hacía gala de personalidad curtida en estas maneras de conducir la propia vida y de manifestarse frente a los demás, sin arrogancia alguna, e hizo de la “epoché” una manera de escuchar a todo el mundo, pero sin comprometer la mente.

En el tema religioso, Montaigne quiso tener fe en el catolicismo, pero no dejó de comportar distancia, desinterés real, con tan extremo cuidado que no tuvo problemas delicados con la Iglesia. Y su apego aparente tuvo que ver con los riesgos que se corrían en su tiempo al no tener esa filiación. Su preocupación espiritual tuvo mayor asomo en la forma de moral laica. Sinembargo, sus “Ensayos” fueron a dar al “Índice de libros prohibidos”, donde reposaron 180 años, pero al levantárseles tan cruel censura, en 1854,  se convierten en texto de obligada consulta para pensadores, escritores, lectores…

Montaigne fue atraído con sentimiento poderoso por Etienne de La Boétie, también funcionario del parlamento de Burdeos, autor “De la servidumbre voluntaria”, sentimiento que fue recíproco. Seis años estuvieron en extrema cercanía, hasta la muerte de La Boétie, dos años mayor que aquel, en cuyo honor editó sus obras. Amistad que no ha dejado de recordar la de Sócrates con Alcibíades. Proximidad que ha quedado dentro del misterio más absoluto. Dos años después de la muerte de La Boétie, Montaigne toma como esposa a Françoise de La Chassaigne que le acompaña hasta su muerte, sobreviviéndole una hija, Leonor.

La autora del libro, motivo de esta reseña, resalta las cualidades que más merecieron la atención de Montaigne: curiosidad, sociabilidad, amabilidad, compañerismo, capacidad de adaptación, reflexión inteligente, condición para asumir la actitud del otro y la buena voluntad. A su vez, Montaigne desconfiaba de la creencia en dejar en manos de la divinidad el destino, e hizo énfasis en favorecer la condición humana afinando comportamientos para ordenar la vida en método y moderación. Y tuvo también la singularidad de darle sentido a la mediocridad como la manera preponderante de vivir, propia de la condición humana. Sostuvo actitud en su relación con los demás de hacer notar que nada nos ganamos con dramatizar las situaciones difíciles, acudiendo a los soportes del escepticismo, al entender que a pesar de lo mal que ocurra la vida sigue adelante, sin necesidad de acudir al desespero.

Marie de Gournay fue una joven, treinta y dos años menor que él, que seducida por los “Ensayos” buscó acercarse a Montaigne, consiguiéndolo hasta alcanzar ser su más cercana asistente y editora, coleccionadora de las notas del autor sobre los volúmenes publicados, y las que le dictaba, lo que la llevó a publicar edición “definitiva” en 1595, tres años después de muerto el autor, reconocida como la edición de Marie de Gournay, dominante en los tres siglos siguientes. Edición que suele contrastarse con la encontrada a finales del siglo XVIII, reconocida como la “Copia de Burdeos” de 1588. Sinembargo, se considera que la de Gournay es la más próxima a la versión final que estimaría Montaigne.

Con visión un tanto compasiva y crítica, Sarah Bakewell repasa ediciones que se hicieron en diversos idiomas, llamando la atención sobre la manera como fueron apareciendo selecciones, fragmentos, resúmenes de los ensayos y hasta colecciones de citas, de amplia difusión, a veces con intención sesgada. Lo que demuestra la enorme riqueza de los “Ensayos”, especie de veta de múltiples exploraciones, con la aceptación universal de un verdadero clásico.

El maravilloso libro termina con resumen ponderado en la valoración de Montaigne, calificándolo la autora como “hombre gozosamente secular”. Repasa, incluso, el trajín que padecieron sus restos mortales, hasta quedar finalmente el sepulcro en Burdeos, en el Museo de Aquitania. Intuye su contribución en estos comienzos del siglo XXI bastante difícil, por el individualismo que se ha impuesto con el desarrollo, en contraste con la propensión de Montaigne a la moderación, a la comunicación cortés con los demás y a la comprensión de los mecanismos psicológicos que originan los conflictos, actitudes por rescatar en estos tiempos convulsos, con desenfreno en codicia y en confrontaciones bélicas.

Los dioses sabrán preservar en la gloria a quien supo sortear la vida entre dos fuegos, y dilucidarla en meditación compartida en los sabios y singulares “Ensayos”.

Michel de Montaigne es referente mayor de nosotros los librepensadores.

 

 

En Aleph, a 08.VIII.2012

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