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Alejandro Gaviria y su libro "Siquiera tenemos las palabras"

En tiempos inmemoriales los sonidos, quizá guturales, de nuestros antepasados, fueron evolucionando hasta configurar formas de expresión en lenguajes múltiples, diversos, para intercambiar opiniones, pareceres, sentimientos. Y llega el momento histórico que la palabra se erige en santo y seña de la humanidad. Nos identificamos por lo que decimos, y nos hacemos diferentes por las actitudes explícitas en las palabras. La palabra es la fortuna mayor en la evolución de la especie humana, la más rara, compleja y complicada de todas las especies, con capacidades insospechadas de crecer y destruir.


El libro más reciente de Alejandro Gaviria lleva por título “Siquiera tenemos las palabras” (Ed. Ariel, 2019). El autor es un académico, investigador e intelectual de alto vuelo. Desde temprano en la vida tuvo voz pública en columnas de prensa y en los medios universitarios. Posiciones distintas a las consagradas por la normativa de los medios y los poderes, lo han caracterizado, sin pretensiones de publicista o de mercader. Ocupa la cátedra y cargos en universidad, y de pronto es Ministro de Salud, con base al reconocimiento de sus juiciosas investigaciones sobre el sector y por su independencia de partidos, religiones e ideologías. Personalidad segura en la capacidad de inquirir, de contraponer el pensamiento de libre examen a los estándares consagrados en los melifluos ambientes de las vocerías públicas. Escéptico moderado, a la manera de Michel de Montaigne, o de Borges, heredero de los estoicos. Devino ahora, en buena oportunidad,  Rector de la Universidad de los Andes.

En su obra se ocupa de examinar el pensamiento en la literatura de autores de su especial consideración: Borges, Conrad, Machado de Asis, Stanislaw Lem, Orwell, Brodsky, Greene, Swift, Kundera, Márai, Huxley, sin desconocer a García-Márquez y a Vargas-Llosa. Y dispone de criterio fundamental al estimar que la literatura es un refugio, a la defensiva, a la vez que servirnos de consuelo y resistencia, con auxilio primordial en su capacidad de intuición.

De la manera como ejerce el escepticismo, de igual modo se nutre y reivindica la ironía. En el libro se pasea con soltura por conocimientos de su formidable erudición, con escritura cautivadora, pero con predominio del pensamiento que desentraña en sus lecturas abundantes y sobrecogedoras. En Borges destaca la actitud de la autoironía, una manera de burla de sí mismo. En Machado de Asis encuentra al escritor mordaz, con moderado, lúcido y sosegado pesimismo, a la vez de calificarlo como el primer ironista de este lado del mundo, digno sucesor de Swift y Voltaire. En Stanislaw Lem explora alcance, oportunidad y sentido de la felicidad, en narración con robots de personajes, con intento de imponer el bienestar y la felicidad a todo el mundo, por medio de la “Altruicina”, una pócima de farmacia. El fracaso es rotundo, para resaltar el oficio venenoso de los milagreros de todas las épocas y lugares. Todo para entender que en la humanidad se padece el dilema comprendido entre la magnificencia y la miseria.

Resalta en George Orwell la conducta de integridad ética e intelectual, no carente de coraje, quien a su vez señaló a la corrupción como deterioradora del lenguaje, lo que a su vez acentúa la corrupción. Y en el devenir histórico, Orwell señala como muchas palabras han perdido sentido de origen, entrando a significar nada en algunos casos. De lo cual se concluye que un lenguaje deteriorado no es posible regresarlo a un estado de significación. Resalta en especial el ambiente de mentira que configura al lenguaje político, con ropaje de verdad; es decir –dice Gaviria- “el caos de la política comienza con la corrupción del lenguaje”.

De Brodsky dice haber asimilado rara enseñanza, la de escribir discursos de grado, a la vez que refiere el pronunciado por aquel en Ann Arbor en 1988, identificándolo como un texto clásico en la modalidad. Se identifica con su talante liberal, al rubricar lo expresado por Joseph: “La democracia está a mitad de camino entre la pesadilla y la utopía”. Al referirse a este autor recuerda anécdota en clase suya de filosofía, en el décimo grado, cuando el profesor exponía acerca de los presocráticos, y alguno de los alumnos repone: “para qué complicarse la vida”, y el profesor con solemnidad mira con detenimiento y dice: “Lo bueno de la vida es complicarla”. Aprovecha el capítulo para exponer tres ideas: tratar de llevar la contraria; complicar la vida con el ideal socrático de examinarla, con repudio al utilitarismo, al facilismo y a la inconsciencia, y rechazar la verdad contenida en un solo libro, en un líder y en un credo.

El repaso de la obra y el pensamiento de Joseph Brodsky lleva a Gaviria a comprender que la lectura juiciosa de los autores consagrados puede protegernos de la arrogancia y de quienes pretenden disponer de soluciones definitivas; es decir “la literatura puede ser un seguro moral”.

En la novela “Nostromo” de Joseph Conrad, con la descripción de “Costaguana” la república en ficción,  Gaviria encuentra identidad con el temperamento latinoamericano, donde las pasiones e ideales absurdos llevan a las personas a perseguirse unas a otras, incluso en lo desmedido de la religión. Una visión de América Latina con sus tensiones entre lo alcanzado en positivo y los populismos y las revoluciones frustradas.

Asimismo, en el libro se hacen valiosas consideraciones sobre la obra de poetas que con su pluma enfrentan el “hibris”, lo desmedido en la confianza, la arrogancia y la soberbia. Están Nicanor Parra, Rafael Cadenas, Octavio Paz, Enzensberger, Pasternak, Szymborska, Padilla, Yevtushenko. Aborda a Graham Greene, Swift y Vargas-Llosa sobre el cinismo y las buenas intenciones. A Kundera lo alude en virtud de lo relativo de las verdades humanas, para considerar el fin de la tragedia como determinista, sin dejar lugar para la incertidumbre, el azar y los errores. Aprovecha para plantear la validez de un “liberalismo trágico”, al amparo de los conflictos entre justicia y paz, libertad e igualdad, seguridad y libertad, con refuerzo en la idea de Isaiah Berlin de no ser posible eliminar de la vida humana el conflicto y la tragedia.

El libro termina con una carta que le hace Gaviria a una supuesta y futurísima bisnieta, para plantearle la mala herencia que le dejamos en lo ambiental, amparados en la alianza de estupidez e ingenio. Seguida la carta de una recuperación de moderado optimismo, al considerar las obras últimas de Aldous Huxley, en especial “La isla”, su novela final, que califica apropiada para la incertidumbre de los tiempos que corren; en ella se plantea la necesidad de una educación con énfasis en el escepticismo, en el rechazo a la especialización, en el autoconocimiento y en el cultivo del asombro.

 

[“La Patria”, domingo 09.VI.2019]

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