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Álvaro Tirado-Mejía y la dimensión histórica de Alfonso López-Pumarejo

Es indudable que la producción historiográfica colombiana ha avanzado notablemente en los últimos años y que se ha pasado de la presentación mistificadora y la producción de fechas, patrimonio de las academias, a una interpretación más solida y  menos encubridora de la realidad histórica del país.
………………….

La literatura, la verdadera literatura sin mistificaciones, es la aliada y en ocasiones la guía del historiador.

[Álvaro Tirado-Mejía. Sobre historia y literatura.En prólogo a libro de Alfredo Iriarte “Lo que lengua mortal decir no pudo”, 1981/2003]

 



La Historia como estudio riguroso del pasado no ha sido entre nosotros un fuerte. En la educación se la ha desconocido, al punto de su desaparición por años como asignatura, pero reciente se ha promulgado una ley creándola de nuevo, con alegría de ficción, puesto que no se fijó una política ejercible de Estado en la formación de docentes, con solvencia en el conocimiento y seguros en la motivación pedagógica. Es parte de la tragedia que como espacio de Nación hemos padecido, en un conjunto de problemas desencadenantes de violencia que no termina.

Sinembargo, hay programas universitarios con formación cuidadosa e investigaciones serias, todavía sin mayor impacto en la escala educativa. Y ha habido también investigadores que se atrevieron a romper la tradición de la historia como un cuento de salón, para indagar en los archivos y con formación científica establecer motivos de los acontecimientos, con las debidas consecuencias. Es el caso de la reconocida “Nueva Historia” abierta con la escuela formada por Jaime Jaramillo-Uribe, a partir de su regia obra y de discípulos templados en el rigor de las pesquisas, con trabajos consagrados por la fuerza documental y las narraciones objetivas. Al eminente profesor le sucedieron Jorge-Orlando Melo, Germán Colmenares, Margarita Garrido, entre otros. Sin desconocer las contribuciones de Luis Eduardo Nieto-Arteta, Indalecio Liévano-Aguirre, Orlando Fals-Borda, Antonio García, Gerardo Molina, Diego Montaña-Cuéllar, Gabriel Poveda-Ramos, Marco Palacios, también entre otros.

 En esa línea puede inscribirse la obra de Álvaro Tirado-Mejía, quien en 1971 nos sorprende con su tesis de titularidad en la Universidad Nacional: “Introducción a la historia económica de Colombia”, libro que nutre a los más estudiosos universitarios que se aventuraban en aquellos años 70 a repensar el país e intentar formulaciones de cambio que, por desgracia, caen en los esquemas de polarizaciones insustanciales, y el mundo sigue.  En esa obra se estudia el origen del capitalismo en el surgimiento de los estados nacionales, como consecuencia de la conquista de América, hasta consagrar la política como un cálculo y al político como un calculador. Establece el aserto de ser el descubrimiento de América una necesidad de efecto, a la vez de ser una de las causas del capitalismo, por necesidad de oro y de nuevas rutas para el comercio. Estudia las razones y efectos de las diversas formas de Mita (minera, agraria, industrial u obraje). Y llega a considerar que la esclavitud sobrevivió mientras fue rentable. 

En esa obra hace un recorrido de examen juicioso sobre el desarrollo de formas económicas, la burguesía, el empresariado, los obreros y campesinos, la reforma agraria como dictamen de la Declaración en 1962 de Punta del Este. Estudia el fenómeno y proceso de la colonización antioqueña y dedica especial espacio a los móviles, acciones y consecuencias en los intentos de reforma agraria. Importante capítulo dedica a la llamada “Revolución del medio siglo” (s. XIX), con la que identifica como “coalición de clases”: la burguesía, los artesanos, los pequeños propietarios agrícolas y los esclavos, contra la aristocracia terrateniente. Proceso que terminó frustrado con el fracaso de la intentada reforma agraria y la derrota de los artesanos lo que condujo a la ruina de la producción manufacturera nacional para ser sustituida por importaciones.

Tirado-Mejía es colombiano de Medellín (n. 1940), abogado de la Universidad de Antioquia y doctorado de la Universidad de París, con destacada trayectoria académica en la Universidad Nacional de Colombia, con los honores debidos a su rango: profesor/investigador y emérito UN, investigador emérito de Colciencias, invitado en diversas universidades el mundo. Consultor en derechos económicos, sociales y culturales. Fue presidente de la comisión interamericana de derechos humanos en la OEA y embajador de Colombia en Ginebra. Su producción ensayística es bien amplia. En los temas de mayor interés pueden resaltarse: el gobierno de Alfonso López-Pumarejo, la reforma constitucional de 1936; descentralización y centralismo; historia y literatura; derechos humanos…

En 1976 la “Biblioteca básica Colombiana”, del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), publica con el No. 20 su libro “Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia”, con un acervo documental que impresiona. Tirado-Mejía se ocupa en esta obra de desentrañar razones y consecuencias de la violencia en Colombia, al desenmascarar opiniones dominantes de ser este país de los más respetuosos de las leyes y de las instituciones. Escudriña en fuentes el número de guerras en el siglo XIX, a nivel nacional o guerras generales y las regionales o locales, sin confirmar un dato exacto. Igual pesquisa el número de muertes producidas y los costos económicos de esas confrontaciones. Con fuente W.P. Mc. Greevey dice que en las  guerras del siglo XIX se produjeron 139.300 muertos, aunque Francisco Posada, también en fuente citada, relaciona 170.000, en el período 1886 hasta final del siglo, es decir uno por cada 20 habitantes, al tomar en cuenta la población de la época: 3.500.000 personas. Además hace notar que en muchos casos la mayor parte de las muertes eran ocasionadas por los rigores del clima y por las enfermedades.

Al investigar sobre las causas o motivaciones de esas guerras señala el poder de la Iglesia, las disputas de los mandos militares, los problemas en la propiedad y aprovechamiento de las tierras; también las confrontaciones ideológicas de los partidos y sus fracciones, con intereses de poder y económicos. Igual, el problema racial. Y en últimas, el negocio de la guerra. Pero de por medio estaba la educación, en general en manos religiosas, con intentos algunos logrados de establecer instituciones de educación laica. Con asomos civilizadores como la “Expedición Botánica”, la “Comisión Corográfica” y la re-fundación de la Universidad Nacional de Colombia.

El tema de la historia lo ha trabajado Tirado-Mejía en múltiples conexiones. Así, por ejemplo, en su libro “Sobre historia y literatura” (1991) estudia, en uno de los ensayos, el desajuste colombiano entre Estado y sociedad, a partir de la consideración de ser Colombia portadora de aguda inequidad, con índices tremendos de violencia, a la vez con enorme retraso en asumir el camino de la modernidad transitado por países en Europa. Señala el “Frente Nacional” como novedoso experimento que permitió resolver confrontación política de violencia, con reparto paritario de los cargos públicos entre los dos partidos tradicionales, y sucesión presidencial en alternancia. Situación que a su vez generó problemas al no facilitar el reconocimiento de otros movimientos políticos, y ocasionando serias restricciones en dinámicas de cambio, con retardo en reformas fundamentales requeridas por el Estado.

En el ensayo aludido Tirado-Mejía señala tres cuestiones, al parecer todavía sin solucionar, a pesar de la Constitución de 1991; son ellas: intervenir el modelo de desarrollo económico y social; la necesidad de transformar los mecanismos de representación de los ciudadanos y de los partidos políticos, y la imperiosa necesidad de recuperar para el Estado el monopolio de las armas y de la justicia.

Recuerda a Bobbio, en el ensayo que dedica a Bolívar, al señalar los problemas cruciales, vigentes todavía, provenientes de los siglos XVIII y XIX, manifiestos en una crisis global, en términos de penetración, integración, identidad, legitimidad, participación y distribución. 

En el mismo ensayo al referirse a la ambición de Bolívar por integrar a Latinoamérica, destaca las limitaciones en alcanzar ese objetivo por la carencia de un núcleo común de significados, valores, creencias y fines, a pesar de lo común en idioma y en origen. Y hace llamado a perseverar en la modernización de América Latina, asumiendo de manera principal los más ambiciosos retos en educación y cultura.

Otro de sus libros celebrados es el dedicado a examinar lo ocurrido en los años sesenta, con impactos en la Cultura (“Los años sesenta – Una revolución en la Cultura”, 2014), una concienzuda investigación que indaga por lo ocurrido en el mayo francés de 1968, en el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, las revueltas estudiantiles en las universidades de Berkeley y Berlín, la irrupción del Rock, los impactos en el arte moderno, la confrontación Sartre-Camus acerca del compromiso de los intelectuales, las maneras como entra el modelo norteamericano a las universidades colombianas; el tema de la guerra de Vietnam con capítulo aparte. Y el surgimiento entre nosotros, por ejemplo, del Nadaísmo, una corriente contestataria que dejó huella profunda, con escritores de calidad e impacto.

Tirado-Mejía registra en esos años los acontecimientos de la insurrección universitaria, por ejemplo el cierre de 500 universidades en Estados Unidos, entre ellas la Universidad de Columbia, y 21 ocupadas militarmente. En Japón hubo 54 universidades en protesta, la Universidad de Barcelona fue cerrada, la huelga de tres meses en la UNAM y la matanza en la Plaza de Tlatelolco, o de las Tres Culturas.

A su vez, este autor se ocupa de apreciar los impactos de esos movimientos en Colombia, con los conflictos en el sistema universitario, la mayor participación de la mujer en las universidades, el auge de las universidades privadas, con pérdida de prestancia en liderazgo de la Universidad Nacional en el sistema. En las reformas destaca el ingreso del modelo USA en las universidades Nacional, de Antioquia y la del Valle, con rectores médicos formados allá. Asimismo, resalta el surgimiento de programas de Sociología, Antropología, Psicología, Ciencia Política e Historia. Las Ciencias de la Educación tienen aire con impulso de la Alianza para el Progreso. Y el fortalecimiento del programa de Economía como una ciencia capital. También se refiere a la implicación en la educación superior del Frente Nacional, con gobierno compartido entre liberales y conservadores.

Una de las ocupaciones centrales de Tirado-Mejía, investigador, ha sido la significación ideológica y política de Alfonso López-Pumarejo, como intento de modernizar a Colombia, en los diversos campos de la actividad del Estado, lo cual logró en algunos aspectos, en medio de febril oposición. Su libro “El pensamiento de Alfonso López-Pumarejo” ha merecido cuatro ediciones adicionales, tres de ellas con el título “Aspectos políticos del primer gobierno de Alfonso López-Pumarejo 1934-1938”, y una quinta con retorno al título original, presentado en la “Feria Internacional del Libro, FilBo-2019”, en coedición UN-Ed. Random House.

Se trata de una obra capital, con minucia de investigación, que comprende estudio de los procesos en la época como la participación del pueblo, la actitud de los partidos políticos tradicionales, los conflictos que López padeció con su partido, con el Congreso, con la encarnizada oposición,… Sinembargo, por su reciedumbre intelectual y política consiguió en 1936 una trascendental reforma de la Constitución de 1886, con pasos adelante por la conquista de un Estado laico con un sistema de educación regido no por el monopolio de la Iglesia sino orientado a formar personas de manera integral, en los conocimientos y en los deberes ciudadanos.

Alfonso López-Pumarejo (1886-1959) recibió educación en los Estados Unidos y en Inglaterra, y perteneció a la reconocida “generación del centenario” (con Agustín Nieto-Caballero, Tomás Rueda-Vargas, Pablo Vila, Miguel Fornaguera, Ana Restrepo del Corral, entre otros). A edad temprana entró a colaborar con su padre, Pedro A. López, en su empresa “Casa López”, de notable emprendimiento en la creación y consolidación de industrias, entre ellas las del café, los transportes, la agricultura, la banca. En esas labores López-Pumarejo adquirió experiencias valiosas en temas financieros. Pero su inclinación a la política lo llevó a ocuparse de temas nacionales, con notable inteligencia y comprensión cabal de los problemas, puesto que su sensibilidad social era reconocida y notable. Condición que le llevó a la presidencia en 1934, con programa de profundo calado popular recogido en los lemas de la “República Liberal” y de la “Revolución en Marcha”, después de 60 años de dominio Conservador, en la comprensión que era posible una gran transformación de la sociedad y del Estado, sin apelar a medios violentos, con énfasis en la revolución agro-industrial.

La política de López conducía a modernizar a Colombia, por medio de una serie de reformas de gran impacto, que involucraron aspectos tributarios, constitucionales, educativos, laborales y en las relaciones internacionales. Impulsó una reforma agraria con la propuesta de redistribuir la tierra para que sus propietarios fueran quienes la trabajaran, con normativa especial para arrendatarios y colonos. Viejo anhelo que ha tenido enconadas oposiciones, hasta dar al traste con ella, una y otra vez.

Tirado-Mejía resalta la manera como López consiguió atraer y comprometer al movimiento de los obreros, con el reconocimiento legal a sus organizaciones y el apoyo económico a las centrales que los congregaban. Asimismo, lo identifica como un liberal de ideas y actitud, cosmopolita por educación, labores de comercio, viajes y por su mirada comprensiva del mundo, que a su vez era nacionalista distanciado de la retórica, favorable a un Estado intervencionista; por demás pacifista, favorable a los debates con argumentos y capacidad de convencer al otro, negado para los procederes autoritarios o de imposición por los superiores en jerarquía.

En la reforma constitucional conseguida en 1936, López-Pumarejo consiguió que se adoptara una política intervencionista de Estado, para el control en los campos económicos y la regulación de la vida social, con la dirección compartida con los particulares de algunas actividades y gremios; asimismo, consiguió involucrar nuevo concepto de propiedad en tanto función social, también el carácter laico del Estado y el agrupamiento de los derechos sociales.

López impulsó reformas en la Educación para suprimir la hegemonía de la Iglesia y de los conservadores en ella, que venía teniendo al Estado como subordinado, con la abierta oposición de los obispos. Tirado-Mejía relaciona los aspectos en la concepción global e integradora de la educación en el pensamiento de López, que comprendiera incluso aspectos de capacitación para el cultivo de la tierra, la preparación de los alimentos, la adopción de normas de higiene personal y familiar. También, en esa línea de pensamiento, la educación debía ocuparse de formar administradores, personas entendidas en las finanzas y para las posiciones en la diplomacia; igual intervenir en la capacitación de personas para los desempeños en la fuerza pública; formar aviadores y marinos, artesanos y agricultores, obreros técnicos y empleados. Y resultaba más trascendental, su interés en rescatar a la mujer en la educación y en  labores productivas.

En la educación universitaria, lo estudia Tirado-Mejía, López la concibió integrada en un sistema con los niveles que le anteceden, con reforma del bachillerato y de ella misma, con la Universidad Nacional de Colombia como cabeza del sistema y la creación de la Ciudad Universitaria, en su campus central en Bogotá, congregando escuelas dispersas de educación superior.

Interesante la tremenda anécdota que recuerda Tirado-Mejía al exponer el caso de un profesor del Instituto Pedagógico que fue objetado por el arzobispo de Bogotá en virtud de la orientación que le daba a su curso, en razón de estar enseñando doctrinas expresamente condenadas por la Iglesia. El Ministro de Educación le respondió no accediendo al pedido de “Su Excelencia”, con copia al Ministro de Relaciones Exteriores, quien a su vez se dirige al Nuncio calificando la actitud del arzobispo de contraria a las “nociones de decoro y de independencia del poder civil” e invocando la necesidad de reformar el Concordato.

El libro de Tirado-Mejía examina con detalle las corrientes políticas opositoras al gobierno de López-Pumarejo: la llamada “Acción patriótica económica nacional, APEN”, integrada por los grandes latifundistas; el Partido Comunista, con algunos momentos de condescendencia; el Partido Conservador, el más fuerte y beligerante opositor, que llegó al extremo de inculpar al gobierno de masonería y comunismo. Un prelado de negra historia, regente en Santa Rosa de Osos, promulgó unas incendiarias cartas pastorales, llegando a decir en una de ellas: “La masonería, que es la religión de Satanás, forjó la Revolución francesa con el único fin de arrancar a Cristo de la humanidad”, y agrega que Colombia fue nación escogida por la “secta judío-masónica” “para hincarle el diente y destruir el reinado de Cristo en las almas y la civilización cristiana”. En contraste, el autor recuerda como López en su ideario diferencia entre oposición constructiva y oposición negativa, con la primera que invita al pueblo a proponer y realizar acciones de bien, y la segunda a destruir, sin consideración alguna, a la manera del anarquismo. Con especial desarrollo, Tirado-Mejía se refiere a la oposición tan dramática de Laureano Gómez, con quien fue López amigo por años, acudiendo a los ataques enfurecidos y personales, hasta atreverse a decir que la construcción de la Ciudad Universitaria, de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, tenía como finalidad valorizar terrenos del presidente.

López-Pumarejo tuvo atención central por la Educación, como preocupación principal por la instrucción pública, conociendo de donde venía, de las manos de refinado consorcio de clero y conservadores. López trató de hacer reformas con tino, al tratar de no provocar la oposición, pero al tocar los intereses de la Iglesia que regía la educación, con propósitos de darle al Estado la potestad de regencia que le correspondía, como ocurría en otros países. Hubo una primera reacción al objetar la Iglesia la supervisión de las inversiones del Estado que tenía a disposición.

Los despropósitos alcanzaron campos como al publicarse la “Revista de las Indias” del Ministerio de Educación, con Echandía a la cabeza, con vocación de divulgar las letras con sentido de modernidad, pero la reacción fue brutal, incluso Don Tomás Rueda Vargas, que era uno de los regentes en el “Gimnasio Moderno” llegó a rechazar con el supuesto de ella no disponer de contenidos morales merecidos por los docentes y los educandos, calificándola de “publicación pornográfica” y de convocar a un “intenso y entusiasta saboteo” contra la Revista, al señalarla de “órgano amoral e irreligioso.” Y el obispo de Antioquia y Jericó decretó prohibición de leerla, bajo pena de pecado mortal. Pasiones desmedidas, sin la mínima noción de racionalidad para el libre y desprevenido examen.

Tema también de cruda polémica fue el paso dado por López de introducir la educación mixta en los colegios oficiales de secundaria y al fomentar el ingreso de la mujer en las universidades. Las posiciones más avanzadas en estos aspectos las tuvo Gerardo Molina en el Parlamento, incluso propiciando la participación de los estudiantes en los consejos directivos de las facultades y reconociendo igualdad de derechos de la mujer, a la vez que impulsó la educación de los trabajadores en los distintos niveles. 

Para terminar, quedando tanto por decir, vale repetir lo dicho tantas veces por Tirado-Mejía: “Alfonso López-Pumarejo fue el estadista más importante del siglo XX en Colombia”. Y, digo yo, también en lo que va corrido del s. XXI.

 

En Aleph, mayo de 2019

 

 

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