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ISSN 0120-0216
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Lo que va y viene en el saber, el hacer y el esperar / Intervención en la posesión de "Miembro Honorario" de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales

Profesor Dr. D. Enrique Forero, Presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y Presidente del Colegio Magno de las Academias
Dr. Carlos Vargas, Vicepresidente de la Academia
Académicos de la dirección y corporados
Rectores, exRectores, colegas universitarios 
y alumnos de la “Cofradía del Estudiante de la Mesa Redonda” 
Amigas y amigos 

         
Familia mía. Livia:

Esta muy honrosa y sorpresiva “exaltación”, acentúa mi timidez y apenas consigo decir: ¡Gracias!, con la efusividad propia de quien es más dado a la intimidad y a la conversación en pequeños círculos. Al habérseme dado a conocer esa decisión, se me agolparon sentimientos con memoria en examen de pasado, sin dar con la razón que la motivó.

La Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales es institución benemérita, y en su cuerpo se han congregado científicos de diversas disciplinas con realizaciones de excelencia, en historia que supera los dieciséis lustros, incluso con semilla en los albores de la República. Algunos nombres me afloran: Jorge Álvarez-Lleras, Julio Garavito-Armero, Belisario Ruiz-Wilches, Jesús-Emilio Ramírez, Enrique Pérez-Arbeláez, Carlo Federici-Casa, Luis Eduardo Mora-Osejo, Hans Herkrath, Nina S. de Friedemann, Virginia Gutiérrez de Pineda, Santiago Díaz-Piedrahita, Víctor-Manuel Patiño, Michel Hermelin,… que dejaron impronta en sus especialidades y en la institución universitaria, en especial en la Universidad Nacional de Colombia.

Para esta ocasión me he atrevido a pergeñar unas páginas que con la venia del Presidente y de ustedes pasaré a presentarles, sin otro ánimo que explorar en acercamientos de provecho.

 Lo que va y viene en el saber, el hacer y el esperar

Palabras al recibir la exaltación de “Miembro Honorario” de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Manizales, “Centro de Ciencia F.J. de Caldas” (en el “Centro Cultural Universitario Rogelio Salmona”, viernes 23 de noviembre de 2018).  Tomo en el título los tres elementos fundamentales de las preguntas formuladas por Kant al final de la “Crítica de la razón pura”. 

 

El entomólogo, estudioso de las hormigas, pionero de la sociobiología, Edward O. Wilson (n. 1929), expresó en libro suyo de 1999 que “La mayor empresa de la mente siempre ha sido y siempre será el intento de conectar las ciencias y las humanidades”, en el sentido de una búsqueda incesante por la unidad del conocimiento. Apasionada pesquisa que tuvo como antecedente más notable, por las realizaciones científicas, a Alexander von Humboldt (1769-1859), quien en su monumental obra “Kosmos”, juicioso examen del mundo como una totalidad orgánica, se propuso el comprender la Naturaleza en sus conexiones e interdependencias desde el pensamiento, y llega a referirse a la poderosa unidad de sus fuerzas que induce desarrollo de la inteligencia con la necesidad de embellecer la vida, en simultaneidad con el crecimiento de las ideas y en sus maneras de generalizarlas. Incluso el sabio prusiano fue más allá, al avizorar relaciones entre conocimiento, ciencia, poesía y sentimiento artístico.

Quizá bajo esas premisas pueda ser de provecho estimar la idea de “puente”, en tanto enlaces o nexos que faciliten el establecimiento de diálogos entre las cosas o las situaciones, entre los saberes y los sentires. Puente es palabra para explorar sentidos, con lugar en lo simbólico, sin caer en la superstición.

Puente puede ser la idea de un desempeño en la vida académica y cotidiana, con intentos no siempre fructuosos de acercar manos, mentes y voluntades entre ciencia-arte-humanismo. Pero no faltan las personalidades emblemáticas en ese acercamiento. En los presocráticos y en la Grecia Clásica hay ejemplos. En tiempos más recientes, Albert Einstein y Bertrand Russell son paradigmas, visibles ejercitantes en aquella anhelada convergencia, con expresión de sociedad. Con sucesores de la talla de David Bohm, Rita Levi-Montalcini, Stephen Hawking, Roger Penrose, Edward O. Wilson, Richard Dawkins,… Con antecesores hispánicos como Miguel Servet y Santiago Ramón y Cajal.

Entre nosotros y en los tiempos que corren hay académicos ejercitantes en esa congregación. Baste citar los nombres de Rodolfo Llinás, José-Félix Patiño, Jorge Arias de Greiff, Julio Carrizosa, Fernando Sánchez-Torres, Moisés Wasserman, Darío Valencia-Restrepo, Manuel-Elkin Patarroyo, Antanas Mockus, José-Fernando Isaza, Guillermo Páramo, Fernando Zalamea-Traba, Carlos-Augusto Hernández. Guillermo Rendón-García, Gustavo Wilches-Cháux,… Cito tan solo a quienes he sentido en más cercanía.

Los medios más propicios en esa conexión suelen ser la literatura y la filosofía.

De recordar en Platón que al regresar Ion de Epidauro con el primer premio en la confrontación de rapsodas de los juegos de Asclepio, Sócrates lo somete a un examen de reflexión acerca de su singularidad en el conocimiento casi exclusivo de la obra de Homero y le pregunta por la naturaleza de las varias artes, la pintura, la escultura, la música, y por las razones que tuvo para tratar de modo diferente a los poetas Hesíodo y Arquíoloco, en especie de subvaloración. La manera de proceder de Sócrates, al ir hilando en motivos y razones, le lleva a estimar que en el arte de la poesía la inspiración y el entusiasmo permiten componer los bellos poemas a los poetas épicos y a los líricos, sobrecogidos por la armonía y el ritmo. Pero, además, parece dar privilegio al conocimiento especializado, para el caso el dominio de la obra de Homero por parte de Ion.   (cf. Platón: “Ion o de la poesía”)

 

Hay un poema de Marta Traba (1930-1983), con la inspiración y el entusiasmo anotado por Sócrates, perteneciente a su libro “Historia Natural de la Alegría” (1952) que me ha inquietado como ingeniero de caminos y como encadenador de palabras, que lleva por título “Los puentes”, en el cual explora las maneras de percibirlos por las ciudades que tienen sus ríos, en coronación celebrada de “azogue y piedra”. Pero que también en su nervadura se asoman a la copa del aire, que juegan con husos fantásticos y arpas de la noche. Especie de cinturones para cuidar la castidad de las aguas en su estrechez, con el gozo de los días. Y es más, las aguas se orientan hacia los puentes, y estos no son sus salvadores, y en ese fluir manifiestan desde lo hondo luces entre rojas y amarillas, para competir con la forma de aquellos.

Pero lo más llamativo del poema es cuando se refiere a ese tender, de manera curva, un brazo frágil en mitad del agua, en los contrastes del día entre sol y sombra, con realce de especie de castillos de espejos, con vista de las riberas entre la piedra, el limo y lo verde. Y al pasar por el puente, quienes lo hacen parecen arrojar lo sombrío de consignas que la noche despeja. Y si es en la ciudad, el puente resulta ser confluencia de las calles, aún las del sombrío padecimiento.

El misterio del poema parece resolverse al final, cuando aflora la música, la proyección sobre el agua de construcciones catedralicias, en ciudades herederas del medioevo, signo de frustración, en contraste con el renacer de la alegría y de la esperanza, de la ternura sin comunicarse, y de aquella luz recogida en las manos.

Los puentes de Marta Traba engloban el mundo del acontecer diario, con sentido del pasar, también del detenerse en percibir, dolerse y disfrutar. Percibir lo que ocurre, y desentrañar sensibilidades en los entornos. Es decir, los puentes son ocasión de diálogo, incluso en el silencio, o en el bullicio de la tragicomedia cotidiana.

Simplista sería entender el puente como mera conexión de un lugar a otro, con sentidos opuestos. Lo trascendente es la comunicación compleja y ramificada en ese transitar, y de manera continua. Un mundo de sucesiones en medio del oscilar del día en sus factores, y en el transcurrir del río como la vida, como la historia.

Podría pensar que es una manera simbólica de referir conexiones entre el mundo real y la fantasía, entre lo explicable por razones científicas y técnicas, y lo articulado con la palabra en las múltiples maneras de interpretación imaginaria. Aparece el pensamiento en las formas de manifestarse con razones y con metáforas. Los sentidos compiten, de por medio con la música, el musitar del agua, la canción del viento. La naturaleza cobra expresiones de diversidad, motivo del trabajo de unos y otros, en la ciencia, el arte, las ideas,.... el Humanismo.

La idea de “puente” que he tratado de desentrañar a partir de un hecho poético, tiene conexidad con la metáfora del “anfibio cultural” creada por Antanas Mockus (1994), en tanto se alude a la persona idónea en varias tradiciones culturales, con capacidad de interpretarlas y de favorecer la comunicación entre ellas, es decir, la interculturalidad, y, de una manera más general a propiciar la circulación del conocimiento, una vez seleccionado, jerarquizado y adaptado. Una formación de esa naturaleza facilita el comprender aspectos de la realidad social. El mismo Antanas asigna como deseo esa cualidad de “anfibio cultural” al educador, en todos los niveles.

 

El biólogo evolucionista Richard Dawkins, de prolífica, calificada obra, con “sobrecogedora destreza literaria”, como la calificó el Wall Street Journal, dedicó su libro “Destejiendo el arcoíris” (2000) a desentrañar relaciones entre la ciencia y la poesía, en términos de la ilusión y del deseo de asombro. En ella escudriña con detalle aspectos de la expresión de baluartes de la poesía, con la tesis de los poetas poder ser mejor si echaran mano de la inspiración y del espíritu que alienta a los científicos, en la condición de la ciencia permitir el misterio pero no la magia. E incluso favorece la estima de ‘ciencia poética’ con base en los logros maravillosos de la ciencia, que dan para la emoción y para la elaboración expresiva en términos afines con la sensibilidad poética, de los artistas en general. 

Dawkins aprovecha la expresión de Keats quien se refirió con desdén a Newton por supuestamente haber destruido la poesía del arcoíris al reducirlo a un prisma en un cuarto oscuro para demostrar que la luz blanca corresponde a una combinación de colores distintos, como también haber llegado a comprender el efecto de la refracción de la luz en las gotas de lluvia. Dawkins, con ese motivo, hace disertación didáctica con recurso de la teoría ondulatoria de la luz, y en su evolución con la teoría cuántica, que conduce a entender el tejido del arcoíris como integración de componentes de diferente longitud de onda. Y, en consecuencia, a conocer que “la luz blanca es una mezcla desordenada de longitudes de onda, una cacofonía visual”, en su expresión.

Apela a versos también de Wordsworth y de Coleridge, con la misma referencia del arcoíris, para exponer que quizá sus expresiones hubiesen sido mejores de conocer ellos algo de la ciencia que permite comprender ese fenómeno, sin detrimento de la bella ilusión que da soporte a los versos. Por supuesto que Dawkins es en extremo ambicioso en esa consideración.

También Dawkins incursiona en el trabajo de filósofos en sus observaciones sobre las estrellas, como en el caso de Auguste Comte al declarar este la imposibilidad de conocer la composición de las estrellas. Dawkins acude a la teoría de las “líneas de Fraunhofer”, o código de barras, de más refinada explicación por la teoría cuántica. Y al asumir estos desarrollos, Dawkins confiesa ser atraído por la poesía de la teoría cuántica.

Pero Dawkins en su obra da pasos para distinguir la “poesía buena” de la “mala poesía”, y alude a la “ciencia poética”, con los mismos apelativos de buena y mala. Su enfoque se encamina a mostrar lo funesto que es que escritores científicos o seudocientíficos apelen a escrituras literarias seductoras, para atraer incautos hacia la aceptación de teorías endebles o erróneas. Escudriña con acierto en autores que le permiten corroborar su saludable intención, con algunos seducidos por la “magia homeopática” que llama James Frazer, con ramificación en teologías como ocurre en el caso de Teilhard de Chardin en su obra “El fenómeno humano” que Dawkins califica, con Peter Medawar, de “quintaesencia poética mala”. 

Es necesario diferenciar lo que es la poesía en la ciencia y lo que corresponde a la literatura. En esta el dominio corresponde a lo simbólico, a lo alusivo y metafórico que aunque parte de la ineludible realidad es motivo de recreaciones de fantasía y crípticas. No resulta válido exigirle a la poesía literaria ser fiel a los postulados y teorías científicas, o de estar apegada a la realidad tal como es, o como es interpretada y descrita por los científicos. Auncuando cabe estimar la poesía realista que con belleza formal y rítmica alude aspectos del mundo real. Una cosa es la poesía en sí y otra, muy distinta, la ciencia con su estructura lógica, secuencial en la búsqueda de la verdad. La poesía literaria no tiene por qué ajustarse a esos patrones. 

Dawkins lo ha señalado muy bien, cuando estudia casos de veleidades literarias en la ciencia, con escape a las razones válidas para la afirmación en conocimientos comprobados, o en procesos de encontrarse. Y ahí resulta válida la figura de “ciencia poética mala”.

En tema de esta naturaleza es de recordar el estudio de una personalidad de la ciencia y el humanismo como lo fue Pedro Laín-Entralgo (1908-2001). En su ensayo “Poesía, ciencia y realidad” (1952), asume con sentido de equilibrio la exposición donde delimita campos de la ciencia y la poesía literaria, con ejemplos de escritores connotados como Federico García-Lorca y Fray Luis de León, con parangón entre ellos. Lo de rescatar de ese ensayo es su especulación sobre la “verdad objetiva y exacta” y las “verdades subjetivas y metafóricas”, en especie de confrontación de experiencias de la realidad. Invoca, no sin utopía, la colaboración del “conocimiento científico” y del “conocimiento poético”, para una mejor comprensión de la realidad.

No trato de seguir este hilo interminable en la fascinación del científico con sus hallazgos, sino de mostrar que en la ciencia misma hay frecuentes motivos para avivar la sensibilidad que lleve a la alegría, pero no a la satisfacción plena, puesto que el camino de la ciencia es arduo, siempre hay motivos para la duda y para desentrañar pasos adelante, con aprendizaje del error. Esa sensibilidad es colindante con la poesía, pero con clara diferenciación. Mientras por un lado está el dominio de la razón, por el otro está lo fascinante en lo creativo, como recurso de expresión en el lenguaje. Un caso representativo de bella poesía, en general críptica, desapegada de cualquier forma de lógica, es “Residencia en la tierra” (1933) de Pablo Neruda.

Trato de significar que la sensibilidad de un lado y de otro lo que permite es establecer el puente, aquella idea de la interconexión de ciencia y humanismo, con expresividad creativa en ambos campos, en singularidad en cada caso, pero sin identificar lo poético como causal o efecto en la ciencia, sino como dechado del logro.

La noción de puente es de precisar y de ejercer, en su difusa existencia, puesto que no basta con unir dos riberas, en medio o por encima de lo que fluye. Es indispensable aceptar lo etérea y heterogénea de esa noción, así en lo físico podamos apreciar geometrías estructurales, en algunos casos de gran belleza, puestas ahí. Por ejemplo, lo poético de la ciencia podría hacer puente con lo poético literario, y aún lo poético filosófico, en tanto el uso de expresiones o figuras metafóricas, meramente alusivas, o en los logros de impactante belleza, o de conmovedora realidad.

Ciencia y humanismo tienen más posibilidades de interconexión, de diálogo, por los canales de comunicación que les resulta ser propios, con los artificios de la palabra y el pensamiento. Es natural, por ejemplo, que científicos al avanzar en sus desarrollos tengan que apelar a la filosofía, en conocimiento de la historia, incluso en técnicas de comunicación de hallazgos, y por las dudas y los fracasos. Einstein es el más protagónico en esos encuentros, de gran convergencia. La formulación incesante de preguntas, como método en la detección de problemas, conduce a la proximidad con las formas del pensamiento, en su pasado y presente. Por esa vía hay camino a lo que Goethe de manera intuitiva concebía como unidad que subyace en la Naturaleza, además de considerar que la mente humana tiene la disposición de abordar la esencia de todos los fenómenos. Y fue de igual modo protagónico en la alianza –incluso “fusión”- de ciencia y arte, lo que se demuestra en obras como el Fausto, en Las afinidades electivaso en su poema La metamorfosis de las plantas.

Humboldt y Goethe leyeron juntos, en su momento, el poema “Loves of the Plants”, del médico y científico Erasmus Darwin, abuelo de Charles, con versos de violetas enamoradasprimaveras celosas rosas ruborizadas, que acogían la teoría de Linneo sobre la clasificación sexual de las plantas. Otra evidencia de ese acercamiento, incluso “fusión”, resaltado por Goethe en términos de simultaneidad admirable de naturaleza e imaginación, “poderosa y profunda”. (cf. Andrea Wulf. “La invención de la Naturaleza – El nuevo mundo de Alexander von Humboldt”, 2015)

Asimismo, la figura de puente podría conducirnos, quizá, a la idea de unidad del conocimiento o consiliencia, expuesta por Edward O. Wilson, en obra fundamental de nuestro tiempo (cf. “Consilience – La unidad del conocimiento”, 1999), como ambición de dar salto en la conexión de todo lo basado en varias disciplinas, con base en hechos y teorías, para llegar a un campo común de comprensiones, bajo la misma señal de Einstein de alcanzar la unificación del conocimiento, como cuestión fundamental.

 

Para terminar, volvamos a Marta Traba en su poema “Los puentes”, donde expresó: 

 

Los he visto, paisajes, puentes, música,
capiteles del día,
iniciando el inacabable renacimiento de la alegría.

 

 

Muchas gracias.

 

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