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Universidad, ¿paradigma?

En educación siempre habrá maneras de justificar los procedimientos, o los métodos. La gama es amplia para apelar a los sustentos de lo que se hace en el aula y en la escuela. Pero para asumir una política de Estado será necesario indagar en la historia, con la prueba de modelos unos de acierto y otros en desconcierto. No siempre quienes se encargan de esa formulación son los más capaces e ilustrados. Se suceden reformas, sin asumir las enseñanzas de las anteriores por logros y por frustraciones. El proceso es caótico, sin apuntar de manera estructurada a los necesarios avances. Caso más protuberante en Colombia es el abandono de la historia y la geografía, al igual que del método de enseñar a pensar para formar en “pensamiento crítico” o en aquella capacidad de juzgar por sí mismo con argumentos, y no en los pareceres o gustos, menos en las pasiones.

Suele apelarse a los casos de países nórdicos de Europa, en especial de Finlandia, por el modelo de educación integral, para que las personas aprendan a aprender, con seguridad, solidez y alegría, a lo largo de la vida, y no ser sujetos de una enseñanza recitativa, memorística y ajena al libre pensamiento, o distante de fortalecer la libertad personal y la solidaridad. En la base está la valoración del maestro, con estipendio justo, su capacitación y el reconocimiento por su juicioso desempeño, con énfasis en la educación personalizada, que estimula la creatividad, la curiosidad, la experimentación y el ejercicio de la cooperación; la familia se involucra. La premisa es la de un Estado democrático, laico, con normas acatables, que perduren.

Es necesario acudir a las fortalezas del pensamiento en la historia de la cultura, desde la Grecia Clásica, con Sócrates y sus congéneres Platón, Aristóteles y sucesores. Sócrates formula la pregunta más inquietante: ¿Cómo hay que vivir?, las respuestas se suceden desde entonces; queda claro que hay actitudes de evitar y rechazar: la violencia, el miedo, la mentira, la envidia, la codicia, el saqueo. Luego Kant se planteó tres preguntas: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? y ¿qué he de esperar?. Y formula una pedagogía que estimula el enseñar a pensar, la reflexión sobre la experiencia en el mundo real, con fortaleza autonómica de consciencia. Incluso afirmó: “El hombre no es otra cosa sino lo que la educación hace de él”. Aseveración de plena vigencia.

En los procesos de educación la universidad tiene lugar rector, en lo deseable. Es instancia de convergencia en aspiraciones, deseos, ambiciones, con procesos de cualificación en profesiones y disciplinas. Y es un referente para el sistema en general, en lo bueno y lo malo de su hacer. De ahí que la universidad deba tomar consciencia de su enorme impacto, para mantener actitud de mejoramiento continuo, ceñida a cualidades inajenables que fortalezcan la condición humana, en su relación con la historia de la cultura y con el medio natural.

De apelar a las contribuciones de Guillermo de Humboldt al crear en Berlín la Universidad, en 1810, modélica en la organización y en las ideas. Concibió la institución ajena al pragmatismo utilitario, regente de una cultura moral, la ética del deber, que distancie a los jóvenes de la ambición de lucro, con fomento de la ciencia, el pensamiento y el arte, y de las diversas disciplinas de su competencia. Al profesor le adjudicaba la potestad de ser motivador de los alumnos e incitador del pensar individual, para que vayan forjando sus propios caminos. Y reconoció ser el lenguaje un medio determinante de nuestra existencia, en relación con la cultura, para marcar derroteros hacia la justicia, la verdad, el bien, la amistad, la belleza, el conocimiento, la convivencia y la solidaridad, en el fortalecimiento de la condición humana.

Volviendo a Kant, este dejó maravilloso testimonio en breve documento sobre la organización de sus clases en el semestre de invierno de 1765-1766, donde establece tres niveles en las actividades del profesor con sus alumnos: formar el entendimiento que les permitan disponer de impresiones comparadas de los sentidos, luego la razón y por último al sabio; pero nada fácil que el estudiante alcance el último peldaño, aún así se habrá ganado mucho formándolo para la vida.

En todos los programas curriculares que se ofrezcan en la universidad, debe de haber tres soportes indeclinables: el arte, la filosofía y la literatura, como instrumentos para el fomento de la creatividad, el aprender a pensar y la saludable expresión, asimilados de los clásicos de diversas épocas. El fomento de la lectura será motivo institucional para el deleite, el compartir y la exploración de formas distintas de conocimientos, incluso para el diálogo consigo mismo.

Sinembargo, en los casos que nos circundan, no hemos tenido la capacidad integradora en ciencia-arte-humanismo, con mirada de perspectiva histórica y visión estratégica para el desarrollo humano. La universidad debería ser por antonomasia paradigma de “escuela activa”, incluso con sus derivadas, no ajena a los apoyos tecnológicos como herramientas, no en sustituto de los saberes y de la vocación por el librepensamiento. La universidad ha de ser una reconquista permanente, por el conocimiento, la belleza, la honradez, la esperanza y la alegría, al pugnar por una ética cívica. 

 

[“La Patria”, domingo 09.IX.2018;  p. 18]

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