Ediciones

ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

Consejo Editorial

Luciano Mora-Osejo (א)
Valentina Marulanda (א)
Heriberto Santacruz-Ibarra
Lia Master
Marta-Cecilia Betancur G.
Carlos-Alberto Ospina H.
Andres-Felipe Sierra S.
Carlos-Enrique Ruiz.

Director
Carlos-Enrique Ruiz

Contacto
Tel-Fax: +57.6.8864085
Carrera 17 No 71-87
Manizales, Colombia,
Sudamérica.
cer @ revistaaleph.com.co

Jardines, con 'el verde de todos los colores'

El desarrollo suele ser siempre algo imprevisible. Planificadores hay de ocasión y aún formados en lo académico para dictaminar sobre lo bueno y lo malo. Habrá ciudades y sectores urbanos que responden a un plan determinado, pero en general lo que se impone es el mayor provecho económico de los territorios, en este modelo dominante marcado por el signo del dinero. Cada metro cuadrado de tierra urbana es medido en términos de lo que pueda sacar de rentabilidad el constructor, con sacrificio de lo verde. Se apeñuscan las viviendas y las torres desafían a las estrellas.

Las ciudades solían tener espacios para jardines y patios de huertos y árboles. Pero el crecimiento de ellas fue arrasando todo aquello. Y quedan relictos como especies de testimonios mudos. Los antejardines han sido pavimentados para cuadrar carros o para dar ingreso a los parqueaderos. ¿Cómo pensar de nuevo la ciudad con recuperación de espacios para algo de flores y de huertos? Se necesitan comprensiones sensatas y políticas en las municipalidades para intentar volver en algo amables esos lugares de hacinamiento en ferroconcreto.

Quedan ínsulas en las urbes, de pequeñas a megas, como nuestro “Jardín Aleph”.

Pienso el tema al leer el buen libro “Pequeños paraísos – El espíritu de los jardines” de Mario Satz (Ed. Acantilado, Barcelona 2017). El autor, argentino, filólogo, poeta, ensayista, narrador, traductor, se ocupa de repasar los jardines, con sus singularidades, en diversas culturas: con Grecia, Persia, la India, China, Japón, Babilonia… Y llega a discernir sobre particularidades que denomina jardín de los filósofos, jardín de las cigarras, el jardín holográfico y el jardín del alma, con remate en meditación sobre el regreso al origen.

 Los ingleses han tenido fama de sustentar su equilibrio de espíritu al tiempo diario que dedican al cultivo del jardín, como en reencuentro con la Naturaleza y en estimular la paciencia y el sosiego de espíritu. Robert-Louis Stevenson, en ensayo sobre la casa ideal, plantea la posibilidad de simular en el jardín el propio país, con sus tonalidades y contrastes. E invita a cultivarlo más con el olfato, puesto que los ojos responderán por ellos mismos. A su vez llama la atención sobre la necesidad de presencia de pájaros libres en ellos, de lo contrario se trataría de espacios carcelarios.

En el jardín griego se resalta el prodigio de juego de luces y de sombras, consiguiendo por resultado una gran belleza de sus formas, al dar vida a especie de metamorfosis con afloramiento de la poética del alma, con el sentimiento memorioso de Sócrates, Platón, Aristóteles, y toda la estela de los pensadores clásicos, a la sombra de los árboles del Liceo, con reminiscencia de las musas y de Homero. En Epicuro aparece la idea de cultivarse la persona a la manera de un jardín, con hortalizas y frutales, para aprender a disfrutar la vida simple, con el gozo de lo cotidiano.

Los persas, en territorios que hoy son Irán, Irak y algo de Turkestán, hicieron jardines cuadrangulares, con cotos de caza y pabellones de reposo. Cultivaron narcisos, tulipanes, lilas, jazmines, primaveras, amapolas, pero con predominio de las rosas, como representación de la ardua evolución humana, entre espinas y pétalos perfumados. En Babilonia, relacionada con el mito de la Torre de Babel, surgieron los jardines colgantes, reconocidos como maravilla del mundo clásico, en cuya evolución tuvieron mandarina, castañas, ciruelas y cardamomo, con el estimado de proteger y amar todos los espacios verdes.

En la India los jardines tuvieron presencia emblemática del loto, símbolo de espiritualidad, para convocar la lucidez y la serenidad, al amparo de Visnú, de Brahma y de Krishna, en la representación plástica. También se aprovecharon del nenúfar, reconocido como higo de las aguas o rosa de amor. De esas experiencias incorporaron a la cultura la transformación del dolor en fragancia, y de la angustia en perfume. En la China clásica, con espacios para la casa del té, y huertos, tuvieron el “huayan” (propiamente el jardín, para el ocio y la contemplación) y el “pu” (huerto para el trabajo). Ambiente que representa la semilla del taoísmo, filosofía primera respetuosa del medio natural, sin sometimiento alguno. Tuvieron el jade como asomo de la felicidad, de serenidad y de paz. Concibieron la caída de las hojas como un retorno a las raíces, en el sentido de interpretar la muerte, a la manera estoica, como un regreso de los seres a su origen, al todo del que provinieron. Los chinos le dieron al paisaje la primacía, y no a las edificaciones, al concebir el universo como un jardín, con reflejo en el disfrute de la vida. A su vez, en la China clásica se tuvo la idea de ser el tono del lenguaje lo primordial en las comunicaciones, con su alcance y sentido.

Al parecer, Japón es de los pocos países, si no el único, que conserva la modalidad de sus jardines antiguos, normalmente asimétricos. Entrelazan con misticismo la arena y el helecho, además con piedras, agua, musgo, árboles y pocas flores, con abundante variedad de grises, que interpretan como convergencia de todos los colores, con la particularidad de los poetas ser jardineros y los monjes hortelanos. La religión tradicional del Japón, el “sintoísmo”, es animista y ecológica. En los jardines ubican un rincón con musgo en representación de la humildad, puesto que no se necesita mucho para crecer. Todos ellos se caracterizan ante todo por la sobriedad, donde acuden los poetas a componer “haikus” y los músicos para afinar sus instrumentos; formas de veneración por la naturaleza. Se destaca también en esta cultura el cultivo del “bonsái”, delicada manera de restringir el crecimiento natural de la especie.

Mario Satz dedica un capítulo completo de su libro a las rosas, con su significado en diferentes culturas y épocas. Entre las singularidades que cuenta está el reconocer por qué la iglesia católica desechó el uso de la rosa en sus rituales, al saber que en Egipto y Roma se la utilizaba en sus bacanales, remplazándola en los altares por el lirio y la azucena. Pero en el Renacimiento vuelve a reconocerla y adoptarla. Asimismo, destaca en la literatura el bello soneto que Shakespeare le dedica, donde dice: “Bella es la rosa, y más nos lo parece/ por ese dulce olor que está presente.”

Otro capítulo sugestivo es el dedicado a “El jardín de los filósofos”, en el cual historia la tradición y significado en diversas culturas del “Árbol de la vida”, desde los “filósofos herméticos” con su consideración médica de panacea, hasta encontrarse con Goethe quien estima la armonía vital más ceñida a lo vegetal que a lo animal. Y en este sentido anota que el mundo vegetal está regido por la ‘endotermia’ (calor interior), mientras que el mundo al que pertenecemos, el animal, está dominado por lo ‘exotérmico’. Recuerda la consideración de Bachelard al apreciar que de estar en nosotros la vida vegetal nos dará tranquilidad. Recuerda, también con gracia, al cantautor argentino, Atahualpa Yupanqui, en su canción: “El árbol que tú olvidaste/ todavía se acuerda de ti.” Pasa mirada por la estimación en los celtas, en la identidad que encuentra Filón de Alejandría entre el “Árbol de la Vida” y el corazón de la persona. De igual modo revisa cómo es considerado en la Kábala, iluminado de manera completa por el Sol. En el Génesis y en los Proverbios bíblicos halla el reconocimiento del “Árbol de la Vida” identificado con la sabiduría.

Otro capítulo curioso es “El jardín del alma”, con alusión introductoria a Jeremías en la Biblia, quien considera el alma de los humanos como un jardín o huerto para cultivar, lo que genera la posibilidad de cada persona cuidar un huerto, como sitio favorable a la polinización, en el sentido de multiplicar los saludables efectos. Páginas adelante, en el capítulo “El claustro, la meditación y el regreso al origen”, revisa lo ocurrido en comunidades judías dedicadas al ascetismo, con acogida en el desierto y la soledad, al igual que en el taoísmo de los chinos encuentra la armonía del universo, con su energía contaminante. En “El libro de la creación” (Séfer Yetzirá) observa la estimación que el fuego, origen del cielo, sube, el agua desciende y el aire da el equilibrio. Y en su letra madre del alfabeto sagrado, la aleph (א), encuentra, al igual que en la Kábala de ancestro, el significado de cada punto del universo contener todos los puntos, en identidad con la idea de infinito, lo que nos remite a Borges en su cuento alucinante “El Aleph”.

Termina con el capítulo “Los diversos verdes”, al estimar de entrada el verde en sus diversas tonalidades como el color de privilegio que abruma los sentidos de la persona, con estímulos mentales, en expresiones también de gratitud y benevolencia, con lo sorprendente del fenómeno de la fotosíntesis en la clorofila de las hojas verdes. Y a nosotros nos trae el recuerdo del bello poema “Morada al sur” de Aurelio Arturo con la expresión: “los bellos países donde el verde es de todos los colores”. Pareciera que en las pesquisas e interpretaciones de Mario Satz sobre el verde estuviera subyacente ese verso.

Concluye el capítulo y el libro con esta celebración: “… la hoja que, ingrávida, lleva sobre sí el peso cardinal de la existencia y ni teme por su fragilidad ni se angustia por su eventual caída.”

 

para Pilar González-Gómez, quien me hizo llegar de sorpresa, desde Madrid, ese libro maravilloso.

  

En Aleph, a 08 de enero de 2018

Copyright ©Powered by Ciudadeje.com