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Mingobierno

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A la sombra de una flor

Yo elegí esta simiente porque cabe
en la mano del más simple hortelano;
porque me dio en parábolas la clave
del trigo eterno que se torna humano.

                                                                                      Fernando Mejía-Mejía

 

Cantilenas en el asombro de las tardes, con el crepúsculo de cuerpo y alma a la zaga de horizontes por descubrirse. Gozo en las palabras dispuestas al encuentro de ecos de soledad y miedo, enerva la concupiscencia de cuerpos amañados con el confuso porvenir. Cada atardecer es un preludio de promesas desvanecidas, antes de volverse realidad. Queda la esperanza en el sosiego de las noches, tan propicias a los sueños de cariz extraño, cuando se ocurren encuentros y desencuentros, en atmósfera de trinos y seducciones. La palabra retorna al dominio de la razón, antes en los extravíos de clemencias con pilatunas.
En la plácida mirada las palabras contemplan el paso del tiempo, entre arrumes de silencios en la contrapuesta mañana, templada con el lento vagar de las nieblas. El paisaje se torna en embeleco y las piedras del camino respiran la holgura de espacios desolados. Morigerado adorno de las nubes en la cobertura de los días, y las estrellas aguardan el compás con la música de las esferas, en el ciclo olvidado de períodos del comenzar de nuevo. La placidez en la mirada hace del momento un sutil emblema para materias ignoradas.

Arrojo de luz en el vesperal, con el recuerdo y olvido de narraciones, al corte de las sibilas. Hacer memoria implica recoger del pasado quizá escombros, además de solicitudes de compromiso por los lugares en la acometida de voces. Un puesto en la memoria es el espejo del alma.

Pululan sentidos en las palabras de evasión, al contar los pasos en la candente atmósfera de ciudades apestadas por el esmog. Palabras deshacen el sonido al irse de bruces contra los mecanismos de absorción que reducen los espacios al mero usufructo en festín de bombas desplegadas en el aire, con patrocinio fijo. El sentido profundo habrá de estar entre manos forjadoras de conocimiento, propio de claustros con enseñanza libre. Mientras tanto, las ocurrencias surten de rumor el camino.

Zozobra en las guías de senderos orientados a lo incierto, abre la compuerta de las especulaciones sin motivo, y en el arsenal acumulado de palabras reposa la incógnita del ser o del no ser. Arisco el sonido de los arcabuces, al tiempo que los cielos titubean entre nubes y relámpagos. El desconcierto cunde en las ocasiones de la desmesura, favorecedora de aranceles en granizo, a lo largo de noches sobrecogidas por la lluvia. Roto el enigma, las preseas se agolpan en las solapas de los destinos furibundos.

Llueve, llueve sobre la memoria calcinada, con prestigio de aceituna y rocío de clavel. Llueve en palabras con la candente atmósfera del silencio, en el trópico subsidiario de lejanías. Llueve en melodías monocordes sobre los cristales, en ventanas nunca abiertas, cerradas a las contingencias y a las penurias. Llueve en las pendientes y en las planicies, sujetas a temporales de ocasión que sumen en el pánico a los moradores del desconcierto. La lluvia cesa a las puertas de lo que puede suceder.

Espasmos en la travesía de los dioses siembran de terror las huellas de los difuntos, a la manera de rebeldes sin causa. Se sigue el destino entre testigos perdidos de nombre, con el anonimato de carteles en el señorío. La detonación de papeletas en el pavimento, suscita temores por el parecido de acciones en antiguos regímenes. Pero en un instante salvador, la reducción del destino abre compás de espera en favor de la vida. Coraje es la esencia de las travesías.

Imperio del decir en la congoja de los sueños, hace del camino la ilusión del arcoíris y cuando se despista la nube, el tiempo acaricia el destino. Flores hay que al desprender los pétalos dan pábulo al respiro en sortijas de encantamiento, con lo rotundo de los silencios. Decir entonces acerca de palabras y silencios, resulta ser un coloquio de intrusos custodios del fervor, en la antesala de los fallidos intentos por conquistar la serenidad de los ritos.

Estropicios en la simiente elegida, destinan aire de futuro en églogas o en cantos de quimera. Rosaledas a su vez encienden los pormenores de un sinfín, apremiadas por entelequias de condición fortuita. En cambio, por las calles transcurre la simulación al modo de goliardos y tropelías, en ensenadas de acogida trémula. Simiente de hilos profundos despega en contextos de mirada esquiva, y de ella brotan historias de sutil entramado. Pasado el tiempo, lo que pelecha es la sombra de la flor.

 

 

[“La Patria”, domingo 08.X.2017;  p. 22]

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