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Samuel-Darío Prieto y los ¡50 Años! de la Revista Aleph

Samuel-Darío Prieto (1949-2016), el ilustre y recordado ingeniero a quien se ha dedicado una significativa jornada académica en UN-Manizales, fue mi alumno de Matemáticas (Geometría y Cálculos) en el primer pre-universitario que se hizo en Manizales, cuando él cursaba en 1966 el sexto año de bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas, y yo el quinto año de Ingeniería Civil. Programa que desarrollamos de manera gratuita, con el liderazgo de nuestro “Decano Magnífico”, el maestro Alfonso Carvajal-Escobar, refundador de esta Sede regional de la Universidad Nacional de Colombia.

Con rapidez tuvimos empatía. Él ya era ejecutante de la bandurria, con demostrado talento académico e inquietudes intelectuales, en los campos de las artes, el pensamiento y las letras. Por aquel entonces se nos ocurrió fundar una Revista, en esta nuestra Universidad, con el nombre de Aleph, en la convergencia cabalística de ciencia y humanismo, que en este año viene cumpliendo los primeros 50 años de existencia, con 179 ediciones y producción trimestral, con la ambición de continuar el trabajo en campos de la literatura y el pensamiento. La creamos en esa atmósfera agitada y estimulante de los años 60 en la Universidad Nacional, cuando el rectorado de José-Félix Patiño, el de la gran reforma, con Marta Traba de su mano derecha, esa colosal gestora y promotora de Cultura, en la dirección nacional de Extensión Cultural y con Carvajal-Escobar en el decanato de nosotros. Un tiempo febricitante de agite en la cultura, entendida como la matriz esencial para el desenvolvimiento de los programas académicos, en una atmósfera integradora.

Invité a Samuel-Darío para que escribiera un artículo relacionado con los ritmos musicales que él interpretaba en la bandurria. Y escribió una página intitulada con la inquietante pregunta: “¿Está la música colombiana condenada a desaparecer?”  Escritura impecable que publicamos en el No. 1 de la Revista Aleph (Octubre de 1966), en la página 26. Se trató de un escrito en el cual lamentaba la manera como las emisoras de radio difundían músicas populacheras de otras partes, con descuido flagrante de la originaria en Colombia, con lo cual mostraba la falta de estímulo para la formación de compositores y ejecutantes de la música nacional, apesadumbrado por el efecto en la carencia de composiciones originales entre nosotros. A su vez se refirió a la bella música colombiana que no alcanzaba a salir en los sellos discográficos con buenos intérpretes. Esa posición crítica la llevó a proponer que las entidades oficiales, en especial en el sector educativo y en la Universidad, se fomentara la interpretación de aires nacionales para enseñarle al pueblo a escuchar con orgullo y satisfacción la música de nuestra patria. Y terminó el artículo con esta frase de vigencia: “La música es la viva manifestación del carácter e idiosincrasia de un pueblo, al cual está dirigida como un verdadero mensaje.”

Desde entonces conservamos sintonía en los variados campos de la Ingeniería y del Humanismo, a tal grado que en otras dos oportunidades hizo parte de los colaboradores de nuestra Revista. En la No. 4, de septiembre de 1972, publicamos escrito reflexivo suyo bajo el título: “Universidad: captación y metamorfosis” (pp. 83-90), un juicioso análisis sobre las relaciones entre la universidad y la sociedad, con interrogantes cruciales sobre sus funciones y su vigencia, en actitud constructivamente crítica, bajo un criterio fundamental: la necesidad de estimular con urgencia la capacidad de aprender a razonar, para los mejores desempeños institucionales y personales. Desarrolla sus planteamientos de manera concatenada pasando de conceptos básicos acerca de la voluntad de adquirir y transmitir conocimientos, con descripción del proceso que entiende como “captación”, en tanto manera de asimilar el sistema dominante a los individuos en un todo orgánico para convertirlos en “colaboradores”. Y en ese proceso identifica la metamorfosis que sufre el universitario, con características de aceptación o también de rechazo, en la condición de profesional que termina integrado a las formas vigentes de organización social, con la necesidad primaria de subsistir y tener desempeños que le permitan un adecuado ejercicio profesional, a pesar de las rebeldías que haya tenido en la condición de estudiante frente al sistema.

Pasados los años, lo invito a colaborar en una edición muy especial de la Revista, la No. 100 (enero/marzo, 1997), un grueso volumen de 314 páginas, en los 30 años de existencia, y se suma a la odisea con una calificada creación literaria que lleva por título: “Quisiera encarnar a un aventurero del salvaje Oeste”, publicada en esa entrega en las páginas 294 a 298. Se trata de suponerse el autor como un vaquero en las aventuras del Oeste, con todas sus invocaciones y simbologías, a partir de la descripción del tipo de personas que conformaron la población norteamericana de aquella región: el colono, el vaquero asalariado, el gambusino, el excombatiente de la Guerra de Secesión, el negro liberto, el jefe pielroja, etc., para considerarse una mezcla de todos ellos, pero sí hábil jinete en briosa cabalgadura. En fragmentos dice:

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Sobre los hombros un gabán, largo y ligero, que me cubriera de la lluvia en los caminos y me ensombreciera más la sombra cabalgando contra el poniente por las polvorientas calles reales de los pueblos que serían como cuentas de una larga camándula de itinerarios.

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Lo más indispensable de mi escaso equipaje habría de ser, entonces, una lata repleta de grano tostado y molido; repuesta en cada fonda, en cada estación de diligencias, en cada encuentro con las caravanas de colonos, compartiendo alguna noche de tertulia disparatada, canciones con guitarra ajena y arrumacos de amanecer con jovencitas asustadas y deseosas de sentir entre las piernas una muestra contundente y atronadora del salvaje oeste americano.

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Y termina así:

En fin, ceder a la tentación de pernoctar en poblado (no siempre, porque la gente del pueblo tendería a suscitar mi desconfianza) o en paradores de viajeros o, aún mejor, en descampado, desensillando a mi caballo, dejándolo a su entera libertad y yo a la mía para reponer con un sueño atiborrado de estrellas el cansancio de este otro sueño interminable que sería mi azarosa vida.


Pasados más años, en la vecindad de este 2016, lo invité de nuevo a escribir para un muy especial volumen que se presentará en la Universidad de Caldas la próxima semana: “Ciencia y Humanismo - ¡50 años de la Revista Aleph!”  En dos oportunidades hablamos y en la segunda me manifestó tener ya el tema en la cabeza y que pasaría a escribirlo. Es posible que en su computador haya quedado el texto comenzado y hasta avanzado. Y luego el destino nos jugó la mala pasada, con un amanecer de su ausencia definitiva…

Samuel-Darío Prieto fue una personalidad de asombro, por sus condiciones de profesional de alta calificación, e integridad, con obra realizada, mucha de ella en asocio con expertos de su nivel, incluso en competente aplicación a la docencia universitaria, además indagador de la historia regional de la Ingeniería, con ejercicio continuo y discreto, sin aspavientos, de bandolista y,  por ocasiones, en la cuerda de bajo en la coral universitaria. Contertulio ilustrado, con capacidad de examinar problemas y situaciones con el don de la mesura y la didáctica del razonamiento. Lector y pensador, con escrituras creativas de rescatar y de publicar en un volumen, en homenaje a su memoria.

 
Por: Pilar González-Gómez (Madrid, 11.XI.2016)

En Aleph, Universidad Nacional de Colombia, Manizales, a 08 de noviembre de 2016

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