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El arte de pensar y decir en George Steiner

Para mí, la dignidad del hombre y de la
mujer radica en tener la fuerza necesaria para cargar con su propia angustia.
                 George Steiner

Los libros son elementos de transmisión del saber, con sus logros y sus interrogantes, con el sabor de la alegría y las frustraciones. Son testimonio de las épocas y de las personas. Los autores se muestran en ellos en su intimidad, con escarceos de evasión, pero sin eludir, aun en lo implícito, los enigmas de la época. Libros en los varios formatos, en papel y digital, pero con la característica de alcance en las culturas y civilizaciones. Son albergue para el escape, el consuelo, el disfrute, la ambición de conocer y para el diálogo o debate en el silencio.

El libro es un amparo que custodia en sigilo el destino de nuestro tiempo, con huella inalterable, y llamado acucioso de requerirse. Están La Ilíada y la Odisea, los Diálogos de Platón, Las mil y una noches, la Divina Comedia, El Quijote,… Cien años de soledad. Y en música y artes visuales, la estela de creadores con pensamiento también es nutrida. En ciencia, igual. Unos y otros tienen la salvaguarda de los tiempos. Y los pensadores son refugio de consideración para dar amparo a la gestación y desarrollo de ambientes favorables a la Cultura, con autonomía, sin dejar de ser víctimas del fanatismo, con quemas, degüellos, fusilamientos,... Pensar en libertad es un riesgo, por tratarse de explorar maneras y posibilidades en la vida y en la Cultura, no siempre en concordancia con los poderes establecidos; más común la disidencia. Sócrates el ejemplo mayor en la historia.

 Por épocas me dedico a la obra de autores, sin dejar de merodear por otros, y he vuelto a la prolífica producción del pensador y especialista en literatura comparada, George Steiner (n. 1922), en virtud de libro reciente: “Un largo sábado” (2016), entrevistas realizadas por la filóloga francesa Laure Adler entre 2002 y 2014. Dispongo también de un par de libros con entrevistas: “George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo” (1994) y “La barbarie de la ignorancia – George Steiner en diálogo con Antoine Spire” (1999), y en su obra “Los logócratas” (2007) se incluyen dos entrevistas: “El arte de la crítica”, de Ronald A. Sharp, realizada en 1994, y “La barbarie dulce”, con François L’Yvonnet, del año 2000, además de decenas dispersas en revistas y periódicos. En todas ellas campean por igual su sabiduría y la capacidad del juicio crítico, por fuera de las corrientes dominantes en las academias y distante de los analistas más apegados al formalismo.

Suele manifestar el deseo de volver más bien científico el humanismo del mañana, y cuando le interrogan por la eventual necesidad de un “nuevo humanismo”, manifiesta la imposibilidad de regresar al modelo clásico y no ve posible que por lo pronto surja uno con capacidad de afrontar la barbarie y lo inhumano, lo que complementa con la observación preocupante del crecimiento del fanatismo. Pero si considera posible inculcar en las conductas de las personas los principios socráticos, como el que se refiere a tratar a los otros como se quisiera que lo tratasen a uno. Y en su despliegue de sabiduría también dice: “Lo que no se debe sobrepasar constituye el límite de mi fe”. Es decir, son necesarias fronteras que limiten los campos de actuación personal y social, para un ejercicio digno de la vida propia y colectiva, sin lesionar los derechos y libertades de los otros.

De estirpe judía, políglota (inglés, francés, alemán e italiano, además de las lenguas clásicas, el latín y el griego), autor de libros imprescindibles para intentar comprender obras, autores y cuestiones acuciantes en la historia: “Tolstoi o Dostoievski”,  “Heidegger” (estudio con énfasis en lo poético, pero a quien califica en el libro de las entrevistas como un “titán de la filosofía”, “un gigante”, pero “un gigante malo”), “Después de Babel”, “Pasión intacta”, “Errata” (su autobiografía), “La poesía del pensamiento”, “Los logócratas”, “Nostalgia del absoluto”, etc. La reportera lo identifica en sus cualidades sustantivas: profundos y variados conocimientos, sarcástico, lúcido irremediable, pesimista, apegado al misterio del azar, admirador y conocedor al detalle de la obra de Kafka, a tal grado la valora que le dijo a Ramin Jahanbegloo: “Una página de Kafka contiene, por sí sola, una trilogía shakesperiana”. Rechaza a Freud, disfruta de las ciencias exactas, investiga en los fines de semana las “zonas infralingüísticas” que puedan dar explicaciones sobre nuestras relaciones con el mundo. En su edad provecta, tiene en más cercanía a Shakespeare, en especial sus “Sonetos”, los que lee de manera cotidiana, puesto que es el Shakespeare que más siente en su interior. Y se ufana de mantener viva la curiosidad sobre las cosas.

Considera no haber diferencias entre filosofía y poesía, como tampoco las hay entre música y matemáticas, según afirmación que también le hizo de Jahanbegloo, con la justificación de ser platónico y entender que todos los campos se juntan.

Por familia refugiado en Nueva York, al huir del exterminio nazi, fue alumno de Etienne Gilson, Jacques Maritain, Lévi-Strauss, entre otros, con estudios universitarios básicos en Chicago y Harvard, con doctorado en Oxford. Profesor en diversas universidades del mundo. Trabajó en Londres algunos años en la revista “The Economist”, y en funciones lo envían a Princeton para entrevistar a Oppenheimer, a quien describe como personalidad teatral, y consigue caerle bien a tal punto que lo invita a vincularse al “Institute for Advanced Study”, en esa ciudad, separándose de aquella revista, lo que le permitió en sus comienzos laborales actuar entre grandes científicos, incluidos Einstein y Niels Bohr, un conjunto de diez premios Nobel.

El rigor en el pensamiento y la escritura llevaron a Steiner a odiar ese lenguaje ligero, el “bluff”, que campea en las ‘humanidades’ (esta palabra le parece pretenciosa). Al acercarse a obras como las de Tolstoi, y al sorprenderse por ciertas apreciaciones suyas, por ejemplo acerca de “El rey Lear” de Shakespeare, que consideraba un malogrado melodrama, concluye que hay algo tremendo al tener que aceptar juicios, esas apreciaciones que se emiten más por gusto aun con la debida ilustración, sin poderlos refutar. Grandes preocupaciones le asisten: el por qué no pueden mentir ni la Matemática ni la Música, pero el lenguaje con el que solemos comunicarnos unos a otros, sí lo permite, y es tan expansivo que no tiene límites éticos. Sinembargo, debe de haber una coherente y saludable relación entre la palabra y la vida, aunque complicada.

Steiner acepta que la persona humana es un animal territorial, cruel y miedoso, pero hace el llamado para que de manera permanente intentemos superar esa mala condición. Desarrolla la idea de Heidegger de ser los hombres “invitados de la vida”, y en especial le atribuye esa condición al judío. Hemos sido arrojados a la vida, no por nuestra decisión o gusto, y ya que ocupamos un lugar en el mundo deberemos comportarnos con dignidad, huéspedes que tendríamos que dejar el lugar más limpio, más bello y más interesante. Reivindica el politeísmo, como la expresión más natural en el mundo y recuerda que los griegos reconocieron la existencia de más de diez mil dioses, en consecuencia estima que el monoteísmo es lo menos natural.

En el examen de tantos asuntos que recoge ese maravilloso diálogo en el libro referido, salta la apreciación bienhechora de estimar la manera como la mujer ha surgido en el mundo, en los diversos campos, incluso en la vida pública, ascenso que aprecia con la probabilidad de alcanzarse desarrollos políticos y sociológicos nuevos.

Curiosidades se asoman en esa jugosa entrevista. Está la inquietud de Steiner de cómo vivir los excelentes libros, los cuadros magníficos, la música de los grandes maestros y el teatro de calidad, para lo cual supone que tendrá que haber un método, con indagación por personas de talento que puedan encontrarlo. Asimismo manifiesta una cuestión tremenda: los campos de exterminio son debidos a civilizaciones avanzadas como la rusa y la europea, epicentros de los mayores logros en filosofía y arte, sin la menor resistencia de las ‘humanidades’. Con lo cual señala que el tener personas educadas y de alta formación no garantiza que sus actuaciones no vayan a ser con resultados funestos. Hay, quizá, una cuestión instintiva que de pronto salta en formas de fanatismos y violencias. Y resistir de manera consciente y continua a esas posibilidades podrá permitirnos en el tiempo superarlas.

“El hallazgo de un libro puede cambiar una vida”, dice Steiner, y a cuántos nos la habrá cambiado. En mi caso, los “Ensayos” de Montaigne.

 

Para Pilar González-Gómez, quien me envió de regalo, desde Madrid, el libro aquí reseñado: “George Steiner: Un largo sábado – Conversaciones con Laure Adler” (Ed. Siruela, Madrid 2016; 142 pp.)

 

 

Nota: versión más corta se publicó en el diario “La Patria”, Manizales, 09 de octubre de 2016;  p. 18

 

En Aleph, 7 de octubre de 2016

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