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Discurso del filósofo/escritor Rubén Sierra-Mejía al recibir la "Orden Emilio Robledo-Correa" (Salamina, Col., 04.VI.2016

La anécdota a la que me voy a referir me la contó una fuente directa y digna de confianza. Un primo materno mío le espetó a mi padre una  pregunta cuya respuesta, creo,  puede explicar el destino que ha tenido mi vida. “¿Pero, Luis, le preguntó mi primo, por qué compra tanto libro si usted no  lee?” La respuesta fue contundente, como solían ser todas sus respuestas: “Tengo trece hijos —contestó mi padre— y espero que alguno se aficione a la lectura”. Aunque la pregunta de mi primo era sin duda impertinente, al menos descortés, sí obedecía a una realidad. No recuerdo haber visto nunca a mi padre en actitud de leer un libro. Su única lectura era el periódico, El siglo, órgano periodístico que para él representaba la expresión de la verdad pura, limpia de tergiversaciones. Pero compró libros hasta llegar a reunir una biblioteca voluminosa, y rica  de obras clásicas de la literatura  o de interés general, entre éstas varias enciclopedias. De aquella colección bibliográfica solo conservo una parte, pues al hacerme con mis estudios universitarios un lector profesional, prescindí de ediciones que hoy han sido  sustituidas por otras que, por sus anotaciones y rigor filológico, ofrecen mayor confianza al lector, sobre todo cuando su lectura obedece a propósitos investigativos.

El Prof. Rubén Sierra-Mejía al leer su discurso (Salamina, 04.VI.2016)

Dije que esa actitud de mi padre de comprar libros para uso de sus hijos explica quizás el destino que tomó mi vida. Una vida que ha estado  siempre relacionada con el libro. Como escritor, como profesor y como editor académico en varias ocasiones. Pero debo reconocer además que si en el hogar en el que crecí empezó la formación intelectual con la que habría de enfrentarme al mundo, poco provecho me hubieran procurado esas primeras lecturas si no hubiese contado con un ambiente propicio a la discusión y al intercambio de ideas y de información. Salamina era entonces un pueblo de lectores, que provenían de diferentes estratos sociales y de diversos sectores profesionales: médicos, abogados, artesanos, profesores de colegio o maestros de escuela estaban siempre comentado sus lecturas o informando sobre la existencia de un nuevo libro. Recuerdo algunos de estos contertulios: Hernando Duque Maya, Bernardo Mesa, Marco Gómez, Javier Londoño, Jairo Maya, Fabio Ocampo López, este último un aguadeño que vivió aquí como maestro de uno de los establecimientos públicos de enseñanza escolar, y que murió en Estados Unidos a donde había viajado con el propósito de realizar sus estudios universitarios. Esas lecturas eran por lo general literarias o de temas generales sobre nuestra realidad social y cultural y, a veces, de historia política o de la cultura. Todos estábamos pendientes de los libros que se publicaban en Bogotá, que pedíamos luego por el sistema de contra reembolso que ofrecían los correos nacionales. Así pudimos devorar la mayoría de las novelas sobre  la violencia que se publicaron en esos años o libros que llegaron a tener una amplia acogida en el ámbito internacional. Fueron, por lo demás lecturas, debo confesarlo, que se robaron muchísimo del tiempo que debí haber dedicado a mis deberes de colegial. Pero también fueron, para mí, lecturas que me ayudaron a decidir la orientación de mis estudios cuando me instalé en Bogotá.

Me comprenderán entonces que me defina como un hombre “de libros”. Prefiero este barbarismo a la conocida expresión “hombre de letras” o  “intelectual”, pues éstas son expresiones pretenciosas, discriminatorias. Hombre de libros, digo,  como otros se consideran “hombres de negocios”, “hombres de la política” o, en fin, “hombres del campo”, terratenientes o campesinos. Es decir, algo que define nuestro ser en el mundo. El libro, en verdad, ha significado para mí, lo que la azada  para el labriego o la garlopa  y el martillo para el carpintero, una prolongación de nuestra naturaleza. Esta profesión a la que me destinó mi padre por el solo capricho de tener  un lector en casa, ha sido para mí vicio y fuente de subsistencia. Por lo demás, mis estudios la filosofía, y mi profesión profesor universitario, no me han permitido hacer una pausa en mi ajetreo de lector. Aún hoy, ya en  el atardecer de mi vida, tengo siempre conmigo libros en una abundancia innecesaria, que compro para atender a los requerimientos de mi trabajo profesional, o por curiosidad, porque es  una edición crítica o de valor histórico o porque trata de un tema que quisiera estudiar algún día.

Todo lector hedónico, y yo además de lector profesional,  que leo  lo que me exige mi trabajo, soy también un lector que lee por el simple placer de leer, de aproximarme a un universo distinto al cotidiano, el que me entrega el autor de la obra literaria o teórica. Todo lector hedónico, digo, es además un coleccionista, un bibliófilo, que adquiere libros por cualquier motivo, esperando poder leerlos algún día, un día que es muy posible nunca llegará. A mí, lo confieso, me ha atraído a veces el solo objeto aunque el tema esté muy alejado de mis intereses inmediatos.  Y he tenido, a menudo, gratas sorpresas en este golpe de dados.

Me definí como “hombre de libros”. Esta definición no se reduce a mi deseo de poseerlos y leerlos. En mi vida he tenido que ver con su producción, en el doble sentido de escribirlos y editarlos, es decir, hacer su edición, no en el sentido artesanal del término sino en el académico. Pero los que he escrito, en realidad son pocos, y tienen el carácter de meras compilaciones de ensayos, agrupados temáticamente, sin la intención de ofrecer una obra orgánica. La única vez que pensé escribir un libro orgánico, sólo logré redactar artículos independientes, que al reunirlos, aunque temáticamente emparentados, no guardan una unidad lógica entre sí. Este es el resultado, sospecho,  de mi vocación por el ensayo, de mi repudio a las conclusiones  definitivas, absolutas, a un ergo soberano e intransigente.

Por otra parte, en las últimas décadas, mi producción bibliográfica se ha centrado en el estudio del pensamiento colombiano o en problemas propios de la situación presente del país, sin abandonar,  en mi caso, la visión filosófica del problema. Para esto he organizado grupos de investigación, con el propósito de  estudiar períodos esenciales en la historia política y cultural de Colombia, y publicar luego en un libro unitario y colectivo los resultados de nuestras investigaciones. Los coloquios los he centrado en la situación social y cultural colombiana, un tema que en repetidas ocasiones, en reuniones con colegas y en intervenciones públicas, he considerado de urgencia en la actividad filosófica colombiana. Los objetivos que me he propuesto —debo advertirlo— en estos coloquios o congresos no han sido los de elaborar diagnósticos que sirvan de base a un programa de trabajo encaminado a dar soluciones a la presente situación  de crisis que ha vivido Colombia  sino sólo arrojar claridad conceptual sobre su naturaleza y sus alcances. Por eso en el prólogo de La filosofía y la crisis colombiana, libro que recoge las ponencias de un coloquio que coordiné  y luego edité, en asocio de Alfredo Gómez Muller, filósofo colombo-francés, residente en París, decimos: “Este libro no pretende proponer ninguna caracterización definitiva de la crisis [colombiana] ni ninguna respuesta dogmática para salir de ella. El lector […..] no hallará aquí tesis ni recetas infalibles, sino una invitación a pensar por sí mismo; no encontrará juicios perentorios, sino más bien una crítica de prejuicios y dogmatismos”.  Y en relación con el estudio del pensamiento colombiano, organicé en la Universidad Nacional, por solicitud de su Departamento de Filosofía, un grupo de investigación dedicado al estudio de períodos concretos de nuestra historia. Es un grupo en el que han participado filósofos, sociólogos, historiadores, antropólogos, arquitectos, urbanistas, juristas, musicólogos, historiadores  del arte, teóricos de la literatura, historiadores de la medicina, politólogos etc. Un grupo, en síntesis, realmente multidisciplinario. Hasta el momento, hemos publicado cuatro volúmenes; el quinto está en proceso de edición, y del sexto estoy corrigiendo los manuscritos.

Al lado de esta tarea investigativa, en dos ocasiones he asumido la edición de las “obras completas” de dos de los pensadores más importantes de la historia cultural de Colombia: Carlos Arturo Torres y Danilo Cruz Vélez. Fueron dos proyectos de naturaleza similar, que me exigieron sin embargo maneras distintas de recopilar y organizar el material literario: con el primero trabajé sobre todo con prensa del siglo XIX y comienzos del XX, que fue el período de su actuación en la vida política y  literaria de Colombia. Tuve a veces que enfrentarme a la tarea de identificar la autoría de sus escritos, pues Torres con frecuencia dejaba sin firmar sus artículos, una dificultad ésta que no se me presentó con Cruz Vélez. Aquí los problemas fueron otros. En parte la tarea se facilitó porque su archivo y su biblioteca privada fueron donados a la Biblioteca Nacional. Pero, desafortunadamente, no conservó los manuscritos de sus obras y por esto debí recurrir a colegas y amigos residentes en el extranjero en solicitud de información sobre lo que el filósofo colombiano había publicado fuera de Colombia. Debo confesarles que en ambos casos me encuentro satisfecho con el trabajo que realicé, aunque reconozco desaciertos en ambas ediciones.

En este ajetreo de editor, hay un período en que estuve al frente de dos revistas de orientación cultural, no de carácter científico o filosófico: Revista de la Universidad Nacional y Gaceta de Colcultura. Fueron publicaciones periódicas que se caracterizaron por no tener un área de atención previamente delimitada ni unos temas definidos nítidamente: sus páginas atendían a todo lo que pertenece al campo de la cultura, desde el poema y el relato hasta el artículo de tema científico o político, es decir revistas que buscaron un amplio espectro de lectores y por consiguiente una mayor incidencia en la cultura colombiana. 

Creo no ser impertinente si me ocupo brevemente de problemas que en sus respectivas oportunidades debí afrontar y tratar de resolver, pues considero que si hablo de mi trabajo, no debo soslayar la referencia a las dificultades que he debido afrontar. Me refiero a las razones que me llevaron a proceder de una manera determinada.

¿Qué podía ser una revista de cultura general publicada por una universidad? Debo empezar por llamar la atención sobre un fenómeno que no es nuevo pero que aún persiste, y que a mi modo de ver es el origen de la sospecha con que en ciertos sectores intelectuales y académicos se aprecian las revistas culturales. En el campo de la cultura tanto el público receptor como —y en especial— los escritores y los académicos, han tendido a mirar con desconfianza todo intento de traspasar fronteras, de no limitarse a un único campo de intereses delimitado por unos problemas y a veces por unas actitudes. Una especialización excluyente, que nada quiere saber de lo que sucede más allá de su jurisdicción ni siquiera arriesgarse a visitar las zonas fronterizas para conocer sus verdaderos límites,  parece ser el ideal tanto de la cultura académica  como el de la cultura públi­ca —de la creación literaria, por ejemplo. En esta época nuestra en que la transgresión de  fronteras es uno de los ideales del trabajo intelectual,  pues este proceder ha permitido abrir nuevos espacios de reflexión y de creación, aquella actitud se me presentaba como la supervivencia del espíritu conservador de respetar los terrenos que las diferentes actividades artísticas o científicas han considerado como patrimonio que les pertenece por herencia. Toda información exhaustiva, toda intención demostrativa y toda argumentación rigurosa­ resultan ser manifestaciones de saber libresco para quien no tiene como propósito dar explicaciones de mundos conceptuales sino la creación de nuevos universos metafóricos. La libertad de pensamiento, las auda­cias verbales y el juego de imágenes se consideran sospe­chosos de superficialidad por quien sólo cree en el argumento preciso, en el dato verificador y en el lengua­je desprovisto de todo exceso. El resultado ha sido un universo cultural fragmentado en dos grandes bloques: a un lado las disciplinas académicas, con sus idiolectos y sus maneras expositivas rigurosas, que no dejan resquicio a la duda, y que buscan siempre la instauración de una verdad. Del otro, la imaginación, el lenguaje libre, la falacia lúdica, el pensamiento insinuado. Un mundo escindido, en el que las partes no quieren saber nada del trabajo de los otros.

Desde un comienzo entendí que la Revista de la Universidad Nacional  —y años más tarde Gaceta—, no debía reducirse a una única área de la creación, fuese científica o literaria. Que debía ser —por decirlo así— una especie de puente entre las dos culturas. Una revista que atendiera únicamente a las disciplinas académicas, carecía de sentido pues ya la comunidad universitaria contaba con órganos impresos que cubrían todas las esferas del saber.  Pero tampoco se las podía excluir, pues al fin y al cabo era ese el trabajo de la Universidad, y eran las ciencias lo que ella tenía que presentarle al mundo científico internacional y a la sociedad misma. Por otra parte, excluir la poesía, el relato, el ensayo, el análisis de la obra de arte, sería aceptar esa división de las dos culturas, que según nuestra manera de ver es un problema falso y nocivo en el trabajo de ambas partes. 

He hecho estas alusiones a  mi tarea de editor, sin que yo me defina un profesional en este campo, porque en mis reflexiones de estos días, a que me incitó la generosa condecoración con la “Orden Emilio Robledo Uribe” que me ha otorgado la Alcaldía de Salamina, llegué a la conclusión que fue aquí,  en mi ciudad natal, donde nació mi vocación por este tipo de trabajo cuando, con Jairo Maya, siendo ambos colegiales, nos pusimos en la tarea de compilar a los poetas nacidos en esta tierra y publicar un libro que presentara una actividad creativa, para la cual los salamineños han sido especialmente inclinados.  Fue sólo un repertorio, pues no hicimos ninguna selección que obedeciera a cualidades realmente poéticas de los autores reunidos. Y fue también aquí, donde con Javier Londoño fundamos y dirigimos un periódico literario y de opinión Voces Nuevas—, que se publicaba semanalmente. Son remembranzas de mis primeras actividades intelectuales que espero sirvan para expresar mis agradecimientos a mi tierra, Salamina, donde se me abrió el horizonte dentro del cual ha transcurrido mi vida. Y esta vida ha estado siempre beneficiada por el libro y al servicio del libro.

 

 

 

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