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Conflictos y pensamientos

El ejercicio de la guerra viene de tiempos inmemoriales, con cadena de horrores que la humanidad no supera. Los armamentos son cada vez más sofisticados y se atenta contra la vida en el planeta. Y la Tierra sigue su rumbo sostenido, resistente a los asedios. En la vida diaria los humanos no alcanzamos a concebir la manera de construir espacios de coexistencia pacífica en las diferencias, por profundas que sean. La premisa estará en alcanzar formas generalizadas de justicia social, al cerrar brechas que separan a unos de otros, con satisfacción de las necesidades fundamentales para todos. Pero será necesario alcanzar formas efectivas en el control del crecimiento poblacional, al igual que ciudades sostenibles y campos fortalecidos en agricultura orgánica, con asentamiento laborioso de millones de moradores. La paz es un anhelo, una ambición inalcanzada (¿inalcanzable?).

En la versión 28 de la “Cátedra Aleph” (UN-Manizales), primer semestre 2016, nos ocupamos del tema revisando la historia, con apoyo en magnífico libro: “Breve historia del mundo” de Ernst Gombrich, a la vez que incursionamos en texto didáctico “Las preguntas de la vida” de Fernando Savater, con la intención de repasar los siglos de violencia en el mundo y propiciar asidero en maneras de pensamiento para interpretar el acontecer, asimismo para buscar ideas de sustento en el fortalecimiento de la esperanza. Hay que saber que mientras estemos con vida somos punta de avanzada en la evolución, con antecedente de millones y millones de años. De manera que nuestra vida es un privilegio de cuidar y fortalecer, con sentido de comunidad y de labor constructiva.

Con Sócrates aprendimos que filosofar es prepararnos para morir. Somos una cadena con pasado remoto y perspectivas de futuro, a la manera de eslabones. Y una tragedia individual no podrá asimilarse a una tragedia de la humanidad. La muerte es un acontecimiento natural, por consiguiente de asumir su realidad con cabal sentido de la finitud. También filosofar ha de ser formular cuestiones fundamentales y cruciales, en busca de respuestas, conseguibles en general con apoyo en la ciencia, así como establecer interrelaciones. De ahí que la educación debiera preocuparse por apoyar sus desarrollos y la formación integrando ciencia y pensamiento, a través de disciplinas perseverantes, quizá interpretando la ideas a la manera de Baruch Spinoza, como narraciones mentales alusivas a la naturaleza, en cualquiera de sus manifestaciones.

La vida humana, como la naturaleza, está afectada o beneficiada por cambios, vacilaciones y derroteros imprevisibles. Y siempre el ser humano busca apoyo en algo trascendente, un “dios” portador de doctrina como catálogo de normas para vivir mejor, con investidura de humanidad: Buda, Confucio, Jesús, Mahoma,… los dioses griegos y de las culturas ancestrales. Por desgracia surge el fanatismo, manera de arrasar con el otro para imponer una fe o una creencia, al margen de cualquier lógica. Y las guerras adquieren esa característica de confrontación a muerte, de exterminio, entre religiones, también en la forma de ideologías, y por riqueza y poder.

Las guerras desde antiguo han sido devastadoras. Baste con recordar lo ocurrido con Atenas en la guerra del Peloponeso (s. V a.C) arrasada por los espartanos. Alejandro Magno, hijo de Filipo de Macedonia, fue formado por Aristóteles y a los 20 años de edad asume el poder y despliega su vida de corta duración (muere de 32 años) en plan de conquistas; heredó Grecia y las emprende conquistando la poderosa Persia e integra sus dominios además con Egipto, Fenicia, Palestina, Babilonia, Asiria, Asia Menor e India. Y Grecia restablece su poderío intelectual, con base en la reconocida “educación griega”, basada en las bibliotecas, con la emblemática biblioteca de Alejandría, la cual también fue objeto de vejaciones; el califa Omar dijo con respecto a ella: “Si en los libros está escrito lo que también está en el Corán, entonces sobran; y si hay en ellos algo diferente, son dañinos.” Y aquella se perdió para siempre.

En la humanidad no dejará de haber vertientes saludables de opinión y acción hacia sistemas de organización social donde impere la justicia, la participación en las decisiones que competan a todos, la educación permanente de calidad, el respeto en las diferencias, la solidaridad, el afecto en las relaciones interpersonales, la satisfacción con creciente y sostenida cobertura en las necesidades básicas, y una cada vez mayor armonía. Camino a la paz, un estado de plenitud espiritual, convergente en intereses, en condiciones de creatividad y labor, con predominio de la dignidad.

Savater considera que la dignidad humana está cimentada en cuatro premisas: inviolabilidad de la persona, reconocimiento de la autonomía individual, tratamiento social de las personas de acuerdo con su conducta, y exigencia de solidaridad con la desgracia y el sufrimiento de otros. Para lo cual deberá configurarse un Estado con predominio de la honradez y la eficiencia, vigilante con ejercicio cabal de justicia y motivador de la sociedad.

De oscuros tiempos venimos, con cadena de atrocidades, también con logros de creación y desarrollo integral (la Grecia clásica, el Renacimiento, la Ilustración…), pero hemos olvidado el poder transformador de la educación en tanto forjadora de ideas y actitudes de vida, con la secuela ambicionada del bien común.

 

[“La Patria”, domingo 12 de junio de 2016;  p. 18]

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