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Conversar - Dialogar -Debatir

Desde tiempos inmemoriales hay desasosiego, crisis, guerras... Y la humanidad no toma costumbre de afrontar y resolver, para pasar a otros niveles donde la coexistencia en la diversidad sea más factible, de nombre "paz". Seguimos intentando aprender y desaprender, originando nuevas crisis y otras guerras, o continuidad de las mismas, en otros niveles. Cierto es que la época actual tiene ingredientes nuevos: los elementos bélicos más avanzados, las comunicaciones en sincronía y los medios de comunicación a expensas de los grandes poderes económicos y políticos, asimismo grandes desarrollos científicos aplicados a la medicina y en múltiples campos, de beneficio común, de poco o ningún impacto en los medios. Estos suelen hacer, en general, su papel poderoso, al servicio del capital, con vocería cautiva, sin independencia. Entonces la gente se malinforma, y se despiertan en ella apasionamientos, que en general no concuerdan con los análisis racionales. Y la gente suele tragar entero, sin discernimiento alguno.

Luego en las conversaciones afloran las informaciones e interpretaciones de los medios, como asunto claro y preciso, sin importar que ayer se haya contado al contrario, o que mañana cambie la película. No faltan quienes en todos los tiempos se aventuren a examinar los problemas y situaciones sucesivas en el mundo y sus regiones, con sindéresis y ejercicio de pensamiento. Desde Sócrates se ha marcado la línea de la racionalidad, sin dejar de lado los sentimientos, pero estos conducidos por la conciencia y la razón.

En el siglo XX personalidades de resaltar en el librepensamiento como Albert Einstein, Bertrand Russell, Edgar Morin, entre otros. De manera especial refiero al físico David Bohm (1917-1992), de contribuciones sustantivas en la física cuántica, también en desarrollos de la teoría de la relatividad; formuló la teoría del plasma conocida como "fenómeno de difusión de Bohm"; coautor, con Karl H. Pribram (1919-2015), del "modelo holonómico del funcionamiento cerebral", para interpretar el comportamiento del cerebro a la manera de un holograma, con formulaciones matemáticas de la física cuántica. Sin abandonar las aplicaciones científicas, tuvo la preocupación por encontrar maneras para cortarle camino a las guerras, a tantas confrontaciones y contiendas inútiles, y con dedicación formuló método para generar y multiplicar los diálogos, replanteando formas de pensar, en comprensión con los procesos funestos de fragmentación que se dan en el mundo, incluso en las propias profesiones y disciplinas.

Considera Bohm que un reloj en funcionamiento dispone en armonía de todas sus piezas, que se relacionan entre ellas, pero si a ese reloj lo desbaratamos habrá de tenerse la idea de fragmentación que conlleva el aislamiento de las partes, sin inter-relación alguna, con el efecto evidente del no funcionamiento. De manera similar el pensamiento humano separa las cosas que de suyo no están separadas, lo cual conduce a percibir el mundo de manera fragmentada. De modo similar utiliza el ejemplo del río contaminado en sus fuentes, pero es usual que se atienda el problema aguas abajo, para significar que los problemas hay que afrontarlos y resolverlos a partir de las causas. Asimismo acude al caso corriente de la comunicación donde unos no escuchan a los otros, con resultado estéril.

Observando entonces el acontecer del mundo, Bohm llega a plantearse la necesidad de acudir al diálogo como posibilidad de re-encaminar los procesos para alcanzar, en gradualidad, la solución sensata a los conflictos, por la vía de encontrar en común salidas favorables para todos, y de esa manera resolver las guerras y prevenirlas. Y en el fondo de los diálogos está la consideración del pensamiento, en su formación y en las posibilidades de cambio. Privilegia el diálogo no sólo para identificar ideas comunes sino también para identificar diferencias y encontrar iniciativas de adelantar en común. Hay una premisa deseable para que los diálogos fructifiquen, y es que cada uno de los integrantes se comprometa a intervenir con la verdad y en coherencia. Lo que implicaría construir un ambiente de confianza, donde cada uno se atreva a decir lo suyo, sin temores ni prevenciones, lo cual será posible en la dinámica del diálogo.

Comunicar, en rigor etimológico, será ‘hacer común’, pero en  las condiciones reales es una ilusión, puesto que se necesitan al menos dos: el emisor y el receptor, con la debida reciprocidad. Y no es siempre probable que de entrada haya identidad o concordancia en las informaciones o en las opiniones que van y vienen, en mayor grado la dificultad en el trabajo de un grupo de personas. Pero será el diálogo el medio que favorezca el encuentro de circunstancias favorables para una elaboración en común, de ideas de proyectos y de compromisos para gestar caminos. Puede haber disparidad que ocasione la discusión, la que exige el análisis, el cruce de argumentos, razones y motivos, sin apasionamiento, con el compromiso de encontrar salidas en común. Habrá diferencias insolubles en temas de creencias, por religión, o ideología, o por intereses, aún así podrá llegarse a acuerdos de respetar esas diferencias, como propias de fueros personales, con pasos adelante en términos del bien común, dejando a un lado la ambición de beneficios individuales. Cuestión también difícil en un mundo que le ha dado primacía a la "competitividad" con la impronta del "dios dinero". Lo más importante es conseguir entre los participantes una "corriente de significado", camino de la comprensión, en nivel avanzado respecto a la situación del comienzo del diálogo. Y alcanzar el "sentimiento de comunidad de grupo".

Bohm tuvo la experiencia de trabajar el diálogo con grupos, sin superar las cuarenta personas, organizadas en a la redonda, o en la formación de dos círculos concéntricos, con un moderador al principio de la sesión de diálogo, sin temas preestablecidos. Al comienzo hay confusión pero de manera espontánea van saliendo temas de considerar, y la dinámica surge a tal grado que el moderador pasa a un segundo plano, con la auto-regulación del mismo grupo. Pueden hacerse varias sesiones hasta que se copa el interés, pero se alcanza la transformación de las personas al quedarles el estimado del pensamiento en común. Bohm realizó esta experiencia en diversos países, en especial en la India al entrar en relación con el filósofo Jiddu Krishnamurti (1895-1986), con quien escribió varios trabajos.

"El ejercicio de la inteligencia consiste precisamente en no defender ningún tipo de creencia", enseñó David Bohm.

 

[“La Patria”, domingo 10.IV.2016;  p. 19: en versión abreviada, bajo el título: “Alcances del diálogo”]

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