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ISSN 0120-0216
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Impresiones y reflexiones de un viaje al Medio Oriente

Desde dónde escribo

En enero del presente año (2012), durante 26 intensos días realizamos, con Yolanda Puyana, mi compañera, un inolvidable viaje que podría denominarse de “turismo cultural”, pero, más allá de los “paquetes turísticos” programados, buscamos conversar con gentes de muy diversa condición social, para escuchar sus voces, testimonios y opiniones acerca de sus sociedades de origen, su historia, religión, organización social e instituciones políticas, entre otros temas de interés. Recorrimos Dubai y Abu Dhabi, las dos principales ciudades de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), situadas en la costa del Golfo Pérsico, en el gigantesco desierto de Arabia. Luego visitamos Egipto, habiendo estado en El Cairo y Alejandría y, en un recorrido en barco por el río Nilo, en las ciudades de Luxor, Edfu y Aswan, está última situada en Nubia, a 900 kilómetros de El Cairo. Visitamos estos centros urbanos y conocimos sus impresionantes y muy bien conservados lugares arqueológicos.

Este relato no pretende ser un artículo académico, ni tampoco constituye un texto periodístico. Se trata, más bien, de una crónica de viaje (las que han gozado de   tradición en los países hispanoamericanos), salpicada de reflexiones suscitadas por mi activa observación, con acento etnográfico (así como por la de Yolanda). A la que se suman algunas lecturas atentas, realizadas desde hace un tiempo, sobre temas conexos a nuestros intereses de viaje. En la contextualización de estas evocaciones y en la reflexividad que ellas entrañan se halla presente, ineludiblemente, mi condición de investigador social.

Conocer, así fuese en condición de turista activo y, a la vez, respetuoso, Dubai y Abu Dhabi y algunas ciudades y centros arqueológicos de Egipto, constituyó la memorable experiencia, realizada por primera vez en mi vida, de “salir de Occidente”. Concebido éste como un espacio geocultural y geopolítico, una civilización hoy hegemónica y, para bien y para mal, un referente planetario. Esto significó establecer un contacto visual, auditivo y reflexivo,limitado en el tiempo pero nunca  superficial o negligente, con paisajes, construcciones antiguas y modernas, gentes, creencias y costumbres pertenecientes a una geografía extraña para nosotros (predominantemente desértica o semidesértica), a una nación interestatal (la “nación” árabe), a una religión distinta: el Islam y a definidas sociedades nacionales. Podría decirse que dentro del “sistema-mundo”, estos países hacen parte de una civilización otra, respecto de Occidente, recordando que sus miembros, muchas veces, ha sido avasallados por la civilización dominante, desde hace más de medio milenio.

Hicimos con Yolanda este apasionante recorrido haciendo un esfuerzo honesto por conocer, dialogar y, hasta donde nos fuese posible, comprender este mundo extraño para nosotros; “exótico” e incluso “peligroso” si atendemos a ciertos imaginarios expandidos por los medios de comunicación masiva y desde ciertas instituciones de poder.

Como preámbulo a este texto considero pertinente señalar al lector, como hoy en día se estila, mi “lugar de enunciación”. Debo decir, de modo sucinto, que me considero  un occidental de la periferia (del “Extremo Occidente”), un colombiano y latinoamericano muy influido, como tantas personas de mi generación dentro del subcontinente (y más allá de él), por el cristianismo, el liberalismo y el socialismo, grandes “relatos” que han contribuido, de manera decisiva, a constituir lo que entendemos por la “modernidad”. Aunque también, y esto es parte de una trayectoria generacional compartida, he procurado a lo largo de mi vida adulta alcanzar una distancia crítica, que no implica necesariamente un rechazo indiscriminado, frente a estos grandes cuerpos de ideas y decisivos  movimientos sociales, políticos y culturales. Éstos, con sus grandezas y sus miserias, continúan teniendo vigencia y presencia en el mundo, entre otras razones por haberse  adaptado y recreado en diversos contextos civilizatorios. Fui a este viaje pues, lo reconozco, con mis conceptos y preconceptos, mis juicios y prejuicios pero, hasta donde me fue posible, busqué tomar distancia y descentrarme respecto de  prenociones, simplificaciones y estigmatizaciones muy expandidas entre nosotros, que podían indisponerme o prevenirme hacia el mundo desconocido con el que entraba en contacto. Sin dejar de ser lo que soy, busqué abrirme emocional e intelectualmente a otras maneras de habitar y pensar, orar y amar, trabajar y divertirse, en resumen, de “estar en el mundo”. Este escrito es así una tentativa de diálogo intercultural, limitado, es cierto, por la extensión temporal y espacial de nuestro viaje. Por esta razón, considero estas páginas como una crónica reflexiva sobre un emocionante y cuestionador recorrido por lugares para muchos ignotos o desfigurados. Para comenzar, debo decir que, después de este recorrido, mi visión del mundo ya no es la misma…. 

Dubai: Tecnologías posmodernas e instituciones premodernas

Viajamos en primer término a Dubai, pues allí trabaja la hija menor de Yolanda, con su esposo (como lo hacen personas de muchas partes del mundo), quienes nos ofrecieron su generosa hospitalidad. Dubai, una ciudad-Estado contemporánea, hace parte de los Emiratos Árabes, los cuales constituyen una confederación de ciudades (y de sus territorios circundantes casi desérticos), que ostentan lengua y cultura árabes, con una población de religión mayoritariamente islámica y un dinámico capitalismo transnacional. Dubai, el mayor centro de los Emiratos, cuenta con poco más de 4.000 kilómetros cuadrados (una superficie similar al Departamento de Risaralda, en Colombia), y tiene  2.000.000 de habitantes, siendo un importante lugar de confluencia de corrientes internacionales de migrantes y turistas, flujos financieros y mercancías. Es un prototipo, árabe e islámico, de una ciudad globalizada, lo que no supone que desaparezcan, sino que se retraducen y reconfiguran, muchas de sus particularidades geográficas, sociales, políticas y culturales. La torre Burj Kalifa, es la construcción emblemática de la ciudad. Ostenta una estructura elegante y estilizada (en reminiscencia de una planta de origen árabe), expresando una verdadera "Torre de Babel" contemporánea. En efecto, sus visitantes provienen, literalmente, de todos los lugares del mundo. Se observan allí, y recorriendo la ciudad, muchos chinos y japoneses, generalmente en compactos grupos que siguen con extrema fidelidad a sus infaltables guías turísticos. También acuden al mirador de esta célebre edificación clases medias y altas de todos los países árabes, así como europeos y norteamericanos y también, de manera creciente según nos comentaban, visitantes latinoamericanos. La Burj Kalifa tiene 824 metros de altura, ocho veces la elevación de la Catedral de Manizales, la cual era en mi infancia la construcción más alta que yo había conocido! La torre puede observarse desde 90 kilómetros, para constituir el referente visual más extendido de Dubai.

Del mismo modo que, según los orgullosos dubaitíes, la Burj Kalifa es “la torre más alta del mundo”, el Dubai Mall, templo internacional del consumismo (“un inmenso arsenal de mercancías”), es el centro comercial “más grande del mundo". Está constituido por cuadras y cuadras de aseados y rectos corredores, con pisos de mármol, brillantes, lujosos y multicolores, flanqueados por 1.200 almacenes que venden productos de todas las marcas internacionales, en una verdadera apoteosis de la globalización capitalista. En una parte de esta gigantesca edificación se puede visitar Fashion Court, en donde se encuentran tiendas de diseñadores tan reconocidos  como Louis Vuitton, Dolce & Gabbana, Coach y Chanel, entre otros. Vinculando la actividad comercial y la diversión, el Dubai Mall posee en su interior un gran acuario. En él, a través de gigantescos cristales, se pueden observar animales acuáticos de diversas latitudes. Impresiona que los tiburones, estos animales temidos y mitificados, nadan, con toda tranquilidad,  a un metro encima de los visitantes!

En los Emiratos Árabes se pueden apreciar grandes avenidas y supercarreteras que difícilmente se ven en los países del “Primer Mundo”. Se viaja en un metro de precio módico, lujoso y eficiente como no he visto otro en países postindustriales. Sus playas son también “de película”, aunque situadas en un ecosistema desértico, por lo que se resienten por la falta de una vegetación tan exuberante y sombreada como la que se puede apreciar en nuestras playas tropicales.

La inmensa Mezquita de Abu Dabhi, construida hace muy pocos años (esta vez no es “la más grande”, pero si una de las mayores en el mundo islámico), se nos asemejaba a un combinación del universo de  las Mil y Una Noches, con la estética contemporánea de Walt Disney. Nuestro guía en Egipto nos comentaba muy gráficamente que, para él, la diferencia entre esta lujosa y moderna mezquita, con muchos rasgos kitsch para nuestro gusto, respecto de las mezquitas centenarias de otros países islámicos, es la que existe entre una mujer con cuerpo natural, y otra, que se ha aplicado silicona.

Dubai nos recordaba, en muchos de sus lugares y construcciones, a un set de una superproducción hollywoodense, con sus avenidas y andenes, edificios y pisos, ostentosos, pulcros y relucientes, siempre “como nuevos”; sus casas árabes "tradicionales" que reproducen las que existieron hace un siglo o más, fabricadas con materiales ultramodernos; sus edificios de 80 o 100 pisos, algunos con diseños que recuerdan las construcciones árabes antiguas, en convivencia con otras edificaciones, también gigantescas, de formas contorsionadas, originales y extrañísimas. La ciudad posee una gigantesca planta desalinizadora de agua marina, que abastece a toda su población, recordando que Dubai está construida, literalmente, en medio del desierto.

Allí han erigido un conjunto de islas artificiales (Palm Islands), con una longitud de 5 kilómetros y un ancho de 5,5 kilómetros,  las cuales, vistas desde un parapente arrastrado por una lancha sobre el mar, nos permitió apreciar su forma inconfundible de una palmera de dátil. Con su tronco, donde se encuentra su avenida principal, las frondas, que son tres islas que simulan el follaje de la palmera y tienen uso residencial y, en sus bordes, una gran media luna (símbolo emblemático islámico), que rodea las islas y actúa como un rompeolas gigantesco. En esta nueva “Disneylandia” (que, a veces, nos parecía Dubai y de la que su famoso antecedente norteamericano constituye apenas un pálido referente), existen otros grandes conjuntos de islas artificiales entre los que se destacan The World, constituida por 300 islas artificiales, con la forma de un gigantesco mapamundi. Esta última  megaconstrucción, que supone inéditos desafíos financieros y de ingeniería,  sólo puede apreciarse mediante fotografías aéreas y es tal la desmesura del proyecto, que aún no ha podido ser culminada.

“Jugando a ser dioses”, los dubaitíes han recreado estructuras naturales y figuras familiares en el planeta (y en el cosmos), con la construcción proyectada de The Universe - en escalas exorbitantes y con costos astronómicos. Cerca de Dubai, están construyendo “la primera ciudad ecológica del mundo”. Ellos saben que el petróleo y el gas, energías no renovables, se terminarán algún día y apuestan también, invirtiendo parte de los gigantescos excedentes que les aporta la venta de estos valiosos recursos energéticos, en investigar sobre energías renovables. En un estilo pragmático muy propio de estos países árabes petroleros, los emiratíes “prenden una vela a Dios y otra al diablo”. La que ha sido denominada la “ciudad del futuro”, parece un diseño de ciencia-ficción. “En pleno desierto junto a la llamada “ciudad del exceso”, Abu Dhabi, se está construyendo la única ciudad del mundo con cero emisiones contaminantes. Los automóviles funcionarán por computadora y no necesitarán conductor, la energía vendrá del sol, la temperatura estará 20 grados por debajo de la de sus alrededores, su arquitectura tendrá el estilo clásico árabe y su nombre será Masdar.” ¿Logrará esta avanzada tecnología constituirse en un referente internacional, frente a los desafíos que enfrente nuestro planeta en este siglo, o se convertirá Green city simplemente en una nueva atracción turística en los Emiratos Árabes?    

Dubai, como señalé, está erigida sobre una zona completamente árida. Es un prodigio ingenieril y constructivo cómo de esta zona estéril y periférica ha emergido un centro urbano que combina muchos de los lujos y audacias del mundo más desarrollado, con la persistencia de una “tradición” que no constituye para ellos, simplemente una expresión “exótica” para contemplación de los turistas. Estuvimos en un recorrido sobre colinas y dunas de colores rojizos, en veloces camionetas que “volaban” por sus arenas rizadas, evocándonos los desiertos vistos en Lawrence de Arabia, o en películas similares.

En Dubai, como en otros países árabes, el fútbol (como también en nuestros países), es muy popular. Sí, este deporte es hoy en día, en el mundo, el más extendido y practicado. Como en Dubai todo lo pueden (o pretenden) comprar, se enorgullecen de contar con Maradona como el entrenador de su selección nacional, la cual es por cierto mediocre. Los jugadores colombianos son muy apetecidos, pero ellos han experimentado los retos del “choque cultural.” Así, el volante Mauricio Molina, quien juega en un equipo de los Emiratos Árabes, relata que le costó mucho adaptarse al período sagrado del Ramadán en el cual se debe practicar estrictamente el ayuno, absteniéndose de comer de las seis de la mañana a las seis de la tarde. Así mismo, pudimos asistir a las "24 horas de Dubai" donde competían, en un gigantesco velódromo, corredores de Fórmula 1 de todo el mundo. Dubai es también un centro internacional de deportes. En efecto, pocas semanas después de nuestra estadía, se realizó un torneo donde asistieron los mejores tenistas del planeta. También allá se realizan carreras de camellos, provenientes de diversos países árabes, en donde se realizan grandes apuestas, incorporándoles a estos nobles animales, en sus orejas, pequeños micrófonos con los que sus propietarios los animan y dirigen en las competencias. De nuevo se aprecia en los emiratos una singular coexistencia de elementos y rasgos tradicionales y modernos, una expresión muy singular de la “glocalización”.

Los Emiratos Árabes constituyen una confederación de siete ciudades, de las cuales Dubai y Abu Dhabi constituyen sus centros políticos, financieros y turísticos más importantes. Expresando la anterior situación colonial o semicolonial registrada por la mayor parte de los países árabes, los emiratos fueron un Protectorado del Reino Unido hasta 1971 cuando seis de ellos se independizaron formando una nueva federación (Emiratos Árabes Unidos) donde, hoy en día, la presencia inglesa, junto con la norteamericana, está muy expandida. En Dubai, como en pocas partes del mundo, conviven y se influyen mutuamente expresiones de un superdesarrollo tecnológico y de un alto nivel de vida de su población originaria, con instituciones, manifestaciones simbólicas y prácticas muy añejas, de estirpe árabo-islámica.

En el plano político, el presidente del país está representado por un jeque del emirato de Abu Dhabi, mientras el primer ministro es un jeque del emirato de Dubai. Ambos presiden un Consejo Supremo, compartido con los jeques de los demás emiratos. Los emires o jeques (sheiks) constituyen los jefes de la “tribu” más prominente de cada emirato quienes  suelen mantener con sus gobernados instituciones tradicionales de gobierno (majlis), que tuvieron su origen en épocas remotas, cuando el desierto de Arabia era cruzado por beduinos, con sus cuadrillas de camellos, y no existía prácticamente una actividad sedentaria. Los majlis se combinan con una organización federal que se pretende más actualizada y democrática. Han existido presiones de países occidentales, y quizás de élites occidentalizadas de la propia sociedad dubaití, para realizar una “modernización” de sus instituciones políticas. Esto ha supuesto  establecer elecciones indirectas para elegir a una parte de un Consejo Federal, especie de Parlamento, aunque en lo fundamental los Emiratos Árabes Unidos continúan  funcionando como una autocracia islámica.

En Dubai no existe debate público, ni prensa libre, pluripartidismo o libre sindicalización. Uno puede ver inmensas fotografías de su emir: Mohammed bin Rashid Al Maktoum, sobre algunos altos edificios, las cuales cubren varios pisos. Existe la censura a los medios de comunicación masivos (prensa, radio y televisión), así como de libros escritos allí, aunque en sus librerías circulan textos en idioma inglés, de editoriales del Reino Unido y de los Estados Unidos.

“Para regular el contenido en la red, Etisalat [la empresa estatal de telecomunicaciones de los Emiratos Árabes] usa un servidor proxy para bloquear todo lo que el gobierno considere que no respeta los valores del país, como los sitios que informan sobre cómo esquivar el proxy, webs de citas, páginas homosexuales y de pornografía, y los sitios de bahaísmo [fe Bahai] o creados en Israel”.

El servidor proxy puede interceptar las conexiones de red que un cibernauta hace a un servidor de destino, especialmente las páginas web. Debe señalarse que el 70% de la población dubaití utiliza el computador y de ella un porcentaje alto son mujeres. Como en otros países autoritarios en el mundo, uno puede preguntarse: ¿Podrá el Estado controlar las imágenes y mensajes que circulan en el ciberespacio, o el ingenio de los y las cibernautas, en el eterno juego del gato y el ratón, logrará eludir esta censura?

La sharia, la rigurosa ley social islámica, derivada de El Corán, de los hechos y afirmaciones del Profeta Mahoma y de la tradición islámica, en ciertos aspectos se aplica puntillosamente en esta sociedad. En las calles de Dubai se aprecian muchas mujeres musulmanas vestidas con las abayas, las cuales consisten en túnicas rigurosamente negras que, según la estricta tradición islámica, constituyen “símbolo de modestia”. Muchas de las mujeres dubaitíes, más que en Egipto, caminan con su cara cubierta por el célebre y controvertido “velo islámico”. La mirada, lo sabemos, es social. Estas mujeres casi no observan a los transeúntes, pues dentro de los estrictos códigos patriarcales en que viven, y que muchas de ellas parecen haber internalizado, no deben ser miradas por los hombres, que no sean sus maridos o allegados, especialmente si aquellos son occidentales. Estos códigos implícitos del comportamiento, suponen reciprocidad. Un emigrante temporal colombiano en los Emiratos Árabes, afirmaba:

“Aquí a las mujeres no se las puede mirar como en Colombia, porque se puede terminar en la cárcel. Una mirada puede generar ofensa, que se reporta ante la policía.”  

Igualmente se aprecian hombres dubaitíes ataviados con la kandura, una característica túnica blanca hecha de lana o algodón, la que les llega hasta las rodillas. Así, ellas y ellos nos parecían  monjas y monjes, elegantes y distantes, que contrastaban con los vestidos de otros residentes o turistas asiáticos, africanos y occidentales. 

En Dubai se “aconseja” a las turistas occidentales, en lugares públicos, no permitir que se vean sus hombros, tener faldas hasta la rodilla y no usar bikinis en las playas. Una vez en que  Yolanda franqueó, con vestido de baño, el “límite” de la playa, inmediatamente un guardia, con buenas maneras pero de manera firme, le recordó que estaba prohibido a las mujeres transitar con esta vestimenta, fuera de los espacios asignados. Cuando las mujeres tradicionales islámicas salen a la calle sus contactos con otras personas, que no sean sus familiares o sus amigas, deben ser mínimos. De hecho, las mujeres árabes tradicionales deben vivir, casi recluidas, en el espacio doméstico. No está permitido, ni siquiera a las parejas de turistas, besarse en la calle y no está permitida la venta de licor, excepto algunos cocteles “suaves”, aunque se dice que las élites dubaitíes, en sus palacios y palacetes, llevan una vida secreta digna de “Las mil y una noches”. Una vez, pasamos por uno de estos “palacios”, muy bien resguardado, el cual medía más de un kilómetro de largo! Es lícito consumir en lugares públicos la shisha, denominada también narguile, un tabaco oriental que, filtrado a través de coloridos y pintorescos utensilios, expide un agradable olor aromático. Por cierto, las sustancias aromáticas y las especies son muy características de los países árabes.

Los Emiratos Árabes Unidos tienen un 17% de su población compuesta de personas raizales u originarias, quienes tienen niveles de vida impensables en la mayor parte de los países musulmanes y en muchos países occidentales. Existe allí también un segmento de clases medias provenientes de muchos lugares del mundo, vinculadas a ocupaciones en el sector servicios, turismo, industria,  negocios, construcción y bancos. Se registra igualmente una creciente población flotante de turistas, provenientes de todo el planeta. En 2011 más de 10.000.000 de turistas visitaron Dubai.

Si Abu Dabhi, otra ciudad-Estado perteneciente a los Emiratos Árabes, es una región petrolera, Dubai procura ser un centro financiero y comercial internacional y erigirse como un “paraíso turístico”. Por cierto, el opulento emirato petrolero de Abu Dhabi ha contribuido a cancelar la abultada deuda externa dubaití. Existe en su población un 70% de inmigrantes, predominantemente asiáticos, en donde los indios y paquistaníes sobresalen en las calles por su indumentaria. Ellos realizan las tareas que ya no quieren hacer los dubaitíes, quienes gozan de excelentes servicios de salud, educación, subsidios de vivienda y otros  beneficios, como no existen, tal vez, en el más adelantado Estado de bienestar europeo. Además, ellos tienen acceso a  empleos muy bien remunerados y a la posibilidad de educación superior, bien sea en sedes de reconocidas universidades internacionales, bien en el exterior. En sus calles y parques no se aprecian personas pidiendo limosna, ni vendedores informales o niños trabajando en los supermercados. Nunca se ve a un emiratí laborando de mesero o de chofer. En Dubai se diferencia entre “inmigrante” y “expatriado”, pues este último es un extranjero, por lo que pudimos observar, sobre todo árabe, europeo y latinoamericano, que trabaja en posiciones intermedias y goza de buenos salarios y excelente calidad de vida.

Por su parte los inmigrantes, la mayor parte asiáticos, reciben por sus actividades en Dubai más dinero que en sus países de origen, con lo que pueden enviar dinero a sus familias, las que no pueden vivir en los Emiratos. Existe un riguroso control migratorio, de tal modo que los inmigrantes sólo pueden permanecer en el país por períodos limitados, sujetos a renovación de su permiso de estadía siempre y cuando cumplan las estrictas reglamentaciones al respecto. Si pierden su trabajo, deben retornar a sus países de origen. No es normal ver extranjeros, no turistas, de la tercera edad en los centros comerciales o en los parques, ya que una persona que está trabajando sólo puede tener visa de residencia hasta los 60 años.

“Mi hijo - dice una emigrante - se emociona cuando ve un par de ancianos turistas y dice: ´Mira, mami, unos abuelitos que vinieron a visitar a sus nietos´”.

Tampoco existen muchos jóvenes, como sí sucede en la mayor parte de las ciudades del “Tercer Mundo”, porque los hijos varones de los inmigrantes, al cumplir 18 años, si no continúan estudiando o empiezan a trabajar ya no tienen derecho a una visa de residente, y muchos, según nos relataron, viajan a Londres, antigua metrópoli colonial, o regresan a su país de origen, porque el costo de la educación profesional, salvo para los dubaitíes, es altísimo. Evoca una extranjera, en una página de internet:

“Los inmigrantes nos relacionamos poco o nada con gente local para socializar, ya que ellos mantienen generalmente su círculo social entre sus familias o con quienes gozan de un nivel de poder adquisitivo tan alto como el de ellos. En lo personal yo no he tenido ninguna amiga emiratí en los 6 años que tengo aquí. Nosotros, celebramos los cumpleaños de los niños sin sus abuelos y sin sus primos, sólo con compañeros del colegio y con amigos de la misma nacionalidad que vienen a ocupar el lugar de los familiares”.

Dubai, expresión arquetípica de un tipo muy particular de globalización, registra una estricta segregación entre ciudadanos y ciudadanas y turistas, en relación con la mayoritaria población inmigrante. No se olvide que ésta última constituye la mano de obra no calificada indispensable para el funcionamiento - alguien nos decía que con la precisión de un “reloj suizo” - de la vida del emirato. Son los inmigrantes, como nos lo recordaban allá, quienes a 50 grados de temperatura en verano, han construido los inmensos edificios y la portentosa infraestructura de los Emiratos Árabes. Acerca de la vida cotidiana de éstos, comenta una inmigrante:  

“No asistimos frecuentemente a bodas porque la mayoría de las parejas optan por ir a casarse al país de origen; tampoco a funerales porque igual se llevan el cuerpo a su respectiva nación. Aún así, en 6 años sólo he ido a dos bodas y no he estado en ningún funeral. Sin embargo he estado en más de 20 fiestas de despedidas para amigos que se van”.

Como lo ha señalado Human Rights Watch, los trabajadores extranjeros en Dubai:

“Viven en condiciones menos que humanas (…) Casi siempre viven ocho en un cuarto, envían a casa una porción de su salario para sus familias, a quienes no han visto desde hace años”.

Ellos pueden ser deportados a discreción del gobierno, quien establece un control poco manifiesto, pero omnipresente, de lo que sucede en el Emirato. Nuevo apartheid, como nos lo relataron algunos inmigrantes, viven en alojamientos fuera de la ciudad, invisibles a los turistas. Ellos no son, ni pueden aspirar a ser, ciudadanos.

Dubai y Abhu Dabi nos produjeron impresiones contrastadas. Desde cierto punto de vista es como realizar un “viaje al futuro”, a veces nos sentíamos en un mundo de “ciencia-ficción”, hecho realidad. Muchos países occidentales “desarrollados” aparecen hoy en día como “atrasados” o “vetustos” frente a estas  ciudades de los Emiratos en lo que concierne, por ejemplo, a los sistemas de Metro, en deterioro en Nueva York o en algunas capitales europeas, o respecto de  calles y edificios descuidados en sectores ampliados de estas ciudades, a la polución ambiental o al deterioro de la calidad de vida de un sector amplio de los  habitantes originarios de esos centros urbanos occidentales. Pero, al mismo tiempo, el visitante atento y sensible en Dubai y Abu Dhabi se siente, al estar inmerso en ciertas normas y costumbres, como alguien nos decía: “en una Edad media”, en relación a sus instituciones políticas, a la libertad religiosa, a los derechos de sus habitantes, a los roles de género. No es mi intención realizar en esta crónica reflexiva juicios tajantes y concluyentes. ¿Tradición, modernidad, posmodernidad? Usted puede encontrar allí “de todo un poco”, como en los bazares árabes....

Egipto: Entre un viejo imperio y una democracia islámica

De Dubai, en donde permanecimos 12 días, viajamos a Egipto, donde estuvimos 14 días. Este país, que se ha denominado “cuna de la civilización”, en su devenir  milenario llegó a ser el primer imperio bicontinental en la historia (con regiones muy amplias dominadas en Asia y África), estableciendo así mismo múltiples contactos comerciales con toda el área del Mediterráneo, constituyéndose en el primer “Imperio-mundo”, hace ya 3500 años. De este modo, en nuestro viaje pudimos apreciar pinturas y relieves en donde altos dignatarios nubios, sirios, hititas, y muchos otros pobladores de la gran periferia del imperio, llevaban regalos y rendían  pleitesía al “rey de reyes”, al faraón egipcio. Pero la historia de todos los imperios que en el mundo han sido ha visto etapas de ascenso y expansión y, en algún momento, de inexorable decadencia y desintegración. En su milenaria historia Egipto fue dominador y expansivo, pero también ha sido ocupado o avasallado, en diversos períodos, a lo largo de 3500 años. Primero por los hicsos y, siglos después, por sirios, griegos, romanos, árabes islámicos, turcos, ingleses, franceses, israelíes y norteamericanos.

Las naciones árabes, a pesar de los estereotipos difundidos por los medios de comunicación, son muy diferentes entre sí. Se podría decir que los Emiratos Árabes y Egipto son modelos contrastados, en múltiples  aspectos, de un Estado y una sociedad árabe, capitalista y predominantemente  islámica. Debe aclararse que no existe una homogeneidad étnica entre quienes se autodefinen como “árabes”, pues los primitivos habitantes de la península arábiga rápidamente se expandieron, desde el siglo VII, hacia el Medio Oriente y el norte del África, imponiendo su idioma, algunos rasgos culturales y, sobre la mayor parte de la población, la religión islámica. Los denominados “árabes”, que se calcula ascienden actualmente a 500.000.000 de personas, son mayoritariamente islámicos, aunque en países, como Egipto, existen muy antiguas minorías cristianas. De otra parte, países islámicos como Irán y Turquía, no hablan el idioma árabe. No soy especialista en estos temas, ni pretendo llegar a serlo, pero sí puedo afirmar que en Dubai y, sobre todo en Egipto, existe entre amplios sectores de la población la idea, o la aspiración, de una “nación” árabe transestatal que se ha expresado políticamente en el “panarabismo", probablemente como existe en nuestro subcontinente entre muchos la aspiración de lograr una unidad económica y política latinoamericana. Ahora bien, escuchando relatos, leyendo libros o viendo películas acerca de diversos países árabes en el Medio Oriente y en los países magrebíes, en el norte de África, se puede afirmar que sus diferencias nacionales son muy considerables, tal vez mayores que en Latinoamérica.         

Por su parte, Egipto es una gran nación que cuenta con  80.000.000 millones de habitantes, constituyéndose en una potencia regional que manifiesta grandes desigualdades sociales: un 60% de su población vive en la pobreza. Su Estado es desinstitucionalizado, precario en su presupuesto y con débil capacidad de intervención social, por lo que no puede asegurar salud, educación y otros servicios básicos a la mayoría de sus pobladores. Por esta razón, tal como sucede en otros países islámicos, organizaciones sociorreligiosas y políticas como Los Hermanos Musulmanes en Egipto, han creado redes de servicios gratuitos para la población más pobre (salud, educación, deportes, cultura) lo que les ha conferido, recíprocamente, legitimidad en un sector amplio de la población. Expresada ésta, tras el derrocamiento de la dictadura de tres décadas, representada por Hosni  Mubarak, en un  reconocimiento electoral que llegó al 51% de sus electores, para el partido político que representa a Los Hermanos Musulmanes.  

El Cairo es una megalópolis tercermundista, que cuenta con 16 millones de habitantes. Aunque, como en otras ciudades del mundo, uno puede ver, semiescondidos, palacetes  pertenecientes a los sectores más ricos de la población, o lujosos condominios, al recorrer sus calles se aprecian casas y muchos edificios de apartamentos que recuerdan, por su deterioro o inacabamiento, a los de las zonas más periféricas o descuidadas de los centros de nuestras ciudades. Las basuras se aprecian en muchas vías, sin que esta situación parezca perturbar a los pobladores. Los automóviles son antiguos. Sus pitos, para nosotros provenientes de una ruidosa megalópolis “tercermundista”, eran casi “ensordecedores”.

Con nuestros compañeros y compañeras de viaje latinoamericanos nos sorprendíamos de que El Cairo prácticamente no tiene semáforos y registra muy pocos puentes peatonales! A pesar de ello, nos decían allá que no hay muchos accidentes en las vías pues se establece una oculta interacción, para un observador externo, entre el automovilista y el transeúnte al atravesar las atafagadas calles. Aquel, como nos lo comentaba un egipcio, “conduce con los cinco sentidos” y, sin detener su automóvil, disminuye su velocidad, mientras el transeúnte afanado busca un pequeño “hueco” en las interminables y lentas filas de carros, se detiene en las primera fila, continúa hacia la segunda, hace señales al conductor, mira para todos los lados y, al final, remonta la avenida, casi siempre embotellada de tráfico. Para nosotros era muy difícil y azaroso caminar por El Cairo. Con Yolanda, para cruzar allí vías anchas, siempre repletas de autos, motos, buses y micros, nos acercábamos a algún egipcio que cruzara la calle, por cualquier parte y en cualquier momento, y “protegidos” por él, lo hacíamos nosotros (con cierta aprensión, es cierto). Sí, existen otros códigos y otro orden en medio del caos que, para un extranjero, es El Cairo.  

Al mismo tiempo, ésta es una ciudad milenaria. Allí estuvo Menfis, antigua capital de Egipto cuyos restos arqueológicos, que pueden registrar hasta  casi 5.000 años, pudimos admirar. Hoy en día, en los límites de la ciudad están las emblemáticas pirámides (la única construcción superviviente de las “Siete maravillas” del mundo antiguo). Allí uno se enfrenta igualmente a la misteriosa esfinge, que ha desafiado impávida los siglos, salvo por su nariz destruida por las prácticas de tiro de las tropas napoleónicas! El río Nilo es el eje de El Cairo (y del país). "Egipto es un don del Nilo", afirmaba el escritor griego Heródoto quien también escribía, tras su viaje a Egipto hace 2.500 años: “Comparado con cualquier otro país, es el que más maravillas tiene.” En su relato, situado entre lo real-histórico y lo real-maravilloso, anotaba que, para los egipcios, los griegos de la época clásica eran considerados, desde el punto de vista de su trayectoria histórica, como unos niños! Tener la fortuna de viajar por el río Nilo para visitar los imponentes vestigios, muy bien conservados, del Egipto faraónico nos permitió relativizar las dimensiones de la temporalidad de lo que denominamos, eurocéntricamente, la “historia universal”, pues cuando Grecia y Roma surgían como civilizaciones, hace más de 2.000 años, Egipto había dominado el Mediterráneo e influido significativamente en su vida sociocultural, viviendo ya la decadencia de sus grandes dinastías faraónicas.

Realizamos un inolvidable recorrido por el río Nilo, en un barco donde había turistas argentinos y colombianos. Nosotros, latinoamericanos y latinoamericanas, como sucede cada vez con más frecuencia dentro y fuera del subcontinente, nos reconocíamos como parte de una “Patria grande” (algunos afirman que de una nueva “civilización”), quienes buscábamos un diálogo respetuoso con miembros de otra “civilización”, o al menos de un gran segmento subcivilizatorio: el mundo  árabo-musulmán. Nuestro informado guía, un reflexivo egipcio llamado Emad, es un estudioso de la historia de su país y con él tuvimos también ilustrativas conversaciones sobre la vida actual de esta vibrante nación. “Egiptólogo” según su propia declaración, intelectual, en parte autodidacta, egresado de la muy solvente carrera de idioma español en la Universidad del Cairo, Emad, quien habla un castellano muy fluido, es al tiempo un musulmán practicante y un egipcio nacionalista, más no chovinista, amable y conversador, abierto a un diálogo, también respetuoso y abierto, con los turistas latinoamericanos provenientes, como se lo señalaba yo alguna vez, del “extremo occidente”. Por cierto, conoce más de la literatura latinoamericana (que lo apasiona) que la mayoría de los visitantes de esa región.  

Los templos faraónicos de Luxor y Karnak, en la antigua Tebas, capital por más de 2000 años del imperio egipcio, son casi alucinantes. Ninguna imagen del cine o la fotografía puede dar cuenta de la impresión, para el visitante, de recorrerlos a través de sus vastos corredores y rodeados por sus inmensos muros. Estos dos centros sagrados del antiguo Egipto, se erigen a lo largo de varios kilómetros, unidos por una larga avenida, que cruzaba la ciudad y de la que sobrevive un gran número de esfinges idénticas, simétricamente emplazadas. Los templos, dedicados al Dios Amón, con presencia en su interior de otras divinidades,  están ocupados con columnas gigantescas, que fueron un referente de las columnas, de tamaños más modestos, griegas y romanas, tantas veces recreadas en nuestras ciudades latinoamericanas dentro del estilo denominado “neoclásico”. Éstos y otros templos que pudimos visitar se hallan poblados de gigantescas y hieráticas estatuas, como si quisiesen desafiar a la eternidad. Estos  santuarios monumentales, cuyas paredes suelen estar decoradas con dibujos y jeroglíficos egipcios,  son impresionantes  construcciones de piedra y eran centros masivos de reunión, con fines sacros y también profanos, pues constituían espacios centrales de sociabilidad pública. En novelas muy difundidas como Sinhué, el egipcio, José y sus hermanos, o en La guerra de Tebas, del premio Nobel egipcio Naguib Mafuz, aparece vivamente recreada la vida de esta legendaria y cosmopolita ciudad, con su permanente actividad portuaria sobre las riberas del Nilo, sus trabajadores y sus nobles, sus mercados, palacios y templos, en fin, su activa vida festiva y religiosa. Los inmensos templos sobrevivientes, en su carácter de gigantescas construcciones de piedra, con funciones ceremoniales, me evocaron, guardando las debidas diferencias, a las catedrales góticas europeas y al imponente Macchu Picchu incaico. En el Valle de los Reyes, situado al lado oriental del Nilo, al frente de la  antiquísima Tebas, se pueden apreciar en las tumbas faraónicas pinturas de hace 3.000 o 4.000 años, con sus vivos colores muy conservados que expresaban el viaje por el “mundo de los muertos” de los faraones, su familia y su círculo social.

En este árido valle, la UNESCO reconstruyó el gran templo de la célebre faraona, Hatshepsut. Ciertos episodios y personajes de la historia antigua de Egipto, desde la época de Heródoto, han sido objeto de muy opuestas lecturas en Occidente, primero en relatos de viaje, luego mediante la literatura y la arqueología  y, actualmente, en el cine y por canales televisivos como History Channel y National Geografic. Han sido interpretaciones y recreaciones, estas últimas con notable sofisticación audiovisual y con apoyo de especialistas, siempre realizadas en función de la óptica y los intereses del presente. Así se afirma:

Hatshepsut se halla en la actualidad convertida en una maquiavélica usurpadora, en un animal político que no retrocede nada con tal de satisfacer su ambición, en una mujer que tuvo que elegir entre el amor y su reino, en una amante de la paz o en un modelo feminista”.

La misma situación ha tenido lugar con Akenatón, el célebre “faraón hereje” quien, en el siglo XIII a.e., se enfrentó al politeísmo vigente y a sus poderosos representantes, para buscar imponer la que parece ser la primera religión  monoteísta en la historia: el culto al Dios-Sol, a Atón-Ra. También con esta debatida personalidad histórica, las interpretaciones divergen. Para algunos se trataba de un místico y gran poeta (presunto autor del memorable “Himno a Atón”). Para otros, era un hábil político quien, para reprimir el enorme poder de los sacerdotes de Tebas que promovían el culto a Amón, trasladó su corte a la ciudad de Amarna, persiguió implacablemente a los representantes de este clero hegemónico y prohibió el culto al Dios Amón, para proponerse él mismo, rodeado de su familia, en calidad de hijo y único intermediario de la divinidad. Pero fuesen cuales fueren los motivos que guiaron los comportamientos de estas dos grandes figuras históricas que fueron Hatshetsup y Akenatón, lo cierto es que ella y él fueron revolucionarios en su época, pues buscaron romper con creencias y tradiciones milenarias. La reina, en el siglo XIV a.e., en el apogeo del imperio egipcio, afirmó en su activo  reinado la posibilidad de romper la rígida línea masculina en la genealogía faraónica para instaurar, en la máxima posición de poder, a una mujer que, por su condición de género, debía posar para los escultores de la época, como pudimos apreciarlo en los templos, con barba postiza. El “faraón hereje”, por su parte, impuso un subversor culto monoteísta que ciertos historiadores han considerado antecesor del monoteísmo preconizado por Moisés. En pinturas de la época, hace casi 3.500 años, el Dios Atón (o su representación sensorial, el disco solar), aparece con numerosas manos ofreciendo  su luz, su calor y su energía a todos los seres vivos, tal como es refigurado literariamente en el bellísimo “Himno a Atón”.

“La tierra brilla cuando amaneces en el horizonte, mientras resplandeces como Atón durante el día. (…) Toda la tierra se dispone a trabajar, todos los rebaños pacen en sus pastos, los árboles y las hierbas florecen, los pájaros echan a volar de sus nidos. Todo rebaño brinca sobre sus patas. Todo lo que vuela y se posa, vive cuando amaneces para ellos”.

En Luxor cumplí un sueño de mi vida, como era montar en un globo aerostático, aspiración que existía desde que, en mi adolescencia, leía e imaginaba las novelas de viajes de Julio Verne. Al menos a un kilómetro de altura, dentro de canastas de mimbre no muy diferentes a las que existían en la época del novelista francés, personas de todas partes del mundo podíamos apreciar el desértico Valle de los reyes, con sus grandes templos y restos arqueológicos, así como observar panorámicamente las huellas milenarias de la histórica y, a la vez, mítica Tebas, que Homero, en la Iliada, nombraba con admiración como “la ciudad de las cien puertas”. Por su parte en la Biblia, en el Antiguo Testamento, el profeta Nahúm se refería al saqueo de Tebas en 663 a.e., por el rey asirio Asurbanipal.

“¿Eres tú mejor que Tebas, que estaba asentada junto al Nilo, rodeada de aguas, cuyo baluarte era el mar, y aguas por muro?
Etiopía era su fortaleza, también Egipto, y eso sin límite.
Sinembargo ella fue llevada en cautiverio; también sus pequeños fueron estrellados en las encrucijadas de todas las calles, y sobre sus varones echaron suertes, y todos sus grandes fueron aprisionados con grillos”.

Desde el mirador privilegiado de nuestro globo, a un lado de la ribera del Nilo se podía apreciar, desde lo alto, con la espectacular salida del sol, el palacio de Hatseptshup y, hacia la ribera occidental se divisaban los templos emblemáticos de Luxor y Karnak, así como ruinas de otros monumentos.  Por su parte, las célebres murallas tebanas han desaparecido.   

Retornando a Hatsetshup y Akenatón, puede advertirse que, atreverse a romper con normas, creencias y prácticas milenarias y afirmar nuevas concepciones, comportamientos y propuestas religiosas, políticas, morales y estéticas, ha entrañado siempre reacciones, incluso violentas, de quienes se benefician del statu quo. En este sentido la lucha por la memoria, que tiene como su correlato la construcción de la desmemoria, ha atravesado a las diferentes sociedades, hasta la actualidad. Así, en nuestros recorridos por distintos templos y construcciones faraónicas nuestro guía nos mostraba varios bajorrelieves y estatuas en piedra en donde aparecía el cuerpo de Hatshetsup, al tiempo que su cabeza había sido, sistemáticamente, borrada. Los egipcios creían que en el momento del “fin de los tiempos”, los Dioses reconocerían, para llevarlos con ellos, a aquellos y aquellas que tuviesen sus cabezas, ya sea en sus cuerpos embalsamados, ya en relieves y dibujos. De esta manera, el nuevo faraón y su círculo pretendían no sólo borrar la memoria histórica de la reina Hatsepshup, sino incluso, negarle su lugar en el “mundo de los muertos!” Por su parte desde Tutankamón, sucesor de Akenatón, Amarna, así como las referencias en templos, tumbas y papiros de diversos lugares de Egipto a su persona y su reinado fueron también, de manera sistemática, borrados. Intereses políticos que implicaban la voluntad de una restauración - como ha sucedido, y continúa sucediendo, en la historia del mundo – condujeron, en ambos casos, a una coactiva, sistemática y planificada revisión y reescritura de la historia, orientada por la óptica y los intereses de antiguos o nuevos grupos sociales hegemónicos. Por ello, el Museo de El Cairo guarda en una sala, la más visitada por personas de todo el mundo, esculturas, relieves y objetos supervivientes de Akenatón y de su legendaria esposa, Nefertiti, cuyo célebre busto (del cual se ha dicho que se expresa la “primera mujer occidental”), reclama Egipto al Museo de Berlín.  

La civilización egipcia vivía obsesionada por el “más allá”, de allí la compleja y muy elaborada práctica del embalsamamiento de los cadáveres para todas las clases sociales. Esta civilización quiso ser eterna y todavía sus vívidas huellas en sus construcciones, dibujos y jeroglíficos, nos hablan de su vida cotidiana, los utensilios de trabajo, la sexualidad y la vida familiar, las aves y animales de la época. También existen allí, como también en el riquísimo Museo Egipcio en El Cairo, conservados testimonios de sus muebles domésticos, sus alimentos, las cremas faciales y los colores para delinear los ojos, utilizados por sus mujeres, y la ropa interior que llevaban los personajes de la nobleza.

Conversamos con egipcios de diversas condiciones sociales, con la inapreciable colaboración de Yolanda quien, en segundos, puede iniciar una conversación con las más diferentes personas, al tiempo que el inglés sirve de lenguaje de comunicación. Los egipcios nos parecieron simpáticos, dicharacheros, anárquicos, amables, alegres y muy religiosos. Un “aire de familia” encontrábamos entre ellos y la manera de ser de ciertos grupos regionales latinoamericanos. Como lo ha expresado  el escritor árabe contemporáneo, Tahar Ben Jelloun, refiriéndose a la literatura latinoamericana:

Encontraba una familiaridad entre el universo de estos escritores y el de los escritores del mundo árabe. Leía a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa como si fueran de mi país”.

El fútbol es en Egipto su “deporte nacional”. Al responder nosotros a la pregunta ritual dirigida al turista: “Where are you from?”, aclarando que éramos colombianos, ellos, como también en Dubai, casi siempre aludían con genuina simpatía, al Pibe Valderrama (algunos a Falcao), así como a la cantante Shakira quien, como se sabe, posee ancestros árabes. Los ídolos globalizados del fútbol y de la canción pop constituyen íconos reconocidos, hoy en día, de la cultura internacional de masas.  

Muchos egipcios son comerciantes. Visitar sus mercados o bazares constituye una experiencia fascinante. Al tiempo que exponen en las calles sus variadas mercancías, a aquellas las cruzan cientos de personas, además de bicicletas, motocicletas, automóviles y animales, en abigarrada coexistencia. Se pueden observar hombres jugando al dominó, tomando bebidas frías o calientes, o aspirando la sisha, así como “parches” juveniles (diríamos nosotros) departiendo animadamente, niños jugando y riéndose y familias haciendo compras. En Egipto y en varios países árabes situados en zonas desérticas o semidesérticas, dado que las temperaturas en verano pueden ascender a 50 grados centígrados, se registra una activa vida nocturna. Por ello los mercados funcionan como centros de comercio y de activa sociabilidad hasta altas horas de la noche.

La mujer, dentro de roles de género muy estrictos, propios de sociedades árabes e islámicas aún muy androcéntricas, no suele ser quien vende los productos en los mercados (como sí ha sucedido, entre nosotros, desde el período colonial), puesto que la política, la sociabilidad externa y los negocios le suelen estar vedados. Vimos a varias de ellas circular por los mercados de manera discreta, sin conversar casi, con los hombres, siempre con sus pañoletas de variados colores que han constituido tradicionalmente un “símbolo de castidad”, aunque también hoy en día constituyen un signo, discreto, de coquetería femenina. Más que una ley civil, al menos en Egipto, país más secularizado y diverso que otras naciones árabes, algunas mujeres más “modernas” nos comentaban que conservan está prenda indumentaria, ya sea como un símbolo de identidad cultural, ya porque existe sobre ellas una gran presión social para hacerlo.

En los animados bazares o mercados, a sus vendedores les encanta trenzarse en discusiones interminables con los compradores, para terminar vendiendo sus mercancías por el 20 o el 30% del precio, muy alto, que inicialmente solicitaron. Creo que más que “tumbar” a “turistas”, como lo éramos nosotros, ellos disfrutan de este ritual milenario, de un secular “tira y afloje” dentro de un antiquísimo regateo y una discusión amistosa en donde desarrollan sus notables artes persuasivas y su inconfundible oralidad, mezclando palabras en español, inglés, francés o italiano, según la procedencia del comprador extranjero.  

Cinco veces al día los musulmanes (que conforman la inmensa mayoría de la población egipcia y son más de 1.000 millones, siendo la segunda religión más extendida en el mundo), realizan una oración. En todas partes, en las ciudades y pueblos, altavoces difunden un monótono canto religioso que los invita a realizar este ritual sagrado y cotidiano, muy significativo para ellos. Es un momento de recogimiento espiritual. A menudo vimos a las gentes quitarse sus zapatos, desplegar una pequeña alfombra en el suelo y poner su frente sobre ella, concentrándose por unos minutos en su ritual religioso, con su cara dirigida a La Meca, el “Vaticano” musulmán. Centros comerciales, edificios de oficinas, hoteles y aeropuertos tienen habitaciones para el rezo. Como un “mantra”, tal como lo son las jaculatorias o el rosario entre los católicos, los mahometanos o musulmanes recitan en sus rezos: “La ilaha illa Allah, Muhammad dun rasúlu Allah”; traducido como: “No existe Dios verdadero sino Allah, y Muhammad es el Mensajero (Profeta) de Dios.”

Aunque existen personas y grupos integristas o fundamentalistas (tal como se registran también en otras religiones), apreciamos en Egipto que muchas personas están abiertas y dispuestas a dialogar con quienes provienen de otras geografías y culturas y ostentan otra concepción del mundo. Nos encontramos gentes deseosas de crear en su país instituciones democráticas (adecuadas a sus tradiciones religiosas y nacionales) para impulsar la participación de las mujeres en el trabajo y en la vida pública, prácticas  desestimadas, para ellas, en el Islam tradicional. Pero también reclaman con justa razón a Occidente (en primer término a los Estados Unidos) que respeten su historia, su autonomía, su cultura y sus prácticas religiosas, lo que no siempre ha sucedido. En efecto, desde las Cruzadas los cristianos europeos crearon como a su “otro”, el “enemigo”, a los musulmanes. Santiago “Matamoros” es considerado el patrono de España, quien desde la época medieval era pintado blandiendo una espada, sobre un caballo blanco y arrollando a un grupo de “moros” (denominación convencional de los musulmanes) caídos por tierra. Éstos eran los “infieles”, que blandían sus alfanjes y las estigmatizadas banderas con el signo de la Media Luna, que también aparecían dibujados en cuadros y libros y descritos en novelas y radionovelas, que se escuchaban en los días de mi infancia y adolescencia.

No apreciamos una posición chovinista ni reactiva a lo que significa Occidente, pero si escuchamos la firme demanda de muchos egipcios para poder realizar ellos su propio proceso de modernización y democratización, árabe e islámico, que no tiene porqué ser subalterno ni una simple copia de Occidente. Por esto, no considero adecuado hablar, como si fuera un destino ineluctable, de un “choque de civilizaciones”, porque esta noción supone una visión esencialista, prejuiciada y ahistórica de los países islámicos, como también sobre la misma “civilización” occidental. Mirada frente a aquellos, seguramente con la dosis de “exotismo” propia de su carácter de “orientales”, en este caso de árabes: “habitantes del desierto”.

El intelectual palestino Edward Said escribía: Existe un debate en el mundo islámico actual que suele perderse de vista por completo, sumidos como estamos en el clamor, a menudo histérico, contra la amenaza del Islam, el fundamentalismo islámico y el terrorismo, tan frecuente en los medios de comunicación. Como cualquiera de las otras grandes culturas mundiales, el Islam contiene en sí mismo una asombrosa variedad de corrientes y contracorrientes. Yo diría que esta tan extendida actitud crítica y escéptica hacia la autoridad tradicional, es lo que caracteriza tanto a Oriente como a Occidente en el mundo de postguerra”. 

Puede afirmarse que el pueblo egipcio ha expresado, en varios momentos de su historia, expresiones de convivencia interétnica e interreligiosa. Así en el centro histórico de El Cairo existen, desde hace más de un milenio, iglesias, sinagogas y mezquitas de honda significación para sus respectivas religiones. Con Imed, siempre paciente e informado, visitamos la iglesia cristiana, “copta”, de San Sergio, la primera de este credo en Egipto, construida en el siglo V, cuya tradición religiosa relata que allí se refugiaron José y María, con Jesús niño, a consecuencia de la persecución de Herodes. Por cierto, en sus antiquísimos cuadros aparece un rostro de Cristo, como un judeo-palestino, que tal era su origen étnico, muy diferente al Cristo “blanqueado”, de cabellos rubios y ojos claros que se impuso, siglos después, en la iconografía cristiana. Muy cercana a este pequeño templo entramos a una antiquísima sinagoga judía, cuya tradición afirma que en ese lugar fue encontrado Moisés, “salvado de las aguas”. Luego, en la ciudad fueron construidas mezquitas musulmanas, las cuales han convivido, por siglos, con templos judíos y cristianos.

Nuestra estadía en Alejandría, la más mestiza, étnica y culturalmente, de las ciudades egipcias, fue muy ilustrativa sobre esta diversidad étnica, religiosa y cultural. Esta ciudad situada en el fértil delta del Nilo fue, desde Alejandro Magno en el siglo IV de nuestra era, un crisol de culturas y civilizaciones provenientes de Asia, África y Europa y un punto de encuentro de diversas religiones: del politeísmo egipcio, así como del greco-romano y de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Por cierto, el Antiguo Testamento de la Biblia constituye un libro sagrado para estas tres “religiones abrahámicas”, como las ha denominado el teólogo Hans Küng, las que tuvieron su origen, no puede olvidarse, en el Medio Oriente.

La última dinastía egipcia, la de los Tolomeos que culminó con Cleopatra VII, en el siglo I a.e., era de origen griego. Lo que se denomina la trasculturación ha tenido una expresión ejemplar en Alejandría, esta encantadora ciudad, sincrética y cosmopolita. Uno puede allí ver dibujos y relieves, con más de 2000 años, en donde coexistían figuras simbólicas como la Medusa griega y la cobra egipcia o apreciar columnas de templos egipcios terminadas en capiteles corintios, de origen heleno. En esta antigua capital de Egipto pudimos apreciar fotografías que muestran la destrucción de su activo y culto centro histórico (espacio de inolvidables novelas y películas), a consecuencia de los bombardeos de la armada inglesa en 1882, realizados para someter al país.  Situación por la que, por cierto, el gran poeta Constantino Kavafis y su familia, que eran alejandrinos, debieron emigrar. No puede olvidarse en la relación conflictiva de la sociedad egipcia con Occidente (que se reactualizó con la nacionalización del canal de Suez, en 1956, por el gobierno de Nasser, figura política muy querida en el país) que, a consecuencia de la ocupación inglesa, Egipto, llamada “cuna de la civilización”, fue un Protectorado británico hasta 1946!

Nuestra impresión, corroborada también por otros testimonios, es la de que, en general, los egipcios son gente pacífica. Acerca de las manifestaciones y enfrentamientos, recomenzados este año, que han tenido como su epicentro la histórica plaza de Tahrir en El Cairo, gentes de diversas condiciones sociales nos expresaban que después de una dictadura tan larga, como fue la de Mubarak, antecedida por otro dictador, los egipcios estaban iniciando, con mucha ilusión y esperanza, un régimen democrático. Nos decían que era un proceso lento, que podía tener sus retrocesos y dificultades, pero que había que tener paciencia y perseverar. Comentaban que tenían confianza en que las disensiones políticas en su sociedad se pudieran solucionar pacíficamente. Al respecto, es ilustrativo que en esos días el gran Iman de la mezquita de Al Azhar y rector de la prestigiosa Universidad del mismo nombre en El Cairo, Ahmed al Tayyeb, una de las personalidades más respetadas del Islam sunnita, haya reunido a los dirigentes del Partido de la Libertad y la Justicia, brazo político de los Hermanos Musulmanes, hoy en el gobierno, y a la oposición nasserista, así como cristiana, liberal, socialdemócrata, socialista y marxista, grupo heterogéneo que compone el Frente de Salvación Nacional, para instarlos a llegar a un acuerdo, recordándoles que tanto la violencia como el derramamiento de sangre están prohibidos por el Islam. Dijo:

"La acción política no tiene nada que ver con la violencia y el sabotaje, y el bienestar de todos y el futuro de nuestra nación dependen del respeto al Estado de derecho".

La situación política egipcia, desde la caída del dictador, episodio central de la “Primavera árabe”, tal como aparece en las filmaciones de los noticieros sobre los sucesos acaecidos en la Plaza de Tahrir, está hoy en día muy polarizada generando inestabilidad e incertidumbre. En efecto, otros partidos políticos y sectores sociales urbanos cuestionan la pretensión de Los Hermanos Musulmanes, y del gobierno del  presidente Mursi que los representa, de aplicar la sharia, la rigurosa ley social islámica, como política estatal, y cuestionan la pretensión del gobierno de arrogarse poderes extraordinarios. Como lo señalan analistas de los países árabes e islámicos, al presente muchos de los conflictos internos vividos en estas naciones no pueden ser reducidos, como lo hacen a menudo los medios de comunicación occidentales, al  enfrentamiento de fuerzas islámicas fundamentalistas y de partidos occidentalizados, liberales y secularistas. Aunque éstos existen, y poseen presencia en las calles y organización electoral, deben contender, y también establecer alianzas, con fuerzas sociorreligiosas islámicas, a cuyo interior polemizan un Islam regimentista y rigorista y un Islam más civil y pluralista, situación que es también característica de otros países islámicos. Como lo afirma Amin Maalouf, escritor de origen árabe y uno de los más reconocidos novelistas y estudiosos de estos países:  

“Nos olvidamos con facilidad que, en las primeras décadas del siglo XX, importantes países árabes o musulmanes tenían una animada vida parlamentaria, libertad de prensa y elecciones relativamente honradas que levantaban pasiones entre el pueblo. Tal fue no sólo el caso de Turquía o del Líbano, sino también de Egipto, de Siria, de Irak y también de Irán; y no estaba cantado que fueran todos a caer en regímenes tiránicos o autoritarios.”

Por cierto en nuestro viaje, desde Atenas, tuvimos que hacer escala en El Cairo, para hacer conexión con Madrid y Bogotá, ya que por la crisis económica de los países europeos del sur, no existe hoy en día conexión aérea directa entre Atenas y Madrid. Debido a incumplimientos de los horarios de los aviones, debimos quedarnos un día adicional en El Cairo. Fue un momento tenso para nosotros, pues no podíamos volver al hotel donde pernoctamos anteriormente, ya que él está situado a tres cuadras de la Plaza de Tahrir, epicentro de los disturbios recientes, por lo que debimos alojarnos en un hotel cerca del aeropuerto. Allí veíamos a los egipcios muy preocupados (aunque, por supuesto, no entendíamos lo que hablaban entre sí), observando en la televisión los enfrentamientos entre fuerzas del gobierno y la oposición que se desarrollaban en el centro de la ciudad.

Para un extranjero no es asunto fácil analizar la crispada situación política existente en Egipto (y, en general, dentro del mundo islámico). Deseo culminar este relato de viaje citando reflexiones de algunas personas con la que pudimos interactuar y, además, traer a colación algunas consideraciones de estudiosos autorizados sobre el tema. Un 90% de la población egipcia es musulmana, cifra aproximada ésta que comparten también analistas externos. La fe en el Islam es un rasgo esencial de identidad colectiva, tal como lo pudimos apreciar tanto en los Emiratos Árabes, como en Egipto, ambos pertenecientes al Islam sunnita, rama mayoritaria de esta religión. Su cosmovisión religiosa, creada por Mahoma y sus primeros sucesores, ha tenido significativos desarrollos a través de los siglos, con la existencia de elaboradas corrientes místicas y también con la presencia de una interesante “ilustración” islámica, procesos casi desconocidos en Occidente. La religiosidad, las enseñanzas del Libro sagrado, los hadices (dichos y acciones atribuidos al Profeta Mahoma), y la sharia están presentes, para los fieles del Islam, en sus espacios públicos y privados, en su vida familiar y en su sexualidad, en la política, la estética, la moral y las relaciones internacionales. Esta situación de omnipresencia social y cultural de la religión mahometana no puede reputarse simplemente como un “anacronismo”, o un “retraso” en los procesos de modernización, democratización y secularización, los cuales comenzaron, como se sabe, en Occidente. En palabras de Maalouf:

El Islam es un santuario para la identidad común y también para la dignidad. El convencimiento de ser uno quien posee la fe verdadera, de tener la promesa de un mundo mejor, mientras que los occidentales andan descarriados, atenúa la vergüenza y el dolor de ser, aquí abajo, un paria, un perdedor, un eterno vencido. Es incluso, hoy en día, uno de los pocos ámbitos, tal vez el único, en que la población musulmana conserva aún el sentimiento de ser bendita entre todas las naciones, de ser la >>elegida>> del Creador, y no la maldita y la rechazada.

Por ello, intelectuales árabes afirman que no se puede esperar un proceso de privatización de las prácticas religiosas, completa separación de la iglesia y el Estado y renuncia a la sharia, por parte de los Estados y partidos políticos, según lo postularía un presunto deber ser modernizante y secularizante, según el modelo europeo (que no el latinoamericano), predicado por políticos, funcionarios y científicos sociales, sobre todo euronorteamericanos. Dentro de muchos países islámicos existe una intensa discusión, a veces tolerada, a veces restringida por sus gobiernos (pero nunca borrada), donde partidos políticos, intelectuales y muchos miembros de la “sociedad civil” hablan (¡con esperanza y convicción, cómo no!) acerca de la necesidad de una “modernización árabe” (o turca, o persa) e islámica y postulan el imperativo de desarrollar procesos de democratización que terminen con las autocracias y los autoritarismos que han existido en sus países. No le es ajena a un sector creciente de su población la imperativa demanda para construir un Estado de derecho e impulsar una participación de las mujeres en la vida política, en el debate público y en la vida laboral. Pero es necesario reconocer que estos deseos y actitudes tienen más presencia en algunos países, que en otros, en los centros urbanos, más que en las regiones rurales, entre clases medias educadas, intelectuales y artistas y entre algunos funcionarios, más que en otras categorías sociales y, con mucha fuerza,  en las universidades y colegios, donde los jóvenes han sido una punta de lanza de los procesos de democratización.

El panorama político y cultural, en particular de los países árabo-islámicos, es más heterogéneo de lo que se difunde entre nosotros. Si desde allá existen estereotipos acerca de lo “occidental” - escuchábamos referencias al “materialismo”, al “militarismo” y a la “degeneración” de sus mujeres - estas actitudes pueden ser apreciadas como fruto de una posición reactiva frente a los estereotipos, los prejuicios y descalificaciones seculares, realizadas hoy desde medios y políticos occidentales, con el agravante de, que en este caso, ellas pueden tener expresión en agresivas políticas exteriores, financieras y militares, que han perjudicado a los países árabes.

En lo que respecta a las posiciones religioso-políticas que tienen presencia en Egipto, debe señalarse que no es lo mismo la posición militante de los yihadistas que buscan empeñarse en una “Guerra santa” (espejo macabro de la “Guerra santa” occidental-cristiana); respecto de la voluntad, de “ordenar lo que es correcto y prohibir las conductas incorrectas", propia de los salafistas, rigoristas y tradicionalistas, pero muchos de quienes han renunciado a la violencia armada. Éstos, igualmente con presencia en la sociedad egipcia, a su vez se diferencian de[ las posiciones sostenidas por Los Hermanos Musulmanes, quienes propugnan por la aplicación de la sharia, aunque de manera más laxa y negociada que los salafistas (por quienes son criticados). Los Hermanos también rechazan la apelación a la violencia y han aceptado, en este país, la vía electoral. Las tres son agrupaciones islámicas trasnacionales, con mayor o menor influencia en diversos países mahometanos y con activa presencia en Egipto, y especialmente movilizados en la emblemática plaza de Tahrir. Ésta se constituye, hoy en día, en un lugar central de referencia en el mundo árabe y musulmán, porque allí se escenifican y contienden diversas posiciones políticas y culturales, desde las más laicas y occidentalizadas (que en Egipto existen desde el siglo XIX, sino desde antes), pasando por un Islam civil y pluralista, hasta las más rigoristas e integristas posiciones ideo-políticas que, así mismo, tienen hoy en día presencia en todo el mundo islámico.

El sociólogo José Casanova, uno de los más interesantes analistas del estudio comparado de las religiones contemporáneas en el mundo, ha recordado que la Iglesia católica se opuso en el pasado a las tendencias modernizadoras y democratizadoras, pero que ella fue un factor político-cultural importante para el éxito relativo de la que ha sido denominada la “tercera ola democratizadora”: acaecida desde finales de los años 70 en Latinoamérica, Europa del Sur y Europa Oriental. Este histórico cambio de actitud y de doctrina se hizo posible, según el autor, en buena parte por la “sacralización del discurso moderno de los derechos humanos”. Realizando una analogía con el Islam,  escribe:

“Las luchas por la democratización en Turquía, Irán e Indonesia, ofrecen lecciones similares. No hay garantía, y efectivamente es improbable, que los movimientos islámicos de renacimiento o renovación conduzcan uniformemente a la democratización. Lo que es más cierto es que es improbable que crezca y prospere en los países musulmanes hasta que los actores políticos que luchan por ello sean capaces de >>enmarcar>> su discurso en un lenguaje islámico públicamente reconocible. Llamadas a la privatización del Islam como condición para la democracia moderna en los países musulmanes sólo producirán respuestas islamistas antidemocráticas. Por el contrario, la elaboración reflexiva pública de las tradiciones normativas del Islam, en respuesta a los desafíos modernos, a las experiencias de aprendizaje político y a los discursos globales, tiene la posibilidad de generar diversas formas de Islam civil público, que pudieran conducir a la democratización. El problema no es que una tradición religiosa esencialmente fundamentalista prohiba tal elaboración reflexiva, sino más bien que los Estados autoritarios modernos en los países musulmanes no permitan los espacios públicos abiertos donde tales reflexiones pudieran tener lugar”.

La “Primavera árabe”, de la cual se están celebrando dos años de su comienzo, como lo reconocen muchos egipcios creó más expectativas de las que realmente se han cumplido, al tiempo que allá, y en otros países, se han generado tentativas de restauración, de una “vuelta atrás” que pretende ser auspiciada o impuesta por diversas agrupaciones partidistas, estatales o religiosas. Así, en declaraciones de Doriya Sharaf al Din, presidenta del Consejo Nacional de las Mujeres (CNM), en Egipto, expresadas con ocasión del Día Internacional de la mujer, el 8 de marzo de 2013, destaca que la marginación de las egipcias ha aumentado "notablemente" tras el triunfo de la Revolución del 25 de Enero [de 2011], que acabó con el régimen de Hosni Mubarak. Según el CNM, las mujeres participaron de forma activa en el levantamiento popular, pero esto no se ha reflejado en su porcentaje de representación en el Parlamento, el Gobierno y la Asamblea Constituyente, dominados por los islamistas integristas. En opinión de Al Din, se necesita una voluntad política y una intención verdadera para apoyar a la mujer, las cuales no han sido acogidas aún, según el CNM, por amplios sectores de la sociedad egipcia. Al Din denunció asimismo que en Egipto se han instalado “últimamente” ideas conservadoras radicales islamistas que han venido de países vecinos, en alusión a los Estados del Golfo Pérsico.

Frente a esta situación, que afecta numerosos campos de la vida social y de la cotidianeidad de las personas, deben señalarse activas contratendencias. En efecto, las masivas manifestaciones pluriclasistas y pluripartidistas acaecidas en Túnez, Libia, Egipto y otros países árabes, que dieron al traste con largas y cruentas dictaduras (que recuerdan, por cierto, a las latinoamericanas en el siglo XX) – sucesos recientes que cientos de millones de personas pudimos apreciar desde nuestros televisores, en la prensa o en internet - implican que amplios sectores sociales de muchos países islámicos se están involucrando más activamente en el debate público, así haya etapas de reflujo y de represión política y religiosa. Allí se discute, tal vez como nunca antes, acerca de lo que está sucediendo y, sobre todo, de lo que debe suceder, de lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse en estas sociedades nacionales. Existe la conciencia, en sus sectores más lúcidos, acerca de que es necesario replantear el relegado y hoy disputado “lugar en el mundo”, en especial de los países árabes. Y esto ha supuesto el reclamo de una mayor autonomía geopolítica y geocultural para no continuar haciendo parte, como “peones” y “alfiles”, de un juego planetario que parece definirse en otros escenarios. Pero también se ha expresado de manera autorreflexiva (“la crítica del otro, comienza con la crítica de sí mismo”) un cuestionamiento del victimismo de los países árabes, que ha legitimado ya sea una acción violenta, a la larga autodestructiva, o bien ha auspiciado un discurso reactivo, o conformista y resignado, que es promovido por aquellas fuerzas religiosas y políticas que se resisten a un aggiornamento, a un diálogo con otras maneras de ser y de ver el mundo, a una redefinición ineludible, que no significa un rechazo o una subvaloración, de las “identidades”, árabe e islámica.

Este es un debate actual: activo, heterodoxo lúcido y diverso, que es llevado a cabo, en primer lugar, por algunos de sus líderes políticos, sociales, religiosos e intelectuales y, de manera creciente, por las mujeres y que se escucha en las calles y puede ser seguido también por las redes virtuales. De hecho, esta discusión pública ya había comenzado en algunos países islámicos desde hace casi un siglo, pero ha sido interrumpida o se la ha tratado de acallar reiteradamente, por parte de dictaduras laicas, civiles y militares, y por viejas y nuevas teocracias islámicas. Esta conversación ampliada, compuesta de disonancias más o menos profundas, pero también de consonancias esenciales, se desarrolla en la actualidad en mezquitas y universidades, en las calles y en los medios de comunicación, en los hogares y muy especialmente entre los jóvenes, y tiene como uno de sus ejes cuál debe ser el sentido y el ritmo de una “democratización” y una “modernización”, que amplios sectores experimentan cada vez como más necesarias e ineludibles, si desean integrarse de manera autónoma, crítica, contextualizada y propositiva en la actual historia intercivilizatoria, buscando su voz y su espacio en el proceso de globalización, para desarrollar su propia perspectiva e intereses. También se discute sobre el tipo de instituciones que se deben (re)construir, las normas deseables de la vida social y cultural, la imperancia del Estado de derecho, el papel de la religión islámica, y de otras religiones, las relaciones entre los géneros, el lugar de la sharia y un largo etcétera de temas, que sería prolijo señalar.

La situación política e institucional de un país se entremezcla con diversas situaciones de la vida de las gentes, también de los “turistas”. En efecto, en febrero de 2013, los medios de comunicación dieron cuenta de que uno de los  globos aerostáticos, que vuelan sobre Luxor (la antigua Tebas), se incendió estando a cientos de metros por encima de la superficie, a consecuencia de lo cual murieron 18 turistas. Es necesario esperar la investigación que el gobierno egipcio ha prometido para saber, a ciencia cierta, las causas de este penoso accidente. Pero debe tenerse en cuenta que, desde el derrocamiento de Mubarak, levantamiento apoyado por un sector mayoritario de la sociedad egipcia, varias personas nos comentaban en nuestro recorrido que, si bien, no deseaban retornar al opresivo pasado dictatorial, en estos dos años, desde que transcurrió la “Primavera árabe”, se tiene la sensación de una situación de desgobierno y desorganización del país, existe más inseguridad en las calles y se observa el relajamiento de ciertas normas de organización de la vida colectiva. Esta situación también ha sido aducida para explicar la ausencia de controles de las autoridades del Estado sobre las condiciones del turismo y acerca de la seguridad de los globos en Luxor. Esto hace más urgente el logro de acuerdos mínimos entre el gobierno y la oposición, con el fin de construir una nueva institucionalidad y fortalecer ciertos lazos y mínimos controles de la vida colectiva, como lo desean muchos egipcios. En efecto, la situación de inestabilidad política y social en los últimos meses ha conducido a la caída de la libra egipcia, a un menor crecimiento económico, a un gigantesco déficit público y a una dramática reducción del turismo internacional, una de las principales fuentes financieras de la economía nacional.

Dentro de la apasionante, acalorada y, a veces, polarizada discusión, que compromete a poblaciones crecientes de países que constituyen una porción muy importante y muy mal conocida de la humanidad, multitud de voces diversas (que se presentan, a la vez, como nacionales y árabes, muchas veces islámicas y, a la vez, globales), dos nuevos actores sociales han insurgido (o resurgido) con especial fuerza.

Por una parte los jóvenes, cada vez más vinculados a redes globales de bienes simbólicos, mediante las nuevas tecnologías de la comunicación, crecientemente  expandidas y apropiadas con la anuencia, o sin ella, de sus gobiernos, de los Imanes y de sus padres, porque esta categoría de población está deseosa de constituirse, al fin!, en “contemporánea” de la humanidad. Mas, como lo expresaba una joven egipcia a un periodista, desean esta apertura “sin vender su alma”. Se ha relievado el papel de los mensajes de texto y de las conversaciones entre los jóvenes, desde equipos móviles (con diferente sofisticación, según las capacidades adquisitivas), y las convocatorias realizadas por estos medios para emprender las grandes movilizaciones de la “Primavera árabe”, hito histórico en el transcurrir de estas naciones.  

Y están ocupando la arena pública, cada vez con más seguridad y carácter propositivo, las mujeres. Es cierto que existieron movimientos feministas desde las primeras décadas del siglo XX, en varios países islámicos. Desde entonces, algunos gobiernos modernizantes, pero también autoritarios, abolieron el velo y la poligamia aunque, en muchos casos, estas prohibiciones fueron luego derogadas, cuando estos regímenes perdieron apoyo de masas. Pero esta vez, de modo más amplio, autónomo y decidido, las mujeres han tomado la palabra para cuestionar y proponer, para desfilar y exigir, a fin de ganar espacios y derechos dentro de la vida religiosa, social, política y cultural de los países de religión islámica. Esta actuación pública ha implicado reacciones, a veces violentas, de quienes no desean ceder en sus concepciones, sus privilegios y sus prejuicios. Pero, como ha sucedido en otras sociedades, este parece ser, al menos a mediano plazo, un movimiento irreversible, si bien su ritmo, sus logros y su legitimidad son aspectos que pueden ser, y han sido, retrasados en períodos de integrismos y conservadurización, o también han sido acelerados por procesos reformadores, democratizadores y modernizadores, surgidos desde abajo, que involucran también a otros sectores de la población. También es cierto que existen diferentes feminismos, desde los “neoislámicos” (la tradición religiosa, como ha sucedido en el cristianismo, puede ser reinterpretada), hasta las más occidentalizadas.

Haber recorrido con Yolanda, durante unas semanas, ciudades y lugares de dos países árabes e islámicos. Haber observado, escuchado, registrado, fotografiado y  dialogado con múltiples personas: funcionarios de aeropuerto, taxistas, vendedores, trabajadores, funcionarios, amas de casa, pasajeras de avión, transeúntes y guías turísticos. Haber examinado, antes y después, diversos textos religiosos, sociológicos, políticos y literarios producidos en y sobre estas sociedades (entre los últimos recomiendo las bellas y profundas novelas del único Premio Nobel egipcio, Naguib Mafuz, así como las novelas y textos histórico-sociológicos del libano-francés Amin Maalouf), me ha significado, debo reconocerlo, que ya no soy ahora el mismo que inició este viaje. Por supuesto que no podemos y no tenemos porqué renunciar a “identidades” nacionales y regionales, políticas e intelectuales, pero sí podemos reconocer que el mundo globalizado es un orbe en donde la supervivencia misma de nuestra especie nos demanda reconocer y valorar la diversidad en las maneras de habitar, en los paisajes y en la producción económica, en las cosmovisiones religiosas y en las pertenencias políticas, étnicas, nacionales y macronacionales, ideológicas y simbólico-expresivas. Cada civilización, cada nación y grupo étnico, cada manifestación trascendente, cada arte y cada costumbre nos recuerdan la “multiversidad” del género humano.

La experiencia, que puede ser siempre iniciática, del viaje fuera de nuestros límites habituales, físicos y simbólicos, constituye un reto a nuestro intelecto, a nuestras certidumbres y rutinas, a nuestros sentidos y nuestros cuerpos. Naturalmente el “viaje”, hoy en día, puede realizarse de muchas formas, cuando las redes virtuales ofrecen la posibilidad, cada vez más expandida, de “viajar” a, y “conocer” otros lugares del mundo, desde el ciberespacio. En todo caso, es muy importante y oxigenadora esta apertura para explorar e intentar comprender distintas creencias religiosas, expresiones de sociabilidad y del sentimiento, ecosistemas diversos y saberes otros, muchas veces alternativos. Esto constituye, en verdad, un intercambio físico y simbólico. Y en éste, que tantas veces ha sido asimétrico o expoliador, es posible, en alguna medida, meternos “en la piel del otro”, para finalmente expandir nuestro propio yo, y el “nosotros” en donde nos situamos. Sí, “el mundo es ancho y ajeno”, pero puede sernos un poco más familiar y comprensible. Y en este proceso de “toma y daca” podemos redefinir nuestras identidades, enriquecer nuestras concepciones sobre otros pueblos y tradiciones y hacer más porosas las fronteras que tradicionalmente nos han separado, y continúan haciéndolo, del resto del mundo.
   

Apoyo bibliográfico

-Amin Maalouf. El desajuste del mundo: Cuando nuestras civilizaciones se agotan. Madrid. 2009.  
-José Casanova. Genealogías de la secularización. Anthropos Editorial. Barcelona. 2012.
-Josefina Bueno, Chalha Chafiq, Latifa Lakhdhar, Wassyla Tamzali y Latifa Ben Mansour. --Hacia una democracia laica: Voces de mujeres musulmanas. Fundación Árabe de Altos estudios. Madrid. 2012.
-Said, Edward. El mito del choque de civilizaciones. En:
http://www.libreria-mundoarabe.com
-VV.AA. Alianza de civilizaciones, alianza por la paz. Junta islámica. Navarra. 2008.
-Al Jazeera, El País, Telesur, New York Times, Le Monde Diplomatique, Semana, El Espectador.
-Varios portales de inter

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