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R.M. Rilke y Auguste Rodin, poetas hermanados por la belleza

Me acerqué a la obra de Rainer-Maria Rilke (1875-1926) a principios de los años setenta, con la guía del maestro Luciano Mora-Osejo, matemático y humanista, conocedor de ocho lenguas, quien me obsequió la “Antología poética”, de la colección literaria Zeus (1964), con lecturas y recitaciones, incluso en alemán, en la voz de aquella mente prodigiosa, hoy en declive y en retiro, destino natural también de las grandes personalidades. Rilke lo dijo: “aprende a olvidar el sobresalto de tu grito”. En las “Elegías de Duino” nos detuvimos en largas y aleccionadoras jornadas. Y recuerdo aquella sabia sentencia en uno de sus versos: “He aquí lo que llamamos Destino: estar ante el mundo”. Y en una despedida de todo, Rilke dice: “… esas ausencias que nos hacen obrar”. Personalidad insular y rebelde que vivió su vida de medio siglo como un destello que sigue iluminando con su obra prodigiosa. José Arier Matons lo calificó de “solitario adorador de la belleza”, de singular “profundidad intuitiva”. Austríaco nacido en Praga en 1875, la primera guerra mundial desgarra su alma, con retiro forzoso de París a Suiza, donde habita un castillo insignificante, “con muebles sombríos” frente a “montañas melancólicas”, según describe en carta a Paul Valéry. Su modestia de vida y de palabra lo contrapone a la exuberancia de Nietzsche, y lo conduce a explorar en lo prosaico las intimidades de las cosas y de las situaciones, con logros en lo esencial. Intenso peregrinaje tuvo por Europa y norte de África, reconcentrado y observador.


Escritura profunda la de Rilke, de siempre mantener al alcance de lectura y reflexión. En un poema dijo: “Todo lo apresurado/ pasará pronto;/ pues sólo vale/ lo que, permaneciendo, nos inicia.” Acude a la meditación reposada, al amparo de la claridad y la sombra, de la flor y el libro. El transcurrir del tiempo no era de su preocupación, sino el aprovechamiento del mismo, con intenso sosiego y labor sin tregua.


En 1902 Rilke asume en París algo así como de “secretario” del genial escultor Auguste Rodin (1840-1917), tan identificado por su obra “El pensador”, acompañamiento que llegó, con intervalos, hasta 1906, en cuyos dos últimos años escribió 59 poemas, al amparo y bajo la iluminación de aquel. Testimonio de ese encuentro quedó en escritos asombrosos, recogidos en español en bello libro publicado por editorial Panamericana (2007), impreso en China. Incluye tres ensayos: “El tributo del poeta a un gran escultor”, la conferencia “El caminante” y “Rodin privado”, con profusas ilustraciones. Distingue en Rodin al solitario que llega a la fama, la cual aprecia como “la sumatoria de todos los malentendidos que se congregan alrededor de un nombre nuevo”. Reconoce en Rodin el espíritu juvenil, sosegado y permanente, de constancia sin fatiga, con capacidad de observarlo todo, de manera vital y sentido de presente, sin dejarse arrebatar por el pasado. Aprecia el conjunto de la obra del maestro no apegada a una idea sino a la meticulosa factura, con estimación a las formas del cuerpo humano, a la luz que despliega los detalles y ceñido sin tropiezos a la discreción, para lograr esa gran belleza de toda su obra. Rilke lo señala como el “humilde peregrino que nunca dejó de pensar en sí mismo como un principiante”.

Rilke repasa buena parte de la obra de Rodin, interpretándola y dándole dimensión de humana eternidad. Indica que el maestro había alcanzado la plena madurez con su obra “El hombre de la nariz rota”, rechazada por salón de expositores en 1864, pero en la que demostró el total dominio del rostro, y con la obra “El primer hombre” dio ejemplo de genial maestría en el manejo de estructura y detalles del cuerpo. En el bronce “Los ciudadanos de Calais” reconoce la disposición para el largo viaje, con salto que vendrá en el “Balzac”. En otro trabajo muy reconocido, “El beso”, hace evidente la vibración interna de los cuerpos en ese trance que imagina en “torrentes de belleza, intuición y energía”. En general, en las obras ve relaciones entre hombre y mujer caracterizadas por la mutación de instinto en anhelo, y del deseo en pasión. Como aspecto central identifica en “El pensador” la meditación silenciosa con provocación de imágenes e ideas, y la fuerza del hombre de acción.

Para Rilke, los rostros en las obras de Rodin “evocan el aire”, aluden al espacio del viento, son expresión viva del transcurrir, del pasar con sentimientos que los rostros reflejan. Trata al escultor como un poeta a cabalidad, creador sin tregua, inspirado en las realidades del ser humano, en obligante conexión con el medio, que a su vez se refleja en la actitud, en lo expresivo de rostros y cuerpos. Hay una intimidad indescifrable del poeta que logra plasmarse en la obra, pero no de una manera directa, descriptiva; hay velos que ocultan o desdibujan aquella intimidad. El aire involucra sus esculturas, dejadas libres, con cubrimiento gradual, propio del tiempo, en busca de una eternidad sin premeditación. Mármol, bronce, yeso,… materiales a la mano, volcados a la propia manifestación del espíritu que portan. El poeta-escultor crea y recrea, en soledad y silencio, con la dedicación absoluta, comprometida por la vocación indeclinable, por el sentido de búsqueda, hacia el logro de la belleza. “Rodin parece haber intentado llevar el aire lo más cerca posible a la superficie de sus obras”, dice Rilke. Aire en lo simbólico, referente de atmósfera, delicadeza en la continuidad e interrelación con los espacios. Pero también en palabras que tan pronto se pronuncian son el silencio que circunscribe las cosas, libres del deseo y en condición tranquila, en la idea del mismo Rilke. Y sin falta, “figuras rodeadas por el reposo y los sueños”.

Rilke mira la vida y la obra de Rodin llegando al convencimiento de tratarse de un grandioso artista, con vocación total por el trabajo, con ligeros paseos en la tarde o en la mañana, de apego a la naturaleza, con retorno feliz y vital a su taller de trabajo. El analista da noticia de Rodin haber hecho manifiesta la condición libidinosa en especial en sus dibujos de modelos desnudas, cuando andaba por las siete décadas de vida, aunque toda la vida dibujó. Dibujos de la adultez, con significación erótica y disposición sexual, con libertad y fuerza, y hasta muestra de un “placer desinhibido”.

De conjunto, Rilke valora toda la obra de Rodin como una manifestación de la bondad infinita, de equilibrio sin requiebros, la justicia en las proporciones y la verdad de las figuras. Representación a plenitud de la vida, con dinámica y ritmo en todas las partes de los cuerpos, elaboradas con sentido de unidad. Asimismo, Rodin tomaba en cuenta los espacios, en la dimensión de independencia y grandiosidad. Rilke describe y conceptúa sobre la obra de Rodin, en igualdad de creadores, un poeta mira al otro desde la poesía de su labor, con formación estética y juicio de aguzada sensibilidad. Dos bastiones de la belleza, conjugados en un diálogo fraterno, expandido en la palabra por la duración de los tiempos, en el estimado de espacios propicios al gozo de miradas de indagación y cautela.

Son los “caminos que a menudo no tienen/ ante sí nada más/ que el puro espacio/ y el tiempo.”

Cuenta Rilke haberle preguntado a Rodin: “¿Cómo se debe vivir?”, y el escultor le respondió: “Trabajando”. Lección directa, sin tapujos, para asimilar en todas las vidas. Y Rodin trabajaba como trabaja la Naturaleza, no como trabajan las personas, aseguró el poeta del “Libro de horas”.

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Nota: De manera más corta se publicó en el diario "La Patria", con el título: "Rilke y Rodin, poetas", el domingo 12 de julio de 2015;  p. 20

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