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Universidad, el deseo

La Universidad es una institución forjada en la sociedad, para su servicio, como órgano superior de la Cultura, cúspide en la formación espiritual y ética, con vínculos cada vez más intensos entre investigación y docencia, en ejercicio cabal de la libertad en sus propios fueros, que preside la obra intelectual y moral, como creadora de verdad, de belleza y de bien, a la vez que de pensamiento crítico independiente, bajo características de creciente complejidad.

A Sócrates y a Platón se debe el sentido que la Universidad sigue invocando hoy, como posibilidad permanente de la investigación por la verdad, al incorporar el proceder dialéctico como método de conversación, hasta alcanzar la verdad –de ser alcanzable- por la vitalidad y dinámica del debate, en tanto diálogo constructivo.

Hay cualidad que conviene resaltar en la personalidad de Sócrates: su respeto y acatamiento a las normas, a las leyes, más allá de cualquier frontera pensable. Sócrates enseñó, y practicó, de continuo. La humanidad está en deuda con él. Enseñó, por ejemplo, que “la virtud no proviene del bienestar, sino el bienestar de la virtud”. También aleccionó: “Conviene no ser injusto, ni tratar mal a nadie, aunque se sufra por su culpa”. Y les pidió a los atenienses al aceptar la sentencia de beber la cicuta: “Atormentad a mis hijos cuando sean mayores, como yo os he atormentado a vosotros, si os parece que se ocupan más de la riqueza que de la virtud, y si creen ser algo, no siendo nada.”

“Murió Sócrates, el mejor de los mortales, el más sabio y el más justo”, exclamó Critón. Y sus enseñanzas, son ejemplo de vida, siguen gravitando en los ámbitos del pensamiento, como referente de virtuosidad en las personas, las instituciones y la sociedad.

La Universidad debería ser continuadora, en su vida diaria, de las enseñanzas de Sócrates. Ella es institución, en formalidad, cuasi-milenaria que sigue reposando sobre tres  principios fundamentales que vienen desde Bolonia en el siglo XII: 1. La libertad académica de pensamiento, de conciencia, de estudio, de investigación, de meditación y de expresión, para maestros y discípulos; 2. El respeto absoluto e incondicional de los valores intelectuales y científicos como criterio fundamental para la escogencia de los maestros, y 3. El esfuerzo de superación y provisión adecuada de los medios de estudio e investigación necesarios al progreso de la ciencia y la cultura.

La concepción de “universidad libre” (aportada por Baldomero Sanín-Cano, 1926), está unida a los compromisos o deberes de profesores y estudiantes en la búsqueda apasionada del conocimiento, con el placer de ir en gradualidad alcanzando metas, con resultados que satisfagan necesidades sociales, o de compromisos de la inteligencia y la sensibilidad, sin la imposición de modelos; más bien con la provisionalidad de ellos.

No se puede olvidar que la Universidad es el ámbito más apropiado para medirle el pulso a los acontecimientos del mundo real, para hacerle seguimiento a las crisis, comprometida en ellas, con la esperanza que en la reflexión pueda encontrarse salida con un nuevo humanismo, involucrado como autocrítica en la técnica, y como examen otra vez del ser que caracteriza la condición humana, con la busca de su sentido, o en reelaboración de su papel en el mundo. Problema que con agudeza estudió nuestro filósofo mayor, Danilo Cruz-Vélez, quien nos ha hecho ver que en épocas de crisis caduca el sistema de referencias del mundo en el que actuamos, pareciendo flotar en el aire sin creencias ni convicciones. Apreciación que se actualiza en conferencias sobre el Otro impartidas en Viena (2004) por el Heródoto moderno, Ryszard Kapuściński, quien favorece apreciación análoga de ser este, en la época actual, un mundo desprovisto de puntos de referencia, que conduce a las personas a sentirse perdidas, dando lugar a surgimiento aterrador de sectas, nacionalismos y xenofobias.

Pero si el desarrollo de la técnica ha puesto en peligro el conjunto de la vida en el planeta, con la amenaza creciente de armas nucleares y la destrucción antrópica del medio natural, surge la urgencia en abrir paso al examen desde la técnica en la reconducción de su destino, con un nuevo humanismo, de ética renovada, que comprometa a los seres pensantes en la salvaguarda de mejores opciones para la naturaleza biodiversa y variopinta. Y esa posibilidad de acometer el estudio de la esencia de la técnica, debe estar en manos de grupo humano selecto congregado en la Universidad.

  

[“La Patria”, domingo 10.V.2015;  p. 22]

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