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La historia, ¿carente de sentido?

Es de recordar que en la antesala de la segunda guerra mundial, una personalidad asombrosa, Stefan Zweig, dictó conferencia en los Estados Unidos, en la que desarrolló aspectos que siguen vigentes al señalar anomalías sociales, por caso la “crisis moral (o ética)” y el “estado de enfermiza irritabilidad” de pueblos y naciones, con irrupción continua de los “instintos de odio, ira y fanatismo”. La guerra, una manifestación de todo ello, con asomo perseverante de la “mentalidad bélica”. En sus planteamientos reclamó aplicar todos los esfuerzos para que las nuevas generaciones fueran mejor educadas y más humanas, tomando en consideración a la historia en sus lecciones de todo tipo.

Al parecer, se trata de constantes en la humanidad desde los más remotos tiempos. Sinembargo, intentos ha habido y habrá que acentuarlos, con la Educación, para modelar características deseadas: la equidad, la coexistencia en la pluralidad de concepciones, la creatividad laboriosa como reto para afrontar los problemas, el arte y la indagación científica, la participación en la modelación de los destinos comunes ambicionados de familias, colectividades y, en general, de la sociedad. Ser solidarios, con conductas de no tomar ventaja de las debilidades ajenas ni aprovechar ocasiones en desmedro de los bienes de otros, o de la comunidad. Honradez, y lealtad con cualidades indeclinables, en medio de un “relativismo” de pregones con el fatal “sálvese quien pueda y como pueda”. “No todo vale”, “el fin no justifica los medios”, principios de ejercer con la constancia merecida. Parecen lugares comunes, al ser enunciados sin incorporación a la vida diaria en el sistema educativo, con la cultura ciudadana como política de Estado.

Zweig alude a la necesidad de una “nueva historia”, ajustada a examinar las experiencias de la humanidad, como referente central en la formación de los jóvenes. Nueva historia a la que hoy tenemos acceso por ejemplo en textos universales de Eric Hobsbawm o de Peter Watson, entre otros, y en el caso colombiano están todos los desarrollos de Marco Palacios, y de Jaime Jaramillo-Uribe y su escuela de “nueva historia”, con exponentes como Germán Colmenares, Jorge-Orlando Melo, Álvaro Tirado-Mejía, Salomón Kalmanovitz, Margarita González, etc.

Se ha insistido por voceros autorizados en la urgencia de emprender una reforma educativa a fondo que recoja lo más significativo  de los métodos que la insensatez ha ido dejando de lado, y establezca la Educación como prioridad de Estado, no en las palabras sino en acciones concretas, sostenidas. Colombia fue país pionero en Latinoamérica en el modelo de “escuela activa”, o “escuela nueva”, gracias a la acción comprometida y transformadora de un Agustín Nieto-Caballero, en décadas tempranas del siglo pasado. La formación integral fue el objetivo, con destrezas en manualidades, excursiones de observación con testimonios reflexivos en escrituras y dibujos, la apreciación de los contextos naturales y documentales, y ha sido abandonada. Es indispensable volver a ella, con finura en la formación de docentes, sin desconocer los contextos actuales.

En 1924 Nieto-Caballero promovió la traída al país de misión alemana aplicada con intensidad durante un año, con expertos en los tres niveles de la educación, hasta presentar un proyecto de ley orgánica de la educación pública, que fue derrotado en el Congreso por los intereses privados. Pero Don Agustín había creado en 1914 el “Gimnasio Moderno”, motivador en la formación de educadores que luego influyeron en las Normales y en los métodos de la enseñanza. La Escuela Normal de Tunja y el Instituto Pedagógico Nacional Femenino, nos lo recuerda Jaramillo-Uribe,  fueron motores de cambio, con la influencia de dos pedagogos alemanes: Julius Siebers (transformador de la enseñanza de la matemática y las ciencias naturales) y Francisca Radke (promotora de las pedagogías de Froebel y Montessori, y de los jardines infantiles).  En el período 1930-1940, en especial entre 1934 y 1938, la incidencia en la educación fue categórica, con proyectos tan singulares como el “plan de cultura aldeana”, a favor de la cultura en el campo.

Sigue siendo un propósito irrenunciable la “conquista de civilización”, como ascenso de la humanidad hacia estadios de coexistencia y laboriosidad innovadora, de acuerdo con la Naturaleza. La educación es el instrumento. El Estado, la garantía deseada. Y la historia, aliada del rescate por buen camino, para “poner de relieve la eterna armonía del espíritu creador”.

  

[“La Patria”, 08.II.2015;  p. 26]

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