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Universidad en la dimensión de lo alcanzable

En las universidades públicas de Estado solemos ejercer, con preponderancia, la crítica hacia afuera, poniendo en tela de juicio casi siempre las políticas imperantes, pero no es costumbre mirarnos al espejo, con ejercicio de la autocrítica, en condiciones de libre-examen. No faltarán las razones para lo primero, y para lo segundo solemos no estimarlas. Estado, representado en los gobiernos, y las universidades, deberíamos hacer propósitos sinceros para adelantar diálogos que pongan en evidencia logros y carencias. Quizá no disponemos de una forma de cultura capaz de generar confianza, y motivos los habrá.
Por supuesto que el modelo económico y de desarrollo imperante no está identificado por los mejores indicadores de equidad y justicia. Victoria Camps afirma que desde los años ochenta la desigualdad ha crecido de manera exponencial en Occidente. Chomsky le adjudica al modelo la “devastación del sistema educativo” en la medida en que “asalta cada una de las dimensiones de la vida”. Aún así nos correspondería esforzarnos por alcanzar mejores condiciones de vida para todos. En un mundo polarizado que padecimos en lo ideológico y político, opciones estimadas como deseadas y posibles cayeron bajo el símbolo del “muro de Berlín”. Y el modelo aquel se impuso. Queda, con algún sentido práctico, buscar atenuantes para conquistar espacios donde sea posible volver a pensar en la utopía formulada, por ejemplo, por la Camps: “Hay que ir a un capitalismo que priorice el bien común”, sin tener que recurrir a formas violentas, o revoluciones con misión de exterminio de contrarios. ¿Ilusión?

Klaus Ziegler llama la atención, en columna reciente, sobre la manera como en Colombia el salario de profesores universitarios está atado a las publicaciones, al señalar que se trata de “fórmula infalible para el desastre”, lo que ha ocasionado ingresos, sumados a la extensión remunerada, muy por encima del mercado profesional, generados por la “capacidad para maquinar alianzas o la habilidad para saber explotar la producción sistemática de artículos de fabricación en serie”. Dolencia que yo suelo identificar como “puntofagia”. A su vez, Jorge-Orlando Melo señala la manera como los investigadores nacionales se indignan y protestan “no para desafiar el poder sino para pedir que les den más plata”.

Además, el pensador español Daniel Innerarity indica que la Universidad actual viene siendo presionada por la función económica, en las formas de rentabilidad y productividad. Se privilegia más lo cuantitativo sobre lo cualitativo, y la anotación también se refiere a los procesos de acreditación, con signos como la “euforia del PowerPoint” en detrimento de la función lógica, el razonamiento juicioso, con capacidad de tener relaciones y deducir consecuencias de plena coherencia. Por otra parte, dice, “de un saber fragmentado y universalmente disponible no se sigue ningún ideal de formación ni de sentido crítico.” Docencia e investigación también son objeto de debates inútiles, sin dar prelación a esa alianza que permita ejercerlas en simultaneidad e interrelación.

Hace poco se presentó con amplia resonancia el documento “Acuerdo por lo superior 2034”, como especie de “concertación” en la formulación de política para la educación superior en Colombia. Moisés Wasserman, personalidad de la ciencia y la educación, lo calificó de no ser un acuerdo como tampoco una propuesta de política pública, con resalte de una carencia fundamental: establecer la educación superior como servicio o como derecho, con implicaciones en la financiación, los créditos y las ofertas en educación. Y surge de nuevo la polarización. ¿Cómo alcanzar consenso sobre temas sustantivos para una reforma valedera? Diálogo abierto, con vocerías calificadas, con preponderancia de argumentos y respeto en los debates.

Una comisión del más alto nivel académico-científica, encabezada por Moisés Wasserman podría asumir la formulación conciliada de proyecto de Ley para enunciar la política y las maneras de regular de la Educación Superior, en remplazo de la existente Ley 30 de 1992, sin más pérdida de tiempo ni de jugosos recursos económicos en consultorías.

La universidad colombiana adolece de esos problemas, y en las públicas de Estado no hemos generado condiciones para el autoexamen que conduzca a sopesar lo que viene ocurriendo en términos de “empresa” y no de “sociedad del conocimiento”, por más que se utilice como lugar común esta expresión. Innerarity lo advierte: lo que está en juego es si el saber es una mercancía o si tiene valor en sí mismo, como destreza y con capacidad crítica.

El mundo sigue jugándole a las guerras, en escalada de desenfreno. La “industria militar” es sostén de algunas economías poderosas, y la circulación de armas no tiene fronteras ni limitaciones, en círculo vicioso. Simplezas para los politólogos. Por iluso que parezca, la Universidad debe ser un motor del cambio, erguida ella en consideraciones que privilegien el “bien común”, profundizando en su misión de creadora de conocimiento y en la formación de generaciones con capacidad de afrontar problemas solucionables del mundo, desde los entornos más próximos. Colombia en especial, por ser la nación de nosotros, debe concitar voluntades y decisiones con creciente capacidad de aunar esfuerzos, con vocería y liderazgo de universidades, en especial de la universidad por excelencia del Estado, la UN, con articulación en procesos bienhechores en lo internacional. Ciencia, arte y pensamiento al servicio de las causas más retadoras, en la formación integral de la persona humana, con comprensión cabal del medio ambiente y de la diversidad en poblaciones e individuos.

Hay que jugarle al “¡Sí se puede!”, con altruismo, en compromisos y acciones de cada día, desde los claustros, con modelación audaz de “Cultura ciudadana”.

 

[“La Patria”, 14.IX.2014;  p. 2-c]

 

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