Ediciones

ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

Consejo Editorial

Luciano Mora-Osejo (א)
Valentina Marulanda (א)
Heriberto Santacruz-Ibarra
Lia Master
Marta-Cecilia Betancur G.
Carlos-Alberto Ospina H.
Andres-Felipe Sierra S.
Carlos-Enrique Ruiz.

Director
Carlos-Enrique Ruiz

Contacto
Tel-Fax: +57.6.8864085
Carrera 17 No 71-87
Manizales, Colombia,
Sudamérica.
cer @ revistaaleph.com.co

Un comentario sobre "La vida: el mayor compromiso personal y colectivo"

Querido CER:

He leído con interés tu reciente columna de opinión publicada en La Patria, el pasado domingo 16 de septiembre [http://www.lapatria.com/columnas/la-vida-el-mayor-compromiso-personal-y-colectivo]. Los siguientes son apuntes sobre mi forma de leer esta columna tuya, comentarios que me suscitan esas ideas y que me interesaría conversar contigo.


1.
Interpretación de la columna

Me parece sumamente pertinente tu propuesta de construir limitaciones a las acciones de los seres humanos, basadas en la noción de compromiso. Esta idea remitiría directamente a la conformación de moralidades acordes con respetos a diversidades de ver, escuchar, oler y sentir el mundo, razón por la cual sugieres expandir dicha noción de compromiso a nuestra relación con otras criaturas que pueblan espacios conjuntos. La interpreto entonces como una invitación a pensar una filosofía de la naturaleza que nos incluya a los seres vivos.

La propuesta de pensar el compromiso como eje fundamental de la construcción de sociedades, pareciera ofrecernos un camino de distanciación respecto a la racionalidad[1] que frecuentemente pareciera regir comportamientos tanto en la dimensión de los intercambios mercantiles como en los políticos, e incluso más allá, hasta alcanzar las esferas familiares y culturales en general. Amartya Sen (1977) argumentaba que la construcción de instituciones formales e informales pasaba por incluir el compromiso como base moral del comportamiento. Sin él, nos sería difícil pensar cómo se ordenan las sociedades y cómo es posible la convivencia.

Interpreto el compromiso como la expresión de un deber perseguido, no por las consecuencias que dichas acciones puedan implicar, sino por la noción misma del deber. La herencia kantiana del imperativo categórico podría ser un referente para romper con el consecuencialismo de motivación de acciones, para ser remplazado por el deber en sí y por sí. En este caso observo que sugieres que uno de esos deberes, el más importante de todos y que merece la categoría de sagrado, es el del respeto a la vida.

Bien podría pensarse esta vida como “bien primordial” y como el punto partida de la existencia de todo. Viviría tanto los animales y plantas, como viviría el planeta y el Universo, en cuanto los unos y los otros existen. Si una vida no es necesariamente más importante que otra, tomando el criterio bien conocido de Henry Sidgwick (1871) “desde el punto de vista del universo”, entonces el respeto y convivencia de diferentes formas de vida sería el compromiso básico de acción de seres humanos dotados de consciencia moral. Antes de cualquier otra motivación, nos moviliza la idea de estar vivos y mantenernos como tales, respetando la variedad de caminos de todos los seres.

De ese respeto y convivencia surgiría la idea de razonabilidad, que en particular se constituye en piedra angular de las democracias liberales modernas. Sinembargo, nos sugieres también que es la base de la relación con la naturaleza, es decir, una extensión mucho más amplia que las formas de gobierno: es la expresión de una armonía de humanos y el espacio que los circunda. Una razonabilidad entendida como acción moral, en la que cada quien actúa de cierta manera porque tiene buenas razones para hacerlo y porque esas razones pueden entrar al espacio de lo público y ser discutidas bajo reglas aceptables (ellas mismas sujetas a la razonabilidad).

La lectura tendría el papel de mirar los diferentes caminos vitales y de allí, abrir espacio a su respeto como razonables, siempre que lo sean. La comprensión que sugieres no es pues sólo conocimiento, sino ante todo trabajo de espíritus: nuevas miradas a caminos posibles y respeto de los que cada individuo no toma, pero podría haberlo hecho. Es una comprensión de singularidades, de reconocimiento del otro como interlocutor y acompañante en esos caminos.


2.
La pregunta sobre la sacralidad de la vida

Aunque comparto tu rescate del compromiso/deber en torno a la construcción de sociedad, varias cuestiones de las que abordas me parece que merecen un tratamiento más extenso y detenido.

El primero de estos temas concierne a la vida sagrada, “el bien supremo”. ¿Qué significa esa sacralidad de la vida? Lo sagrado es justamente tal por estar por encima de todo el resto. De hecho, no hablas de bienes supremos en plural, lo que significaría que no habría nada en su mismo nivel axiológico. Entonces su respeto no puede tener límite alguno, puesto que su irrespeto generaría la cancelación de cualquier otro bien. No hay pues otro bien que compense la pérdida de la vida. Es el punto inicial y final de otros bienes.

Esta sacralidad de la vida pareciera haberse originado en la idea de que la vida es punto partida de existencia y por lo tanto, creadora de todo, y esto generaría un deber para con ella que toma la forma de EL deber mayor: “Y es sagrada por inspirarnos veneración y respeto, como un deber, una obligación mayor. ¿Por qué debemos ocuparnos de la vida? Suele considerarse la vida como el bien primordial, es decir, el punto de partida” (CER, La Patria).

Sinembargo, el paso argumentativo no es claro: una cosa es la causalidad y otra es la caracterización moral de ambos elementos involucrados en la relación. Argumento, como te habrás dado cuenta, que no veo aquí cómo se supera el problema de la guillotina de Hume: del ser no se deriva necesariamente el deber ser; de que la vida cause y sea prerrequisito analítico de la existencia, no se deriva que sea moralmente superior ni a la existencia en general, ni a la existencia cualificada. Dentro de esas existencias cualificadas incluyo vidas con ciertas combinaciones entre otros bienes como la libertad.

Las anteriores consideraciones implican primero definir lo que entendemos por aquella vida que debe ubicarse en lo sagrado. Si son múltiples formas de vida, seguramente estaremos de acuerdo: la vida libre, la vida digna, la vida justa, etc., todas ellas en igualdad de condiciones morales como quiera que se defina para cada individuo según criterios de razonabilidad. No obstante, creo que tu argumento en torno a una filosofía de la naturaleza pareciera sugerir que es una vida sin cualificación (creería que por esa razón no usas adjetivos que modifiquen el sustantivo “vida” en la columna de opinión, con excepción de “vida propia”).

Pero la vida sin calificativos es difícil de comprender. Podría ser la vida como condición física de ocupación de espacio. Así se entendería tu extensión de la palabra vida para aplicarla tanto a seres con vida biológica como a seres tan generales como “el planeta”. Me concentraré en la vida biológica, porque creo que permite percibir ciertas dificultades analíticas que merecen consideración especial.

En particular, creo que mis argumentos pueden presentarse más claramente en las situaciones límite, de las que propongo tres: 1) los dilemas entre seguridad y libertad, que esta vez vinculo con el toque de queda que se implementó en Bogotá el sábado pasado para personas menores de 18 años; 2) la eutanasia; 3) el aborto.

La seguridad

La seguridad es uno de esos bienes que gira estrechamente sobre la búsqueda del mantenimiento de la vida. Seguridad sobre recursos naturales, seguridad sobre la vida de los seres humanos, seguridad sobre la biodiversidad. La seguridad es lo que ofrecemos cuando nos preocupa la conservación, que a su vez sería la base de la interacción armónica entre entorno y humanidad. Sinembargo, si se sacraliza la vida, entonces se crea un orden lexicográfico de los bienes: primero la vida, luego aquellos que permiten conservar la vida, luego el resto de bienes que hacen una vida mejor.

Asimov consideró que si este ordenamiento lexicográfico se mantenía, entonces la libertad quedaba sujeta a los dos primeros niveles. Asimov, como Keynes, Foucault, Benjamin, O’Donnell entre muchísimos otros, sugerían que el peligro de valorar en grado sumo la conservación de la vida, radicaba justamente en la posible conquista del poder por parte del autoritarismo benevolente. De hecho, North, Weingast y Summerhill (2000) explican el surgimiento del caudillismo en América Latina a partir de este enfoque.

Comparto la preocupación y sugiero que posiblemente tal ordenamiento lexicográfico no puede existir, lo que desde mi punto de vista implica no sacralizar la vida. Tampoco es supeditar la vida a ideas tan amplias como la libertad en general, la igualdad de todos, etc., porque este tipo de valores se ha usado también para conformar Auschwitz, la subida al poder de Stalin, Pinochet y Videla, entre tantos gobiernos autoritarios. Lo que digo es que es justamente la sacralización de alguno de esos bienes morales lo que deriva frecuentemente en estos regímenes. La ponderación de estos bienes no puede depender de un régimen político, tampoco de alguien en particular: es un proceso de construcción que no acaba, un continuo debate.

Aborto y eutanasia

El problema del aborto es uno de los casos límite de la sacralización de la vida. Supongamos que una mujer embarazada, desde los primeros momentos del embarazo, ha sido informada de que tiene un altísimo riesgo de morir en el proceso de gestación. Ciertamente no hay certeza de nada, lo que abre al menos dos puntos de vista opuestos[2]: 1) unos consideran que la probabilidad es suficiente para tomar una decisión de interrupción de embarazo, pero eso implica que el feto muere. 2) otros consideran que como es sólo una probabilidad, por alta que sea, no se conoce el resultado. La mujer no podría definir sobre la vida del feto porque no puede asegurar que alguien morirá bajo la continuidad del embarazo.

Sugiero que el segundo punto de vista es justamente la sacralización de la vida: ese punto no sugiere que nunca se debe interrumpir el embarazo, sino que no se debe hacer si no hay certeza de que la madre muere. Varias dificultades al sostener este punto de vista:

  1. ¿Cuál es el criterio usado para elegir cuál vida debe priorizarse? Porque no es claro que incluso si se sabe que la madre va a morir, deba preferirse esa vida a la del bebé. ¿Puede existir un criterio general sobre este aspecto?
  2. Como la probabilidad se origina en el conteo de casos anteriores, aunque no pueda asegurar nada sobre el futuro, lo cierto es que puede ser un criterio de elección suficiente. ¿Cómo se descarta ese criterio?
  3. ¿Implica la sacralización de la vida que la mujer debe verse obligada a no elegir sobre la interrupción de su embarazo?

El problema de la eutanasia es similar al anterior. La sacralización de la vida implicaría que, como valor supremo, no pueda ser cuestionado ni siquiera por quien vive. Este es el tratamiento que el catolicismo ortodoxo ofrece en materia de suicidios.

También hay más complicaciones: si una persona queda en coma, pero cuando estaba en pleno uso de su razón, manifestaba que prefería morir si se encontraba en un coma. Entonces ¿qué impide que su voluntad se realice? La sacralización de la vida tendría dos implicaciones: la primera, que ante la ausencia de certeza de muerte y la probabilidad de despertar del coma, podrían derogar la voluntad del individuo; la segunda, ¿quién quitaría la vida, i.e. quién estaría dotado del derecho de ejecución  de la eutanasia?

No argumento a favor del aborto y la eutanasia. Más bien mi argumento tiende a sugerir que cualquier decisión al respecto parece involucrar dimensiones múltiples y relaciones complejas como para resolverlas en un ordenamiento lexicográfico de los bienes morales, ubicando primero y sin paragón, a la vida.


3.
El problema de la conciencia de la vida

Dejando de lado el problema de la sacralización, me enfoco ahora en otro de tus argumentos: “existimos porque tenemos vida y nos damos cuenta de poseerla. En otras palabras, existir es tener conciencia de la vida”.

En este aspecto, ¿qué significa tener conciencia de la vida? Creo que es un punto confuso. Puede ser conciencia como razón moral, conciencia como percepción sensorial de la misma, o ambas, claro está. Pero su indefinición lleva a preguntarnos por la conciencia de la vida que tienen varios personajes que ponen en el límite nuestra argumentación en estos aspectos:

  1. Los niños muy pequeños. ¿Qué conciencia de vida tienen? Sensorial sí, pero limitada. Esto podría bastar para afirmar su existencia. Pero, ¿qué sucede entonces con los fetos y en qué momento podemos hablar de existencia?
  2. ¿Qué existencia tendrían las rocas y el planeta?
  3. Si hay diferencias en las conciencias de las existencias de los diferentes seres, ¿no podría servir esta diferencia para una categorización de su importancia moral frente a los criterios de los seres humanos? Este interrogante surge tomando como base la idea de que nos identificamos más fácilmente con los mamíferos y los pájaros (formamos sentimientos morales respecto a ellos), que con los insectos; esto sugeriría una idea de ordenamiento que dependería de que las experiencias de los dos primeros reinos animales están vinculados con formas de vida que nos parecen más fácilmente comprensibles y loables.

Los temas de tu columna me parecen que son, insisto, de gran pertinencia. No creo que haya forma de resolver muchos de los dilemas que planteas y por eso son justamente grandes preguntas, que en ocasiones los afanes de la vida han llevado a ser descuidadas, pero que siempre señalan puntos importantes de reflexión y análisis sobre nuestro papel en el mundo. Por eso te planteo este debate.

 

 

Bogotá, 17 de  septiembre de 2012



[1] Entiendo por racionalidad algo diferente a la razón, siguiendo a Jon Elster, de tal manera que la primera hace referencia a un cálculo instrumental maximizador de beneficios respecto a los costos, mientras que la segunda es más amplia al incorporar buenas razones de la acción y que remite a construcción social de lo aceptable. Ver: Elster, J. (2009), Reason and rationality, Princeton University Press.

[2] Es todo un espacio de debate, lleno de puntos de vista intermedios. Creo que es suficiente para mi argumentación tomar los que observo como los dos puntos extremos.

Copyright ©Powered by Ciudadeje.com