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En memoria del protector de "Luna"

Las vidas están tejidas de complejidades, con destinos en caminos entrecruzados. Unas salen a flote, otras van a la deriva, y no faltan las que se gozan de la aventura y en ella perecen. El riesgo es pan de cada día, en cada una de las vidas. Levantarse, subir y bajar escalas, cruzar la calle… He ahí el juego de la suerte. Pero cualquiera que sea la idea del destino o de la fatalidad, es de regla en cada uno afrontar su vida, con el sostenido intento de construirla a imagen y semejanza de sus ambiciones, sin demérito de lo posible y lo deseable.

Conocí persona, hija de un recordado ingeniero de carreteras, y de señora agraciada y elegante, inquieto en temas, con deambular de ambiciones, y realizaciones en algunos campos, no propiamente los de su profesión de base. Economista de escuela, lector de literatura y de ciencia. Memoria feliz. Cusumbo solo, de escasa cercanía en familia y con los demás mortales. Polemista que no alcanzó a conciliar diferencias con personas, organizaciones y empresas que puso en cuestión.

"Luna" (Nyctibius griseus)

Por años su amparo fue la pequeña finca de sus mayores: “Aralcal”, con bosque biodiverso y zona de cafetos, con producido de calidad certificada. Árboles y aves fueron de su mayor interés. Inventarió el bosque e intentó ampliar su área en detrimento del otro producto. Temprano descubrió la rica avifauna que poblaba el lugar. Se apertrechó de buenos equipos de fotografía, incluso con artilugios para grabar el canto de los pájaros, y tejió relaciones internacionales con especialistas y organizaciones. Su colección de imágenes es de riqueza inmensa, por la calidad, por la cantidad y la rica variedad de especies involucradas. Oírlo referir sobre las aves, con muestras a mano en su portátil, era fascinante. Con propiedad pedagógica describía especies y compartía los encantos de colores, rituales y los diálogos de entonación múltiple.

“Luna” fue su mascota, un ave extraña, de plumaje alborotado, un tanto pardo, que llegó a tener empatía con él, mediando una ventana. Le hizo seguimiento, dándole protección hasta conseguir que se reprodujera en los predios a su alcance. Su seguimiento quedó testimoniado en asombrosas fotografías. La clasificación científica: “Nyctibius griseus”, “nictibio”. Algo fantasmal, nocturna, se alimenta de insectos; en el día se mimetiza en un tronco de árbol.  ¿En qué territorios desolados andará “Luna” con su cría?  ¿Cuál será su percepción de la ausencia del contertulio humano?  ¿Qué motivos habrán desatado esa ausencia?

Por su calificado ojo, con registro en cámara profesional, pasaron el colibrí chupasavia, el colibrí rutilante, las pirangas, las tángaras, los pájaros-carpinteros, los pitajos, los abanicos; el atrapamoscas, la esmeraldita andina, el inca collarejo, la amazilia verdeazul… Decenas de aves que llegó a conocer y comprender en comportamientos y lugares de habitar, con registros que compartió con especialistas de otros países y en algunos enlaces por internet, con el crédito de su propiedad.

Era tal su curiosidad intelectual y científica que estuvo pendiente, en el 2011, de la presentación académica que hizo Andrea Rossi, con la Universidad de Bolonia, de su invento el E-CAT, un dispositivo para producir energía que, al parecer, revolucionaría la Física. Y así en otros campos, como en la producción de alcoholes aprovechables para reducir la contaminación ambiental de las gasolinas.

Su apego a la protección medioambiental le llevó a demandar a una empresa productora de licores por contrato para producir barriles de “roble blanco colombiano”, una especie en vía de extinción, con normativa protectora.

Tocó algunas puertas, o lo trataron de seducir, para hacer libros, pero no era fácil para construir acuerdos. Y las oportunidades se iban de largo, rozándole el alma. De aves sabía todo, y la curiosidad no se le desprendía de la mirada o del trajín sin sosiego.

Y este hombre ilustrado y sensible, no pudo con la vida. Un día cualquiera, al atardecer, toma la decisión de retornar en forma cautelosa y definitiva a los predios de “Luna”, y quizá no pudo verla, y ella tampoco lo vería. Y se despide en la más absoluta soledad. La muerte fue con él. Y su rastro se ha borrado, menos en la memoria sensible de quienes disfrutamos por momentos de su palique fascinante, con los temas de la naturaleza, y las imágenes de esos geniecillos del viento que son la aves.

El bosque de "Aralcal" que Julián Londoño-Jaramillo protegía

Las proezas de la vida son ausencia de belleza, o belleza en disipación, y recalcitrante agonía de un tiempo en escape. La vida pasa para todos, y pasa de largo en inesperado vuelo. Advertimos la huida con presentimiento de tragedia, pues no alcanzamos todavía niveles de indiferencia para aceptar, de una vez por todas, que nadie se escapa. Temprano o tarde la fuga vital es grande, pero pasado el esquema como abrumador, vuelve la calma, el sosiego para ocupar caminos, miradas disipadas y deslices en la grandilocuencia de discursos en boga.

“Luna” y aquel hombre tendrán compasión mutua, y en el espíritu encontrarán la distracción de acontecimientos inenarrables, con el desparpajo de los días salidos de cauce. El tiempo pasará, y con la aureola del eterno retorno, volverán a la súplica, a la plegaria en el silencio, desasidos de cualquier dimensión conocida. Vladimir Jankélévitch lo dijo: “La muerte no es la explicación de la vida, pero tampoco es su justificación, ni su causa final”.

Julián Londoño-Jaramillo vuela y canta a la sombra de los árboles de “Aralcal”. Su sombra desperdiga el silencio, y en el silencio se encontrará el revoloteo de avifauna prolífica, de belleza entonada cada mañana. Y los dioses del Olimpo, o los del Crepúsculo, serán sus aliados, en la eternidad de “Luna”, la nictibio.

 
Luna y Lunita

 

[“La Patria, 10.VIII.2014;  p. 2-c]

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