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Ingeniero de caminos en reportería

Desde los tiempos de estudiante universitario, en los alucinantes años sesenta, he sido preguntador sin tregua, siempre tratando de acceder a personalidades mayores en busca de su testimonio de vida, de su acontecer intelectual, académico, artístico, literario o científico. La primera vez me acerqué al científico alemán, Hans Herkrath, en la compañía de mi profesor de física, el inolvidable I.C. Alfredo Robledo-Isaza, después de escucharle impactante conferencia, en nuestra Escuela UN de Ingeniería, sobre la apertura del canal San Juan/Atrato con uso de energía nuclear; testimonio que publiqué en la edición número uno de la Revista Aleph (1966). Se trató de un diálogo recogido en cinta de carrete (en aparatosa grabadora marca Niccon, creo) y transcrito en una primera versión taquigráfica por la inteligente Alba Serna-Rivas, por entonces secretaria del Decanato en nuestra Universidad Nacional de Manizales, luego abogada y políglota.

La gama de personajes abordados es bien amplia. Alguna vez me fui a entrevistar a dirigente indígena, Julio Tunubalá, de la comunidad guambiana, en el departamento del Cauca, con el fin de recoger noticias de tradiciones y de los conflictos por la tierra. En otro momento estuve en Buenaventura en diálogo con la repentista y bailadora “Negra Margarita”, por demás corpulenta, quien me recibió con un tremendo beso en la boca, que me dejó exhausto,  en la casa del finado maestro Teófilo R. Potes (folclorista y folclorólogo, de la estirpe bantú), en medio de algarabía musical de los  “canchimalos”. La “Negra” derramó en octavas y décimas las historias de una raza sustraída del hábitat original, y de los conflictos sociales y estudiantiles que ocurrían en el puerto.

Tuve la oportunidad de estar por años cerca del escultor, maestro Guillermo Botero-Gutiérrez, alumno-fundador de la Escuela de Artes Plásticas de Manizales, con estudios y trabajo en el Cono Sur. Registré horas y horas de grabación con sus conversaciones creativas, en historias de vida, y polémicas. Cada encuentro era motivo de largo palique, donde surgían recuerdos del trajín intenso y palpitante, así como los problemas sociales o políticos del momento. Además de referir los proyectos escultóricos entre manos, con ideas de gran ambición. Su obra tiene significativa presencia en espacios públicos de Manizales, sin desconocer el trabajo importante que dejó en países del sur de nuestro continente. Libros preciosos han quedado de su labor.

Otro recuerdo que ahora consigno se refiere a mi entrevista con el filósofo Ben-Ami Scharfstein en Tel-Aviv, profesor/investigador en la universidad de ese lugar. Personalidad de asombro que produjo libro publicado bajo el título “Los filósofos y sus vidas – para una historia  psicológica de la filosofía”, el cual me dijo fue el resultado de una amable caracterización de la filosofía y de los filósofos. Dibujante de afición, con registro de miradas por lugares del mundo, y analista observador de manifestaciones del arte en los animales. En Aleph publicamos el reportaje y significativos ensayos, además de ilustrar una edición con rescates de sus pinturas y dibujos. Interesante su condición de haber estado más preocupado por demarcar las diferencias entre las distintas disciplinas, con interés mayor por los problemas que por aquellas. En su sabiduría concluye que no hay una filosofía única, objetiva, sino una filosofía de cada filósofo.

De evocar el encuentro con el músico-compositor, director de orquesta, Blas Galindo, el más destacado sucesor de los nacionalistas mexicanos, si no el último. Indígena de la comunidad wixárica-huichol de Jalisco, que llega a Ciudad de México y se forma, con grandes esfuerzos, en los más altos niveles. Larga conversación sostuvimos, en medio de padecimientos suyos por un parkinson, pero todavía apegado a la composición. Fue alumno de Carlos Chaves, y la voluntad y vocación lo pusieron al frente, con reconocimiento del maestro por su talento y dándole oportunidad de surgir, como lo hizo, hasta ocupar sitial de prestigio internacional. Hizo estudios avanzados en Estados Unidos con Aaron Copland. Compositor de obras sinfónicas, de cámara y corales, siempre en modalidades politonal, o atonal, pero sujeto a principios o cadencias de la forma.

El encuentro con Oswaldo Guayasamín, en Quito, tiene visos sorprendentes. Su casa-museo-taller, en el sector de Villavista, punto de reunión de personalidades y turistas internacionales, pero al cuidar en extremo su tiempo de trabajo nada fácil era conseguir cita. Tuve esa fortuna y la conversación fue larga, con registro maravilloso en grabación y en fotografías. En el recorrido con él por los diferentes espacios demostraba su conocimiento detallado de culturas ancestrales, sus formas de expresión plástica, además de la información que portaba en historia del arte. Sabía con destreza relacionar la búsqueda de su propia expresión con otras manifestaciones en las tradiciones regional y universal. Su proyecto la “Capilla del hombre” fue monumental, concebido para mostrar en coexistencia testimonios culturales de diversas épocas. De joven estudioso recorrió toda Latinoamérica desde México a la Patagonia, regodeándose como podía, para retornar a Quito cargado de dibujos y de vivencias que plasma en su serie “Huacaeñán” (“El camino del llanto”, versión del quechua). Luego desarrolló la serie “Edad de la ira”, y etc., etc. Sus conceptos y juicios eran categóricos. Con claridad me dijo que de los muralistas mexicanos el realmente grande era José-Clemente Orozco, cuya obra “Hombre de fuego” la equiparaba con el “Guernica” de Picasso.

Así, decenas de encuentros en su mayoría publicados en la Revista Aleph, en estos 48 años de existencia, y algunos llevados a volumen en libro publicado por la Universidad de Caldas (2007;  546 pp.)

 

[Ref.: “La Patria”, Manizales, 11.V.2014;  p. 2-c]

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