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GABO entre la soledad, la música y la nostalgia

"Cien años de soledad" en su singular expresión del “realismo mágico” no deja de ser la respuesta que evidencia Carlos Fuentes en la novela latinoamericana, como "la narración de una herida y la cicatriz de la misma". En las obras de García-Márquez pareciera que hay un destino de fatalidad, pero si se miran más al fondo se encuentra que en ellas somos, como en la realidad, una cadena de desgracias, en simultaneidad con el ímpetu de creación y laboriosidad, con atisbo a la superación de aquellas por los caminos de la educación y la cultura. La idea de fatalidad en sus obras tiene asidero de interpretación en analista tan respetado como William Rowe, quien la considera, para el caso de “Cien años de soledad”, debida al “deseo incestuoso”, como “trampa de Edipo” que gravita en la obra, pero también señala esa característica inherente a la “atmósfera de reclusión y de inevitabilidad” propia “de los estados del tiempo, los olores, la repetición de nombres y eventos y los procesos de deterioro físico y social”, tan presentes en la novela. Muy a pesar de esta apreciación, me parece que sí hay una solución advertida en la novela, con desarrollo en los escenarios puntuales del cuarto de Melquíades y la librería del sabio catalán, con el consiguiente despliegue del grupo conformado por Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, con quienes se da salida realista al problema, personas de carne y hueso, con obra literaria reconocida, de impacto en la sociedad, en cabeza del propio Gabo. Llamado para los cambios que se anhelan en la comunidad.

No es el vallenato la pasión musical única de García-Márquez. Sus gustos eran amplios, con la valoración de lo popular, y acendrada afición por el bolero y la música del Caribe. Espectro que pasa por el trío Matamoros, los merengues, Pérez-Prado, Nelson Ned, Daniel Santos, Manzanero..., con asidero íntimo en las suites para chelo solo de Juan-Sebastián Bach, y la música de cámara de Béla Bartók. Confesó en una columna de prensa que ante las reiteradas preguntas sobre qué disco y qué libro únicos se llevaría a una isla desierta, no dudaba en elegir la suite número 1 para chelo de J.S. Bach y una buena antología de la poesía del Siglo de Oro español. Encuentro la mayor afinidad suya con la música de cámara de Béla Bartók, a pesar de la dificultad y por los vínculos de origen con lo popular, por el gusto en enfrentar lo abstruso y salir al otro lado en lucha sin tregua, como le ocurrió a nuestro autor con "Cien años de soledad".

La palabra nostalgia es recurrente en las conversaciones y en las obras de García-Márquez. Se aprecia que para él el paso del tiempo despoja de sensaciones que van quedando como recuerdos, pero en tanto estos sean de momentos placenteros, de dichas compartidas, se rememoran bajo una situación espiritual de melancolía, sin gozo, puesto que el motivo pasó pero ha quedado la impronta, quizá con detalles traslúcidos, y entonces el recordar no logra el halo de placidez original. Es como si lo disfrutado en la distancia llegase con algo de carga faltante, en la señal de irrepetible, con la consecuencia de un delicado paso de las imágenes y de las palabras, con los escenarios, en un suave tormento por lo que nunca vuelve, o por la fugacidad. Ahí está el valor de lo que se añora, la nostalgia.

Pero la nostalgia también puede involucrar el temor, la desazón por lo que pudo haber sido y no fue. La angustia de no haber podido configurar de la manera como ahora se piensa ese momento del recuerdo. De igual modo la nostalgia conlleva un ligero esplendor traducible en lo sabroso de aquel instante recordado, o incluso de la época vivida que al presentarse desaparece enseguida, sin saberse de qué manera el tiempo pasó tan rápido. En 1977 María-Esther Grillo le preguntó a García-Márquez sobre la persistencia de él en sus obras de contar y recontar, en especie de dar giros y giros a las historias, en círculos o en espirales, y le contestó que esa situación le nace de la nostalgia.

En el capítulo 6 de su novela mayor describe el estado de ánimo en que se encontraba Arcadio al estar dispuesto a la ejecución decretada por el "consejo de guerra", no identificada por "sensación de miedo sino de nostalgia". Nostalgia por su apego a la vida, y no por el miedo ante la muerte que no puede eludir. En el capítulo 9, al retornar de las guerras el coronel Aureliano Buendía se reencuentra con Úrsula y con la casa, con recorridos sin los atractivos de los detalles, con las marcas del paso del tiempo, y el narrador dice: "No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia." Se da a entender que el coronel ha regresado con nostalgia, pero trata de no dejarse sumergir en ella, y menos de mostrarla. Es un guerrero, que desafía la muerte con las herramientas de la obsesión de combatiente, pero escondiendo la debilidad humana de reconocer en el retorno lo que le suscitan las personas y las cosas, por el temor de hacer reminiscencia en capítulos de la vida. Más bien prefirió permanecer "toda la tarde viendo llover sobre las begonias", haciendo las veces de no importarle compartir aquella sensación delicadamente triste del regreso.

En el capítulo 18 hace intervenir la nostalgia en un proceso de fijación y de lejanías irrecuperables, así: "... el alma se le cristalizó con la nostalgia de los sueños perdidos", para aludir a Fernanda del Carpio, en ese proceso de agotamiento en las posibilidades de un mundo que se le desvanecía en las manos. Y también aparece la connotación de tristeza en el sentido, al decir: "Su corazón de ceniza apelmazada, que habría resistido sin quebrantos a los golpes más certeros de la realidad cotidiana, se desmoronó a los primeros embates de la nostalgia". Entonces la nostalgia es tristeza y golpea echando abajo los ímpetus y las fuerzas de un actuar intenso que identifica a la persona.

Es propio de la obra que en esos capítulos finales, cuando la historia de los Buendía y de Macondo declina de manera inexorable, la nostalgia ocupe papel preponderante. Mientras el tiempo pasa y se desvanecen las posibilidades, el recuerdo doloroso asalta a quienes van sobreviviendo con arrebatos de nostalgia sobrecogedora.

Hasta en la tormentosa irrupción  de José Arcadio, el del destino fallido a  Papa, se dieron arrebatos de risa y de nostalgia: "Era capaz de reír, de permitirse de vez en cuando una nostalgia del pasado de la casa,...", en la antesala de la aparición de Aureliano Amador, el número 17, con la cruz imborrable de ceniza en la frente, único sobreviviente de los hijos del coronel, que a poco no pudo serlo más. En el capítulo final, el 20, la nostalgia se acentúa, como en un esfuerzo por retener lo vivido, pero no sin los toques de dolor, angustia o remordimiento, en cuanto los personajes se diluyen como fantasmas en el tiempo que los abandona. Allí se dice que "... el sabio catalán remató la librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una primavera tenaz."

Siguiendo el hilo del viaje del sabio catalán, lo describe el narrador en dualidad de nostalgias, que lo aturden al enfrentarse a ellas en especie de dos espejos, con la multiplicación de los efectos que gravitan en el espíritu del ilustre viajero en su retorno, lo que le llevó a perder "su maravilloso sentido de la irrealidad". Se trata de dos nostalgias, por lo dejado más cercanamente atrás en las maravillas disfrutadas a diario, y por lo recordado de los ambientes de su origen. Y la pérdida de la irrealidad está indicando lo alucinante que fue la vida en Macondo, donde todo ocurría a ritmo de rumba trópico-caribe, pero él sustraído y absorto en los clásicos y en la escritura. Ya en el regreso, ensimismado, en la más absoluta soledad, sigue su camino, el que le tocó, hasta su propio final.

Casi al término del mismo capítulo, cuando es ineludible el desenlace de Aureliano, el "sanscritista" que llama Vargas-Llosa, lo sorprende el narrador en la cúspide de la lucidez, en la que "tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero".  Con el tremendo drama del hijo con cola de cerdo, arrastrado y devorado por las hormigas coloradas, alcanza un momento de claridad para observar las maravillas de la naturaleza sostenida en su dinámica, a pesar del derrumbe de los bípedos de conciencia, pero siente que tanta nostalgia, tanto recuerdo triste y doloroso, por lo propio y lo ajeno, no puede soportarse. La nostalgia adquiere aquí, en la novela, la máxima drasticidad, por ser la que da el último puntillazo al descifrador de pergaminos.

En Macondo, además de haber sido el hervidero de causas perdidas, de fantasmales acontecimientos, del gozo en sensualidades desbordadas, de la diversión bulliciosa en medio de la tragedia de la vida, la nostalgia se erige como un personaje central, capaz de congregar el hilo de la narración, hasta la entrega final con la clausura del mágico relato, entre realidades irreales, con los toquecitos fascinantes de las mariposas y las flores amarillas, y de los espejos borgesianos, en simultaneidad de la vida y la tragedia.

La nostalgia es el intento de recuperar un mundo ido, lo que no se logra, pero en ese procurar está la sensación leve y acuciosa que denota su sentido. El pasado por recordar lleva su cúmulo de asuntos que al describirse y contextualizarse, en lo lejano, arrecian lo tenue de un cierto dolor por la impotencia de no poder volver a estar ahí. La nostalgia es, por consiguiente, el reencuentro con lo ocurrido, por vivido o soñado, en los niveles de la memoria, pero como relato en palabras o en imágenes que se suceden produciendo lamentos en el silencio del ser, con la impotencia de aprehender aquello, o de intervenir de nuevo para acariciar o modificar. La nostalgia también representa en él algo así como el peso del paso del tiempo, en un mundo que no es otro que “la metafísica de la nostalgia”, como se lo dijo a Juan Gossain en celebrada entrevista de 1989.

En la bella contribución a la "Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo", con el título "Manual para ser niño", Gabo demostró su capacidad para dar salidas en situación crucial del país, con la educación como instrumento esencial de transformación. Allí reclama: "Una educación de la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma.  Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética -y talvez una estética- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal."  Enunciado que se adoptó al formular y promover el primer plan decenal de educación (1996-2005), producido con amplia participación ciudadana. La educación para el cambio la concibe ligada a las artes. Educación artística que reclama no como un fin en si misma, sino como un "medio para la preservación y fomento de las culturas regionales". Hasta conseguir, como también lo advierte, "incorporar el arte a la vida cotidiana".

 

 

[Publicado en el suplemento dominical “Papel Salmón”  No. 1119, diario “La Patria”, 27.IV.2014;  pp. 4-5 (páginas centrales)]

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