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La educación, un cuento de nunca acabar

Los grandes poetas, de todos los tiempos, saltan en verdades y bellezas, con el uso de metáforas de pensar, en medio del deslumbramiento. Así, José-Emilio Pacheco en un poema de recuerdo nostálgico dijo: “Lluvia de arena como el mar del tiempo./ Lluvia de tiempo como el mar de arena.” El tiempo inasible y misterioso nos involucra de manera fatal y elocuente, con la marca del destino. Como en las dunas en los desiertos, nuestras vidas son peregrinas, con entraña nómada. Y lo que hagamos tiene esa impronta de finitud. Pero en el suceder de generaciones la sociedad elabora caminos, siempre zigzagueantes, incluso con caídas y retornos. El método: prueba y error. Ensayamos, casi siempre con improvisaciones desconociendo el pasado. Colombia es claro ejemplo, más trágico por cuanto cancelamos de un plumazo el conocimiento de la historia en la educación formal.

El efecto más dramático lo tenemos en la Educación. No hemos conseguido un rumbo cierto, y a tientas nos movemos, como vendados los ojos, por senderos escabrosos. Tuvimos tres momentos felices con proyectos y realizaciones ambiciosas por lo prospectivas: 1. El plan de educación de Santander, en el origen de la República, 2. Los Radicales del siglo XIX y 3. La “República Liberal” del siglo XX. Y agregamos otra frustración, a mediados de los noventa del siglo pasado, al desconocer las recomendaciones de la “Misión de los diez sabios”, en cabeza de Rodolfo Llinás. Fuerzas retardatarias dominantes echaron atrás esos logros que incluyeron, por ejemplo, el modelo de escuela activa, la preparación de docentes en la Escuela Normal Superior, la descentralización formadora en diversidad de regiones y programas académicos integradores en ciencia, arte, humanismo, además de la valoración de la ciencia como método pedagógico. Hoy le apuntamos a la competencia rentable con formaciones técnicas de economía administrativista, atrayente en los negocios internacionales, con visión unidireccional del desarrollo, mediatizado por el signo de pesos. El desarrollo humano poco cuenta. Nos comparamos con indicadores internacionales en frías cifras.

Bajo esas consideraciones es digno registrar que en los más recientes meses el tema de la educación ha saltado a primeras páginas, en virtud de haber ocupado el último lugar en las pruebas PISA. Pensadores y columnistas de la talla de Antanas Mockus, Moisés Wasserman y Armando Montenegro han hecho reiterada expresión pública de la necesidad de asumir la Educación como política central de Estado. Montenegro, por ejemplo, alude a cuatro documentos concretos, exentos de vana retórica, donde se expone, con sabia sensatez, una política pública para la educación en Colombia: 1. El capítulo de educación en el informe de la “Misión de equidad y movilidad social”; 2. El estudio de la “Fundación Compartir” relacionado con la formación y promoción de los docentes; 3. El mensaje de valiosos economistas a los candidatos presidenciales sobre la urgencia de la jornada única en escuelas y colegios, y 4. El “Pacto por la educación”, originado en activistas universitarios, donde se invocan las bases necesarias de una profunda reforma educativa.

A mano están las formulaciones ilustradas, generosas, altruistas, ajenas a la configuración interesada de personas o grupos, sin sesgos religioso, político o ideológico. Falta el compromiso de gobierno, el actual y el venidero, en especie de gran concertación nacional. Hay que acordar primero las reglas entre los diversos actores para que el paso sea sostenible. Las premisas filosóficas están, y las propuestas concretas también. Falta convertir todo aquello en acciones, en obligación convergente de la dirigencia pública y privada.

Volver a los clásicos refrescaría el alma, y rompería el hielo de las prevenciones. Sócrates es el comienzo, con la patente del diálogo, en debate abierto y limpio. Los escenarios de la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles, ambientes de tener en cuenta. Las enseñanzas de Montaigne y Rousseau, para aclimatar la memoria y tomar aliento en las responsabilidades. Y en la historia de Colombia, asumir ejemplos emblemáticos como el de Agustín Nieto-Caballero en el siglo XX. Debemos volver la mirada atrás no para alentar recriminaciones y odios, sino para reconocer hitos de confluencia deseable, que alienten la mirada ambiciosa al futuro. Y congregarnos alrededor de aquellas voces calificadas que formulan propuestas concretas, integradoras, para despejar el camino y aventurarnos a preparar las nuevas generaciones con renacida voluntad e indeclinable compromiso, con ambición ajena a tanta mezquindad. Por una educación de la mano de la “cultura ciudadana”, que involucre desde ya a la sociedad toda, por una convivencia creativa, innovadora, laboriosa.

“Cultura ciudadana” que puso en alto Antanas con realizaciones tan asombrosas como la autorregulación en el consumo de agua, con la que afrontó tremenda crisis en la conducción de Chingaza, sin mediar decreto ni intimidación sancionatoria alguna; tan sólo el poder de la pedagogía, con liderazgo sostenido. La campaña llevó la reducción de consumo de 27 a 16 metros cúbicos por familia-mes. Y haber conseguido que 63 mil familias pagaran voluntariamente 10% más del impuesto predial. Pero en este país todo lo bueno lo olvidamos –por incapacidad de reconocer al otro-; de ahí que cada vez seamos más descubridores del agua tibia.

Otro experto en educación, Francisco Cajiao, ilustró en artículo reciente acerca de algunas acciones que vienen adelantándose de manera coherente en las dos últimas décadas: formación de maestros, acreditación de instituciones por calidad, con el afloramiento sostenido de los programas “Ondas” de Colciencias, “Todos a aprender”, de “Cero a siempre”, además del “movimiento pedagógico” que lideran los maestros.

¡Sí se puede!... “Lluvia de arena como el mar del tiempo”.

 

 

[“La Patria”, domingo 13.IV.2014;  p. 2-c]

 

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