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El libro, una pasión desbordante (en minorías)

En esta época del dominio ciberespacial sobre las cosas terrenales, suele especularse sobre el fin del libro en papel a favor del virtual. Al parecer, de lo que se trata es de una coexistencia en formas del libro. La novedad ha hecho su agosto con crecimiento intempestivo de ventas y susto de los libreros tradicionales, pero con los meses y años parece que todo va regresando a su debido lugar: el libro tradicional sigue produciéndose y los consumidores lectores adquiriéndolos, incluso frecuentando préstamos de bibliotecas como en el caso de la Luis Ángel Arango, de cobertura nacional. Asimismo, el acceso al libro digital tiene su lugar, en simultaneidad, con alcance en maneras apropiadas como las “tabletas.

El historial de pasiones por el libro viene desde antes de la invención de la imprenta. Cuenta Cioran, muy cercano a su compatriota Mircea Eliade, de quien le asombraba su entusiasmo por las lecturas más diversas, en curiosidad con desenfreno. Dice no haber conocido a nadie que fuese tan apasionado con el libro, por el cual sentía hechizo e idolatría.

Y esa pasión sigue hoy multiplicada en las formas sincrónicas de entrada al libro. Las bibliotecas ya ofrecen esa dualidad, como en el caso de nuestra Biblioteca Nacional de Colombia que ha comenzado a digitalizar verdaderas joyas bibliográficas, con acceso libre al público por la vía del internet. Variadas las ofertas internacionales por el mismo camino. Pero, a su vez, las editoriales más prestigiosas y tradicionales siguen cumpliendo con la tarea de imprimir o reimprimir libros, por supuesto en preponderancia aquellos que tienen consumidores, de ahí la proliferación de novelas apadrinadas por los mismos editores, fabricantes de novedades y de autores para el prestigio comercial. Cuestión de la filosofía predominante del mercado.

Resulta que de esa competencia entre lo físico tangible y lo virtual, estén surgiendo pequeñas editoriales en los países que se dedican a producir libros en papel, de cortos tirajes, con obras de singular calidad, distantes de lo masivo y de la rentabilidad exuberante. Y a reeditar autores antes consagrados, merecedores hoy de ser dispuestos en cercanía a los jóvenes. Quijotadas dirían algunos. Sinembargo, de lo que se trata es del afloramiento de una vertiente trascendental de nuevos editores que con sentido creativo se atreven a reabrir camino, al estimar nombres y obras que de otra manera no saldrían a circulación.

Da gusto conocer jóvenes en estos tiempos poseídos del fervor de la lectura, con libro abierto y lápiz en mano para los subrayados y las notas. Con diálogo entre ellos. Muchachada que reivindica oportunidades en la vida para asomarse a la palabra escrita, entre autores los más diversos. Por supuesto que se trata, como ha sido siempre, de minorías, pero la audiencia al parecer crece. Para multiplicar los lectores es indispensable disponer de contingentes de docentes que al comunicarse con sus alumnos compartan lecturas, motivando por  temas, autores y libros, con sentido de la calidad y la saludable entretención. Auncuando solemos quejarnos, con razones, de las marcadas deficiencias de la educación, me ha parecido que los mejores estudiantes de hoy son mejores que los mejores de antes. Hay un sendero de ascenso en esas minorías, favorables al deleite del estudio y la lectura, con marcada tendencia a la superación continua en espíritu y labor.

Marcel Proust dijo que “sólo la lectura y el saber dan las buenas maneras del espíritu”, y estimó que la lectura es una especie de contrato con otros espíritus, otras gentes igualmente seducidas por intereses similares. También aseguró que la lectura está en el umbral de la vida del espíritu. En soledad, la lectura es un diálogo con autores y personajes que transitan por las páginas. Un volver atrás, a veces, imbuidos por la curiosidad y los deseos de desentrañar sentidos, o por deleite en la metáfora, la figura alusiva o elusiva, o en la deliciosa narración. Incluso, fervor en la dificultad, con pasos lentos para descifrar contenidos.

Don Alfonso Reyes, el mexicano universal, lector también de abismos y uno de los mayores escritores de todos los tiempos en lengua castellana, solía referirse a la lectura y a los libros como una especie de “capa de mundanidad”, en el sentido de permitirnos el acceso a lo más variado y multifacético del mundo en que vivimos. Desde la Grecia antigua nos viene esa vertiente en la cultura occidental, con pléyade asombrosa de testimonios hablados y escritos que todavía hoy sigue gravitando en los ámbitos favorables al estudio y la lectura. La poesía fue la forma primera de registro, perdurable en ritmos e ideas, incluso historias. Los diálogos, una consecuencia de exploración por la verdad. Dramas y comedias, para escenificar la vida, con características de humor o de ironía, y de complacer glorias en personajes de las contiendas. La experiencia de los ensayos, como forma de exploración con tanteos en interpretaciones y suposiciones. La novela y el cuento para examinar comportamientos, espíritus en desasosiego, relaciones de pasión y muerte, o para recrear formas de convivencia hacia una deseada felicidad.

El mismo Reyes en sus postreros días acudía al refugio en la noche del alma solitaria, para repasar lecturas, meditar y escribir testimonios en recuerdo, o en recreación de un saber acumulado, sin dolor ni melancolía, revisando los sentimientos esenciales en el silencio, vecino al desenlace fatal, aquellos que ‘nunca le dejaron de retumbar en los hondos senos de [su] ser’. Y proclamó en ese final la humildad y el sacrificio que hacen falta para acercarse, desnudo, hasta la verdad, en medio de tanto palabrerío insustancial, de lugares comunes, de actitudes violentas.

El libro, aquella pasión desbordante que da sentido a la vida de algunos de nosotros todos.

 

 

[“La Patria”, domingo 10.XI.2013;  p. 2-c]

 

 

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