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Eduardo Escobar en el laberinto de la vida y la palabra

… la vida es hermosa porque es ardua, porque no es simple, porque es enigmática,
y que merece vivirse con defectos y todo,…
                                                          Eduardo Escobar

La poesía es la expresión primera desde antes de Homero, con Homero y en los Presocráticos. Las culturas reconocidas como aborígenes la utilizan en la preservación de tradiciones y en rituales, con la música del espíritu y repercusión en la danza. Pero en el fondo el ritual mayor de su significado es creación, elucubración, sentido del sinsentido, sinsentido de realidades en contraste, búsqueda de símbolos, de los destellos para la alucinación y la sorpresa. Y el mundo siguió en el despropósito de construir entelequias de la nada, hasta el fin de los tiempos, en consonancia con armonía desarmónica del universo.

A finales de los años cincuenta, justo en 1958, un grupo de muchachos con inquietudes de la lectura y la escritura levantaron bandera, agrupados bajo el mote de “Nadaísmo”, y revolcaron las páginas de los diarios, los noticieros de la radio, los atrios parroquiales, las plazas públicas, con irreverencias y excentricidades a montón, a la manera de arrebatados publicistas, declarándose geniales, locos y peligrosos, pero no dejaban de ser mansas palomas. Fue una ebullición de rebeldía creadora, con exageraciones escénicas que todavía hoy se recuerdan, pero en lo sustantivo estuvo que esos muchachos tenían talento y expresión que fue consolidándose en obra sólida, en algunos de ellos. Su jefe, el autodenominado “monje loco”, fue Gonzalo Arango, poeta, narrador, periodista. Y en el trasfondo estuvo la actitud intelectualmente distinta de un escritor notorio, Fernando González, el “filósofo de Envigado”. Grupo que marcó la historia de las letras en Colombia, con extensión de relumbre en otras comarcas. Su presencia ha quedado salvaguardada en la expresión “movimiento nadaísta”, integrado por personas en comunión de amistad, escándalo, contrarios al odio e identificados en los grandes amores, en las obsesivas lecturas y en las escrituras desbordadas.

Su integrante más joven recoge en las siguientes palabras las ambiciones de ese movimiento: “… intuíamos –dice- una revolución de las ideas y las costumbres, de la mente y la cultura, urbana y campesina, fantástica y simple, social-sexual, del arte y del lenguaje, de la vida total, de la física y la metafísica, patafísica, arrevesada, concreta, imprevisible, la Revolución de los Cielos Terrestres que soñaron profetas y poetas, dementes y videntes… y que parece siempre tan lejana.”

De recordar los nombres: Gonzalo Arango, Amilcar Osorio (Amilcar U), Elmo Valencia, Darío Lemos, Humberto Navarro, Jaime Jaramillo-Escobar (X-504), Eduardo Escobar, Armando Romero, Jotamario Arbeláez, Pablus Gallinazo, Raquel Jodorowski,… Y detrás y en los entornos de ellos un torrente de muchachos de variopinta condición. Recorrieron el país y celebraron la vida a contracorriente. Con la perspectiva de los años puede apreciarse la contribución del movimiento y la obra significativa de sus protagonistas principales.

Eduardo Escobar tenía catorce años al surgir y vincularse al grupo, y su vida ha sido de trajines y fascinaciones, siempre apegado a la literatura, como creador en verso y prosa. Trashumante de seminarios, de reformatorios y del más variado ejercicio de sobrevivencia. Lector voraz, con acceso a grandes autores de todas las épocas y latitudes. Prolífica obra, con 24 libros publicados en poesía y ensayo, pero hace falta todavía una novela que rehace de continuo, bajo el título de “Ejemplos de anamorfosis”, a la que dedicó unos primeros nueve años, con 500 páginas en 7 extensos párrafos, pero también de un solo párrafo en otra versión, en monólogo de personaje que relata un fratricidio, con la historia de Querubín Santamaría, el protagónico, y su hermano Anselmo. Columnista de prensa galardonado, colaborador en revistas de prestigio nacional e internacional, y gestor de programas en radio y televisión. Destaco en especial el rescate que hizo de la valiosa correspondencia del “monje” mayor, recogida en volumen bajo el título: “Gonzalo Arango, correspondencia violada” (1980, 2011), dos ediciones con el sello de la Universidad de Antioquia, salvando de ese modo una preciosa componente en la obra del significativo escritor. Asimismo, Eduardo ha escrito páginas memorables en recuerdo del movimiento nadaísta y de sus integrantes, como testimonio de una época de ruptura con lo acartonado, y en ocasiones superfluo, de una tradición. Época que enlaza con la memorable y civilizadora Revista Mito, que termina ediciones con un monográfico sobre el Nadaísmo.

Es singular la autoformación de Eduardo, en campos de la poesía, el pensamiento, la música, lo que le permite expresarse con fluidez al analizar obras, épocas, circunstancias, al establecer conexiones en asuntos que por capacidad de interpretación consigue con acierto. Su poesía tiene el encanto narrativo, y sostenido ritmo, con referencias en lo experimental, lo circunstancial, hasta alcanzar elaboración idiomática en tono y sentido. Su poema “Homenaje a un anticuario muerto”, en memoria de su padre, es de antología mayor.

Sus ensayos que se imbrican con la crónica o el reportaje,  ilustrados e ilustrativos, están elaborados con soportes de paciente pesquisa y escritura juiciosa, prolongada. Singular siempre en la forma de expresión, incluso musicales, para una lectura atrayente. Ahora se publica nueva colección de ellos bajo el título “Cuando nada concuerda” (Siglo del Hombre Editores, Bogotá 2013;  304 pp.), con punto de partida en “Los Buddenbrook”, novela de Thomas Mann que Escobar rememora con frecuencia, en la que descubre cuál fue el libro que estremeció al protagonista en sus deliquios sobre el tiempo, el ser, la muerte y la fe de la infancia, con pensamientos sombríos desprendidos de la metafísica. Se trataba de “El mundo como voluntad y representación”, de Arthur Schopenhauer.

Ensayo modélico es “Acerca de Habla, memoria”, la autobiografía de Vladimir Nabokov. Estudio juicioso que lo lleva a discernir sobre la obra del autor, la que califica de “un glorioso mecano de sombras y espectros”, con “libros llenos de agudeza y gracia”, autor al que también aprecia como “uno de los poetas mayores de la prosa del siglo XX”. Estudio que hace al superar pasajes laberínticos e intrincados en ella, con alusión a la afición de integrantes del grupo o movimiento al que perteneció en el Nadaísmo por los autores conflictivos, combativos, críticos de la sociedad. Autobiografía que considera de las más bellas escritas en el siglo pasado. Destaca en Nabokov la ironía, como predilecta diversión, cualidad que Eduardo califica de imprescindible cuando la inteligencia es verdadera, con capacidad de superar cualquier golpe momentáneo de ingenio; de igual modo considera la ironía como reveladora, consoladora, alada y comprensiva, con algo de ácido en la conciencia de las cosas. La diferencia de manera rotunda del sarcasmo, que hiede, y la acerca a la noción de la ternura en el reproche.

Ese estudio sobre Nabokov y su autobiografía lo remite a Nietzsche, a Borges, a Joyce, a García-Márquez, a Proust, incluso a Rilke “para quien la única patria es la infancia”. Autores que conoce y a los cuales alude con sentido de pertinencia e interconexiones esclarecedoras.

Otro ensayo de destacar en el libro es el dedicado a Albert Camus (“Vigencia de Albert Camus”), donde examina la cercanía y el alejamiento que tuvo el argelino con Sartre, precedido con estimados sobre problemas en la historia, por irrupción de la soberbia, el cinismo, la autocomplacencia del orgullo, la crueldad y su afín el crimen justiciero, la tendencia preponderante a dudar de todo y a la revisión compulsiva como manía del siglo XX; en general con puesta en evidencia del malestar de la cultura. Pero subraya los efectos de la “Razón Ilustrada”, en la generación de “pavores inesperados y desórdenes mortíferos”. Y llega en los comienzos a una hipótesis sorpresiva: la libertad como refugio contra el desánimo, pero a sabiendas que cada elección que hagamos conduce a una nueva mutilación y cada descubrimiento a un nuevo enigma y a un nuevo peligro.

Valora en Sartre sus contribuciones literarias, que califica con apelativos de grandeza y vivacidad en la prosa, y de vigor y rigor en el pensamiento, pero identifica falta de sinceridad en él. Critica su veleidad con filosofía política extrema, y considera que Sartre “encarnó el fracaso de las obsesiones de una época”. En contraste valora por encima a Camus, “a cuyas meditaciones es útil volver”, dice, y destaca en este el nunca haber renunciado a la certeza de ser las personas las que dan sentido a las cosas con los sueños, la amistad, el gusto por tomar el sol y el apego a la vida.

En otro ensayo con el título de “La higuera estéril” asume el estudio de la obra del Premio Nobel (1978) Isaac Bashevis Singer, con las premisas en las actitudes de Kafka y Gonzalo Arango, al igual de otros nadaístas, por la simultaneidad de lo deprimente y la ambición de cambiar el mundo con una literatura nueva. Se remonta a señalar la influencia de Kierkegaard en Kafka, a quienes identifica como almas gemelas, y señala a Marx, Freud y Nietzsche en la condición de tuteladores en la vocación sustantiva de la modernidad a través de la duda. Entre líneas Escobar medita sobre la esperanza, la que establece como “el cebo del instinto de conservación que nos mantiene atados a la noria, agonizando”.

Esa introducción del ensayo le sirve para ubicar a Singer con alma emparentada con Kafka, pero resaltando en aquel la pretensión de recrear al individuo y a la historia por la acción política o por las quimeras de la fe, quizá por la tradición hebrea que suele no distinguir entre el profeta y el poeta. En la obra de Singer critica el uso inapropiado de la ternura que lo lleva –dice Eduardo-  a caer en los peores vicios de los escritores del naturalismo, a lo cual le agrega la falta de capacidad para apreciar el lado bueno de la vida.

A pesar de ciertas afinidades de Singer y Kafka, subraya la incapacidad del primero para reír, o siquiera sonreír, mientras que Kafka disfrutaba con la lectura de sus relatos a los amigos. Utiliza el parangón para acudir de nuevo a la comprensión de la ironía, con referencia en cita de Cesare Pavese, quien adjudica ser irónico al arte moderno. Pero Escobar se pregunta si acaso la ironía será lujo y consuelo para personas sin ilusiones.

El último de los ensayos en el libro, “En el punto muerto de la escritura”, lo dedica a quienes llama “raros habitantes del severo callejón sin salida del habla humana”, los desesperados de una escritura exclamativa, el silencio simbolista extremo y las incursiones de los surrealistas, hasta desembocar en el Ulises de Joyce, y en autores como Artaud, Beckett, Céline y Bernhardt. Destaco el recuerdo que dedica a las lecturas de Ferdinand Céline, al que señala como el más implacable de los escritores franceses, acabando por sumergirse en el “deslumbramiento de su prosa acezante”. Y en Bernhardt identifica la escritura fascinante que no se recrea en veleidades románticas y facilistas, en quien celebra su negativa a dejarse manosear; en especial resalta la idea de Bernhardt en lo urgente que es la “reeducación sentimental en la lucidez, en la honradez”.

En ese capítulo final incorpora una muy bella apología del libro, en estos tiempos de lo digital y del ciberespacio, al que aprecia como la sombra de algo inconsciente que aspira a aparecer, siendo además manifestación de pánicos, neurosis y desórdenes de algún personaje, con la señal de representar una época y hasta la historia secreta de un tiempo. Eduardo se reconcilia a cada instante con el libro al deleitarse con ellos en sus estantes, de la propia biblioteca, al detenerse en alguno para recordar las circunstancias de su encuentro y de sus lecturas, con la remembranza quizá del librero de gafas caídas que se lo recomendó, o que inmóvil en el armario le susurraba para que lo llevase consigo.

El escritor total, de tiempo completo, que es Eduardo Escobar nos acompaña ahora en esta “Cátedra abierta – Grandes temas de nuestro tiempo”.

Tenga la bondad de asumir,  querido escritor, la palabra en este espacio simbólico del estudiante de la mesa redonda.

 

 

Manizales, Universidad Nacional de Colombia, 16 de septiembre de 2013

 

 

 

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