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Carlos Gaviria-Díaz en "Mito o Logos"

Siempre he creído que las ideas son parte fundamental de la vida democrática. No puedo creer que podamos pensar los cambios que reclama la nación sin replantearnos con vigor el sentido de nuestras metas y aspiraciones colectivas. Tengo la convicción de que Colombia necesita pensar la política de otra manera; ejercerla a través de los medios de civilización y respeto que la humanidad entera busca anhelante. La ética, o, para decirlo de otra manera, la decencia pública, no es un adorno o sortilegio de la vida, sino que, por el contrario, expresa las realizaciones de la virtud ciudadana y la fuerza de la democracia, viva, actuante y participativa.  
                                              Carlos Gaviria-Díaz

 

Personalidad liberal en el más riguroso y sensato de los sentidos. Librepensador, formado en las disciplinas del estudio y la reflexión, con acendrada vocación académica. Pensador con erudición de fácil compartir. Sus más hondas preocupaciones: la justicia y la libertad. Por circunstancias de su formación y profesionalismo fue a dar a la Corte Constitucional donde lució sus condiciones de libre examen, con liderazgo de sentencias históricas que todavía tienen pensando al mundo en temas cruciales de la eutanasia, el consumo de drogas alucinantes, la libertad de expresión, entre otros. Su libro: “Sentencias – Herejías constitucionales” recoge esas contribuciones suyas (Ed. Fondo de Cultura Económica, Bogotá 2002;  453 pp.)

Sus criterios rectores como conciencia jurídica de la nación han sido, de manera imperturbable, dos: “Nadie por encima de la ley” y “La igualdad es la base de la justicia”.

Como defensor de los derechos humanos le tocó salir a duros años de exilio, y llega a la política como formador de condiciones para la honradez, los comportamientos decentes, la elaboración de principios para el ordenamiento de la sociedad con la participación de la ciudadanía. Y llegó al Senado de la República, donde su voz de sabia racionalidad no fue siempre debidamente oída. También su liderazgo de conciencia ética y jurídica, con sentido social, lo conduce a ser candidato a la presidencia de la República, por partido que contribuyó a integrar como alternativo a lo perniciosamente dominante. Pero las condiciones en esos ámbitos le generaron más desgaste que retribuciones alentadoras. Y ahora se encuentra de nuevo dedicado a la Academia, como es apenas natural por su vocación de estudio y meditación, con llamados permanentes de universidades de Colombia y otros países para nutrirse de su sabiduría.

Su pasión es Sócrates que ha asimilado con rigor, hasta distinguir en los Diálogos de Platón aquellos en los que Sócrates es como es, por desarrollarse siempre en términos de la duda, con interrogantes continuos, desmontando el saber autoconvencido de autoridades atenienses. Su reciente libro: “Mito o logos – Hacia La República de Platón” (Ed. Luna Libros, Universidad del Rosario, Bogotá 2013; 136 pp.), es un propio rescate de sus notas en el exilio, con anuncio de un segundo volumen. Tuvo como antecedente la justificación de año sabático concedido por la Universidad de Antioquia, en 1987, para desarrollar investigación sobre “Saber, virtud y poder en Platón”. Proyecto interrumpido por el asesinato del doctor Héctor Abad-Gómez, presidente del comité de derechos humanos de Antioquia, el 25 de agosto, del cual Gaviria era su vicepresidente. Con urgencia va a Buenos Aires al exilio y a pesar de las angustias y desasosiegos, se dedica a estudiar, concretando la escritura de este libro concebido “para quienes se acercan al pensamiento filosófico con espíritu lúdico y gozoso”. Libro que apenas ahora ve la luz, puesto que el autor tuvo agitados paréntesis de magistrado, senador, candidato presidencial, con ajetreos de la política que le dejaron inocultables desazones. En él rastrea los pensadores y obras, con visión de camino, que en lo fundamental dan origen a la obra de Platón.

 Los títulos de los cuatro capítulos que lo integran son realmente seductores: 1. ¿Mito o logos? Primera encrucijada del espíritu; 2. Contemplación del ser o esclarecimiento de su senda: ¿un dilema inexorable?; 3. Del cielo a la tierra, y 4. Claridad e integridad: una pasión y una meta. En el primero se pasea, en cuatro apartados, con meditación, a partir de considerar la pregunta como anuncio del espíritu, con la claridad en la urgencia que se tiene por comprender y explicar tantas cosas que involucran al ser humano. En esta ambición nos vemos compelidos a dos caminos: uno sin límites, y el otro el de la discreción o la mesura, con el marco en verso de Hölderlin: “El hombre es un rey cuando sueña y un esclavo cuando piensa”. De este modo aparecen como opuestos, pero no siempre, la fantasía y la razón, el mito y el logos, incluso concibe el autor ocasiones en que se encuentran fusionados. Se trata de la dicotomía de Platón manifiesta en el lenguaje.

En los comienzos del pensar, la poesía es la expresión, como antesala de la filosofía. Acude a Hesíodo para recordarnos su intención de buscar la verdad, descubriéndola, para mejorar la condición humana, hacia comportamientos de dignidad y labor. Y se remonta a Homero, ubicado en el mito, como “esencia perenne de la poesía”. Advierte que el paso del mito al logos se dio con la filosofía milesia, por la manera como reivindican la razón a partir de observar con ahínco la naturaleza. Pasan por sus consideraciones Diógenes Laercio, Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras… En Anaximandro encuentra el salto de la poesía a la prosa, con anticipo venturoso en la relación lenguaje y pensamiento, que le abre camino a la ciencia.

Con Pitágoras, influenciado por culturas orientales en especial de Egipto, se inaugura el sentido riguroso de Escuela, el “pitagorismo”, con desarrollos en la ética por medio de la purificación (ascesis), la gimnasia y la música, para amortiguar la sensualidad y exaltar el espíritu. Influencia decisiva en Grecia, con expresión inicial en Platón. Pitágoras adivinó, por azar, que la Tierra es redonda, al estimar que sería lo pensable puesto que la esfera es la forma más perfecta, mientras que Tales y Anaxímenes la veían como un disco flotante y Anaximandro como un cilindro o tambor.

Los pitagóricos se consagraron en la historia de la cultura por su dedicación a la matemática, con base supersticiosa al estimar que el número es la base o esencia de todas las cosas, al observar la armonía que debe reinar en el mundo, interpretable con expresiones matemáticas, sobre bases en estudios de la música vinculados a la moral.

Esas dos vertientes de mito y logos, vienen a dar en Platón, a quien Gaviria identifica como “poeta sensitivo tan ávido de logos”, o como un “converso y duro racionalista”, “nostálgico de la fantasía insumisa”.

En el capítulo segundo, con ocho apartados, Gaviria explora el tema del ser y de la senda, con detenimiento en Parménides y en Heráclito de Éfeso. Destaca en ellos la preocupación por el “saber riguroso”, guiados por la intuición, a través de tanteos, confiados en la experiencia pero sin darse cuenta de lo que buscan ni a donde llegar, por lo cual suelen desacertar, ubicándose más en la metafísica, a pesar de la intención en lo físico. La actuación de Parménides, cabeza de la escuela eleática, le parece singularmente memorable y al relacionarlo con los jonios usa una expresión común que ubica en forma debida los respectivos campos: “a los jonios les interesaban los árboles y a Parménides el bosque”. El tema de preocupación central de Parménides es el Ser, que aborda con solemnidad y aproximación mística, con recursos en la poesía, en conjunción expresiva de esta y del mito. El método usado toma lo descubierto por la razón pero para convencer a los demás apela a los dioses como portadores de la verdad. Gaviria recuerda que este proceder es dogmático, por cuanto subordina la razón al mito. Aucuando destaca que Parménides tuvo la lucidez de concebir que para llegar a la verdad es indispensable elegir muy bien el camino.

Karl Popper en su célebre conferencia sobre los Presocráticos (1958) atribuye a Heráclito el haber anticipado a Parménides al distinguir entre realidad y apariencia. Y le reconoce intuición extraordinaria al concebir que las cosas son procesos y que las personas son llamas. Valora a Heráclito como el mayor y más audaz pensador entre los Presocráticos.

Gaviria señala a Parménides como el primer pensador que asume el problema fundamental de la lógica, pero que al identificar el pensar con el ser disuade la lógica en ontología.  Resalta que Parménides finalmente es consecuente, puesto que procede acorde con su prédica, al saber que se consigue persuadir si la verdad es la que se enseña. Y destaca la manera como anticipa la dicotomía platónica de mundo sensible/ mundo inteligible. Es de recordar que la poesía en Parménides es un recurso formal de cierto esplendor, pero carente de emoción, por cuanto lo entretiene o distrae la lógica.

En contraste con Parménides, Gaviria acude a Heráclito de Éfeso, un tanto críptico, con predilección por el lenguaje que lleva a interpretar de una cierta manera la convergencia entre filosofía y poesía. Auncuando la forma de expresión de Heráclito es la prosa, la emplea con emoción, dolor y gozo. Su talante es la del esteta que utiliza el recurso sensible para convencer, no despojado de ironía, desprecio y sátira, con el objetivo de moralizar. De recordar el generalizado conocimiento en la expresión de Heráclito: “No es posible ingresar dos veces en el mismo río”. En Parménides el movimiento es ilusión. Gaviria ubica a Parménides como metafísico y a Heráclito de moralista. Heráclito llega al devenir, Parménides al ser. En Heráclito el mundo es sensible y en Parménides el mundo es inteligible.

En Heráclito encuentra Gaviria cierta relación con Pitágoras, por cuanto desliga la ética de lo divino y místico, actitud que luego es asumida por Platón en especial en el diálogo “Eutifrón o de la piedad”. Y se asoma a Heidegger con esa reminiscencia, citándolo: “los dioses de los griegos nada tienen que ver con la religión”. Y a su vez Gaviria redondea la idea al decir: “La divinidad heraclítea es demasiado fina para dejarse asimilar al mito y excesivamente racional para ser religiosa.” Salta a recordar que en Platón ética y política no tienen separación alguna (idea tan lejana a los aconteceres perniciosos de hoy), en quien se da un gran aparato teórico para formular un propósito magno: un Estado justo donde todos los seres humanos puedan ser felices.

Este estudio le sirve a Gaviria para atisbar en sus orígenes el “sentido ético de la ley”, la “existencia de normas que prescriben conductas honestas”, con el ejercicio de vida que lo ha identificado, al entender y ejercer la ética en tanto estética, dos campos inseparables.

El tercer capítulo, “Del cielo a la tierra”, de diez apartados, comienza con epígrafe de Protágoras de Abdera, quien asegura no poder saber acerca de la existencia de los dioses, por lo oscuro del tema y por la brevedad de la vida. Recuerda Gaviria que con Parménides se inicia la ontología y que Heráclito consigue articular con racionalidad, como hazaña, el ser humano y el universo. Y deja establecida en la cosmovisión pitagórica el ser humano como sujeto moral, sin dejar de lado lo supersticioso.

Destaca el gran salto que fue el haber subordinado los sofistas el mito al logos, en tanto lección asumida de los jonios. Identifica en los sofistas los temas centrales de su trabajo: individuo y sociedad, lo político en la coexistencia, el pensamiento como progreso, el poder implícito de la palabra, la educación como factor de perfeccionamiento, la capacidad humana en la transformación de la polis. Gaviria encuentra que Sócrates asume ese conjunto de factores enunciados por los sofistas, pero cuestionando las respuestas que dieron. Cita a Cicerón para aseverar que Sócrates hizo de la filosofía un bien terrestre, con ámbito en las ciudades, hasta conseguir que fuese motivo de diálogo en las familias y elemento indispensable para indagar sobre la vida y la moral, el bien y el mal.

Gaviria se ocupa de desentrañar quiénes eran los sofistas, a sabiendas que Platón los trata de manera despectiva, no sin develar aspectos valederos en medio de la manipulación. Antes de Platón aquella denominación aludía a personas instruidas y prudentes. Platón identifica a los principales integrantes de los sofistas: Protágoras de Abdera, Gorgias de Leontini, Hipias de Elis y Pródico de Ceos. Y nombra otros de menor relieve, por la alusión que hacen de aquellos como maestros: Calicles, Polo, Eutidemo y Trasímaco. Los sofistas tuvieron un objetivo común: enseñar la virtud. Serio asunto que da pie a Platón para criticarlos de manera implacable (“no siempre impecable”, anota Gaviria) y de esa manera aprovecha para hacer suya la filosofía de Sócrates.

Gaviria se pregunta por el sentido y validez de enseñar la virtud. O, en otros términos, qué es lo que hace mejores a las personas. Para dar respuesta alude a la contraposición de las expresiones techné y areté. La primera, con el sentido de conocimiento y habilidades en una profesión, que por su naturaleza son practicables y transmisibles en la enseñanza. La segunda expresión, areté, es la virtud, que Homero había usado para denotar la excelencia humana y la superioridad de otros seres. El pensamiento arcaico atribuye la virtud como propia de quienes descienden de los dioses, o de la divinidad y, por consiguiente, no accesible a la gente del común. Acude a Protágoras quien trata de definir lo enseñable en la areté: la prudencia y la perfección, que son virtudes, con lo cual se cae en especie de círculo. Entonces para explorar qué es lo que puede enseñarse como virtud, en la pretensión de los sofistas, Gaviria acude al Gorgias, diálogo en el que Sócrates quiere saber qué es lo que saben y enseñan los sofistas, para finalmente dar la respuesta: los que saben y enseñan es el arte oratorio. Y contrapone las respuestas que le dieron a Sócrates tanto Polo como Gorgias, el primero con evasión y ambigüedad, y el segundo con precisión.

Gaviria en este momento de su indagación establece como avance que “los hombres son mejores cuando saben cómo tratar a las personas que de ellos dependen y qué hacer con los bienes que están bajo su cuidado”.

Pasa Gaviria a dilucidar en un contexto democrático la manera de acceder al desempeño de funciones públicas por medio de la persuasión, para asegurar el buen destino de la polis que es el compromiso del estadista. Gorgias asegura que la capacidad de persuadir mediante la palabra es el supremo bien. Y se llegará al poder por consenso de los ciudadanos sólo en la democracia. Pero resulta que es posible persuadir en lo que no sea verdad. Al ser los sofistas eruditos y no científicos, la búsqueda de la verdad no es lo que los apasiona. Situación que aprovecha Sócrates para afrontar como adversa la retórica.

De este modo se llega a precisar que lo enseñable como virtud por los sofistas es más bien algo que obedece a las leyes de la retórica, que corresponde al campo de la techné.

Gaviria valora a los sofistas por la racionalidad humanista, por la actitud heterodoxa y el escepticismo intelectual que representan y por haber sido “cosmopolitas y modernos”. Además les adjudica el haber tenido mucho que ver en el origen de la idea occidental de Cultura, justo al haberse proclamado maestros de la virtud, y no de una techné cualquiera.

El capítulo cuatro y último, “Claridad e integridad: una pasión y una meta”, lo dedica a la gran pasión de su vida: Sócrates, en diez apartados. De entrada cita a Sócrates en su defensa: “¡Dichoso yo, si supiera lo que otros no vacilan en creer que saben! Pero no sé nada, atenienses, y ante vosotros me presento desnudo y sin los adornos de una mentirosa certeza.” Gaviria estima, con razón, que la vida de Sócrates es un suceso estelar en la historia del espíritu. Se le condena a muerte bebiendo la cicuta por dos acusaciones infamantes que los enemigos le hacen: por no reconocer a los dioses oficiales, es decir, impío, y por corromper a la juventud. Acusaciones que afronta con valentía y racionalidad, pero sin surtir el efecto deseado de ser declarado inocente. Ante el “Tribunal de los 500” que lo juzgan, Sócrates compareció con serenidad y humildad, al esgrimir su pobreza como testigo. Jenofonte lo calificó como “el más sobrio y el más casto de los hombres”. Bertrand Russell lo identifica de persona muy segura de sí misma, de elevada inteligencia, indiferente al éxito mundano, persuadido de que la claridad de pensamiento es requisito para vivir con rectitud.

La singularidad de Sócrates, dedicado por completo a pensar y hablar, lo hacía reconocer como persona sabia pero al margen de las muchedumbres, muy diferente al común de los mortales.

Sócrates fue devoto de los dioses de Atenas, en especial de Apolo, con lo cual se aprecia la falsedad al acusarlo de impío. Además era profundamente respetuoso de los demás en sus creencias y costumbres. Pero su condición reflexiva rompía el sosiego de las mentes agraciadas con lo establecido. En su exaltación de los dioses utilizaba alegorías o metáforas, lo que ocasionó endilgarle la creación de otros dioses, tal los casos de sus alusiones al daimon, o al genio, o al trueno.

Gaviria acude a referenciar las dos versiones conocidas de la Defensa de Sócrates: la de Platón y la de Jenofonte, distintas pero coincidentes en los aspectos fundamentales. Asimismo identifica en Heráclito el antecedente de la idea socrática de daimon, y recupera una línea entre ambos pensadores. Incluso acude al testimonio de Diógenes Laercio, quien recoge lectura hecha por Sócrates de Heráclito, con la apreciación de haber dicho que lo entendido por él es muy bueno.

Hay un hecho que reivindica Gaviria: Sócrates es temible para la democracia en Atenas por tratarse de pensador en extremo racional, siendo considerado de mentalidad crítica, sin capacidad alguna para aceptar lo establecido sin el debido discernimiento. El autor resalta, al concluir uno de los apartados: “Sócrates era un gran hombre, pero los atenienses constituían un gran pueblo.”

Gaviria llama la atención sobre lo nefasto que ha sido en la humanidad remplazar el saber por la creencia, es decir, el logos por el mito, que se dio incluso en Atenas. Y llega a cuestionar “Las nubes” de Aristófanes, por haber hecho de Sócrates una caricatura cruel, un contraventor de supuestas costumbres sanas, maestro de majaderías, ducho en hacer triunfar malas causas, pero explica esa obra por tratarse de una comedia que busca apoyo en la realidad para hacer sátira.

En últimas, Sócrates se hizo incómodo para el poder reinante por su método de abordar los temas esenciales, con el diálogo de libre examen, con interlocutores de toda condición, así fuesen transeúntes ocasionales o personalidades consagradas en la sociedad. Ante afirmación categórica del interlocutor, Sócrates revertía con la duda por medio de preguntas, y así sucesivamente hasta dejar al otro sin el advertido sustento en seguridad de las expresiones y las ideas. Gaviria redondea su comprensión de Sócrates al aceptar que la actitud racional de este fue de riesgo para la democracia en Atenas, puesto que todo lo sometía al análisis de la razón, incluso lo sagrado. Y asevera Gaviria, al término del libro, que Sócrates llevó a un grado superior la actitud precursora de los sofistas, para dar mejor cimiento a la democracia en tanto favorecedora del logos y su consecuencia, la virtud.

Popper en la referida conferencia establece que en la escuela jónica, y en general en los Presocráticos, se inventó la tradición crítica o racionalista, la cual se perdió durante dos o tres siglos, a partir de la doctrina de la episteme, de Aristóteles, relativa al conocimiento cierto y demostrable, con la ventaja de haber brotado en el Renacimiento, en especial gracias a Galileo Galilei, y en el siglo XX con Albert Einstein.

“Mito o logos – Hacia La República de Platón” es bello y oportuno libro en estos tiempos tan faltos de mirar la historia sin pasión ni ortodoxia, para recordar, en especial, a los Presocráticos como creadores del pensamiento crítico, con intuición y audacia, en libertad, a riesgo de la vida personal, soportes que fueron de lo más valedero en la cultura de Occidente.


 

Manizales, en Aleph, a 05.IX.2013

 

 

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