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Carlos Eduardo Mejía-Valenzuela: una vida hecha de tenacidad y casualidades

En un principio fueron los ingenieros civiles, los abogados y los médicos quienes tuvieron a su cargo las más variadas tareas en la sociedad, hasta el surgimiento de otras profesiones. Quizá la más versátil fue la ingeniería civil, con profesionales preparados para los múltiples diseños y la construcción, pero también con capacidad de asumir responsabilidades en campos de las finanzas, la gerencia empresarial y los desempeños en la administración pública. Luego aparecieron otras ramas de la ingeniería, la economía y la administración que fueron restringiendo el fuero de los ingenieros civiles.

No hay sector del desarrollo regional donde no hayan intervenido los ingenieros civiles. Fueron los artífices de la infraestructura múltiple, como también de industrias, con liderazgo en sectores financiero y social, sin excluir la política.

Carlos Eduardo Mejía-Valenzuela es un santandereano (n. 1927) que vino a dar a Manizales, por una bienaventurada casualidad, cuando se fundó en 1948 la primera universidad del centro-occidente del país, dependiente de la Universidad Nacional de Colombia, al ofrecerse por esta la carrera de ingeniería electro-mecánica, que devino ingeniería civil al año de establecida. Llegó después de sortear otras posibilidades, entre ellas el estudio de dos años de aviación. Y se formó en nuestra ciudad a la manera advertida antes, en programa de seis años y uno adicional, no previsto pero que se aplicaba en el trabajo de grado. Jóvenes de diversas partes del país acudieron a la cita y de esa manera conformaron la generación de los estudiantes-fundadores, cimiento de una profesión que ha crecido en líneas de profundización y en especialidades, y de la Universidad multiplicada que hoy disfrutamos. Mejía-Valenzuela llegó a esta región para quedarse.

Setenta y dos estudiantes presentaron examen de admisión en las antiguas instalaciones del Instituto Universitario de Caldas y comenzaron clases en el ‘Palacio de Bellas Artes’, que estaba en obra negra. Al segundo año pasaron veintiún alumnos y once culminaron carrera, nuestros primeros egresados. Mejía-Valenzuela resalta la marcada influencia en especial de tres profesores venidos de Bogotá: Humberto Ávila-Mora (matemáticas), Guillermo Castillo-Torres (física y química) y Armando Valenzuela (dibujo lineal y mecánico). Estima que el más importante era el primero, muy serio pero muy humano, quien les inculcó tres compromisos: el prestigio institucional, retribuir a los padres y ser referentes de calidad para las siguientes promociones. Luego afloró su vocación por las estructuras y el concreto con el profesor Tito Vega-Morales, a quien asistió, como estudiante, en ciertos diseños por grafostática en estructuras metálicas.

Mejía-Valenzuela se inició con su trabajo de grado en el diseño del acueducto de Santa Rosa de Cabal: las obras de aducción, la planta de tratamiento y las redes de distribución. Diseños que fueron llevados a la realidad. Pero su vocación estaba en los concretos, con acento en el diseño estructural y en la construcción de complejas obras, cumplidas con rigor y cronogramas que en ocasiones le permitían concluirlas antes del tiempo previsto. Es de mencionar los edificios Esponsión, El Carretero, el Instituto Técnico Industrial, Club Manizales, Los Fundadores, entre otros en Manizales; también en otras ciudades. Obras de complejidad bajo su dirección fueron la central hidroeléctrica de San Francisco, para la CHEC, la construcción de grandes baterías de silos, para almacenamiento y conservación de granos en el Espinal (Tolima) y Montería (Córdoba). Fue asesor para la planeación y desarrollo del proyecto hidroeléctrico La Miel, en el oriente de Caldas. Tendió líneas de alta y baja tensión. En fin, su trayectoria ingenieril ha sido fructífera en múltiples áreas de la profesión, con características de diseñador, planificador y ejecutor gerencial. Innovador, además, en procedimientos constructivos. Como calculista pasó de la regla de cálculo al uso de programas avanzados de sismo-resistencia en computadores, con ejemplar autoaprendizaje.

Su vida ha sido la de una persona con la tenacidad y el temple del santandereano, desplegada con un cerebro forjado en procesos de análisis minucioso, con la consecuencia de haber ejercido liderazgo en los diversos frentes de trabajo, con equipos acompañantes a veces numerosos. Sus aportes en juntas y reuniones tienen la característica de una lógica impecable ceñida a la valoración crítica de la experiencia, sin dar pasos de ciego. Sabe escuchar a los otros y se ciñe a los argumentos para contribuir en las soluciones apropiadas.

Tuve la oportunidad, con Livia, de recoger buena parte de su historia de vida en cerca de seis horas de grabación en audio y una en video, con motivo de los reconocimientos que le hacen la Universidad Nacional, la Universidad Autónoma y la Sociedad Caldense de Ingenieros y Arquitectos que le adjudicó la “Medalla Alfonso Carvajal-Escobar”, y con Juan Pablo Ruiz-Jara, en calidad de productor, hicimos un cortometraje de 15 minutos para esas ocasiones. En su recuento memorioso de vida aparecen circunstancias que él reconoce como “casualidades” que le permitieron avanzar en desempeños y realizaciones. El diálogo no estuvo exento de anécdotas para confirmar la seguridad en el camino recorrido. Mentalidad estudiosa y de rigor, sin quedarse en lo establecido, con capacidad de crear alternativas y soluciones ante problemas, los que le surgían en los diseños y en las obras, y en los diálogos o debates en las juntas empresariales o académicas.

En el período de mis estudios en ingeniería civil, años sesenta en la misma UN,  hubo la circunstancia de él haber sido representante de los egresados en el Consejo Directivo de la por entonces facultad de Ingeniería. Y con la tutoría del Decano Magnífico, Ing. Arq. Alfonso Carvajal-Escobar, creamos en 1966 la “Revista Aleph; sus nombres aparecen registrados en la primera página de aquel número 1. Y algo más atrevido, el que llamamos, con el consentimiento del Consejo de Facultad, “Departamento de Extensión Cultural”, sin oficinas ni funcionarios, apenas unos estudiantes inquietos, no remunerados, activistas implacables de la Cultura.

Al exaltar la vida de Carlos Eduardo Mejía-Valenzuela, se enaltece a quienes siendo los mayores fueron pioneros en la ingeniería regional, con capacidad de ingenio, ejecutorias reconocidas al servicio del desarrollo humano, integral, y rectitud a toda prueba. Referentes para las nuevas generaciones.

 

 

["La Patria", domingo 11 de agosto de 2013;  www.lapatria.com]

 

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