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Lectura y libros: un delicioso enigma

Hay un debate de si el libro en papel desaparecerá, avasallado por las ediciones virtuales, en creciente promoción de ventas. Las opiniones se contraponen. Y no deja de tener cabida la posición media: coexistencia de ambos recursos. Librerías se han cerrado, al igual que panaderías, tiendas de abastos, expendios de cualquier orden, pero nunca se piensa que sus productos serán remplazados por otros, más modernos y eficaces. Y se abren nuevos negocios de lo mismo, o con creciente concentración en supermercados y centros comerciales. La caverna de Platón rediviva, a la manera que expone Saramago en su novela famosa.

 He dicho “recursos” como si los libros, en cualquiera de sus formas, fuesen algo de apelar, o de echar mano para salir de un apuro. La expresión tiene validez. El libro es un objeto, ahí presente, en los estantes, vitrinas o en las pantallas, dispuesto a ser acogido por miradas y por manos inquietas. Podrá despertar la indiferencia pero casi nunca el rechazo, salvo en regímenes que los quemaban. Los autores de libros, comúnmente llamados escritores, suelen esperar, en general, el beneplácito para ser leídos y difundidos, y hasta confiar en alguna retribución económica y de prestigio. Los medios de comunicación se abren a las voces más celebradas por los intereses editoriales consumistas, sin descartar la intervención de intérpretes desprevenidos, con calificación seria de autores y obras.

Aquel debate no terminará en varias décadas, a pesar del asombroso avance de los medios para la lectura seductora en pantalla, sin desconocer la facilidad de disponer de dispositivo con no más de 250 gramos de peso que puede portar mil, dos mil, tres mil y más volúmenes, gran parte de ellos descargables gratis o a muy bajos precios. Debate no exento de intereses utilitarios. Sabemos de autores y artistas que murieron en la penuria, cuyas obras fueron descubiertas como notables muchos años después, favorables a la más amplia difusión, para satisfacción económica de albaceas, descendientes y empresarios con visión estratégica en el mundo del libre mercado.

Leer es detenerse en algo, para atrapar con los sentidos una señal, un mensaje, o por mera curiosidad, quizá con despertar del entendimiento, y hasta del diálogo en el silencio. Se lee un rostro, un paisaje, un crepúsculo… Se lee una expresión plástica. En lo simbólico, también la música es susceptible de lectura, en las representaciones en vivo, o al escucharla con atención. Leer es atender unas señales de cualquier orden, y hacer de ellas un deleite o un rechazo. También indiferencia. Pero aquellas suelen despertarnos oportunidad para la comprensión, en el caso del arte para interpretaciones libres, no exentas de falta de concordancia entre la intención del autor y las ocurrencias del lector/apreciador.

El libro, en cualquiera de sus manifestaciones, es disposición continua para ser palpado, apreciado, motivo de comparación y de conversación. Hay quienes despiertan sensaciones de gusto por (h)ojearlo, por olerlo y demás percepciones primarias. Y hay otros que sin acercarse de la manera misma, no dejan de nutrirse con sus palabras, las especulaciones, invenciones, metáforas, razones y hasta por los vacíos que despiertan sorpresas en lo críptico. Lectura y estudio pueden disminuir en nosotros ese potencial desafortunado por lo monstruoso y violento, asomos del instinto, tan recreado por Dante en el Infierno, al abrir paso a formas de interpretación propicias del libre examen, con serenidad de espíritu, y apertura al entendimiento con los demás, en las diferencias. Incluso el anonadamiento podría, con Baudelaire, ocasionar la destrucción del mundo. El fin no ocasiona justificación de los medios. Siempre alertas podremos encontrar camino por recorrer, de la mano de la lectura favorable a la interpretación.

Los ‘bibliofilómanos’ vivimos inmersos en ambientes invadidos, que suelen incomodar, pero las aperturas actuales a otras formas de acceso al libro nos dan esperanza que en el futuro no muy lejano las cosas irán para mejor. Pero, como decía el personaje aquel, en el tiempo prolongado todos estaremos muertos. Por lo pronto hay que compartir esas formas, en especie de seguir la línea media. En bibliotecas de avanzada comienza a darse espacio de importancia a los libros de “valor patrimonial”, considerados a veces como antiguallas, con despliegue de lo insospechado en el mundo digital/virtual, en simultaneidad con las “bases de datos”, de capacidad ilimitada. Niños y jóvenes leen más en las pantallas que en las hojas de papel. El futuro dirá de la predilección dominante. Por lo pronto, la coexistencia de esas formas es lo más indicado de alentar, en mayor grado para quienes sobrevivimos de la era Gutenberg.

Incógnitas brotan de las nuevas costumbres en el acceso a la información. Quizá habrá modificaciones en la conciencia, actitudes y sensibilidades distintas, maneras prácticas de asumir responsabilidades en indagación y en la escritura. La educación sabrá adaptarse a los avances tecno-cibernéticos, sin quedar atrapada en el medio.

La literatura no debe quedar circunscrita a poesía, cuento, novela,… Debería ser estimada un mundo mayor, así lo establece George Steiner al entenderla como “un lugar que no es un lugar, un tiempo que el tiempo no cuenta, una lengua que no es el lenguaje.” Lugar, tiempo y lenguaje, objetos del deseo, anticipo del conocimiento y de la revelación. Literatura manifiesta en los libros, en las revistas, en los periódicos, en los muros, en los silencios de las miradas provocadoras y en los labios que musitan quejas. El libro es la ambición y el deseo, la conjetura y la sorpresa, la indiferencia y el grito, el brillo momentáneo y el desparpajo que desliza la cautela.

Al preguntársele a un experto mundial en medios digitales por el futuro del libro en papel, respondió de manera tajante, sin sonreír ni confundirse: ¡desaparece!, sin la menor duda. Cifras porcentuales suelen parangonar las tendencias, a veces con caída en ventas del libro físico, y crecimiento de las ediciones digitales. En reciente pesquisa por Bogotá indagué en una gran librería por esa tendencia, y me respondieron que continuaba creciente la venta del libro en papel. Y en las librerías de viejo pululan las ediciones patrimoniales, con manos pródigas en su cuidado, e infaltable paso de clientela ávida. Mi más reciente hallazgo fue, en estas, “La poesía de San Juan de la Cruz”, de Dámaso Alonso, con el apoyo de su mujer, Eulalia Galvarriato: el número 171 de la colección Crisol, en Aguilar, Madrid 1946. Obra de minucioso estudio filológico, con apreciación de la presencia coexistente del endecasílabo italiano con el octosílabo de tradición castellana, en el insigne autor.

Es decir, seguimos en las mismas, con los mismos. Pero animados de ir adelante. En mi caso, ya porto en mi iPad-mini 61 libros digitales seleccionados de los predilectos en la historia de lecturas personales. Y bajados en maravillosa condición, por epubgratis.me. Es decir, ya podré quedar en la isla del naufragio... Ah, pero me hace falta una batería recargable de energía solar.

 

[“La Patria”, 14.VII.2013;  p. 2-c – www.lapatria.com]

 

 

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