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La vida es el supremo deber

Suele hablarse de los derechos y deberes, más de los primeros, en organizaciones laborales y estudiantiles, con el ánimo de conseguir un mejoramiento continuo. Las constituciones en los países consagran principios generales en ambos campos, al igual que los estatutos fundacionales de empresas e instituciones de diverso orden. Por casualidad feliz encontré enlace en una red social de acceso al libro “De nuestros deberes para con la vida – Reflexiones sobre la convivencia entre los seres humanos y de nosotros con el cosmos” (1999, 2008), escrito por el científico social y hombre de letras Gustavo Wilches-Cháux (consultor internacional en prevención y atención de desastres), quien al abordarlo me hizo llegar un ejemplar en físico. Material que aproveché para un estudio compartido con mis estudiantes en la “Cátedra Aleph”, versión 22, como paréntesis en el estudio afín de “La creación” de Edward O. Wilson. Se trata de trece lecciones concebidas como reflexión para tareas educativas en comunidades de paz, a favor de la vida, con la esperanza de reasumir responsabilidades para enmendar malos caminos, de plena vigencia.

                                                Editorial El Búho, Bogotá 2008; ISBN: 978-958-9482-64-3

Me recuerda la “Cartilla moral” de Alfonso Reyes, el insigne humanista mexicano-universal, quien fue convocado por el gobierno de su país para escribir unas lecciones sencillas que apoyaran la campaña de alfabetización, emprendida a comienzos del siglo pasado por la revolución mexicana, con tópicos concernientes a los rudimentos en la formación personal y a las conductas sociales, especie de urbanidad, o de programa de cultura ciudadana, con sentido laico, profundamente respetuoso de la diversidad de creencias.

Wilches-Cháux se ocupó de modelar su obra con un sentido místico, igualmente laico, concordante también con Wilson, en implícito llamado a la alianza religiones-ciencia para salvar la vida en el planeta. Varias preocupaciones inscriben el relato, con uno de mayor hondura: el desfase profundo que existe entre el quedado desarrollo de la ética, como instrumento del amor, y la despampanante evolución de la ‘tecnología’. Problema que lleva al autor a desear vivamente un mayor ritmo en la ética, con el fin de descontar la ventaja e ir a la punta, para que sea ella la que oriente los procesos de desarrollo integral. Semejante desfase ha llevado a generar conductas agravadas en los comportamientos humanos, con repercusión en el deterioro medioambiental, y en la subvaloración de las demás especies, e igual en las ligerezas de comportamientos personales y colectivos, con manifestación en la corruptela y la violencia tan generalizadas.

La comprensión de Wilches-Cháux es unitaria, al considerar que somos un todo, biosfera/universo. Estima que no solo nosotros somos portadores de conciencia, también los otros seres bióticos y abióticos, a su manera. La Tierra es un ser vivo, de la que hacemos parte, con manifestaciones de ella y del universo en nuestra conciencia. La maravilla de todo lo que existe debe ser motivo de constante alegría, con ejercicio de capacidades alcanzadas en amor, creatividad, respeto, solidaridad, compasión,… el milagro de la existencia. Pero hemos sido inclementes con la vida de las demás especies, por la insostenible idea de ser los humanos la merecedora de dominar a las otras, con ejercicio de crueldad entre nosotros y con aquellas.

Si la biosfera es una telaraña compleja de seres (bióticos y abióticos) con sus interrelaciones, debemos sobreponernos a lo enceguecidos que estamos con el saber y el poder, cuyas consecuencias se manifiestan a diario por el apego al dios dinero, de efectos en la creciente inequidad por la concentración en unos pocos de la riqueza. Y quedan al lado cualidades rezagadas, de rescatar en la formación y ejercicio de los humanos. Las devastaciones ocurridas, de todo orden, llevan al autor a considerar a nuestra especie como una verdadera “plaga”, en condición de ser recuperada para mejores, aunque arduos, senderos, en tanto alcancemos a privilegiar, de manera calificada, el poder del espíritu.

Wilches-Cháux apela a la necesidad de lograr una profunda redefinición de la cultura, con una ética biocéntrica, y no antropocéntrica, resultado y expresión de procesos cósmicos, biológicos y culturales, manifiestos en las características propias y en las maneras de interactuar a lo largo de nuestras vidas. Una concepción de esta naturaleza conduciría a aceptar que nuestros derechos y deberes son función de los seres circundantes y de sus relaciones recíprocas. Hay una “voluntad de vida” manifiesta y ejercida en el universo.

Interesante la consideración de asumir normas que en lo local ocasionan buenos resultados, con la posibilidad de, a partir de ellas, transformar lo global. Con motivo del “Mandato ciudadano por la paz”, expresión de diez millones de colombianos en 1998, Wilches-Cháux formuló la propuesta de organizar los “militantes de la esperanza en acción”, con el uno por ciento de los colombianos que votaron por esa opción, para promover el amor, el perdón, la armonía, la verdad, la fe, la esperanza, la luz y la alegría, en vez de continuar con el odio, la ofensa, la discordia, el error, la duda, la desesperación, las tinieblas, o la tristeza, alineado con la panteísta oración de Francisco de Asís. Con expresión en una forma de voluntad cotidiana. De este modo saldríamos adelante con el que llama “comportamiento emergente”, idea asumida de Thomas Berry, uno de sus orientadores.

Expone la situación de los efectos ocasionados por el modelo económico reinante (economía de libre mercado, neoliberalismo, globalización), con la esperanza que en varias generaciones pueda llegarse a otro, favorable a la equidad, con libertad y justicia.

Wilches-Cháux tuvo en Colombia protagonismo constructivo al haber asumido la responsabilidad de conducir la recuperación de zonas  afectadas por los terremotos de 1983 (Popayán y vecindades) y el de 1994 en la región de los indígenas Páez, en el oriente del departamento del Cauca, y en cabeza de la “Corporación Nasa Kiwe”, con trabajos comunitarios de reconstrucción. Y ocurre que en esa región Páez nació la inmensa poeta Matilde Espinosa (1911-2008), de quien reproduce bello y estremecedor poema, que en sus primeros versos dice: “Saber callar/ en el instante mismo de la pena/ cuando los labios –roto temblor-/ entierran la palabra y el sollozo.”

La obra concluye con especulación acerca de lo probable que sería el encuentro con seres extraterrestres, con diversas reacciones hipotéticas que explora, pero a la vez admite la posibilidad de surgir vida a partir del silicio de manera semejante como la existente en la Tierra que parte del carbono.

 

[“La Patria”; domingo 12.V.2013;  p. 2-c;  www.lapatria.com]

 

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