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Convergencia de persona y dignidad

Sale temprano en la mañana de la pensión donde reside en el centro de la ciudad. Recoge en la distribuidora los periódicos y los billetes de lotería que le corresponden para la venta del día. Toma un bus y va a dar al barrio “Residencias Manizales” para entregar los primeros siete ejemplares de contrata en una fábrica. Luego sube penosamente a la avenida Santander y emprende con lentitud y con descansos a cortos trechos, en procura de realizar los productos en sus manos.

Se trata de una mujer con menos años de los que aparenta, por aquellas dificultades de la existencia. Originaria del municipio de Simijaca, de familia campesina desplazada por la violencia en 1948. Llegó muy niña a Armenia y luego a Manizales, donde sobrevive desde 1976 con la venta ambulante de periódicos. De estatura no más de 1.30, bordón corto en mano, piernas engrosadas por las dolencias, cuerpo inclinado por el trajín acumulado y el peso de los periódicos. Traje pulcro, con bufanda de gracia al cuello. Sus labios trazan cordialidad con los clientes, o con los caminantes que de pronto la saludan. No da muestra alguna de angustia o de incomodidad con el destino que le tocó.

Maria-Celina Cabra, vendedora de periódicos y lotería

Livia y yo, asiduos en esa vía céntrica, la solemos encontrar por el sector del Cable. Nos saludamos con afecto, e intercambiamos algunas palabras de estímulo por el mutuo bienestar. A veces nos dice de su dolor de columna. Se sienta a trechos en los bolardos, en gradas y en algunos muros bajos que bordean andenes. Los domingos se ubica en el pequeño atrio de la iglesia de la Santísima Trinidad, sentada en reborde, para cumplir precepto y con los materiales a mano mientras algunos feligreses le compran. Su necesidad es recaudar cada día el dinero para alimentarse y pagar la noche de la pensión. Y con estrechez lo consigue sin falta. Esa férrea voluntad no le da tiempo para postrarse de sus dolencias.

 Figura emblemática de la Santander, al igual que otros con más desolación y evidencias de penuria en sus espíritus; algunos desarrapados, y de vez en cuando malandrines. Ella es la encarnación de la dignidad misma. A nadie le pide nada. Atraviesa la avenida por las cebras, en el momento oportuno, patojeando. Su rostro revela un espíritu de sosiego en medio de dificultades y carencias. Pensamientos limpios, conductas ejemplares. Bella. Nos hace falta su saludo, y la despedida: “que les vaya muy bien a los dos juntos”. Recorremos el tramo siguiente con reflexión en diálogo: esta mujer nos da ejemplo en todo, por su evidente dignidad. Asidua en el trabajo al saber que su existencia depende de lo que haga en cada jornada. Ninguna otra ambición que vivir el día, y estar lista para el siguiente, en la misma rutina.

Dignidad es palabra consagrada en los diccionarios, identificada con el sentido de nobleza en el trato, y del respeto de sí mismo. Pero también toma el sentido de cargos honoríficos y de autoridad. Atribuible a la persona que merece respeto por ser quien es, en especial por sus cualidades. Dignidad se asemeja a humildad, con parentesco cercano. Y es antípoda de arrogancia y soberbia. Aquella mujer es digna y humilde, de humildad por su situación social, pero elevada a condición de personalidad no por la pobreza, sino por llevar la vida sin quejas ni reclamos, ni ambición otra que la de sobrevivir por sus propios medios, ajustada a la dura realidad. Fe profunda en la vida y en la trascendencia de su intimidad.

El vocablo dignidad en tratados no corresponde a la práctica cotidiana. A pocas personas podrá uno reconocerles ese atributo, con integridad y plena convicción. Excepciones las hay, referentes en una sociedad carente de valores dignos de exaltación de la condición humana. El utilitarismo y el apego desmedido al dios dinero, se llevan por delante otros que realzan la vida, emuladores por lo alto del ejercicio de seres dotados de conciencia y de capacidad solidaria.

De nombre Maria-Celina Cabra. Portento de mujer, ejemplar en la brega noble por la vida. Sin otros apoyos que un modesto palo de macana y su recia voluntad para levantarse cada día, llueva o truene, en la infatigable tarea de conseguir el sustento y el pago de la pensión, para la noche de los sueños, los recuerdos, las cavilaciones, quizá nostalgias. Ningún odio tiene asiento en su espíritu. Nada de resentimiento. Ambiciones nada. Nobleza de carácter, cordialidad de palabra, mirada tierna y compasiva, a través de lentes que tienen el sello de unos ojos cansados.

Maria-Celina es amiga adorada, peregrina con un trasegar de tiempos que van quedando atrás, como hojas diseminadas en el camino. El horizonte no le es de invocación o súplica. Su realidad está marcada, y sabe del fin que a todos nos espera, en general sin previo anuncio. Pero mientras respire y pueda levantarse, el oficio la reclama. Digna mujer. La mayor dignidad que hayamos podido encontrar en nuestro propio deambular por estos senderos, a veces pedregosos, no carentes de momentos de felicidad compartible.

Su vida es un poema en nuestros corazones, un llamado clamoroso en la conciencia. Una súplica por el bien común. Un modelo para no quejarnos de nada, los que hemos tenido algo más que lo básico para sobrevivir en nuestros propios fueros. La suerte, el destino, el azar… Explicaciones inabordables. Justificación de no conseguirse.

 

[“La Patria”, domingo 14.IV.2013;  p. 2-c;  www.lapatria.com]

 

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