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ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
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Emma Reyes: mujer que respeta solo lo vivido

La historia comienza en Germán Arciniegas, quien de vieja data ha estado como animador cerca de la vida y la obra de Emma Reyes, con intercambio nutrido de correspondencia, con encuentros en diversas ciudades del mundo. Una cierta vez, el maestro Arciniegas me compartió una libreta de Emma Reyes, con relatos alucinantes: su veta oculta de escritora; le pedí autorización para publicar alguno de ellos y tal se hizo en páginas de esta revista. Así ocurrió en otras oportunidades. Desde entonces, y con la venia del Maese, me comuniqué con la afamada pintora. Cartas van y cartas vienen. En la Aleph No.100 colaboró también ella con escrito singular.

Por otra parte se suma el antecedente de haber sido Emma Reyes la primera esposa de nuestro escultor Guillermo Botero-Gutiérrez, en sus tiempos de formación y trabajo en Montevideo (años 40). Se encontraron y ambos fueron a dar a Caacupé, en Paraguay. La historia conjunta duraría poco más de un año. Emma va a París, merecedora de una beca que obtuvo en Buenos Aires, y el maese Guillermo siguió su camino por el sur, con historia también larga. Esa vida en común tiene relato en páginas del libro “Y fue un día”, escrito de memorias de Botero, publicado en 1997 por la Universidad Nacional de Colombia, en Manizales.

 Emma Reyes y CER, en su taller de Burdeos (1998)

Emma Reyes, colombiana, se desprendió casi niña de su tierra natal (Bogotá) y tomó vuelo, ahora con más de cincuenta años de vida intensa en Europa, paseándose de una ciudad a otra con su atelier: Roma, París (en la calle Cassini, primero y luego en la calle Pernety), Jerusalén...  Perigueux, Bordeaux. En esta ciudad francesa, epicentro de la Dordoña vinícola, ha recogido sus recuerdos, en una vieja y bella casa de dos plantas con mansarda. En la misma tiene su espacioso y ordenado taller donde sigue trabajando lienzos de gran formato con los motivos del trópico: aquellas flores exuberantes y sensuales, y los cortes de frutos provocativos. O los rostros fantásticos bajo el drama también de estas latitudes donde Emma llegó a la vida.

 Otro ingrediente se suma al interés que fui cobrando por Emma. Al haber entrado en comunicación escrita, directa, me enteré de un cuadro suyo que había elaborado bajo la conmoción que le causó en París la noticia del desastre de Armero, población colombiana que desapareció con motivo de la erupción en 1985 del cráter Arenas, en el volcán-nevado del Ruiz. Aquel rostro de Omaira que tocó la sensibilidad del mundo, por intermedio de todos los medios de comunicación, bella e indefensa, atrapada en los escombros con su cabecita morocha e implorante sobresaliendo del lodo, le quedó para siempre a Emma como espina de intensa mortificación en su sensibilidad delicada. En medio de la conmoción pintó un gran lienzo de 1.35x2.00 mts., una especie de flor verdi- blanca enorme, de donde fluyen pedazos de pétalos a torrentes, y en medio de la avalancha aparece en un extremo inferior la carita clamante de la inmortal niña. La derrota de Omaira, al no haber podido ser salvada por nadie del mundo entero, es quizá una de las mayores reiteraciones simbólicas de la derrota de la Humanidad frente a la naturaleza y frente a sí misma.

Ese gran cuadro lo había enviado la autora al Museo “La Tertulia” de Cali, donde permaneció a la espera de un sitio más cercano al lugar de la tragedia, en deseo de Emma, como testimonio que referenciara por siempre el gran drama del ser humano, en una nueva expresión.

Como directivo universitario que yo era le ofrecí un espacio, un ámbito de recepción en Manizales. Vencí sus reticencias, al considerar en principio ella no haber tenido nada que ver en su vida con universidad alguna. Cuando la obra se trasteó a esta ciudad, yo ya estaba fuera de la Universidad, por motivos -como dicen por ahí- de fuerza mayor. Pero poco antes ya la había visitado en Bordeaux, donde hablamos largo sobre temas, los divinos y los humanos.

Le propuse entonces que la entregásemos al Fondo Cultural del Café, donde reposó de septiembre de 1998 a junio de 1999. Pero ella, todavía susceptible con el sector de los cafeteros no quiso por nada del mundo que quedase allí. Se invocó el Museo de Arte de Pereira, donde finalmente fue a parar, por destino propio de la autora.

La vida de Emma parece plácida y un tanto solitaria, con la cercanía eso sí de su esposo, el médico Jean Perromat, un jubilado de la marina francesa, y también por algunas personas que conservan su confianza. Pero la comunicación escrita y el teléfono la mantienen bien informada de lo que ocurre en Colombia, pero sin poderle ver salida a este berenjenal que padecemos en la tierra del olvido.

Su vida ha sido de lucha permanente por conquistar un espacio en el arte del mundo. De verdad que lo tiene, más en Europa que en su propia tierra. Desde muy joven conquistó opinión favorable de buenos catadores de la plástica, en los sectores de la escritura. Alberto Moravia en 1956, por ejemplo, calificó su pintura como  “llena de obsesión  deformante y de búsqueda estilística, rigurosa y rica...”   De igual modo Sandro de Feo, en Roma, dijo: “Basta dar una mirada para darse cuenta que Emma Reyes ha resuelto o se encuentra a punto de resolver uno de los problemas más complejos del mundo moderno: quiero decir que ella ha sobrepasado el punto muerto de lo decorativo...”  En Jerusalén, Th. Meyssels escribió: “... Su obra es de las más originales realizadas por los artistas latinoamericanos que hemos tenido el placer de contemplar en Israel.”

A su vez, nuestro gran Manuel Mejía-Vallejo escribió bella página en 1955, al haberla encontrado en la Casa Guatemalteca de la Cultura, proveniente Emma de México, bajo el impacto de “su personalidad incuestionable, la seguridad de una amplia y honda vida interior, la honradez y solvencia de sus conceptos, las claras ideas que sobre el arte y las cosas se ha formado a través de los viajes, del contacto con las culturas europeas y americanas.” Y califica su obra de “simplicidad con calidad, y volumen, y espacio y variedad cromática, que no hacen de su pintura meros dibujos en colores o estampas llamativas sino algo hondo... Hay en todos los cuadros suyos una gracia primigenia, voz auténtica de su sensibilidad, algo tan natural como la sombra a la luz. En la obra de Emma Reyes, América, lo americano, tiene exacta cabida, trasplante de lo autóctono trascendental a lo cosmopolita, salto de lo típico raizal a lo que se universaliza por gracia y milagro del arte.”

Pasados los años, ese concepto de Mejía-Vallejo puede leerse como profético, puesto que toda la obra de Emma siguió en esa pauta de profundizar lo americano como expresión, sin quedar en lo folclórico, trascendiendo, con fuerte acento cosmopolita. Bastante le ha servido su trashumancia por el mundo, sin dejarse enredar en las veleidades formalistas o de modas, por imitación, de otras latitudes. El sentido de la expresión plástica lo ha tenido bien aguzado desde temprano, olfato que llaman, y decantado hacia la esencialidad, con el correr del tiempo ineludible.

Max Aub, calificó su obra de “pintura sabia y plena del verdadero soplo de lo universal.”  Mario Volpi dijo: “El arte de esta pintora es a la vez elemental y refinado, auténtico e instintivo. En toda su obra está presente una verdad que se expresa con un vigor que raramente encontramos en los artistas contemporáneos.” El director del Museo de Arte de Haifa en Israel, F. Schiff, con inocultable emoción expresó: “Jamás habíamos visto imágenes tan auténticas. En este mundo de miedo y amor, una voz humana nos habla...”

La infaltable Marta Traba, quizá antes de conocer de las antipatías de Emma, se refirió así a su producción: “Sus obras la acusan con tanta violencia como simplicidad: se lee en ellas, a primera vista, su espíritu directo, su fortaleza de visión, su claridad conceptual, su inequívoca voluntad de reducir el universo de las formas a un esquema claro y enérgico.”

Y Germán Arciniegas, uno de sus principales admiradores, seguidores y promotores de su obra, en la pintura y en lo que escribe, ha publicado muchas veces sobre ella, en columnas de prensa, en libros, en catálogos. Así, en una columna reciente dijo: “Si su pintura, que es lo que se hace para imaginar, se quedara imaginando lo de su vida, sería estremecedora. Pero el arte distrae. Es para llevar fuera de sí. Distrae. Emma es polémica. Contradictoria. Subversiva. Es ese tipo de suramericano fabuloso que sorprende imaginando. Arma tertulia en México con Diego Rivera, en Roma con Alberto Moravia, en París con los existencialistas de Sartre... /  Es la madrina de cuanto pintor colombiano llega a París. ¿Cómo ha llegado a la tertulia de los de Sartre, a encontrarse con Ezra Pound, a las tertulias de los estudiantes, a que la llame Giulietta Massini, a que la elogie Diego Rivera, a que la quiera como hermana María Zambrano, a que la necesite Atahualpa Yupanqui, a que todos la quieran? /  Jamás adulando. Polemizando sí, levantando el argumento contradictorio en un francés roto, en un castellano que no es. Con una grandeza salvaje que está pintada toda en la flor de la biblioteca de Perigueux, cuya belleza americana habría conmovido a Montaigne.”

Así es Emma Reyes, al igual que su pintura: imaginativa, exuberante, innovadora...

Emma Reyes ha participado, como es natural, en muchísimas exposiciones colectivas (Milán, París, Perigeux, Madrid, Roma,....) e individuales (París, Nueva York, México, Miami, Roma, Milán, Jerusalén, Haifa, Tel-Aviv, Bogotá, Cali, Medellín, Perigueux, Caracas, Bruselas, Barcelona, Marsella...)

Ahora, en el sosiego de su espacio de Bordeaux, reclama vida para seguir contando y cantando con los acrílicos en el lienzo. Desde el altillo de su habitación medita mirando al entorno, entre las volutas que se desprenden de su delgado cigarrillo blanco, y escribe páginas con su letra grande, con una ortografía castellana irritante, en finos papeles sedilla casi siempre verdes, historias que recupera de su memoria por el trasegar del mundo, como alucinaciones, como mundos macondianos sin parecerse, como en la pintura, a nadie. Es singular en la vida, en sus opiniones, en su producción reconocida, tanto menos valorado lo que escribe, pero tomará también vuelo, con sorpresa para muchos.

Tenía concertada con ella la visita. Llegamos Livia y yo por tren desde París a Bordeaux, atraídos por esa magia americana de Emma Reyes y tras las huellas de Montaigne. Nos alojamos en el hotel Clemenceau, cercano a su casa, la que visitamos con largo tiempo de conversar y observar. La mesa estuvo dispuesta por Jean Perromat, el esposo, con pato en el plato central y vino rojo de la producción de la familia. Ambos ejercen sin falta el pacto de preparar la comida quien no sea el receptor de la visita. La pequeña grabadora Sony no se detuvo un minuto en dos días de diálogo, de ir y venir, con los intervalos propios reclamados por el descanso.

Lo que sigue son apartes testimoniales de ese encuentro con el que recorrimos los tiempos tempranos de Buenos Aires y Caacupé, hasta los de la madurez reciente en el Perigord y la Dordoña. Las conversaciones comenzaron en su casa de la calle Mazarin, y terminaron al otro día en una estupenda cena en el Café Regente de la Place Gambeta, sobre la calle Clemenceau, frente a nuestro alojamiento.

Su casa es discreta y bella, con la decoración propia de una mano de artista y los testimonios selectos del pasar el tiempo. Los cuadros suyos están por todas partes, hasta en los baños. Pero hay uno que impacta más fuerte: el retrato que le hizo Luis Caballero, quizá la única mujer que pintó este gran artista colombiano. Rostro masculino, irritante. Ella lo conserva con sentimiento especial, a pesar de la dureza.

-¿Tiene usted la impresión de que Bordeaux es una ciudad muy bella pero muy triste?

Sí, pero es largo de recontar. He tenido la fortuna de vivir en las más bellas ciudades del mundo, comenzando por Italia: Florencia y Venecia por meses, y Roma por años....  Es quizá por la monotonía, todo es del mismo color; no existe acá la sorpresa de encontrar una plaza divina. Cuando decidimos Jean y yo venirnos a vivir a Bordeaux visitamos más de cien casas para finalmente escoger la que habitamos ahora. No porque seamos muy exigentes. Las casas en general conservan sus fachadas y por dentro están divididas en apartamentos para tres o cuatro familias. Y nos decidimos por ésta, de unos ciento cincuenta años, en virtud de sus cualidades tanto de fachada como interiores que se conservan. La renovamos con apoyo de un arquitecto. Vivíamos antes en Perigeux,  la ciudad donde nació Jean.

- ¿Continúa pintando?

Claro, la pintura es la pasión de mi vida. Paso casi todo el tiempo en mi casa, en el taller, con trabajo de unas seis a ocho horas por día. Y suelo escribir unos relatos que le envío a Germán Arciniegas quien goza con ellos en medio de la vida triste que lleva; ahora estoy terminando uno que tiene por título “Nueve días y nueve noches”.  Tuve un leve accidente cerebral hace un año del cual me he repuesto casi del todo, y volví al trabajo.

- ¿Qué impresión conserva de Germán Arciniegas y cuándo lo conoció?

Es el más bello ejemplo de vida que he tenido. Tanto él como su esposa Gabriela y sus hijas se convirtieron para mí en la familia que yo nunca tuve. Compartimos tantas experiencias juntos, en diversas ciudades del mundo. Germán nunca dio pasos en falso, dentro de una apariencia simplota. Es tal nuestra amistad que he heredado de él tanto sus amigos como sus enemigos.

Lo vi por primera vez en París, en 1947. Fui invitada por la Embajada de Colombia a un acto de la firma de los “Derechos del hombre” en la Unesco, con Jaime Torres-Bodet, un mexicano que era su presidente. En un ascensor íbamos tres personas: Germán Arciniegas, otro señor y yo; nadie conocía a nadie. De pronto el señor, que era un escritor japonés o chino, dijo: “Yo adoro este ascensor, porque yo puedo oír el francés en todas las lenguas del mundo...”.  Se trataba de Lin-Yu Tang, de quien me había leído su libro “La alegría de vivir”, donde refiere diez motivos de felicidad, entre ellos por ejemplo: llegar uno a la casa y quitarse los zapatos, tirándolos lejos; he ahí un motivo de felicidad.

Ese señor hablaba solo en el ascensor, y los otros dos soltamos la carcajada. Germán se le presentó, y yo también lo hice diciendo “soy Emma Reyes”. Germán Arciniegas volteó a decirme: “¿Usted es la colombiana Emma Reyes... ?,   pero no...”  Y hasta hoy ha existido una profunda amistad entre los dos, sin una nube de por medio. Poseo talvez unas cinco mil cartas de él, y en todas me llama Emmísima. Es un hombre transparente y generoso, pero no en lo material porque ha sido avaro a morir. Es un gran soporte moral.

- ¿De qué edad salió de Colombia y con qué destino ?

Quizá de unos 20 años. Desde muy pequeña me di cuenta que tenía que salir, porque yo era sola, sin familia y sin posibilidades de educación. Me levanté en un convento de monjas de la caridad. Colombia no me podía ofrecer nada. Además tenemos la peor herencia de España. Tuve la ambición de ir a un país donde no tuviese ninguna referencia de pasado, del que yo vengo. Viajé por tierra recorriendo Sudamérica, en todos los medios imaginables de transporte. Y trabajaba en las pensiones, haciendo los oficios y me pagaban lo que querían; dependiendo del pago decidía si me iba más o menos lejos en la continuidad de mi viaje. Así, en tres años llegué a Buenos Aires, donde encontré apoyo en trabajo con un arquitecto hermano de Ministro, copiando planos, pero a los tres días me revisaron el trabajo y fue una locura porque no respetaba las dimensiones; entonces el arquitecto me regaló el equivalente a tres meses de salario para que me fuera a buscar otro empleo. Cada día miraba los periódicos, pero la condición de ser extranjera no me favorecía para obtener trabajo. Entonces decidí irme en barco a Montevideo, antes de acabar con el dinero que me dio el arquitecto. Dejé la maleta en la estación y me dediqué a revisar en los periódicos las ofertas de trabajo. Alquilé una pieza para dormir. A los tres o cuatro días sin encontrar nada que hacer, decidí pasar por la Embajada de Colombia. De allí me enviaron donde Guillermo Botero, quien vivía en un galpón hecho con cañas y tablas, en Río Malvina, una quebrada miserable, no lejos del mar. Botero trabajaba con un escultor reconocido como Gonzalito, autor de un Artigas. Era lugar de exiliados, en su mayoría comunistas. El cónsul me acompañó y todos los que allí estaban me acogieron. A Guillermo Botero lo conocía todo el mundo con el nombre de “Colombia”. Me lo presentaron. El escultor “Gonzalito” lo había adoptado para su taller, porque le servía como amigo y le cuidaba el entable en sus frecuentes viajes.

En ese lugar se reunían todos los fines de semana a hablar y hablar. Botero trabajaba allí sus tallas en madera.

En Buenos Aires ya había comenzado yo a pintar. Y en Montevideo aquellas personas me construyeron con tablas y cañas una pequeña pieza en el taller, que tenía como siete metros de alto, a la cual se subía por una escalera. Yo quedaba entonces allá arriba, como una especie de reina todo el tiempo. Pintaba cuadritos de memoria, con recuerdos de esos mercados que había visitado en Ecuador, Bolivia, Perú...  De esos mercados latinoamericanos me impresionaban mucho los puestos de venta de ollas de barro.

Nació rapidísimo con Guillermo un romance; me habló de matrimonio y yo dije que sí. Los dos convinimos en hacerlo por lo civil. Pero pedí que nos fuéramos a vivir a otra parte, no en el taller de Gonzalito. Además Guillermo tenía ya su gran proyecto de vida de artista. Le metí en la cabeza ir al Paraguay, puesto que me faltaba conocer ese país.

Y  Guillermo Botero soñaba con trabajar las maderas más duras de América que son las del Paraguay, como el “quebracho” y el “labracho”, entre otras. Me fui adelante para buscar la forma de instalarnos. Encontré un amor de casa en Caacupé. Fue el período donde mejor pudimos habernos comprendido, sin interferencia alguna de aquellos que en el taller de Gonzalito vivían hablando de política. Sinembargo era usual que él me señalara como burguesa tanto por mi manera de vestir como por mis peinados.

Nuestro destino lo arregló la guerra, entre los rojos y los colorados, una guerra atroz. En la frontera con el Brasil yo vi una escritura en un monumento que no era más que una piedra, donde se decía: “Aquí quedaron cobardemente asesinados por un paraguayo catorce chilenos”. Acabaron con los hombres en la guerra del Chaco, quedando nueve mujeres por cada hombre.

Otra cosa interesante, la calle principal de Asunción se llama “La Gran Colombia”. En esa capital asistimos Guillermo y yo a un almuerzo oficial con el Embajador de Colombia. Allí se habló de la “guerra de la triple alianza”, conformada por Argentina, Brasil y Uruguay, los tres contra el Paraguay. Colombia en esa oportunidad se levantó en apoyo al Paraguay, con aporte de voluntarios. Y en reciprocidad se produjo una ley declarando a los colombianos ciudadanos del Paraguay.

Me quedó la sensación de ser los paraguayos unos ciudadanos adorables.

Los dos trabajamos mucho en Caacupé, por supuesto que él era ya un escultor de profesión y yo apenas empezaba con los dibujitos. Quienes venían a nuestra casa me compraban esos papeles pintados, que era más fácil que comprarle a Guillermo sus tallas.

Salí de Caacupé para Buenos Aires, con una infección en una pierna, afectada de “leishmaniasis”. No se porqué Guillermo no vino en ese mismo barco. Cuando se viven cosas intensas, las otras se desvanecen solas. No tuve que hablar con él para explicarle nada. Todo se acabó entre los dos, y en pocos días él decidió volver a Montevideo, al taller de Gonzalito. Esperé a que Guillermo me escribiera, pero nada. Me gané luego una beca en 1947 en Buenos Aires para ir a París. En el barco que venía para Europa conocí a Jean Perromat, un médico que es mi esposo desde 1960.

El barco permaneció como cinco horas en el Puerto de Montevideo, y pensé que debía tomar un taxi e ir a ver a Guillermo para decirle de mi nuevo destino. Tal hice. Hay visiones que uno no pierde de la vida, aún en medio del silencio. El barco había quedado frente a una plaza enorme. Yo subí con Guillermo al barco, incluso a mi cabina donde tenía un caballete que me llevaron los amigos pintores. Lo acompañé para su regreso bajando las escaleras del barco y cada vez que pienso en él lo veo atravesando esa plaza enorme, como durante una hora, sin volver la cabeza...

Finalmente éramos muy distintos. No le guardo rencor. Es una experiencia de la vida, y punto.

- ¿Y luego cuál fue su destino?

Mi periplo fue largo. Estuve en Italia de donde salí en 1960, luego voy a Israel, regreso a Italia y allí decido irme a París definitivamente. Encontré un taller para instalarme y cuando ya había ubicado todo, salí a la puerta a colocar una tarjetica con mi nombre por si alguien me buscase alguna vez, y observo que en la puerta de enfrente la tarjeta decía “Julio-Alberto Chavero”, que era nada menos que Atahualpa Yupanqui, a quien había conocido en Montevideo en el taller de Gonzalito. Nos encontramos de nuevo, y me actualizó de todos los aconteceres en ese taller, incluso me contó que Guillermo Botero había muerto en 1960, y estaba convencida que así había ocurrido, hasta ahora que los encuentro a ustedes y se que no ocurrió así. La esposa de Atahualpa era francesa, nacida en una colonia, pianista que lo apoyó de manera enorme. Tuvieron un hijo, que odió a su padre, creo que desde que nació. Pasado el tiempo supe que entre la mujer y el hijo echaron a la calle a Atahualpa, lo arruinaron. Me lo contó un gran pintor argentino. Y por su sensibilidad tan extrema murió pronto, en soledad.

- ¿Qué impresión tiene de las migraciones que se están estableciendo en toda Europa?

Cuando paso por los mercados no veo sino turcos y negros, lo que me hace sentir como estar en el bazar de Estambul. Pasa en Francia, en Alemania, en toda Europa. En el fondo, los países pobres que fueron colonias de los países europeos decidieron venirse a los países ricos, puesto que en sus lugares no tienen oportunidades de educación y de futuro para sus hijos. Londres está invadido de indúes y paquistaníes. Igual pasa en los Estados Unidos, donde en quince años habrá por fuerza un presidente de origen latinoamericano.

Cuando yo llegué había diez monstruos sagrados en la pintura europea. Si me preguntan cuál es el mejor pintor, yo no tendría un nombre...  Hoy no se ven figuras con capacidad de abrir nuevos caminos, en todas las artes. Los inmigrantes serán la gran revolución, porque vienen cargados de experiencias, de vivencias, de gritos contenidos, y se comienzan a expresar. Aquí estamos presenciando el funeral de la cultura, de la pedantería occidental. De los inmigrantes brota la nueva cultura. Ya se ven.

- ¿Bajo esas consideraciones, cómo ubica su pintura?

Yo trato de buscar con mi pintura un idioma que exprese un folclor universal, que pueda ser de África, Latinoamérica, o de la India. Cuando llegué, lo sagrado era la cocina francesa. En los restaurantes no se ofrecía sino cocina francesa y hoy en día hasta en los mejores restaurantes están obligados a ofrecer también platos extranjeros. Mi pintura es esa expresión de lo singular hacia lo abierto.

- ¿Hay en Europa como un gran crisol universal con la presencia de todas esas culturas?

Sí, claro. Sobre ese tema yo me vuelvo hasta agresiva. La intelectualidad tradicional nada tiene que aportar hoy. El proceso cultural que despierta es incontenible. En Israel llegué a esa concepción, al ver ese gran país fundado por individuos provenientes de 78 culturas diversas.

-¿La situación de Colombia...?

Tengo una idea: hay que quitarle la política a la burguesía, y no es que yo sea comunista. Es de lógica. La burguesía no ha sido capaz de gobernar, mucho menos con esos niñitos salidos del Gimnasio Moderno, con unos cursitos posteriores en Oxford y en Harvard... Es necesario haber cogido y olido de todo... Confío en que algún día salga un chocoano, o de otro lugar, con menos refinamiento pero con mayor arraigo en el país y pueda enfrentar con mayores logros la tremenda situación de Colombia.

En Europa el país más desacreditado del mundo es Colombia, el más podrido de todos. Brasil y México tienen mayor reconocimiento internacional por sus valores. Los colombianos hemos terminado por hacernos a un complejo de inferioridad.

- ¿Cómo valora la actuación que tuvo Marta Traba en el panorama cultural y en especial de la plástica en Colombia?

Ella, al igual que otros críticos, tuvieron en Colombia actuaciones muy controvertidas, no siempre estimulantes con el desarrollo en las artes plásticas. En especial tengo el recuerdo de una anécdota de la visita que me hizo Marta Traba en Bogotá, cuando fui a realizar mi primera exposición, en 1961, estando yo alojada en la casa de los Ungar. Mi exposición de la Galería “El Callejón” recibió comentarios con amplitud en la prensa y a su apertura asistió todo el mundo. Ella me llamó para pedirme una cita, la que convinimos. Y me dijo, palabras más palabras menos, lo siguiente: Yo no vengo porque admire su pintura, yo lo que admiro es la sensiblería de estos países que en 24 horas deciden que alguien es un genio..., como en su caso. La oí con tranquilidad y le dije, pero cómo es que se viene hasta acá para decirme esas cosas, cuando podía escribirlas en el periódico... Y agregó, pero sus dibujos si me gustan. La despedí sin inmutarme...

Cuando estuvo en París, tres días antes de partir para Madrid en ese vuelo fatal donde perdió la vida, le pidió a Luis Caballero que la acompañara para ir a visitarme. También la recibí con extrema cordialidad en esa ocasión, pero eludí hablarle de mi pintura. Luis Caballero, pasando los minutos, dijo: no sean tan pendejas, ustedes nunca se han querido y no va a ser ahora que se van a querer...  Vámonos, Marta, que tengo prisa.

- ¿Ha expuesto en el Museo de Arte Moderno de Bogotá alguna vez?

Jamás. Yo hago parte de la lista negra de diez pintores que tiene Gloria Zea...

- ¿Cómo ocurrió su viaje a Israel?

En Buenos Aires vivía una familia judía riquísima proveniente de Rusia, que se había escapado en los tiempos del nazismo, y querían regresar a la Tierra Santa. Se trataba de Moshé Tov, tío de Daniel Barenboim el pianista. Es de recordar que aquel hombre viajó por iniciativa personal por todos los países de América Latina, hablando con presidentes, congresos, haciendo conferencias, dando declaraciones a los medios, y el resultado fue haber obtenido 23 votos latinoamericanos en la Asamblea de las Naciones Unidas cuando se decidió la creación del Estado de Israel.

De ahí se originó la decisión de ellos de invitar artistas en un comienzo a Israel, en preferencia a políticos y a exponentes de la cultura. En Colombia consultaron a Germán Arciniegas, e involucraron figuras de la talla de Neruda, Asturias, Paz...  Y Germán me señaló a mi como posible invitada, con la acogida que me permitió estar en ese país trabajando en mi pintura. Debí estar allá en 1967, pero estalló la guerra del Sinaí y hubo que aplazarlo. Pero yo tenía un amigo en Barcelona, Alberto Arboleda, de Popayán, quien me invitó con su esposa a visitarles; estuve con ellos como diez meses y luego recibí la señal de Israel para viajar, con el envío de los tiquetes aéreos.

- Sus observaciones sobre el folclor en los diversos países, ¿qué experiencias le dejaron desde el punto de vista plástico ?

Los pueblos de Africa y de Latinoamérica son muy parecidos, auncuando el africano es más musical. Para ambos su defensa y sobrevivencia se hace con las manos. He observado una gran influencia de la geografía en el folclor. En el Perú, con esa enorme extensión desértica, lo que más progresó fue la cerámica, por la naturaleza de la tierra que la tienen a mano para modelarla y quemarla. En cambio en los sitios donde hay abundante flora, los oficios manuales se expresan en sombreros, canastos, etc., con el uso de la propia vegetación. Todo esto me ha llevado a pensar que la expresión folclórica está condicionada por el paisaje que involucra a la gente. Expresado de otra manera digo que el medio les determina su pasión.

Yo siempre ambicioné ser la mejor pintora de América Latina, pero hoy en día me contentaría con serlo solamente de Bogotá.

- ¿Hay antecedentes en su familia de artistas, de pintores…?

No, nada. Creo que mi vocación se despertó por el choque estético de todos esos pueblos que recorrí en Latinoamérica. En Bolivia y Paraguay, por ejemplo, los mercados son delirantes de colores.

- ¿Ha pensado escribir una especie de memorias contando todas esas experiencias de vida que has tenido en ese trasegar por el mundo?

No, porque no soy capaz de llevar en simultaneidad dos profesiones. Por otra parte, me falta formación cultural para poder ejercerme de escritora. Suelo hablar y hablar. Pude haber sido una especie de trovador del medioevo que iba por los caminos diciendo sus cosas y así se levantaban la comida.

- ¿El mural de Perigueux, qué características tiene?

Catorce metros de largo por siete de altura. Está hecho no directamente en el muro, interferido por una esquina que resolví en forma curva, sobre tríplex de dos centímetros de espesor. Después de haberse hecho la labor de los carpinteros, hice constuir una barrera que me separara de la gente que trataba de observar en cercanía mi trabajo. Me encerré a trabajar. También me propuse hacer la pintura en relieve. Todos los detalles en piezas de madera, sobre un azul de fondo donde las sombras de los relieves dan una sensación mágica.

Ese mural se encuentra en la Biblioteca Pública, elaborado en 1988/89. Tiene por ejemplo una inmensa legumbre, los berros, con raíces también inmensas como cabellera (el cuadro de proyecto lo tiene Maritza Uribe de Urdinola en su casa de Cali). Hay espárragos, cebolla grande, pera,... rábano de dos metros de grande, una flor de cinco metros, un apio, coliflor, una fresa,.... un durazno que se droga (el proyecto en manos de Rafael Penagos, quien tiene muchos cuadros míos, más de cien de todos los tamaños, que me ha ido comprando como inversión).

Sobre la mesa de trabajo en el taller, nos va guiando en el recuento de sus obras, en especial de los detalles del mural de Perigueux, con álbumes de fotografía. Se detiene en algunas para contar detalles y anécdotas de exposiciones, de épocas,... de compradores.

Hace una pausa en su conversación para obsequiarnos un ejemplar del libro “Emma Reyes y su pintura” que fuera presentado en Bogotá bajo la dirección de Dicken Castro, con el sello de Excelsior Impresores (s.f.), en cuya primera página escribe preguntando con antelación si lo hace con buena o con mala ortografía: “Burdeos, 28-5-1998. Para Carlos-Enrique Ruiz, viejo y nuevo amigo, deseando que nuestra amistad siga unida en la palabra y el pensamiento. Emma Reyes”.  Lamenta del libro que se hubiera publicado el artículo de Germán Arciniegas, faltándole la última página, por descuido de quien tuvo a su cargo el cuidado de la edición.

- ¿Tuvo en París buena relación con Luis Caballero?

Sí, la más grande amistad. Es de recordar que el mayor enemigo que tuvo Germán Arciniegas fue su padre, el escritor Eduardo Caballero-Calderón. Se unieron para hacer cincuenta mil cosas, pero no dejaba de hacerle siempre malas jugadas a Germán. Pero éste lo perdonaba al igual siempre, diciendo que como era cojo procedía de esa manera para vengarse de su trauma físico.

- ¿Ha sido en su vida buena lectora?

Nada. He resultado sabiendo un montón de cosas que no se cómo las aprendí. Inexplicable. La información la fui adquiriendo metida en el mundo de la cultura de todas partes. Yo no cultivé en mi sino una sola cualidad que se llama disponibilité. Estuve siempre disponible para las otras personas.

- ¿Cuándo fue su visita más reciente a Colombia?

Cuando el terremoto de Popayán, en 1983. Llevaba quince años sin visitar Colombia. El presidente Belisario Betancur puso un avión a disposición de los intelectuales para llevarlos a Popayán, en las festividades de semana santa. La delegación la encabezaba el maestro Rafael Puyana, quien estaba programado para un concierto allá, acompañado por todos esos personajes sociales que son algo así como la intelectualidad europeísta en Colombia. La más folclórica del grupo era yo.

Tenía reserva, con la señora Carolina de Barco, en el “Hotel Monasterio”, en una misma habitación que al fin dejé por otra, puesto que Carolina no pudo viajar, porque su esposo, el expresidente Virgilio Barco, había tenido un conato de infarto. En el hotel no pasamos sino una noche. Estuvimos el día de llegada en el concierto de Puyana, que fue entre las 6 y 7 de la tarde, en medio de una tempestad enorme, que nos hacía sentir la electricidad por el pelo y por todas partes. Al salir, Puyana nos dijo: nunca he tocado como hoy, habiendo sentido la electricidad circular por todas mis venas. Luego fuimos a un café a hacer tiempo, mientras llegaba la hora de una comida que se le ofrecía a Puyana por los llamados de manera estrambótica “Caballeros de Malta”, en el restaurante “La Herrería”, al lado del “Puente del Humilladero”.

Comida estupenda. Hubo un silencio, de esos silencios digestivos que se ocurren en todas las comidas, el que fue roto por palabras de Puyana diciendo: aprovechemos este silencio Elvira, Sofía y Emma; vamos a firmar un compromiso de comprarnos una casa en Popayán para venir a pasar aquí nuestra vejez...., un lugar como ningún otro en el mundo por su luz, etc., etc.  Se pone de pie uno de los caballeros de Malta, con su atuendo especial, y le dice: Maestro, como va a ser ese propósito, si Popayán está condenada a destruirse por un terremoto...  El hombre se sentó, todos nos olvidamos de eso. La comida concluyó, fuimos al hotel y a las siete de la mañana siguiente había quedado de despertarme Elvira Martínez para una viaje que haríamos a Silvia, donde compraríamos unos collares preciosos y unas mantas. Me senté en la cama con una sensación rarísima, y vi que las cosas de la mesa volaron...  Recordé que las monjas en el convento donde estuve de niña nos decían: cuando haya un terremoto deben colocarse en el marco de una puerta....  pero me dije: todos no vamos a caber, doscientas que éramos.

Corrí hacia la puerta del baño, pero hacía parte de lo primero que cayó, entonces alcancé a salir apurada por la puerta de la habitación atravesando un corredor enorme en ladrillo, sin zapatos, caminando sobre un tapete de todos los animales que te puedas imaginar. Yo los pisaba. Recordé que tres habitaciones adelante estaban los Cárdenas; abrí la puerta y vi al papá cubriendo a un hijo y a la mamá cubriendo al otro, los empujé y salimos corriendo.

Recordé haber visto, cuando yo subí a la pieza en la noche anterior, a una persona que ascendía por una escalera estrecha con un charol entre manos, un charol que parecía más grande que ella. Y al correr durante el terremoto visualicé esa escalera y por ahí nos bajamos con los Cárdenas, porque la escalera principal se había destruido. Además, la famosa habitación que tenía reservada con Carolina de Barco la destinaron al agregado cultural de los Estados Unidos, con su mujer y dos niños, quienes sufrieron la caída de una torre.

Se trató de una sensación desconocida, con entrada de los ruidos por la planta de los pies: los aullidos de la tierra enfurecida.

En definitiva me escapé milagrosamente por esas dos circunstancias: el haber ocupado otra habitación a la que en comienzo se me tenía destinada, y el haber acudido a una escalera alterna para escapar.

El presidente Betancur acudió en helicóptero, con todo el despliegue para rescatarnos. Pero la salvación estuvo a cargo de nosotros mismos. Ese mismo día, 31 de marzo de 1983, por la noche, salimos de Popayán. Yo fui a Cali, a casa de Maritza Uribe de Urdinola, la directora del Museo de Arte Moderno “La Tertulia”, muy entrañable amiga.

La sesión de este primer día con Emma Reyes termina en su casa y en su taller, recibiendo una lección práctica de cómo se templa un lienzo en un bastidor, pensando en que yo organizase a su “Omaira”, la obra que estaba en principio destinada a un cierto lugar en Manizales. La primera jornada ocupó buena parte del día, en medio de algunas muestras de cansancio y nos citamos al día siguiente en el hotel a las siete de la noche.

Con puntualidad esperada encontramos de nuevo a Emma Reyes, después de un día de visita al Castillo de Montaigne -vieja obsesión-, acercándonos por Castillon, a donde llegamos en tren. Pero, contrario a nuestro propósito, no conseguimos en la misma jornada llegar hasta Perigeux para visitar los murales de Emma en la Biblioteca Municipal. En la terraza del Café Regente, que da a la calle Clemenceau, comenzamos con un sabroso coctel mexicano, un tanto picante, escogido por ella, y luego, entrando la noche, nos refugiamos adentro en espacioso recinto para la cena, trabados otra vez en larga conversación.

- ¿De los intelectuales que ha conocido en el mundo, cuál le ha impresionado más?

Alberto Moravia, sin duda alguna, por sus calidades humanas, por su conocimiento y capacidad de comprender a las personas.

- ¿Tiene sentimientos encontrados con Colombia?

De Colombia no he recibido nada. Grandes personajes, incluidos presidentes, me ofrecieron becarme, pero al final nada. Incluso no he sido tenida en cuenta en Colombia ni como jurado de concursos, a los cuales invitaban a Caballero, a Morales, a Barrera...  Cada año recibían ellos invitaciones con todo pago. Pero a mí, nada. Incluso los invitaban al Museo “La Tertulia” de Cali, donde su directora era mi amiga, pero a mi no. Para la Colombia oficial yo no he existido nunca.

Quizá hubo una oportunidad donde sí se me tuvo en cuenta. Ocurría el décimo año del reinado del general Pinochet en Chile, y me llegó una invitación para representar a Colombia en exposición con motivo de ese aniversario. Cogí un papel que se hace para mí, en tres hojas blancas y escribí: regularmente yo pinto flores, pero donde no hay libertad no hay flores. Y firmé. Tuve suerte, no expusieron ese testimonio, ni menos apareció en catálogo, pero si se publicitó la actitud mía, lo que ocasionó que buen número de chilenos del exilio me buscasen para congraciarse conmigo.

- ¿Qué opinión tiene de los críticos de arte?

Cuando Germán Arciniegas estaba de embajador de Colombia en Venezuela, me hicieron una exposición importante y Sofía Imbert, la directora del Museo de Arte Moderno de Caracas, quiso hacerme una entrevista para la televisión, auncuando ella manifestó no gustarle mi pintura. Me presenté a la entrevista con gran miedo. Se comenzó con trivialidades. Me pidió que le contara sobre mi pintura y yo le respondí que nada podía decir, que yo simplemente la hacía. Seguimos así en el diálogo, hasta que me preguntó qué opinaba de los críticos de arte. Lo primero que dije, y repito ahora a propósito de su pregunta, es que si nosotros no existiéramos ellos no existirían. Son dos asuntos paralelos. Los críticos arreglan sus problemas de posición social, económicos, intelectuales y demás, mientras los pintores se debaten en los suyos para poder hacer su obra. No hay punto de comparación.

Más bien tengo gran respeto por los historiadores, que no por los críticos. El crítico en general lo es por frustración.

- ¿Qué apreciación tiene hoy por los muralistas Siqueiros, Rivera, Orozco?

Hay que juzgarlos de acuerdo con la época que vivieron. Estuvieron afectados de política. El prestigio de Rivera tiene algo de autopublicidad, en semejanza con Fernando Botero quien me dijo una vez, yo quiero llegar a ser el pintor más caro del mundo, y de verdad que lo ha logrado. En cierta ocasión una compañía norteamericana le contrató a Rivera un gran mural, que él aceptó hacer pero bajo la condición de encerrarse a trabajar y solo abrir puertas el día de la inauguración. ¿Y sabe qué hizo?  Un gigantesco retrato de Stalin, rodeado de indios.

El más grande de los muralistas era Orozco. Era el mejor, pero era el más académico. Rivera era primitivo, y el pueblo lo recibía y aclamaba, más que a Orozco, quien llegaba menos, o no llegaba.

- ¿Qué concepto le merece la obra de Fernando Botero?

Hay un período de él que yo adoro, el que corresponde a la obra hecha en Colombia antes de irse para Estados Unidos. Cada vez que la aprecio en libros, siento una enorme emoción. Allí sigue habiendo poesía. Pero después su obra se volcó en otra dirección hasta llegar a ser la caricatura de un continente, con sus enormes defectos religiosos, militares, etc.  Hay que decirlo, Botero es cien por ciento un valor de bolsa.

Para mí los dos pintores más completos que ha producido Colombia, en lo referente a estudio y cultura, son Fernando Botero y Enrique Grau. Estuvieron juntos en Florencia y los fines de semana venían a visitarme en Roma. Aunque debo decir también de Grau que él nunca pudo corregir ese mal gusto que lo ha acompañado siempre en su pintura. De todas maneras son dos artistas que yo respeto mucho.

Recuerdo que cuando Botero salió por segunda vez para Nueva York, me dejó su taller para que reiniciara mi trabajo, puesto que lo había suspendido durante ocho años sin tocar un pincel, después de haber perdido mi propio taller. Me dejó pinturas, caballete, telas y demás cosas. En esos ocho años solo me dediqué a dibujar rostros con tinta china, una serie que llamé “Retratos imaginarios”, los que llevé en Bogotá a la galería de la mujer de Julio-Mario Santodomingo, en la avenida de Chile.

- Su opinión sobre artistas colombianos más jóvenes...

Han muerto en período breve unos pintores más jóvenes, lo que ha sido una pérdida invaluable. Me refiero a Barrera, a Morales, a Lorenzo Jaramillo, a Luis Caballero. Caballero tenía una gran preparación, pero la de Lorenzo Jaramillo era superior, un pintor más completo, más cultivado, mejor dibujante y más creativo. Caballero puede ser un buen dibujante del siglo XVIII español, lo que para Colombia es un aporte pero no para la historia del arte.

- ¿Y Manzur...?

No, no...  Manzur es Italia, sin ninguna personalidad. Es un pintor hábil, lo que es un don especial, pero no es creativo.

- ¿Y Obregón...?

Prefiero su primera época. Luego se volvió decorativo.

- ¿En qué circunstancias conoció usted a Gabriel García-Márquez?

Un día en Roma, donde yo vivía, me tocaron la puerta a las once de la noche. Abrí la ventana y se me presentó: soy Gabriel García-Márquez, amigo de Alejandro Obregón, quien envió una cartica para usted. Bajé, lo hice entrar y leí la nota, que decía: mi amigo Gabriel va a Roma porque quiere estudiar cine, espero que le ayudes y te agradezco infinitamente...   No hablé más de cinco minutos con él, tomé sus referencias y le dije que le informaría cualquier posibilidad que yo encontrase en ese medio. No lo volví a ver, hasta que ya se volvió famoso. Nunca tuve oportunidad de hacer con él verdadera amistad, al igual que con muchas otras personas.

Hay sí una anécdota relacionada con su obra, la cual he leído toda. Una vez le hice una anotación sobre “El Otoño del Patriarca”, que él consideró no habérsela leído o escuchado a nadie hasta ese momento, y al dedicarme su novela “El amor en los tiempos del cólera” me escribió: A Emma Reyes, la mejor lectora de mis libros. Con mi cariño y admiración, G.G.M.  Y en hoja contigua me dibujó una rosa.  

La conversación se esfumó sin parar en el restaurante, en medio de platos y vinos exquisitos, y también un tanto abrumados por el sostenido rumor ocasionado por la crecida concurrencia en el lugar. Emma saltó de una a otra anécdota de esa vida intensa y extensa que ha llevado con pasión, un alma trashumante que surgió de niña en un convento de monjas y que apenas salida de la pubertad brincó al mundo, con sostenido paso. Pero tiene ante todo una cosa en claro: tan solo valora lo vivido, y mucho menos lo que se aprende. En el diálogo siempre regresa a comentar sobre la nutrida correspondencia que conserva, y en proceso de clasificación por colaboración de una experta amiga, francesa descendiente de gitanos con grado en filosofía, de la que resalta la intercambiada en forma continua con Germán Arciniegas, por quien siente afecto filial. Pero no deja de dolerse por no tener reconocimiento en su propia patria, que sigue siendo Colombia.

Salimos juntos bien entrada la noche. La acompañamos Livia y yo, en un taxi a su casa de la calle Mazarin, donde al abrir Emma la imponente puerta de madera se topa con Jean Perromat, su esposo, quien estaba en vilo esperándola, de seguro sin poder leer lo que leía en abundancia en los barcos de la marina francesa, en sus tiempos prolongados de servicio médico en ultramar. Lecturas que hacía en francés por supuesto, en inglés y otros idiomas europeos, como también los clásicos, latín y griego. Cuentas de libros leídos que llevó con meticulosidad, para una cifra de doce mil doscientos setenta y tres volúmenes. Sus ojos quebrantados ahora los dispone para moverse con seguridad en casa, en medio de las obras de Emma, mujer también entrada en años, con quebrantos de salud, pero que no se entrega y sigue en el caballete y en su mesa de trabajo, con seis o más horas de labor diaria; comienza la jornada a las nueve, después de tomar el café en la cama y de oír las noticias del mundo. Nos decimos adiós con abrazos y besos, y confiamos en un nuevo encuentro algún día, para continuar explorando en la vida del arte, único refugio valedero del ser humano, en un mundo que no se cansa de guerras, crueldades y convulsiones de todo tipo.


Ref.: Carlos-Enrique Ruiz. Reportajes de Aleph (En: Revista Aleph No. 110, julio/sept. 1999; pp. 17-33)
 

 

 

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