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Pensar la Universidad - Reseña de libro de Antanas Mockus

Suele ocurrir que hay cosas que se consideran establecidas por tradición y en consecuencia se descarta con frecuencia examinarlas. El mundo académico es muy dado a esto; su condición es de difícil adaptación a los cambios, incluso a los intentos de asimilar otras posibilidades. Los procesos de reforma suelen terminar en un volver atrás, cuasi-inconsciente, después de formulaciones seductoras. O se llega a emprender camino por atajos inesperados. Y suele caerse en procedimientos formales, estandarizados al enunciar por ejemplo “misión”, “visión”, “objetivos” (“generales” y “específicos”). Similar en la formulación de proyectos de grado o de investigación, que además exigen el “marco teórico”. Rutinas que se consagran como asuntos inamovibles. La creatividad es remplazada por los hábitos; sinembargo, en nuestro tiempo se habla con insistencia de “innovación”. Palabras convencionales.


De ahí la seducción de volver a examinar cuestiones claves en la vida académica, los fundamentos, lo sustantivo. De este modo ha procedido Antanas Mockus en dos juiciosos estudios: “La misión de la Universidad” (1987) y “Pertinencia: el futuro de la universidad colombiana” (1994), reunidos en un libro por la Universidad EAFIT (“Pensar la universidad”, Medellín 2012; 180 pp.; ISBN: 978-958-720-137-6). De por medio estuvo el desempeño del autor como vicerrector académico y rector en la Universidad Nacional de Colombia, dos años y medio en cada cargo. Luego fue Alcalde de Bogotá en dos ocasiones, candidato presidencial y hombre público de singularidades, creativo de impacto en las comunidades con su teoría y práctica de la “cultura ciudadana”, ejercicio de lamentar al no haberse continuado en el distrito capital y no haberse asumido como una política de Estado en Colombia. Lo bueno no dura, suele decirse en el refranero popular.

La experiencia de Antanas lo ha llevado a elaborar conceptos que trascienden lo pedestre de la política, en lo público y en lo académico. De este modo formula el criterio de requerirse “un intercambio comunicativo de razones, emociones e intereses” para alcanzar una democracia real o, como él llama, “democracia deliberativa”, sin restringir la idea al voto y a la publicidad. Vincula de una manera racional la política con el arte, las normas y la cultura, debido al amplio espectro de su formación intelectual, que ha llevado a reconocerlo en niveles internacionales como el “filósofo de la vida activa”. Del arte asume las posibilidades de ver lo que usualmente no se ve, con el consiguiente examen libre de los temas fundamentales. Al estar dominados por el predominio de la técnica y la economía de mercado, avizora tiempos de “post-técnica” y “post-mercado”, sobre la base de cuidar del otro, con predominio de la solidaridad. Y destaca formas deseables de convivencia en la sociedad, a partir del mayor acto altruista: ser madre. Elabora los conceptos de “mutación pragmática”, “mutación hedonista” y las mutaciones feminista y ambiental, al incorporar nociones de la historia del pensamiento a las manifestaciones contemporáneas, con sentido integrador y de cambio. Hace notar el triste rezago de Colombia en la “Encuesta mundial de valores”.

Consideración especial le merece a Antanas la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), en una sorprendente puesta en escena de la tradición escrita al alcance, en principio, de todos, incluso en tiempo real. Lo que conlleva, asimismo, posibilidades nuevas y crecientes de intercomunicación y de aprendizaje. Situación que parangona con la “globalización”, en tanto los conocimientos se mueven de manera vertiginosa, en lo explícito y en lo tácito, en sencillos y también complejos procesos, como apoyo para los cambios, incluidos los flujos de información que les sirven de base. En estas líneas de consideración, estima que las universidades habrán de ubicarse en desempeños protagónicos, correspondiéndoles a ellas pensar y establecer su ubicación con sus límites.

Antanas llega a reformular, reconociendo el “atrevimiento”, la misión de la universidad como “deberse a sí misma, a su propia tradición y proyecto”, en su dependencia de la “armonía comunidad-institución”, que incluye el mejor aprovechamiento de la discusión racional, la escritura y la acción consciente, intencional. No sin optimismo aspira a que la comunidad académica enfrente con solvencia los retos de problemas nacionales y locales, sin demérito de sus necesarios vínculos con comunidades homólogas a nivel internacional. Con similar y admirable optimismo considera que en la tradición universitaria colombiana hay un “ethos” forjado que debe preservarse y profundizarse, incluso en momentos adversos.

No oculta el auge del “pragmatismo” y el afán de lucro que ha permeado los claustros, pero reclama reasumir conductas de filantropía intelectual, con derecho a ciertas formas de hedonismo, como el derecho al placer, al disfrute, por lo que bien se hace al servicio de la sociedad y del propio desarrollo de la ciencia y la cultura, con sentido humanista y humanitario. Es notable el sentido que da a la “cultura académica”, en referencia al saber universal que salvaguarda la tradición escrita, la racionalidad en la discusión y la acción consciente, al abordar los problemas, simulando escenarios de las consecuencias, con la responsabilidad de asumirlas.

Los estudios referidos de Antanas pueden ser apoyo en los debates sobre la formulación de una nueva ley que rija la educación superior en Colombia, y a la vez fuente de riqueza conceptual, para no persistir en las rutinas del simplismo y del pragmatismo rampante, que ha llevado a entronizar en la academia formas verdaderamente vergonzantes de mercantilismo.

 

 

[“La Patria”, domingo 13 de enero de 2012;  p. 2-c]

 

 

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