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El combate por la lucidez en Edgar Morin

Los filósofos suelen estar al alcance de minorías, pero no faltan quienes, de ellos, logren niveles de divulgación. Un caso de tomar en cuenta es Fernando Savater, cuyos libros y artículos cuentan con asiduos lectores en el mundo hispánico. A Platón, Sócrates y Aristóteles se les sigue nombrando, pasados tantos siglos, pero no dejan de ser objeto de grupos selectos. Y después están Kant, Nietzsche, Wittgenstein, Russell,… mencionados y citados con frecuencia, pero no cabe la menor duda que los nombres son más populares que sus propias obras.

Algo similar pasa con Edgar Morin, sobre quien se ha publicado libro de su más aventajado discípulo, Nelson Vallejo-Gómez (“Morin, humanista planetario”, Ed. Infodem, Lima 2009). En el actual semestre académico hago el intento de estudiar, con 25 alumnos de la "Cátedra Aleph" (UN-Manizales), un texto suyo: "Para una política de la civilización" (Ed. Paidós, Barcelona  2009), en parangón con "Los siete saberes necesarios para la educación del futuro" (E. Morin, N. Vallejo-Gómez. Ed. Unesco, París 1999), e incluso he acudido a referentes de esperanza/desesperanza como Ernesto Sábato en "Antes del fin", de manera preferente al epílogo: “Pacto entre derrotados”. Los estudiantes cobran interés, en tanto asumen experiencias personales y de observación del mundo circundante. Leen, vuelven a leer, meditan y se aventuran en reflexiones, no siempre concordantes con las del pensador en estudio. Y eso es lo más importante: se arriesgan a pensar críticamente, a ejercer el libre examen, con diálogos constructivos.

Morin pone en cuestión la idea de desarrollo como progreso irreversible y la noción del carácter positivo de la civilización imperante, con pregunta que inquieta: ¿Vamos hacia una mutación, una metamorfosis o una regresión? La respuesta deseada sería hacia una metamorfosis que permita, en el salto, corregir trayectorias, preparar el futuro con criterios de sostenibilidad, así el llamado progreso no siga el camino de crecientes ganancias para unos pocos, a costa de las mayorías. Por otra parte, Morin observa, con optimismo, que en la sociedad se van dando formas espontáneas de resistencia no violenta, a la manera de contratendencias, gentes en busca de cambio de vida hacia la simplicidad y el sosiego, con intento de abandonar el consumismo, con valoración nueva de la naturaleza. De igual modo se presentan sistemas cooperativos u organizaciones comunitarias, o clubes de amigos, que buscan la producción ecológica, orgánica, y la recreación en ambientes rurales, o en la simple colaboración de vecinos con intercambio de servicios y suma de esfuerzos que enriquecen sus vidas, no propiamente los bolsillos.

Captar el conjunto de resistencias y contratendencias en la sociedad civil dará oportunidad para formular una política de civilización, sobre la base de la solidaridad, la convivencia, la defensa del medio natural y el amparo en la calidad de vida. Formulación que podría cambiar las relaciones capital/trabajo, técnica/administración, ciudad/campo, naturaleza/cultura, con bienvenido impacto en la vida cotidiana. Sin necesidad de caer en las garras antípodas de capitalismo o socialismo/comunismo. La condición necesaria para ese salto estará en la convergencia de aquellas situaciones expresables en una gran fuerza colectiva, pacífica, con expresiones políticas locales, regionales, nacionales, finalmente planetaria.

El tema remite a nociones, también aludidas por Morin, de asfixia, ambivalencia, velocidad, con la incertidumbre de hacia dónde iremos. Nada podrá observarse con capacidad de comprensión sin asumir la complejidad reinante. De ahí la necesidad de contar con herramientas estructuradas en sistemas para enfrentar los problemas, las dificultades.

En términos de la educación anhelada, Morin plantea siete saberes: 1. El error y la ilusión; 2. El conocimiento pertinente; 3. La condición humana; 4. La identidad terrenal; 5. Las incertidumbres; 6. La comprensión, y 7. La ética del género humano. Hace la crítica de la educación dominante que nos ha llevado a donde estamos, un estado de crisis aparentemente sin salida. Y la alternativa estará en repensar la formación despojándonos de las “cegueras del conocimiento”, y en preparar mentes con capacidad de emprender un "combate vital para la lucidez". Entonces hay que considerar los riesgos, con el llamado a "aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza", lo que conduce a forjar la condición intelectual de las personas, a esperar lo inesperado con capacidad de afrontar lo que se presente.

Una educación de esta naturaleza fortalecería las relaciones recíprocas individuo/sociedad, en especie de mutuo control, lo que daría lugar a la democracia, no como un recurso de tramposos y leguleyos, sino como ejercicio de vida en comunidad, innovadora y productiva, con derecho al regocijo compartido.

Mis estudiantes en el debate se han atrevido a formular otros "saberes" como base necesaria de una educación de salto adelante. Ante mi propuesta de encontrar siete adicionales, complementarios o diferentes, el grupo concluyó en los siguientes: 1. Conocimiento de sí mismo, o conocimiento de la propia persona; 2. Formación integral y crítica; 3. Motivación; 4. Desarrollo de la imaginación; 5. Pertenencia (a la Tierra, a la sociedad, a la humanidad); 6. Articulación teoría-práctica, y 7. Formación espiritual (no religiosa).

La pregunta que finalmente me hago, es porqué no somos capaces de dar el salto adelante, cuando contamos con una juventud que piensa con ambición y pertinencia. En alcanzar la lucidez está el combate. Y con la educación todo es posible, pero despojada de los manidos criterios de "competitividad" y "eficientismo". Con la solidaridad como espíritu de sólida construcción.

Estamos ad portas de dar la juventud colombiana un salto adelante, con la anhelada metamorfosis de Morin.

[ “La Patria”, domingo 11.IV.2010;  lapatria.com]

 

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