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ISSN 0120-0216
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Civllización y esperanza, en el signo de la barbarie

Se ha hablado siempre de crisis, en las condiciones de supervivencia de la humanidad y en su relación con el entorno. Ocurre que mentalidades más avanzadas se atreven a mirar, con sentido de libre examen, lo que acontece en la vida de las sociedades, y nunca se tiene satisfacción plena; por el contrario, se aprecian signos de alarma en las relaciones entre naciones, etnias, poderes, y con el medio natural. Pero a pesar del contraste de civilizaciones coetáneas, se da un modelo preponderante de desarrollo, capitalista o neoliberal, en la globalización. Modelos experimentados como el comunismo y el socialismo de estado, han fracasado, con acontecimiento culminante en la caída del Muro de Berlín, haciendo de igual modo evidente el desánimo de las ideologías. Un mundo configurado de esta manera privilegia el pragmatismo, la rentabilidad, sin importar los impactos, de consecuencias crecientes en incertidumbre y angustia.

Edgar Morin, uno de los tantos pensadores contemporáneos que han puesto el dedo en la llaga, recoge como problemas de esta civilización dominante, occidental, los siguientes: pobreza, injusticia, desigualdades, guerras, insatisfacciones, malestares, deficiencias en sistemas sociales. La fragmentación predomina, restando posibilidad a la comprensión unitaria. La economía globalizada está regida por las ganancias, en una lógica de las competencias, arrasadora para los menos fuertes, y concentradora en multinacionales de poder creciente, restándole importancia al bien común. También está la irrupción de enormes maquinarias tecno-burocráticas. Y otros síntomas manifiestos en la fragilidad de la familia, las insatisfacciones sexuales con experiencias de promiscuidad, el sentimiento de soledad, las depresiones, el estrés, las enfermedades psicosomáticas ocasionadas por ambientes nocivos, incluso por las contaminaciones crecientes en el aire y en los productos que consumimos. Está, de igual modo, el deterioro de la biodiversidad y de la diversidad cultural. Y el crecimiento incontrolado de la población.

Este conjunto de situaciones conduce a dudar del carácter positivo de nuestra civilización, a pesar de tantos logros científico-técnicos, como en la prevención y atención de enfermedades, y en las comunicaciones, lo que ha mejorado las condiciones de vida de sectores privilegiados de la sociedad. Pero en general las soluciones han ocasionado mayores problemas, habiéndose llegado a la necesidad de plantear una desaceleración en los procesos, que permita reconsiderar formas de desarrollo en función de los impactos, de tal manera que pueda privilegiarse lo cualitativo sobre lo cuantitativo.

La complejidad es grande y creciente, con la necesidad de asumirla para abordar los problemas, en sistemas imprevisibles que fluctúan al azar con intentos de adaptación, ocasionando órdenes y estructuras nuevos. Morin hace llamado a la necesidad de la regeneración en todos los niveles, que incluya lo ambiental, a partir de la refundación política de la sociedad, con base en una profunda reforma intelectual capaz de asimilar la situación existente, reorientar el camino y dejar atrás la codicia.

La refundación política implica introducir en la familia, en la educación, en la vida ciudadana, ejercicio de cualidades como la solidaridad (desde pequeños núcleos, en lo regional y lo nacional), la convivencia, la amistad, la fraternidad, el voluntariado, la cultura ciudadana, con el objetivo de alcanzar más sentido de sociedad, de hermandad, de libertad. Proceso ambicioso de esta naturaleza se contrapone a formas posibles de regresión; con el fin de eludirlas Morin aporta la idea de "metamorfosis", a la manera del reino animal, con procesos simultáneos de autodestrucción y auto-reconstrucción, para dar salida, deseable en este siglo XXI, a la "sociedad-mundo" que congregue los estados-nación, puesto que de seguir la historia como viene continuarían las guerras, con la creciente amenaza de armas de destrucción masiva, y el consiguiente riesgo en la desaparición de la humanidad, con antesala del progresivo y dramático deterioro del medio natural.

Morin advierte que la idea de metamorfosis supera la de revolución, puesto que aquella involucra la conservación de la vida y de la herencia de las culturas, al considerar rupturas significativas que se han dado, sin despreciar la oportunidad de una nueva, por la toma de conciencia en la necesidad de reconstruir colectivamente el rumbo. En simultaneidad, deberán emprenderse con urgencia acciones para garantizar la alimentación (con predominio de la agricultura biológica), la dinámica del comercio (incluso en la forma de trueque), el resurgir de los artesanos, el fomento de las energías verdes, la preponderancia del transporte masivo eficiente y no contaminante, el fortalecimiento de la economía solidaria, y en la reducción de los afanes consumistas, con el imperativo de humanizar las ciudades, con profundización de la vida interior, la comprensión de los demás, el amor, la amistad.

Ambiciones de esta naturaleza podrán cimentarse con la reactivación del sentido de la esperanza, que en Morin tiene asidero en el surgimiento de lo improbable, en la capacidad creativa de la humanidad, en la virtud de las crisis y aun del peligro, y en la ambición de armonía. La esperanza, de esta manera, la relaciona con la no-certeza, es decir, como posibilidad, y la estima "no en el mejor de los mundos, sino en un mundo mejor".

Este artículo es apretada síntesis de lo acontecido en la versión 16 de la "Cátedra Aleph" (en la Universidad Nacional, sede Manizales), primer semestre académico 2010, con estudio y debate del texto de Edgar Morin: "Para una política de civilización" (Ed. Paidós, Barcelona 2009), en la que los 25 alumnos, de diferentes carreras, respondieron a cabalidad.


[“La Patria”, domingo 11.VII.2010; lapatria.com]

 

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