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Barenboim y la misión ilusoria del intelectual


Desde los tiempos de Sócrates los intelectuales de verdad hacen parte de esa especie extraña de navegantes a contracorriente. El inventario de personalidades, con esa impronta, es significativo, aunque desdeñadas por los regímenes que han imperado, de un lado o de otro, víctimas de persecución, marginalidad, exilio y muerte.

 Me refiero al intelectual laico, inmerso en una ética sustentable de validez universal. El eterno conflicto entre judíos y musulmanes, en su forma más agónica entre palestinos e israelíes, vuelve a la actualidad el tema del papel de los intelectuales con aptitud para entender y argumentar. Casos sobresalientes son los de Edward Said y Daniel Barenboim, palestino el primero y judío el segundo, quienes se unieron y crearon fundación con orquesta de jóvenes de ambos lados ("West-Eastern Divan"), para demostrar el papel del arte y la cultura en la construcción de diálogo y de entendimiento entre los pueblos.

Hay libro donde se recuenta una vida y se da testimonio con apreciaciones valederas sobre la naturaleza, el desarrollo y las eventuales soluciones en el doloroso conflicto israelí-palestino, recrudecido con lo que viene aconteciendo en Gaza. Se trata de "Mi vida en la música" de Daniel Barenboim (Ed. La esfera de los libros, Madrid 2002). Barenboim representa esa tradición seductora de libre pensamiento, racional, proveniente de Baruch Spinoza (siglo XVII). Spinoza valoró la capacidad que tenemos de razonar, de diferenciar lo temporal de lo permanente, lo secundario de lo principal, con la posibilidad de conocer el lugar nuestro en el mundo y en el universo. Capacidad modelable por la educación, si es que la asumimos como la oportunidad única de fortalecer las potencialidades con las que nos dotó la naturaleza, hacia la coexistencia en pluralidad, sin perder la ilusión de alcanzar momentos felices, compartibles.

Barenboim nació en Argentina (de nacionalidades israelí y palestina, además) descendiente de judíos emigrantes. Desde muy niño ha sido concertista, y ha dirigido las mejores orquestas del mundo (estuvo en Medellín, Col., en 1960, a la edad de ¡17 años!, donde interpretó las ¡32 sonatas! para piano de Beethoven). En el libro se ocupa de recontar el riguroso proceso de su formación, con maestros de diversas nacionalidades, y de reflexionar sobre técnicas y escuelas. Ganó espacio artístico en el mundo, desde su condición de “niño genio”, y su visión elaborada de los conflictos, favorecida por la preparación filosófica, lo condujo a pensar el enfrentamiento con los palestinos sin verle salida distinta a una paz negociada, con la premisa de estimar que la seguridad real y duradera de Israel está en la aceptación que pueda alcanzar de sus vecinos árabes. Y en la existencia de un estado autónomo palestino.

Su posición coincide con la de otros intelectuales de relieve como Amos Oz, autor del libro "Contra el fanatismo" (Ed. Debolsillo, Barcelona 2005), texto que debería ser motivo de estudio permanente en escuelas, colegios y universidades. El mayor problema está en cómo llevar a un plano de racionalidad a los fundamentalistas, para construir con argumentos el ambicionado entendimiento. No hay fórmula matemática, y a la humanidad corresponde persistir, por la vía de la educación, en alcanzar niveles de racionalidad que permitan resolver las diferencias con diálogo, discusión, debate y concertaciones, sin necesidad de matar al otro por diferente que sea, o de acudir a la guerra. A raíz de la más reciente y cruel invasión de Israel a Gaza, por tierra y aire, como respuesta abrumadora a los continuos ataques de Hamás, Barenboim promulgó el pasado 30 de diciembre una carta abierta en la que asevera que se trata de un conflicto entre dos pueblos destinados a convivir, con respeto en sus diferencias, en el mismo pedazo de tierra. Asegura que la única salida posible es admitir la lógica de la posición del otro.

Barenboim ha enfrentado muchas dificultades, una de ellas debida a la costumbre de entender que las orquestas de cada país tienen "sonido nacional" que las caracteriza, como una manera de exclusión, y en su personal discernimiento llegó a criterio central: una misma orquesta debe tener capacidad de interpretar obras alemanas, francesas, inglesas,... dándoles el propio carácter, abandonando la idea de que una orquesta suene siempre igual, con el pretexto del "sonido nacional". En concordancia con lo anterior, sus reflexiones profundizan en el debate sobre las "identidades", tan causantes de los nacionalismos, fascismos, nazismos,... para concluir en la bondad de las "identidades plurales", con la ventaja de acentuar interés y curiosidad en el ser humano, en contrario al monolítico de las "identidades nacionales". Y ahonda, de igual modo, en el alcance de la música por esa cualidad singular que conlleva el apartarse de las "relaciones emocionales", incluso hasta de no tener nada que ver con ellas, privilegiando los nexos entre las personas en especie de cualidad trascendental.

La música ha sido la vida plena de Barenboim, a tal punto de considerar “la educación musical como elemento orgánico de la cultura”. A través de ella ha llegado a saber que entre la vida y la muerte hay la misma relación que entre el sonido y el silencio. Es un intelectual que ha fijado posición, desde la reflexión, sobre la mayor barbarie creada por la humanidad: el fanatismo y las guerras, con acompañamiento de aquellas singularidades que van por el mundo en contravía, firmes en la vertiente de pensamiento que consolidó Baruch Spinoza, con la dignidad de un sostenido valor moral. Intelectual de referencia permanente, en estos tiempos de angustia.

 

Ref.: “La Patria”, Manizales, 8 de febrero de 2009; p. 5-a [www.lapatria.com]

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