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"El Aleph" de Borges, siempre

Ref.: Diario “La Patria”, Manizales, domingo 14 de octubre de 2007; p. 5-a [www.lapatria.com]

La escritura de Borges nunca es de fácil seguimiento. Su erudición y aparente frialdad se combinan en la construcción racionalista de prosa y poesía, con otros ingredientes como la ironía, o burla, o sarcasmo. En "El Aleph" (1949) Borges hace gala de todo esto, con el ingrediente de estar dedicado a Estela Canto, amor que fue del autor. Un amor fallido, desvanecido en su acontecer vital, pero que está testimoniado en este relato, con Beatriz Viterbo de personaje.

El relato tiene dos momentos característicos, enlazados uno al otro, en punto de articulación. Al principio recrea el ambiente de la Viterbo, con soporte en relaciones con su primo-hermano Carlos-Argentino Daneri, quien siguió en la casa. Comienza por decir que Beatriz murió en una mañana candente de febrero, que resulta ser del año 1929. Comprende desde el comienzo que el universo es incesante y vasto, ya lejos de ella. Pone de presente la devoción que le tuvo, y una vez muerta podría consagrarse a su memoria, sin esperanza de nada. Toma en consecuencia la decisión de visitar la casa que habitó, cada 30 de abril, día del cumpleaños de Beatriz, donde continúa el primo Carlos-Argentino.

En esas visitas anuales, además de apreciar los ámbitos que fueron vida de Beatriz Viterbo, logra conocer más en detalle a Daneri, quien llega a compartirle la escritura de un inagotable poema bajo el título de "La Tierra", en el que va describiendo nuestro planeta, detalle por detalle, sin esperanza de concluirlo. Borges desentraña las influencias del pasaje leído, verso a verso. El poema se manifiesta como un anticipo, o preludio de lo que será el segundo momento, el del Aleph. Del examen de los versos en demostración de Daneri, Borges, como protagónico en el relato, dice: "Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable.”

Ocurre que en algún momento Daneri ve amenazada la existencia de la casa, por la necesidad de expansión de sus vecinos, Zunino y Zungri, los del "salón-bar", propietarios. Daneri manifiesta que la casa le era absolutamente indispensable para poder concluir el poema, ya que en el sótano estaba el Aleph, el recurso esencial. Es la frontera de los dos momentos. De ahí en adelante está la odisea que implica acercarse y conocer ese punto, confluencia de todos los puntos del Universo.

La preocupación fundamental de Borges es Beatriz. Hay instantes del relato donde esa pasión desborda, como al comprender que los Viterbo eran locos, con reconocimiento que en Beatriz había “negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica." En la antesala de acceder al sótano y descubrir el Aleph, observa retrato de ella, al que se aproxima clamando: " Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges." Es una manifestación más de ese amor ido, no alcanzado.

Al abrirse el segundo momento, Borges muestra ansiedad de escritor cuando dice: "Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos" y se pregunta por la manera de compartir lo que va observando en la pequeña esfera tornasolada de dos o tres centímetros de diámetro, pero acepta que el problema de expresar lo visto es insoluble. Borges desata alucinante descripción, con la advertencia de haber presenciado todo en simultaneidad y tener que someterse al recurso del lenguaje en el tiempo, para transmitir la sensación de ese universo, manifiesto a ritmo de vértigo.

Aparecen los siempre espejos de la obra de Borges, con multiplicación de efectos, hasta una telaraña encuentra, como referente del espacio físico de sótano que contiene la diminuta esfera. Se suceden el populoso mar, las muchedumbres de América, ojos que lo escrutan, vetas de metal, vapor de agua, desiertos ecuatorianos de forma convexa, la mujer que no olvida afectada de cáncer en el pecho, la primera versión inglesa de Plinio, la noche, el día, el poniente en Querétaro, los huesos de una mano, caballos de crines al viento, los sobrevivientes de batallas en actitud de enviar postales, sombras de helechos, tigres, bisontes, ejércitos, hormigas, hasta ve cartas obscenas en cajón de escritorio, del puño y letra de Beatriz, dirigidas a Daneri, la "reliquia atroz" que había sido ella... Vio todo, absolutamente todo, incluyendo su propia cara y sus vísceras, la cara de ella. Sintió vértigo y lloró. En el mismo instante vio "el inconcebible universo", con sensaciones en su interioridad de "infinita veneración, infinita lástima".

En esa descripción atropellada de lo observado en simultaneidad, está el amor fugado, la Beatriz del relato, inalcanzable, perdido sin consumación. Sinembargo reflexiona sobre el alcance de ese Aleph, con aplicación al "disco" de su propia historia, en alusión simbólica a la vida que rueda en círculo, o en espiral de tendencia al infinito, con la irrupción del concepto de números transfinitos (Cfr.: George Cantor).

El relato termina con respuesta a un par de preguntas, la una sobre si el Aleph existe en lo íntimo de una piedra, y la otra si al haberlo visto lo ha olvidado. La respuesta se apresura: "Nuestra mente es porosa para el olvido". Y en forma consecutiva Borges se reconoce en condición de falsear y de perder, con el paso de los años, pero lo más doloroso es que los rasgos de Beatriz se le diluyen. A renglón seguido aparece la refrendación en el cierre de la historia, con el envío: "A Estela Canto", el amor aquel que revive con momentos de ardor en este relato extenuante, manifestación misma de la complejidad en el mundo, en las sociedades, en las personas, en las situaciones.

"El Aleph" congrega el sentido de la convergencia entre ciencia, arte y humanismo, que tanto hemos querido asumir, ya por 41 años, en la existencia de la Revista, y en la Cátedra que le es ámbito, con igual nombre, "la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada", como se dice en el relato.

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