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Las Memorias intelectuales de Jaime Jaramillo-Uribe

Por vocación intelectual y por imperativo de conciencia, Jaime Jaramillo-Uribe (1917-2015) se decide en el 2002 a recontar su vida, en los trajines de una personalidad surgida casi de la nada, con una vocación ardiente por el saber, que supera obstáculos tempranos construyendo su cauce para avanzar sin pausa hacia metas ambiciosas. Su hijo, Lorenzo, pintor prolífico y de calidad, de enormes inquietudes intelectuales, le insistió en la importancia de escribir las memorias, lo cual hizo dejándole a la vista un texto de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que el autor reproduce al principio de las Memorias, con el mensaje de la importancia en recoger el testimonio personal de lo vivido, soñado, pensado y elaborado.

La estructura del libro comprende cuatro partes: Los años de formación (capítulos I al VI), La experiencia europea y los años cincuenta en Colombia (del VII al IX), Academia y producción intelectual (del X al XIV), y Entre Europa, Colombia y América Latina (del XV al XVII); un total de diecisiete capítulos.

Nacido en Abejorral (1917), pero a los dos años de edad la familia se traslada a Pereira (que el autor identifica como "Otún" en las Memorias), y en ambiente de provincia transcurre su infancia. Al recontar la vida de la familia, no oculta las penurias que padeció para hacerse a una educación básica, la primaria y el bachillerato, habiendo suspendido por tres años éste con el propósito de trabajar para el sostenimiento y para continuar el estudio. Se ocupó de monaguillo primero, luego como empleado de comercio, a la muerte del padre. La vocación inquebrantable de estudio le permitió mirar siempre adelante, con metas graduales que alcanzaba con tenacidad.

Temprano adquirió el hábito de la lectura, comenzando por la curiosidad en familia donde algunos libros animaban el ritual de compartir, incluso acudiendo a la forma de alquiler. Y en una peluquería del padre de unos de sus compañeros, leía periódicos y revistas, enterándose del acontecer del país y en alguna medida del mundo. Incluso trenzó amistad con librero de estirpe sirio-libanesa, quien le permitía "zapotear los libros", y también en ella compró los primeros que tuvo.

A los trece años sintió interés por la vida política y social. De manera paulatina fue informándose de los movimientos sociales y de las corrientes ideológicas, hasta tomar partido del lado de liberales y socialistas. A los 17 años, huérfano, decide instalarse en Bogotá para terminar el bachillerato y cuenta con el apoyo de tío solvente, quien le asigna tareas de cajero en un café y en un hotel campestre. Ingresa a la Escuela Normal Central, al quinto grado, y no al cuarto grado que debía ser, en razón de los adelantos por la formación personal. En ella fue alumno de literatura de María Eastman, esposa de Gerardo Molina. En el área de manualidades se formó en la carpintería, y tuvo aficiones por la física y las matemáticas. Corría el primer gobierno de Alfonso López-Pumarejo, de grandes y positivas reformas, bajo el lema de la "revolución en marcha", con el ímpetu de la Escuela Nueva en educación, la escuela activa que seguía los principios de Decroly, entre otros, introducida a Latinoamérica por Colombia, gracias a Don Agustín Nieto-Caballero.

Por sus preocupaciones sociales tomó interés en personalidades incorporadas al gobierno de López-Pumarejo: Alberto Lleras, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, Plinio Mendoza-Neira, Antonio García, Mario Galán-Gómez... En especial le impactó la inteligencia, la formación y la capacidad de trabajo de Antonio García, con su primera obra de temas económicos y sociales: "Geografía económica de Caldas". Anota el interés de éste en fundar un partido socialista, con obreros, intelectuales y estudiantes, que entró a llamarse "Liga de acción política", con la publicación de la revista mensual "Masas".

Por la amistad que trenzó, a través de María Eastman, con Gerardo Molina, tuvo acceso a su biblioteca, de la que leyó libros de Mariátegui, Bujarin, Marx, Engels, Plejanov, Lenin,... Lecturas a las que fueron agregándose libros de adquisición personal.

La guerra civil española le afianza en su conciencia de pacifista y de rechazo a las guerras, a la vez que se fue interesando por las literaturas española, alemana y francesa. En esta etapa lee obras de Barbusse, Rolland, los poetas republicanos españoles García-Lorca, Alberti, Miguel Hernández, Bergamín..., que combinaba con lectura de Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Ángel Ganivet, Unamuno...

Toma nota de la oposición al gobierno de López, en especial a las reformas educativas, gestada por ideas conservadoras con epicentro en la Universidad Javeriana, con el padre Félix Restrepo de rector, quien distribuía sus aplicaciones también en la filología y la política. El autor lo identifica como ideólogo de corporativismo criollo, influido por el franquismo de España, por el dictador Oliveira Salazar de Portugal. Observa que a esa corriente se le sumó otra denominada "Testimonio" conformada por algunos juristas católicos influenciados por el pensamiento de Jacques Maritain, entre quienes se encontraban el austríaco Jacques Uprimny, Emilio Robledo, Carlos Holguín, Álvaro Copete-Lizarralde, por paradoja profesores de la Universidad Nacional, institución esta que venía siendo atacada por sectores conservadores con calificativos de "subversiva” y “marxista".

En 1937 termina en la Escuela Normal "chiquita", como dice el autor, con el grado de "maestro de escuela primaria". Pero su ambición se orientaba a cursar estudios universitarios y avanzar en campos de las ciencias sociales, con algunas veleidades tempranas por el Derecho y la Medicina. Pero al fin ingresa a la Escuela Normal Superior regentada por José-Francisco Socarrás y fundada en la primera administración de López-Pumarejo, de influencia francesa, con el propósito, lo recuerda el autor, de formar líderes en cuatro campos: "ciencias naturales (biología, botánica y zoología), matemáticas y física, filología y lenguas, y ciencias sociales (sociología, historia, economía y etnología)."

Al tener claridad sobre su destino, decide comenzar con filología atraído por el estudio de griego y latín, en virtud de considerar que no era posible obtener cultura sólida sin la base de esas dos lenguas. Por sugerencia de Socarrás se trasladó a ciencias sociales, licenciatura que culminó con éxito.

De la Escuela Normal Superior recuerda con especial gusto a los profesores europeos: españoles, franceses, alemanes, emigrados por la causa inefable de las guerras, e ingleses de la embajada. Entre ellos es de muy especial recordación Paul Rivet, fundador del Instituto Etnológico (luego Instituto Colombiano de Antropología), y director a su regreso del Museo del Hombre en París.

Otros profesores de los llegados que recuerda: Rudolf Hommes (padre del homónimo vigente, ex ministro de Estado en Colombia), alemán que "enseñaba una historia poco convencional con muchas alusiones a la sociología y a las ciencias auxiliares de la historia", el también alemán Gerhard Massur que impartía lecciones de historia moderna, siglos XVII al XIX. Justus Wolfram Schottelius, otro alemán, el profesor de etnología de América. Pablo Vila, catalán, profesor de geografía universal y de Colombia. Otro catalán, José de Recaséns, que completó su formación de antropólogo al lado de Paul Rivet. El andaluz José-Francisco Cirre, profesor de historia medieval de España. Ronna Earl, que enseñaba literatura inglesa, área compartida con Howard Rochester. En matemáticas estaba el alemán Kurt Freudenthal. Estela de figuras en las letras y las ciencias, que contribuyeron de manera especial a estimular las inquietudes intelectuales de Jaramillo-Uribe.

Destaca el papel de los gobiernos liberales en la traída de esas personalidades y en el estímulo para su labor intelectual y docente, la cual tuvo serio revés en los gobiernos conservadores de Ospina-Pérez y Laureano Gómez. En este aspecto de la oposición que padeció la Escuela Normal Superior, recuerda la sufrida en el gobierno de Eduardo Santos (1938-1942), por parte de los conservadores y de sectores liberales como los ataques que realizaba Enrique Santos-Molano, "Calibán", desde "El Tiempo", por considerar a la Escuela como "foco de difusión del marxismo". El autor registra que esos ataques se encaminaban ante todo contra los profesores extranjeros, en especial a los españoles, por considerarlos "rojos", contra el rector Socarrás y contra el mismo Jaime Jaramillo-Uribe cuando al egresar ingresa como profesor.

El papel de esa añorada institución lo resume el autor en los siguientes términos: "La Escuela no solo fue fecunda e innovadora en el campo de las ciencias sociales. También lo fue en las lenguas modernas y clásicas. La literatura, la física, las matemáticas y las ciencias naturales recibieron igualmente un gran impulso. El sector de filología e idiomas tenía un selecto grupo de profesores nacionales y extranjeros; además del recordado filólogo español don Urbano González de la Calle, profesores ingleses, franceses y estadounidenses suministraron al sector un brillante grupo de catedráticos.../ La Escuela también fue innovadora en los campos de las matemáticas y de las ciencias naturales, sobre todo en lo que respecta a la biología, la química y la física, y realizó en estas áreas una fecunda labor de animación científica y pedagógica."

En ese rico ambiente académico-intelectual obtuvo su formación esencial Jaramillo-Uribe, con orientación a las Ciencias Sociales, pero sin descuidar el interés por la ciencia básica, en física, química, biología, y en los idiomas. Desde ese entonces tuvo idea clara de la que debía ser la formación integral de un intelectual.

De los compañeros de estudio recuerda a Luis Flórez, que llegó a ser filólogo eminente del Instituto Caro y Cuervo, a Aristóbulo Pardo, también experto del mismo Instituto, en el campo de la lexicografía, pero luego por la situación que padecieron los liberales o no-consevadores, como refiere el autor, en los gobiernos de Ospina-Pérez y Laureano Gómez, Pardo abandona su labor científica y se dedica al comercio. El tercer condiscípulo al que alude es Gustavo Correa, especialista en literatura española contemporánea, quien fue a dar a Estados Unidos como profesor de la Universidad de Yale. Otro al que menciona es Gustavo Ibarra-Merlano, quien orientó a García-Márquez en lecturas de los trágicos griegos, estuvo dedicado al derecho aduanero, sin desperdiciar su formación en filología y literatura, poeta de calificada producción, recogida como “Antología poética (1945-2001)” en bella edición del Ministerio de Cultura (2002), con selección y prólogo de Gustavo Tatis-Guerra.

En la formación de Jaramillo-Uribe está presente el interés por lo social con expresión política de rebeldía frente al estado de cosas imperante. Adopta desde temprano, en los años de la Escuela Normal Superior, una actitud ideológica de izquierda, con admiración por procesos como los de la Unión Soviética, en virtud de lecturas, observaciones y amistades. Tiene muy presente los orígenes del partido comunista y del partido socialista democrático. Vio con curiosidad, pero alejado radicalmente de sus filas, el surgimiento del Nacionalismo, movimiento que acaudillaron Gilberto Alzate-Avendaño y Silvio Villegas, a imitación de la falange española.

En 1944 le correspondió llevar la vocería del partido socialista democrático en acto de promoción de candidatos a las más altas corporaciones públicas, con elogio al socialismo, que el autor recuerda y califica de alocución ingenua y seudofilosófica.

Da cuenta de la complejidad del período 1940-1945, por la segunda guerra mundial, y en el caso colombiano el segundo gobierno de Alfonso López-Pumarejo (1942-1945), que termina un año antes por declinación propia, siendo sustituido por Alberto Lleras, quien ejercía de Ministro de Gobierno y Primer Designado. La división de los liberales condujo a Mariano Ospina-Pérez, conservador, a la presidencia en 1946, con período hasta 1950. En este gobierno comienza etapa dramática en la historia del país reconocida como "época de la violencia".

De esa década del cuarenta recuerda las amistades, resultado de su militancia en la Federación de Estudiantes, que fueron parte consustancial en su proceso de formación y en la fundación del periódico El estudiante. Esos amigos fueron Frank Mejía-Jaramillo, Enrique Solano, Jorge Nasar-Quiñones y Julio-César Zabala, todos de la izquierda, incluso con simpatías al partido comunista y a la Unión Soviética. Recuerda que el primero de ellos tuvo la apreciación justa sobre los horrores del régimen de Stalin, calificándola de "dictadura afrentosa", permitiéndoles abrir los ojos para no desvanecerse en ilusiones frustrantes. Además de aquellos recuerda sus amistades con intelectuales conservadores, sin tomar en consideración la enorme distancia ideológica que lo separaba de ellos, en especial con los poetas Eduardo Carranza, Gerardo Valencia y Arturo Camacho-Ramírez, así como con la totalidad del grupo Piedra y Cielo, donde participaban también Carlos Martín y Jorge Rojas. También guarda testimonios de conocimiento de los poetas Luis Vidales y Aurelio Arturo.

Su afición por la música, adquirida tempranamente, la acentuó con el conocimiento del melómano Ignacio Isaza-Martínez, ingeniero, funcionario del Banco de la República, quien solía reunir amistades en su apartamento para escuchar música y compartir sus eruditas explicaciones, con acercamiento a las obras de Bach, Mozart, Beethoven, Debussy, Schönberg, Stravinsky, entre otros.

De amistades que vinieron en etapa siguiente estaban Mario Latorre-Rueda, Jaime Cortés-Castro, Vicente Laverde-Aponte, Fernando-Antonio Martínez y Carlos-Ariel Gutiérrez, a los que les dedica párrafos destacando la formación de ellos y sus desempeños públicos.

La ambición de formarse como intelectual de rigor, lo llevó también a estudiar Derecho, pasando por los claustros del Externado de Colombia y de la Universidad Libre, donde terminó estudios en 1946; viaja a Francia a finales del mismo año y al regreso en 1948 obtuvo el título con tesis sobre el primer censo industrial (1945).

Acentuó sus estudios sobre historia moderna de América Latina, con observaciones particulares en países que presentaban interesantes cambios políticos: Brasil, Argentina, Chile, México y Cuba. Se adentra en lecturas de obras de intelectuales argentinos, del campo de la izquierda, como Rodolfo Puigrós, pero también en el conjunto como lo advirtió en su acercamiento a la revista Sur que orientaba en Buenos Aires Victoria Ocampo, con lecturas, entre otros, de Aníbal Ponce, Sergio Bagú, Borges y Eduardo Mallea, de quien le impactó su ensayo sobre el sentido heroico de la vida. De Ponce tuvo admiración por su ensayo "Educación y lucha de clases". Por traducciones de dicha Revista se aproximó a algunos novelistas ingleses como Charles Morgan y Virginia Woolf.

En los notorios avances, fue accediendo al estudio de autores protagónicos en sociología, filosofía e historia, como en el caso de las obras de Max Weber, Edmund Husserl, Martin Heidegger, Ernst Cassirer, Georg Simmel, Theodor Mommsen y Friedrich Meinecke, en el campo de la lengua alemana. Considera que José-Carlos Mariátegui y Aníbal Ponce fueron las personalidades intelectuales más influyentes en la formación política de su generación, e incluso en la de inmediatos antecesores como Gerardo Molina y Luis-Eduardo Nieto Arteta. También se preocupó por leer a Domingo-Faustino Sarmiento, a José Ingenieros, a José-Enrique Rodó, a Jorge Amado, José Vasconcelos, Daniel Cosío-Villegas, Antonio Caso, Alfonso Reyes, Francisco Larroyo, Eduardo García-Máinez, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Rosamel del Valle, Pablo de Rokha, Juan Marinello, Nicolás Guillén...

En su vasta inquietud intelectual abordó temas de la ciencia, en sus problemas teóricos, con lecturas de textos de física moderna y biología, incluyendo la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, las ideas de Ernst Mach y de Max Planck, y el origen de la vida. De igual modo hizo estudios personales de griego y latín, hasta acceder a cierto manejo de gramática y vocabulario, al igual que se ocupó de lenguas modernas como el francés, el inglés y el alemán, con excelente manejo.

Hay la curiosidad que el alemán comenzó a estudiarlo al lado de Danilo Cruz-Vélez, con viejo profesor al que llamaban Kunz, jubilado del Colegio Andino de Bogotá, y en contacto con otro ambiente de cultura alemana como lo fue la casa de Carlota Massur, esposa de su profesor Gerhard Massur, quien fue a dar a Estados Unidos pero ella quedó en Bogotá. Las clases de alemán las continuó con Carlota usando como texto selección de la obra poética de Hugo von Hofmannsthal. En la biblioteca que ella conservaba del profesor Gerhard se interesó por las obras de historiadores como Leopold von Ranke y Friedrich Meinecke, como también por historias del arte y poetas alemanes.

De igual modo se interesó por el movimiento intelectual y la vida política de Estados Unidos. Leyó a John Dos Passos, a John Steinbeck, a Erskine Caldwell, a Sinclair Lewis, en literatura contemporánea, y autores anteriores como Vernon Louis Parrington y Henry David Thoreau.

Sorprende la manera sistemática y de buen ritmo como Jaramillo-Uribe accede al conocimiento, con dinámica propia, atento a los fenómenos de la época y sintonizado con la historia, para explicarse situaciones. Está el caso de la comprensión anticipada que adquiere en el derrumbe de la Unión Soviética, que tuvo en la planificación económica centralizada el intento de contraponer modelo de mayor alcance al del capitalismo, con el fracaso conocido. Estudió a Karl Mannheim, y vio en los novelistas ingleses Aldous Huxley y George Orwell, cabeza de oposición a lo que llama "fiebre planificadora y racionalizadora". Las utopías de Orwell las vio realizadas en el pronunciamiento de Kruschev en 1956 contra el estalinismo y en las reformas de Gorbachov de 1980.

Destaca de manera muy especial el período de Gerardo Molina en el rectorado de la Universidad Nacional de Colombia, cumplido de 1944 a 1948, el que califica de "singular dinamismo", y menciona "entre las muchas iniciativas innovadoras de Molina", la creación de los institutos de Economía y Filosofía, como las más singulares. Atribuye la iniciativa del Instituto de Filosofía, hoy Departamento, a grupo de intelectuales con Luis López de Mesa, Eduardo Caballero-Calderón, Rodrigo Jiménez-Mejía, Danilo Cruz-Vélez, Rafael Carrillo y algunos periodistas y escritores adherentes, que comenzó labores en 1945 con la conferencia de apertura de Luis López de Mesa y la dirección de Rafael Carrillo. Anota que la carrera de Filosofía la comenzaron unos cincuenta alumnos, y que se vincularon profesores independiente de su filiación religiosa o política. Señala como reconocidos católicos a Cayetano Betancur, Abel Naranjo-Villegas y Jaime Vélez-Sáenz, y como indiferentes o sin partido a Danilo Cruz-Vélez y Rafael Carrillo. Para el Instituto de Economía fue designado como director, Antonio García, autor que ya era conocido por su "Geografía económica de Caldas".

El autor registra el siguiente importante testimonio: "La rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional, que fue, como lo he dicho, muy innovadora y fecunda, también fue muy combatida y atacada por los sectores conservadores del país y aun por algunos sectores liberales, los mismos grupos que en 1936 y años siguientes habían rechazado el ingreso de la mujer a la universidad, la creación de nuevas carreras, la autonomía universitaria y la incorporación de docentes extranjeros... Molina tenía un criterio amplísimo que insistía sobre todo en la capacidad académica de los profesores."

Jaime Jaramillo comenzó de profesor en la Escuela Normal Superior al termino de su licenciatura, entre 1942 y 1946, donde asumió la dirección de prácticas pedagógicas del instituto anexo Nicolás Esguerra y la cátedra de Sociología en la Normal, para la cual se apoyó en excelentes publicaciones del Fondo de Cultura Económica, de México, con autores como Max Weber, Barnes y Beker, Adolfo Menzel, Durkheim, Pareto, Leopoldo von Wiese y Thorstein Veblen. De igual modo se benefició de obras publicadas por Editorial Losada en Buenos Aires, que también llegaban, de autores como Hans Freyer y Ferdinand Tönnies.

Ese curso de sociología asimismo lo asumió luego en la Universidad Nacional, ampliando lecturas como la de Georg Simmel, difundido por las ediciones de "Revista de Occidente". También se nutre de obras publicadas por Espasa-Calpe. Por su propia experiencia de estudioso-lector, afirma que cuando se escriba la historia de la cultura moderna en Latinoamérica, deberá aparecer con capítulo especial la enorme labor cumplida por Fondo de Cultura Económica, Espasa-Calpe, Revista de Occidente y editorial Losada.

De esa etapa, Jaramillo-Uribe adquiere conocimientos que le permiten asumir planteamientos y autores de avanzada, como en el caso de elegir a Toynbee por encima de Spengler, en virtud del pensamiento más realista de aquel, también por observarlo más acorde con la historia y con la interpretación histórica del principio de causalidad. Y le quedó fija la gran lección de Durkheim: "todo hecho social debe explicarse por otro hecho social y no por un hecho natural."

En los años 1947 y 1948 realizó estudios de especialización en París becado por el gobierno francés, en su calidad de docente de la Escuela Normal Superior, al igual que lo fue su director, José-Francisco Socarrás, con quien compartió esa experiencia. Tuvo en La Sorbona como tutor al sociólogo George David, discípulo de Durkheim. Tomó cursos con Jean Wahl y Gaston Bachelard, entre otros. Como atento observador, Jaramillo-Uribe hizo seguimiento a los movimientos intelectuales, en especial a los de izquierda. Leyó con atención el semanario "Lettres Françaises" que dirigió Louis Aragon. Recuerda que de las lecturas de ese entonces la que más lo impactó fue el libro "Le trahison des clercs", de Julien Benda, donde criticó con dureza a sectores de la literatura que se habían dedicado a desacreditar la razón, como el caso de André Gide en "Les Nourritures terrestres". De la lectura de Benda afianzó el criterio de estar siempre la política involucrada en las actividades intelectuales, tanto culturales como científicas, con la convicción de ser ciudadanos antes que intelectuales.

 

[En Aleph, 19.VII.07]

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