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En las riberas de lo posible

Ref.: Diario “La Patria”, Manizales (Col.), domingo 8 de julio de 2007; p. 5-a [www.lapatria.com]

Hay tendencias en la formación de personas que conducen a un riguroso establecimiento de prioridades, con realizaciones consecutivas, sin descartar que surjan otras que alteran el ordenamiento original. No puede pensarse que al ir resolviendo asuntos, los siguientes sean de interés menor. Pero hay situaciones de enfrentar donde vale la expresión: “nadar, arrastrando la maleta”. Figura singular del refranero, sin las credenciales de la gran literatura, pero es una expresión gráfica, símbolo de tenacidad.

Lo primero que se piensa al enunciarla es en la situación del náufrago, de quien de manera imprevista cae al agua llevando entre manos lo que tuvo de haberes al alcance en ese instante dramático. El instinto de salvación le permitiría sobreaguar, y, de conseguirlo, seguir en la dual función: nadar y sostener la maleta, para flotar y, en lo deseable, para avanzar hacia la orilla o hacia lugar que se advierta seguro.

Así en la vida, entendida ésta como naufragio. Mundo ineludible en dificultades. Popper nos enseñó que vivir es resolver problemas, a cada instante. La vida es campo fértil en confrontaciones, abundante en contrariedades y en enfrentamientos con el entorno y con la propia interioridad. Podrán darse circunstancias ocasionales de placidez, pero no duraderas y pronto se estará asumiendo el paso siguiente con el retorno a la insegura cotidianidad, donde tantas cosas hay que resolver, desde las más simples como el levantarse, el moverse, etc, hasta las más complejas como solucionar ecuaciones diferenciales.

En las instituciones educativas, en mayor grado, la expresión aquella tiene lugar. Y en el caso colombiano de modo protuberante. Aquí estamos en consternación siempre, en vilo. A cada momento pasa algo grave, o de tono que siembra el desconcierto. Están por ejemplo las reacciones legítimas de protesta por acciones del Estado que intentan cambiar el rumbo, o desmejorar ventajas adquiridas, sembrando el camino de nubarrones. Las reacciones no se dejan esperar en la forma de cese de actividades y de movilizaciones, cuando no con violencia. Y los calendarios escolares entran en situación indeseada, con la advertencia de tener que reprogramarlos, o acortarlos para salvaguardar otros intereses creados. Por qué no pensar en construir espacio de vida diaria en los establecimientos de educación donde siempre predomine la libertad de discernimiento, para controvertir, protestar y contraponer con razonamiento alternativas de solución a los problemas, pero nadando, es decir, laborando. Y sin soltar la maleta, que es el acervo cultural-histórico que nos acompaña. De este modo se podría construir en colectivo y de seguro las cosas irían mejor. La condición es obvia: al otro lado tendría que haber oídos atentos, capacidad de escuchar y disposición para el diálogo sensato, hasta conseguir soluciones en común. O, mejor, con actitud favorable de ambos lados.

Pero es costumbre apelar a métodos de fuerza para intentar contrarrestar acciones que se vislumbran perjudiciales, por choque de intereses, pulsos frecuentes entre agremiados y amplios sectores con los gobiernos, en los distintos niveles. Al Estado también le conviene ejercitarse, y de qué manera, en la pedagogía de doble sentido: explicarle a la comunidad sus políticas, planes y programas, con transparencia, y a su vez percibir con buena disposición las razones de los contradictores, para ajustar las normas y hasta para revocarlas, adoptando las que más convengan a los intereses generales, por el método de la concertación.

En la práctica, cuestión difícil. Los intereses personales y de grupos se anudan con frecuencia en el ejercicio de lo público, tanto más cuanto los “políticos” suelen combinar sus desempeños con los “negocios” particulares. Quizá ahí radica causa fundamental de nuestros males. Sinembargo, no hay que bajar la guardia en favor de un Estado donde primen la justicia, el interés general o bien común. El Estado de nosotros vive, como dicen en la Física, en equilibrio crítico, en situación de permanente amenaza de inestabilidad, y los gobernantes están expuestos al diario desgaste de las confrontaciones, en todos los terrenos. De ahí la necesidad de pensarse en constante despliegue, con acatamiento a la Constitución Política, sin enmendarla a cada paso con la imposición de mayorías en corporaciones públicas, en desafío continuo a las minorías. La mayoría no siempre tiene la razón. En las minorías, por su condición numéricamente en desventaja, es posible el mayor esfuerzo por esgrimir razones de peso que deban ser consideradas, con intentos perseverantes de conciliación.

La democracia no es el imperio de "mayorías", ni de minorías exaltadas o violentas, sino el dominio de valores sustantivos como el respeto y la equidad, hacia la libertad con justicia. Y con los valores en la cabeza y en las manos, los pasos serían más concurridos y convergentes en la participación por el bien general. Los problemas deben abordarse en el mismo agite del transcurrir de la vida. De esta manera avanzaríamos mejor entre todos y con todos, sin descartar los antagonismos irreconciliables, pero llevaderos en la coexistencia, con rotundo ¡NO! a la violencia, ¡NO! a la guerra, ¡NO! al secuestro... ¡SI! a la vida, nadando y arrastrando la maleta.

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