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Dominga y Beatriz: dos libros de poesía memorables

La poesía es el tiempo de la memoria, y la memoria es el dibujo de metáforas y fantasmas. Los caminos de la palabra se entrecruzan con las miradas y los seres encuentran espacios de respiro, para desvanecer las realidades sobrecogedoras, o para plasmarlas en materia volátil. Poesía la hay para recontar acontecimientos de la verdad y de los sueños, también para compartir sentimientos de anhelos y frustraciones. Los juegos no tienen límites. A su vez los gustos se alinean por pasiones y por elaboraciones intelectuales.

Los años sesentas del siglo pasado han sido motivo de indagación frecuente, por la curiosidad de haber surgido en ellos expresiones intensas en creación y rebeldía. El mundo estuvo en vilo con jipis y nadaístas, con las protestas de los universitarios por las calles, con las músicas de ruptura y la palabra en irreverencia. Nuevas formas de comunicación descompusieron las 'buenas conciencias' y lo 'políticamente correcto', al igual que indujeron a pensar sobre el medio-ambiente, el respeto a las diferencias y en la complejidad del mundo, así como en las posibilidades de las artes frente a un entorno en continua conmoción.

No hay que olvidar que fueron los años del boom latinoamericano en las letras con García-Márquez, Vargas-Llosa, Cortázar..., también de la eclosión esperanzadora de la revolución cubana y de la catástrofe bélica en Vietnam.

La poesía en Colombia tiene, en la misma década, su remozamiento con el Profeta en su casa (1965) de Jotamario Arbeláez, los Poemas urbanos (1966) de Mario Rivero, la Invención de la uva (1966) de Eduardo Escobar, Los poemas de la ofensa (1968) de Jaime Jaramillo-Escobar (X-504), en la corriente del Nadaismo. Y de otras vertientes, sustantivas, irrumpieron poemarios como Si mañana despierto (1961) de Jorge Gaitán-Durán, la Agresión de las formas contra el ángel (1961) de Héctor Rojas-Herazo, Estoraques (1963) de Eduardo Cote-Lamus, el Canto llano (1964) de Fernando Arbeláez, El transeúnte (1964) de Rogelio Echavarría, El ser no es una fábula (1968) de Giovanni Quessep. Y de los grandes maestros con Los adioses (1963) de Fernando Charry-Lara, Morada al sur (1964) de Aurelio Arturo, Los trabajos perdidos (1965) de Álvaro Mutis. En lo latinoamericano solo refiero tres poetas, de entre número apreciable, que de manera especial vibran con las obras que motivan este artículo: la argentina Olga Orozco con su libro Los juegos peligrosos (1962), la uruguaya Ida Vitale en el poemario Paso a paso (1963) y el también argentino Alberto Girri con Poemas elegidos (1965). Fueron asimismo los tiempos de la apoteosis de artistas plásticos nuestros: Alejandro Obregón, Fernando Botero,... con la aparición de otros más jóvenes: Norman Mejía, Luis Caballero, Pedro Alcántara...

En esos años emergieron entre nosotros dos mujeres poetas, con obras dignas de recordar y de poner al día en su vigencia. Me refiero a Emma Gutiérrez y a Beatriz Zuluaga quienes fundaron en Manizales la "Casa de la Cultura", en unos bajos de casona antigua en el centro de la ciudad, pero con ebullición de actividades en conferencias, recitales, exposiciones, tertulias con fondo de intelectual bohemia. Por allí pasaron los nadaístas en flor y tuvieron acogida diversas expresiones locales.

Pero ante todo quiero aludir a dos libros, los primeros de ellas, editados por la imprenta departamental de Caldas, que fueron un salto adelante en medio de la poesía decadente a la que estábamos tan acostumbrados. Por un lado "La ciega esperanza" (1961) de Beatriz Zuluaga, con su viva efusión de cálidos mensajes de sensualidad y entonación sonora. Y, por el otro, "Azul definitivo" (1965) de Dominga Palacios (Emma Gutiérrez de Arcila, en la vida real), con imaginativa disidencia frente al destino y creación fresca, de más recatada sonoridad. Poetas de Manizales que, sin proponérselo, resultaron por el propio talento inmersas en aquella corriente renovadora, todavía no reconocidas. Ambas obras son contribuciones dignas de los mejores estudios, en contextos literarios nacionales e internacionales. De ninguna manera son expresiones de abandonar en los recovecos provincianos. Son libros por reimprimir, para testimoniar su vigencia y sentido de duración en los propios valores estéticos.

En "La ciega esperanza" están las eternas preguntas por el amor, la ausencia, la esperanza, la fina sensualidad, los sueños, el silencio,... "Amar es despertar una mañana/ con el azul del cielo entre las manos./ (...)/ Amar es un asombro iluminado/ de conocer lo siempre conocido./ (...)" Hay vitalidad en sus palabras y ritmo incontenible para la voz que irriga y se comparte. El amor no la detiene en el misterio que alberga, le desencadena la pasión del ser o del no ser, del vibrar en el justo instante, del retener la ternura, la intensidad del momento, y aún el grito. "Amor es convertirse a cada paso,/ en rosa, viento, estrella y melodía." Es el mismo poema "Definición" que nos recuerda grandes momentos de la lírica universal. Hay ímpetu desde la intimidad y ganas de sacar la voz en aires prematuros.

"Me levanto en mi verso y estoy sola:/ que suban las palabras sin cadena ni filo." (En: "Contorno exacto"). De este modo pone en evidencia su propia situación en un contexto tan circunscrito al tradicionalismo decadente, y rompe el aire con su voz, sin ataduras ni agresividad en el desafío. Tiene la vocación de paz en medio de la discordancia reinante. "Me levanto en mi verso, llanto-grito,/ yo que quise subir sin espada ni escudo,/..." (Ib.) Capta la situación problemática del mundo en que vive, con la reinante injusticia, y lanza con fuerza la palabra en lucha con las tinieblas. No encuentra solución en las angustias del vivir, entre los semejantes, pero tampoco es su deber. Poeta a plenitud que se la juega toda sin disimular sentimientos, ni exasperar arrogancias. En su poema "El agua del amor" hace la odisea del que sufre y asume el dolor ajeno, con la frescura de un corazón siempre dispuesto al amor, así el dolor en ráfagas lo cruce. "Hay un río de amor que atraviesa la vida./ Hoy quiero amor... amor en mi cerebro,/ amor entre mis venas./..." Sinembargo, encuentra que a pesar del amor hay "mares de odio". Desciende por los vericuetos de la tierra y se encuentra como "una sombra moviéndose entre sombras". Llora ante la realidad sobrecogedora que le cruza el corazón y al final reitera que "hay un río de amor que atraviesa la vida".

El escritor Jorge Santander-Arias dijo con acierto en el prólogo a “La ciega esperanza”, lo siguiente: “Allí hay agua de amor; esperanza clausurada, y esa levedad imaginativa que conocimos en las manos colmadas de esa pedagoga heroica y taciturna que fue la Mistral.”

Dominga Palacios a su vez se levanta de su espacio solitario para irrumpir con voz queda en los espíritus ajenos. Tienen humor drástico sus palabras, e ironía, pero con la novedad de salirse de los cánones de las obsoletas recitaciones. No pierde el ritmo y entretiene las sombras con la especulación de los sinsabores. Encuentra por ejemplo, en tardes, que al día le sobran dos horas, con llamado a todos para sorprenderse por la velocidad del crepúsculo. En otras ocasiones se niega a hablar con ella misma, como si deseara detenerse en el tiempo. La interrupción de grillos en la noche no le da oportunidad de pensamiento y de nuevo se topa con la tarde que no tiene ganas de crepúsculo, aplazándolo. También encuentra que su "alma se descompone en llamas sudorosas/ que no consumen." En "Tiempo libre" se incrusta en un catálogo de viajes mientras planea la fuga. Le ofusca la espera, y quiere música y más música, después de haberse encontrado con Ceylán y Madagascar, con Brasil en el extremo de viaje alucinado, para concluir en el deseo de darle textura de piedra al corazón.

El amor es un gozo, a veces de desilusión y le cruza la vida en medio de llantos y distracciones de alegría. "¡Qué amor tan descansado es éste!/ Sin sombras, sin caminos, sin secretos./ Qué cantidad de sueños en el techo/ de la melancolía." Así se expresa Emma/Dominga en "Canción sin retorno", con desarrollo entre serpientes, sonidos maniatados, crisantemos, remordimientos y hastío. La meditación se confunde con la vejez en una casona de dos puertas: por la una ingresa el alba y por la otra se despacha la vida. De por medio la desilusión, con preguntas por la evidencia en la dificultad de los encuentros. Es la soledad la señora de la casa.

En el poema que da título al libro, y a la vez cierre del mismo, establece que "Para un día de campo/ es preciso llevar el alma puesta/ y responder por ella/ a la hora del crepúsculo." Parece que en este comienzo el optimismo la acompaña. Pero a verso seguido advierte que poco tiempo le queda para disimular las canas y asumir el verde del campo y la esperanza. Pone de presente que la vida le transcurre con fatalidad, pero clama por no detenerse, por un "Azul, azul de todas las maneras./ Azul desierto para los dragones./ Azul definitivo."

Las figuras que crea son siempre sorpresivas, como cuando dice: "Las voces del retorno/ vivirán la afonía del silencio." O cuando nos invita "a un degüello de palomas al despuntar el alba." Y es del caso recordar palabras de Guillermo Arcila-Arango, en las solapas del libro, donde dice con hondura: “El lector encuentra aquí y allí poemas extraños y bellos y, al mismo tiempo, chocantes. En muchos de ellos, lo cotidiano, que sin ser prosaico tampoco es convencionalmente poético, es llevado de la mano como un menor a ocupar un sorpresivo rango estético.”

Estas dos poetas son significativas, de perdurar. Sus primeros libros marcaron enseñanza de riesgo, con oportunidad, e intentaron sacar del marasmo a nuestras liras, un tanto ausentes de la innovación y de las ganas de ir adelante. Por supuesto que la lección que dejaron no se ha aprendido del todo. De ahí la necesidad de reeditar esas obras y estudiarlas en voz alta, con los jóvenes, para que se incentive el valor de la creación, con pasión, sentido de justicia y hasta con la indispensable dosis de escepticismo e iconoclasia.

Beatriz y Dominga, Emma y Beatriz, son dos figuras notables de nuestras letras, en Colombia y en Latinoamérica. "La ciega esperanza" y "Azul definitivo" abrieron puertas y ventanas, con saludable rebeldía, para que la libertad en la creación poseyera los cuerpos y los espíritus, y de su fulgor salieran las palabras en sustitución del vacío.

Dos obras en la soledad de su grandeza por reconocer.

[Para Cronopios, 10.VI.07]

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