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La maestra de Tacuarembó

Fue de influencia significativa en nosotros; la conocimos en los comienzos de nuestras aplicaciones docentes. Formada en tiempos de flexibilidad con rigor en la educación uruguaya. El ambiente familiar y el entorno social la motivaron para prepararse como maestra, con el gusto de ayudar para que otros accedieran a la cultura. Se preparó en la modalidad libre, es decir, sin tomar clases en aula, y pasó con honores los exámenes de Estado que la habilitaron para ejercer la profesión más bella y multiplicadora: el magisterio.

Mirta Negreira-Lucas, es su nombre, nació en 1921 en Tacuarembó, de ascendencia gallega, donde tuvo la formación básica. Ejerció, hasta su jubilación, en las escuelas de Tambores primero (ciudad natal) y de Carrasco luego (en Montevideo). Como pilar sustantivo de su formación tuvo la “Educación por el arte" (1943) de Herbert Read, obra de extraordinaria influencia en el Cono Sur, que le permitió asumir la orientación de los niños con sentido integral. Aprendió en teoría, y entendió, con ejercicio perseverante, que es posible disponer del arte como eje de la educación, desde los más tempranos niveles hasta la llamada educación superior. Se acompañó también, en su preparación rigurosa, de la obra de Jesualdo (“Vida de un maestro”, 1947), el reformador de la educación en Uruguay.

Mirta casó en Montevideo con Guillermo Botero-Gutiérrez, el escultor de nosotros, quien estudió y trabajó en su oficio por Chile, Argentina, Brasil, Paraguay,... y se estableció en Montevideo, donde montó taller, que fue centro de tertulias de grandes personalidades del exilio. En ese ambiente se encontró con Mirta, la maestra adorable de Tacuarembó. En su unión surgieron murales, obras de todos los tamaños para edificios, ferias y galerías de arte. Juntos construyeron, en 1953, singular casa-taller en el sector de Shangrilá, en vecindades de Montevideo, a pocas cuadras de la playa, con entorno de jardines y árboles, y sosiego propicio para la creación. Casa que conocíamos por filmaciones del maese Botero, pero que ahora reconocimos visitándola, con Mirta en soledad y algunas limitaciones físicas.

Es de recordar que la maestra de Tacuarembó llegó a Manizales de la mano del maese, a principios de los años sesenta, sin pensar que aquí se quedaría por más de 30 años, al principio con intercalación de temporadas en su país en ejercicio pleno y amoroso de su profesión docente. Fue ella, sin la menor duda, el soporte esencial del escultor, un tipo extraordinario y desaforado, con capacidad de morigerar sus desmesuras. Además de ser centro de la casa-taller que establecieron en Manizales, cerca de la Escuela de Bellas Artes, tendió la mano a niños del vecindario, con inteligencia y cariño, en las tareas escolares.

A poco de la muerte del esposo, ella decide regresar a su República Oriental del Uruguay, la de Artigas, para reinstalarse en la casa de Shangrilá, la del “techo caído”, con referencia a la singular construcción de sección triangular en la fachada (la hipotenusa de techo), recobrándole vida, en la manzana 47, solar 23, identificación que aparece en pulida placa-cerámica en el frente de la casa, departamento de Canelones.

La vida nos dio oportunidad de encontrarnos de nuevo con la bella maestra de Tacuarembó, la de los afectos sin declinar, la del sabio consejo, la de la opinión de examen libre. La de contestar al teléfono con la sonoridad y el infaltable: "Oigo..." En Shangrilá la sentimos con estrecho abrazo, en medio de lágrimas propias de la emoción. Pero ella está ciega, con percepción solo de los colores rojo y blanco, a la espera de merecido milagro del láser que le recupere en algo el ojo derecho. Se mueve a tientas por la casa, con el conocimiento acertado de los sitios y de las cosas. Como por arte de magia fue repasando todo. Aquí está el comedor, esta es la sala, allá está la cerámica tal del maese, más allá otra,... En este estante permanecen pequeñas esculturas de personajes populares.... En el patio-jardín nos indica los árboles y plantas con sus nombres: dos robles sedosos, un manzano florecido, una pitanga o ñangapiré, un árbol de Artigas, tres espumillos de flor rosada, una hortensia,... geranios. Y el sitio de la ineludible churrasquera, el de las animadas tertulias de otro tiempo.

Llegada la hora de las 5 de la tarde, ella revive la memoria de los encuentros sabatinos en Manizales, de conversación y debate, que llamábamos "Cofradía del Té", con maese Botero y Mirta en la conducción, con Armando Ramírez y Beatriz, con Heriberto y Mónica, con Livia y yo. La encantadora maestra no se deja ayudar. Va con cuidado por los aparadores, dispone lo necesario en cocina y comedor. Y corona la faena en la mesa con los tres, en representación de los cofrades distantes, y de las innumerables amistades afectuosas que dejó en nuestra ciudad. Ejemplar reciedumbre.

Al salir de su casa, después de compartir por horas el asombro del reencuentro, retorno con Livia meditando en el sentido de la vida y su destino, en medio de silencio profundo, con inocultables incertidumbres en el horizonte. Pero el ejemplo de su espíritu enhiesto nos anima a seguir viviendo, con la frente en alto y sostenido paso.

Jesualdo nos enseñó: hay que tener fe de ser y de hacer.

[12.XI.06]

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