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Universidad y poiêsis: fantasmas y paradigmas en mi vida académica

Lección al recibir el Doctorado h.c. de la Universidad de Caldas

Manizales, Universidad de Caldas, Paraninfo, a 29 de noviembre de 2007

 

...La fórmula que permite ensanchar la pasión [por el conocimiento] hasta abarcar las ciencias
y las humanidades, y por ende la cultura, es la meta de la formación humanista.  
Edward O. Wilson

Nadie sabe nada de nosotros cuando hablamos en voz muy baja al oído de una mariposa.
Yannis Ritsos

 

Exordio

Confieso que he vivido la Universidad como actor en todos los niveles por espacio de nueve lustros, desde mi ingreso en 1962 al programa de ingeniería civil, y mis vivencias en ella he tratado de racionalizarlas en intervenciones académicas y en diversas publicaciones. Me propongo volver al tema, en ocasión favorable para el examen y la gratitud.

Es indispensable a todas luces mover ideas y emprender procesos, de continuo, con capacidad reflexiva, en controversia, hacia la construcción de acuerdos para salvar lo que la Universidad ha sido en un milenio de existencia, y seguir por el sendero que la sociedad le ha tendido, con el fin de mirarse en ella y recibir aliento con visión integral del desarrollo.

El retorno al humanismo como eje de la vida espiritual de la Universidad, heredera de tradiciones, con gusto por la razón y la contemplación, será posibilidad de rescate en el destino de institución imprescindible para una región, un país y el mundo.

Con esta lección trato de meditar en lo que ha sido hilo conductor en mi vida de universitario.

Verdad sin coacción

Para desarrollar el tema que me propongo, cabe preguntar: ¿Está el sentido de la vocación creadora en la esencia de la Universidad? ¿O será un factor de elusión, o una reminiscencia lejana e inasible? ¿Acaso la poiêsis, como capacidad de potenciar la creación en los espacios más propicios al conocimiento, podrá ser instrumento para cautivar por las ansias de comprender y compartir? Veámoslo.

El filósofo alemán Karl Jaspers (1883-1969) proclamó la búsqueda de la verdad sin coacción, como un derecho de la humanidad por la misma condición de ser humanidad. Y la verdad como resplandor que atrae vocaciones en los claustros universitarios, no podrá ser ajena a los procesos en los que la creación pueda estimular alternativas. El conocimiento genuino en cada campo permite dar respuesta a interrogantes fundamentales de la vida y del acontecer de las relaciones entre las personas y de estas con la naturaleza y el universo, y hasta de los enigmas e incertidumbres que a veces corroen la oportunidad de esperanza.

En su ensayo "El espíritu nuevo y las universidades", de 1926, nuestro Baldomero Sanín-Cano (1861-1957) se atrevió a incorporar la idea de “universidad libre”, en el sentido de entender que su porvenir es el porvenir de la inteligencia, como tercera opción en el dualismo de la clasificación tradicional que distingue universidad clásica (Oxford, por ejemplo) de universidad técnica o profesional (la alemana, por caso).

Baldomero le apuesta a esta modalidad de universidad libre, dotada de profesores con capacidad de satisfacer la curiosidad intelectual de cuantos quieran acercarse, de museos y laboratorios dirigidos por personal idóneo, actualizados a diario en los adelantos de la ciencia, con bibliotecas que congreguen colecciones científicas y del humanismo para exaltar el "instinto del conocimiento" y estimular el nexo entre la ciencia y la vida, para ennoblecer y hacer menos odiosas las faenas de la cotidianidad.

La concepción de universidad libre, está por supuesto atada a los compromisos o deberes de profesores y estudiantes en la búsqueda apasionada del conocimiento, con el placer de ir en gradualidad alcanzando metas, con resultados que satisfagan necesidades sociales, o de compromisos de la inteligencia y la sensibilidad, sin la imposición de modelos; más bien con la provisionalidad de ellos.

Incluso un intelectual marxista de la talla de Antonio Gramsci (1891-1937) planteó, en "Los intelectuales y la organización de la cultura" (1949), que "la universidad tiene la misión humana de educar al cerebro a pensar de modo claro, seguro y personal, librándolo de lo nebuloso y del caos..." Baldomero, en el texto aludido, es también enemigo de una relación de profesor alumno que imponga modelos, formas de pensar, prejuicios, visiones esquemáticas, que distraigan el fervor del estudiante por conocer y comprender, en cuyas tareas su propia voluntad debe ser desplegada, sin ataduras, apenas con el estímulo de quienes le acompañan en su propio y personal proceso de aprendizaje, de modelación de su cerebro para aclimatar la claridad en el pensamiento, como enuncia Gramsci, pero sin desconocer las nieblas de la propia incertidumbre en los pasos y en el alcance de los retos.

Habrá un ingrediente ineludible para sortear el clima de trabajo en la Universidad, que será la poiêsis, con el sentido griego del hacer, el producir, el fabricar, el componer, el inventar en la base de lo institucional, para salvaguardar el propio destino, y su sentido. Creación, creatividad, capacidad en las personas y en los colectivos humanos para ingeniar y sortear, para mantener vivo el acicate en descubrir y concretar, en la forma de memoria, los desarrollos que se van logrando. El esquematismo y las formalidades burocráticas reducen aquella opción a la rutina, y a la pereza por entablar cada día nuevos desafíos, con preguntas, con cuestionamientos a lo meramente dado por establecido.

Es importante recuperar de Paul Ricoeur (1913-2005) la noción de juventud universitaria como grupo que suele ser distinto, marginal y disidente, sin constituirse en una clase social, más bien es una no-clase, una anticlase, que saca partido de distancia respecto del juego social, de su alguna independencia económica y de su independencia intelectual, para captar las contradicciones de la sociedad global, percibidas como de lejos. Pero a la vez Ricoeur advierte que esa cierta madurez cultural no va acompañada de una semejante madurez intelectual, ni de un gusto muy vivo por las responsabilidades, atadas a los marcos institucionales. En ese contexto, dice Ricoeur, aparece una concepción mágica del acto político, con el afán que todo debe cambiar en forma inmediata, sin mayores esperas. Pero esa condición debe ser asumida en términos constructivos, para hacer de la inconformidad un elemento para inquirir, para dar desarrollo creativo en respuestas que le permitan a la institución avanzar. No ser conforme significa también comprometerse en procesos permanentes de reforma, sin renunciar en la demanda de justicia y de libertad para el ejercicio de los derechos fundamentales. Los saltos adelante se producen por acumulación progresiva de cambios, en la dirección del llamado “mejoramiento continuo”.

La creatividad, la capacidad de ingenio, tiene que ser ilimitada en la universidad, para afrontar las crisis y las continuas o incesantes puestas en cuestión de su naturaleza y actuaciones. No de otra manera podrá lograrse su vigencia. Este, su mayor reto, lleva a pensar a Ricoeur en su función, como institución que prepara personas para que asuman en conciencia la aventura científica, técnica, de pensamiento, literaria, artística, en general espiritual, que es urgencia de cada momento en la sociedad. Y, en consecuencia, con capacidad de hacer seguimiento a los temas cruciales de la época, y no solo en campos específicos de las profesiones. Se trataría, de lo que se ha llamado la formación integral. Pero los avances han llevado a fragmentar el conocimiento, en parcelas de especialización, con pérdida de la visión general. La Universidad entonces tendría que proponerse, en las condiciones alcanzadas, a recuperar espacios para involucrar a los estudiantes y a los profesores en el interés hacia "los aspectos más generales del saber moderno".

Entramado en la crisis

La Nóbel Doris Lessing, en su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias en el 2001, se ocupó de hacer evidente la carencia mundial en la formación humanística, como una pérdida en el interés por saberes que fueron universales, en la base de nuestra civilización. Carencia de humanismo, entendido este, en la concepción de la Nóbel, como "un entramado de referencias e informaciones que eran como la historia compartida de lo mejor que la mente había pensado, dicho y escrito", lo cual hoy no existe. La mirada de ahora en las profesiones es unidireccional.

Las consideraciones de Lessing, la llevan a comparar lo actual con la educación integral que se disponía medio siglo atrás, en países europeos, cuando se consideraba imposible impartir y recibir educación sin nada de la antigua base humanista, como tampoco, en aquellos momentos, se aceptaba llamar culta a una persona que no ejerciera con disciplina la lectura. Países como el nuestro no tuvieron aquel apogeo, apenas tímidos asomos con influencias inglesa, francesa y española, en especial la de los republicanos del trastierro y de exiliados de las guerras europeas, con influencia en algunas universidades, con asomo de la idea de humanismo, cuya presencia en Colombia fue escasa, a diferencia de lo ocurrido en Argentina y México.

Por otra parte, en el sentido que intento reivindicar en la idea de Universidad, ligado a la poiêsis, está la condición de espíritu crítico, con capacidad de adelantar procesos de reforma, con posibilidad permanente de revisarse a si misma en su relación de servicio con la sociedad. No es una fórmula esquemática estimar que la Universidad sea crítica, como ejercicio sostenido de libre examen, con autoexigencias para avanzar en sus programas y compromisos, con despliegue en libertad de los conocimientos teóricos, de la capacidad creadora.

Las contribuciones de Ricoeur en la interpretación de la Universidad, llevaron a Jacques Drèze y a Jean Debelle, a identificar tendencias en la "Universidad del espíritu", como un medio de educación en el Reino Unido, como una comunidad de investigadores en Alemania, y como un foco de progreso en los Estados Unidos; frente a la "Universidad del poder", como foco intelectual en Francia, y como factor de producción en el caso de la antigua Unión Soviética.

A finales de los años sesenta, y como eco de los movimientos universitarios que conmovieron a Europa y Norteamérica, los mismos profesores Drèze y Debelle se plantearon la inquietud por saber si la universidad moderna se integraría en redes con centro de gravedad en la investigación, y con ramificaciones en escuelas profesionales superiores, con reconocimiento a su pasado. Aquellos titubeos se han vuelto caminos de fortaleza en la investigación en campos de la ciencia teórica y la tecnología, con resultados que sorprenden cada día en el dominio técnico, con avances inusitados en las comunicaciones, con el internet, en la robótica, la clonación y la modelación cuántica, al punto de aflorar gran conflicto, en el que navegamos con dificultades por ese predominio que pone al mundo en continuo riesgo. Son los tiempos del poder de la técnica, como baluarte de la crisis y fuente de la misma.

Crisis que Nietzsche anticipó, por ejemplo, en “La gaya ciencia” (1882), al observar tendencias desmesuradas en “hacer algo en menos tiempo que otros” (el “eficientismo” de hoy), y en la “caza de ganancias” (concentración de riqueza, en las relaciones económicas actuales), con abandono de la meditación, y menosprecio de intelectuales y pensadores.

No se puede olvidar que la Universidad es el ámbito más apropiado para medirle el pulso a los acontecimientos del mundo real, para hacerle seguimiento a la crisis, comprometida en ella, con la esperanza que en la reflexión pueda encontrarse salida con un nuevo humanismo, involucrado como autocrítica en la técnica, y como examen otra vez del ser que caracteriza la condición humana, con la busca de su sentido, o en reelaboración de su papel en el mundo. Problema que con agudeza ha estudiado nuestro filósofo mayor, Danilo Cruz-Vélez, quien nos ha hecho ver que en épocas de crisis como la presente caduca el sistema de referencias del mundo en el que actuamos, pareciendo flotar en el aire sin creencias ni convicciones. Apreciación que se actualiza en conferencias sobre el Otro impartidas en Viena por el Heródoto moderno, Ryszard Kapuscinski (1932-2007), en diciembre de 2004, quien favorece apreciación análoga de ser este, en la época actual, un mundo desprovisto de puntos de referencia, que conduce a las personas a sentirse perdidas, dando lugar a surgimiento aterrador de sectas, nacionalismos y xenofobias.

El concepto de seguridad queda, entonces, en entredicho, como ocurrió en el tránsito de la edad media a la época moderna, y como está ocurriendo de esta hacia otra por venir. De sus estudios Cruz-Vélez concluye que “los grandes pasos de la humanidad no se producen por ocurrencias de los participantes en los procesos históricos, sino por necesidades históricas.” Es como pensar que hay un imperativo que rige el destino, y que en él navegamos. El ilustre profesor también nos recuerda lineamientos conductores en los que fueron coincidentes Descartes, Galileo y Francis Bacon al estimar el saber como instrumento para dominar la naturaleza. Y nos recuerda el aforismo del Novum Organum: “saber es poder”. La reflexión profunda de Cruz-Vélez no le permite eludir el papel de cada individuo en el conjunto, convergiendo en el llamado a la persona para que permanezca fiel a si misma, como ejercitante de una vocación. En esto el destino juega su papel, con asidero en el entendido de Dilthey que “la vida es una misteriosa trama de azar, destino y carácter”.

Predilección en la eutimia

Pero si el desarrollo de la técnica ha puesto en peligro el conjunto de la vida, con la amenaza creciente de armas nucleares y la destrucción antrópica del medio natural, surge la urgencia en abrir paso al examen desde la técnica en la reconducción de su destino, con un nuevo humanismo, de ética renovada, que comprometa a los seres pensantes en la salvaguarda de mejores opciones para la naturaleza biodiversa y variopinta. Y esa posibilidad de acometer el estudio de la esencia de la técnica, debe estar en manos de grupo humano selecto congregado en la Universidad.

Vamos viendo, entonces, que la Universidad, en tanto sitio predilecto para el saber, es el lugar por antonomasia de la sociedad para que esta se examine de continuo, para que los problemas y contradicciones de ella se manifiesten como temas de investigación, hacia respuestas que al ponerse en práctica fortalezcan el proceso de avance institucional, en especie de movimiento de continua espiral. La complejidad de sociedad le es propia a la Universidad, con tiempos para incertidumbres, para pérdidas de rumbo, para experimentaciones con incluso ocasiones de fracaso, pero con la indeclinable capacidad de asimilar todo aquello y conseguir, en nuevos niveles, la claridad para tomar posición de nuevo en el contexto de su propio tiempo, el de ahora, en el sendero del nuevo humanismo.

Esos ciclos de errar por caminos escabrosos y de cosecha en resultados asimilados con beneficio por la sociedad, templan el carácter de la institución, siempre y cuando en ella se congreguen las mentes más lúcidas, de estudio en libertad, con capacidad de discernir, de comprender, de interpretar, de asumir responsabilidades y de corregir rumbo a tiempo.

En la entraña de la Universidad, por tradición, gravita la capacidad de generarse estímulos para el trabajo, con estudio intenso, no ajeno a los contextos que dan dimensión y profundidad para mejor comprender problemas, poder enunciarlos y enfrentarlos con probabilidades de acierto. De este modo pudiera entenderse la Universidad como hábitat de la intelectualidad que vibra con la Cultura, inmersa en las ganas de conocer y compartir, comprometida en la búsqueda de salidas a estos tiempos de crisis.

En este sentido es que resulta válida la aseveración de Sanín-Cano, al invocar por la universidad libre, "cuyo porvenir es el porvenir de la inteligencia". Pero no una inteligencia en juego con sí misma, distractiva, sino en ejercicio pleno de su condición para el pensamiento, para la meditación en consonancia con el mundo real, hacia respuestas y nuevas preguntas.

La poiêsis es instrumento de echar mano, porque está en el alma, en la esencia de la Universidad. No de otra manera subsiste ella, en condiciones de preservar mentalidad abierta, en sintonía con la historia, con los temas candentes de cada época, y con premisa de crear y desarrollar, en medio de dudas, hasta de quebrantos, pero con gradual avance. En el mismo sentido de poiêsis está el compromiso de hoy por la innovación, con la oportunidad -como lo advirtió el profesor Moisés Wasserman en conferencia reciente- de llegar a ser innovador quien entrena su mente para imaginar lo que aún no existe. Por consiguiente, la Universidad debe adecuar sus sistemas pedagógicos y de investigación para entrenar a las nuevas generaciones, con sentido de salto adelante, en procesos incesantes de reforma, con la responsabilidad de la poiêsis, el arte en su quehacer, la herramienta más favorable para crear e innovar.

Y si nos animamos en consideraciones, podríamos preguntar en directo: ¿qué tiene que ver la poesía con la Universidad? No es una relación de mero pasatiempo animada por oficinas de extensión cultural en la promoción de concursos y hasta de talleres. Se trata de medir el pulso de la institución desde lo recóndito para saber que allí radica la posibilidad más grande, en la sociedad, para crear, en palabras, en átomos y moléculas, en partículas, en materiales, en discursos de estructura lógica, en esculturas, cuadros, partituras, danza, o en la dispersión que distrae el agobio. En campos de merecida belleza, que incite a la armonía, a la euthymia que llamó Séneca, el “bienestar de ánimo”.

Platón en "El Banquete" establece la idea de poiêsis como aquel proceder que permite el paso del no ser al ser, es decir, la creación, y a los actores de ese acontecimiento los denomina poiêtai, es decir, creadores, los poetas. Creación que procede con materiales al alcance: la palabra, entre ellos, para el poeta de la palabra, y otros para el pintor, para el escultor, para el arquitecto, para el músico, para el ingeniero, para el danzante, para el médico, para el científico, para los ejercitantes en general de profesiones y disciplinas. Todos involucrados en la condición de poiêtai, de caber en sus desempeños dosis justa de creatividad, el despliegue de imaginación, el ser recursivos para estudiar y resolver problemas.

Por otra parte, en la cultura griega se consideraba que la poesía, es decir, la creación, adquiere validez cuando tiene arraigo y trasciende a la universalidad humana. También nos ha llegado de aquella gran cultura la valoración de Sócrates como el creador de la teoría de las ideas. Esa condición de creador, en término de la poiêsis, ubica a Sócrates como poeta, en similitud a Homero, considerado como "el primero y el más grande creador y formador de la humanidad griega" (W. Jaeger).

Y aquella condición de crear adquiere la dimensión educadora cuando logra penetrar en lo más profundo de la institución universitaria y en el ser humano, motivo de su trabajo, con estímulo a los anhelos del espíritu, configurando el deber, la evidencia del ethos. Resulta válido, en ese modelo, parangonar el logro en belleza, con lo estético y lo ético, con la integridad moral en los comportamientos humanos.

Desde su origen, en Bolonia, con sus tres principios esenciales: libertad académica, respeto absoluto, y esfuerzo de superación, la Universidad tuvo esa pretensión: formar para el mejoramiento de los seres humanos con orientación hacia los más altos ideales.

Lo abrumador del destino

No resulta artificioso vincular la idea de Universidad a la noción de creación, la poiêsis, con arreglo a maneras propias de la belleza, como armonía, y a las conductas enaltecedoras, la ética. Son dos campos que le son propios a la institución como imperativo para actuar con sentido de pertinencia, en tanto se logren resultados traducibles a la superación de las comunidades, y a su orientación en las miradas de futuro.

Es en este sentido que planteo la relación entre Universidad y poiêsis. Una relación que mira el imperativo de creación, de estar siempre con la imaginación a flote para plantear y resolver problemas, en niveles de punta, que generen esperanza, oportunidades de vida mejor, con dignidad, con satisfacción de necesidades básicas y capacidad de disfrute, en la recreación y la belleza.

La poiêsis, en esa interpretación general, puede considerársela válida en su existencia hasta "para hacernos sentir lo abrumador del destino", en expresión de William Ospina. El destino no siempre suele presentarse en formas bienhechoras; hay momentos rudos que asedian al ser, poniendo en juego su naturaleza, la existencia misma. Rudo es el acontecer, propio para la cadena de selección en los procesos de creación continua. Y abrumador, por las sorpresas que conlleva. De ahí la necesidad de preparar la conciencia y las conductas para enfrentar, afrontar, lo que venga, con su componente de imprevisiones. La educación, en su conjunto, debe propiciar ese entrenamiento de Humanidad para afrontar los riesgos, aun las catástrofes, y para conducir procesos que puedan estar en sus manos.

En los tiempos que corren no podremos evadir esos compromisos históricos, que son inmanentes a la idea de Universidad, en términos de las nociones griegas de poiêsis y de ethos.

Germán Arciniegas (1900-1999), artífice y oficiante de la metáfora del estudiante de la mesa redonda, en su informe de 1933 sobre la Universidad colombiana, planteó que no es posible tener universidad si no existe un ambiente de Cultura, "si no hay grupos formados de amigos del saber que hayan hecho de esta amistad la disciplina de su vida."

Idea que armoniza con las de José Ortega y Gasset (1883-1955) al establecer que la Universidad tiene que ser la proyección institucional del estudiante, tomando en cuenta sus dos dimensiones esenciales: lo que el estudiante es, y lo que necesita saber para vivir, haciendo de él una persona culta, con herramientas intelectuales adquiridas en las más diversas disciplinas del conocimiento. Parte Ortega de la base de estimar la Universidad como lugar propicio para la formación en la cultura, que deberá imponerse como un 'poder espiritual' superior frente a la prensa, con serenidad frente al frenesí, con agudeza frente a la frivolidad. Ortega por los años 30 le adjudica a la universidad el ser ella ciencia.

La creatividad y la cultura como matriz en la formación, también son tema del filósofo que echó las bases de la educación en Estados Unidos, con su escuela de experimentalismo, en la tradición del trascendentalismo de Emerson (1803-1882) y del pragmatismo de W. James (1842-1910). Me refiero a John Dewey (1859-1952), quien introdujo la idea de ser la experiencia algo más que la suma de recuerdos, para verla más bien como el actuar en ensayo continuo, es decir, la experimentación. Pero a la vez concibe el conocimiento como descubrimiento que surge en la acción, en relación de existencias y no de esencias, bajo el dominio de dos principios que enuncia como continuidad e interacción. De allí nace su didáctica, en términos de formación integral, capaz de potenciar actitudes del individuo y de responsabilizarlo en faenas sociales. En últimas, formarse con capacidad de comprender la experiencia, por la idea misma de Dewey de llegar al conocimiento a través del hacer que es previo.

La creación en Dewey tiene el sentido de formación integral, para la comprensión en la acción, con sostenido esfuerzo de pensamiento.

Hay dos maestros en nuestro subcontinente que los pensadores actuales olvidan o desconocen: el dominicano universal Pedro Henríquez-Ureña (1884-1946) y el mexicano universal Alfonso Reyes (1889-1959), quienes además de sus aplicaciones a la creación y a la crítica literarias, estuvieron inmersos en cuestiones de Universidad, como partícipes del grupo "Ateneo de la Juventud" en el México de comienzos del siglo XX, donde se gestó la refundación de la Universidad Autónoma, UNAM, en 1910. Ellos concibieron la Universidad ligada a la creación, a la poiêsis, con talante absolutamente socrático. Y tuvieron la audacia de leer a los filósofos contrarios al positivismo imperante, o que este rechazaba, como Platón, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, Boutroux, James,...

Con ese espíritu socrático crearon una sociedad de conferencias, para el libre examen en debate, con la combinación afortunada de metafísica y educación, pintura y poesía, por ejemplo. Aparece también la "Escuela de Altos Estudios", y la "Universidad Popular" en 1912, con una década de existencia, bajo el bello lema: "La ciencia protege a la Patria", sobre la base de la Cultura más universal, y más creadora. Esa generación llevó a cabo en México una revolución cultural, de consecuencias sociales memorables, surgida de un puñado de intelectuales que tuvieron su representación hondamente transformadora en el ministerio de educación que desempeñó uno de ellos: José Vasconcelos (1882-1959). En el fondo de ese acontecer envidiable gravitó la idea de Reyes al interpretar la cultura como función unificadora, y, por ende, de identificar el papel unificador de la inteligencia. El “Ateneo de México” tiene antecedente histórico, comparable, en la “Institución Libre de Enseñanza” de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), en la España de los años setentas y siguientes del siglo XIX, con prolongación en décadas iniciales del XX, cimentada en el criterio sustantivo de “educar antes que instruir”. Giner concibió la Universidad como potencia ética de la vida. Ambas instituciones de fervor socrático, con despliegue del arte, la creatividad, la poiêsis, en el modelo pedagógico.

Asimismo es de tomar en cuenta, aún hoy, el discurso de Andrés Bello al inaugurar la Universidad de Chile en 1843, en el cual resalta la importancia de la cultura intelectual en la Universidad, con cultivo de las ciencias, las letras y las artes, para alcanzar gran influencia moral y política en la sociedad.

Anhelo de civilización

De esa experiencia latinoamericana, de no olvidar, se desprende papel de la Universidad, en su ingente anhelo de civilización, para formar patria intelectual, con los compromisos sociales ineludibles, y con la capacidad de crear a flor de piel. En Colombia una escuela internacional de avanzada, con voceros de la importancia como los nombrados, tuvo su representante en Agustín Nieto-Caballero (1889-1975), de la más alta formación académica adquirida en Europa y Estados Unidos, con desempeños como “Director General de Educación” (1832-1936), rector de la Universidad Nacional de Colombia” (1938-1941) y fundador del “Gimnasio moderno”, entre otros, quien ejerció singular influencia en la educación del país en la primera mitad del siglo pasado, como al introducir el modelo de escuela activa, o escuela nueva, asimilado de Decroly, Credaro, Ferrari, Montessori, Karl Gross y Giner de los Ríos. Fue Don Agustín quizá el más notable educador colombiano en el siglo XX; por desgracia hoy completamente olvidado. Tuvo el acierto de pensamiento al estimar que los educadores deben tener auténtica visión ecuménica para poder acercarse al entendimiento de los múltiples y complejos fenómenos del mundo de hoy. Pregonó y aplicó en su fuero también la idea de considerar los sistemas de educación como disciplina mental, con el objetivo de alcanzar fortaleza en las personas para el análisis y la investigación, y de iluminar la inteligencia, haciéndola consciente y libre. Coincidente Don Agustín con los enfoques del método socrático y de instruir educando, en busca de formar personas capaces y comprensivas. Fue insistente en considerar la educación nacional como el máximo problema de la República.

En aquellos pensadores gravitó siempre la visión integral y la complementariedad en las áreas del saber, con un sustrato común: la poiêsis, para el cumplimiento de sus responsabilidades sociales de la Universidad.

Otro pensador nuestro, Rafael Gutiérrez-Girardot (1928-2005), dedicó varios ensayos a reflexionar sobre la Universidad, en especial en las condiciones latinoamericanas y particularmente de Colombia. Y en ellos advierte una tradición de menosprecio a la ciencia y a la cultura, que solo puede superarse por la reflexión histórica, la toma de conciencia de su papel. Encuentra que ha habido acumulación de "odio, tergiversación, simulación, dogmatismo, polarización de la vida social y cultural..., elemento contrario a la libertad del saber, a la búsqueda del conocimiento, al ethos intelectual, a la tolerancia y a la crítica, es decir, a lo que constituye la Universidad y en general la educación".

Para complementar este panorama, en el que busco asidero en la relación Universidad - poiêsis, comparto una mirada que escribió William Ospina para la edición número 143 de la revista Aleph, al recordar conversación suya de hace 25 años con el filósofo Danilo Cruz-Vélez, en la cual se puso en evidencia una diferencia sustantiva entre las sociedades argentina y colombiana, con el conocimiento que en la primera la cultura tiene un dominio por encima de la política, mientras que en la segunda es al contrario: la política avasalla la cultura, y sustrae a representantes significativos de ella para los ajetreos de la política burda y la burocracia. En esa situación se quiere ver un motivo de porqué estamos como estamos, que Ospina actualiza con estas palabras: “... en Colombia, donde creyeron más en la política que en la cultura, somos rehenes de todas las violencias y el Estado a veces parece querer devorarse a sí mismo. Ya no es el tono de Marcel Proust sino un dialecto de energúmenos lo que enardece y aplaca alternativamente a la sociedad.”

Será necesario regresar a Platón, quien concibió la educación por el arte como la única que ofrece gracia al cuerpo y nobleza a la mente; por consiguiente debiera hacerse del arte la base de la educación, con la poiêsis de insignia. En la infancia el arte prepara el sendero de la razón, y cuando esta se transite habrá las condiciones apropiadas para salir adelante, siempre y cuando en la educación haya conciencia de altruismo y solidaridad, la comprensión del otro, de lo otro, el reconocimiento de lo diverso, la alteridad, y la busca infatigable de solución a los conflictos en mancomún, con el predominio del absoluto respeto.

Camino a la fuente

La idea de "universidad libre" planteada por Sanín-Cano concuerda con la del filósofo italiano-argentino Rodolfo Mondolfo (1877-1976), enunciada en 1961, como destino de la universidad pública de Estado, en términos de "libertad académica, sin la cual la Universidad está condenada a faltar a su misión..., [que] significa libertad de pensamiento y de crítica, de opinión y de expresión para maestros y para discípulos; significa exclusión de toda filosofía oficial, de todo dogma o credo obligatorio, antes bien, al contrario, exigencia de la libertad del diálogo, de la controversia, del choque de opiniones, de la crítica y de la discusión entre las orientaciones diferentes." Mondolfo considera, de igual modo, que las universidades públicas, en una sociedad democrática, deben preocuparse por formar "ciudadanos independientes y responsables, moral e intelectualmente,... dirigidas en su actuación únicamente por la preocupación del bien social y por el anhelo del progreso cultural..."

Con este referente, escribí editorial en la edición número uno de la revista Aleph, siendo estudiante universitario, en 1966, que reproduzco a continuación, en aparte fundamental:

... La Universidad es... la asociación de educadores y educandos, unidos bajo el interés común de conocer el mundo y, ante todo, de adquirir a través de la Cultura una imagen de su propia condición, de su propio valer... /... Si antes la Educación era el síntoma de las circunstancias en que se encontraba la sociedad, hoy la tendencia ha de ser la Universidad como fuente inagotable de transformación.../... Se debe entender la Universidad como centro de avances científicos y de perfeccionamientos humanísticos... (Cf.: Revista Aleph No.1, 1966)

Y en estas utopías continúo, confiado en el mejor destino de nuestra patria, con la Universidad comprometida socialmente, en sintonía con las grandes ambiciones espirituales de la Humanidad. En mi propio actuar ha estado presente la metáfora del estudiante de la mesa redonda, por el compartir de libre examen, al amparo de la única esperanza de sembrar ánimo frente a los retos agudos de cada día.

Lo escrito, por dicho, está, y al concluir labor caigo en la cuenta de que un ser extraño me ha venido observando por horas y días, desde un ángulo de nuestra biblioteca. Rehuyo por un instante su indagación y escribo en mi diario:


Desde la tiniebla de su historia

la réplica agustiniana me mira
sin despabilar
símbolo fecundo

Hierática
con fría timidez
portadora del otro Yo

Complejidad de tierra
aire
fuego

y agua

Con el ensimismamiento de larga espera
la figura reposa
después de incontables batallas

Sobreviviente con más recuerdos
que la piedra
y más éxtasis que los campos olvidados
la estatua no desiste
permanece muda

con la expresión de siglos
en la forma del misterio de los dioses


Como habrán podido suponer, yo también he ido pasando con las pensadurías propias del vivir, y con el placer de sentirse uno inmerso entre personas de corazón abierto y manos pródigas para la solidaridad y la dicha, como ustedes que me acompañan. Un gran poeta, cantautor gaditano, lo dice en creación suya: “La utopía abrirá la frontera que al mundo separa de la inmensidad.../ Si este mundo ha de cambiar/ yo no me pongo a llorar/ que vienen tiempos mejores/ porque quien mira pa'trás/ como una estatua de sal/ acaba por los rincones.” He ahí una referencia, en términos de la poiêsis, que cabe en la idea y sentido de Universidad, como utopía o ideal, con ventana siempre abierta al mundo de lo inmenso, sin los quebrantos de permanecer en tiempos ya idos por superados, ni en la estrechez de una mirada restrictiva por momentánea.

Este relato que he hecho de mi propio recorrido por el mundo de las ideas, ceñido al quehacer diario -habiendo contado con la venia y paciencia de ustedes-, quizá apunte a explicar el por qué se me otorga esta distinción: ninguna razón distinta al haberme ocupado, con persistencia y hasta obsesión, de cuanta causa perdida he encontrado en el camino.

Pero, por sobre todo, como lo dice mi maestro del siglo XVI, Michel de Montaigne:

“La gratitud está aquí en su lugar verdadero.”

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