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El Elefante de Saramago

Ref.: “La Patria”, Manizales, Col., 11.I.2009; p. 5-a [www.lapatria.com]

 

Harold Bloom, analista literario de muy amplio reconocimiento, ha dicho que José Saramago "es el novelista vivo más talentoso del mundo". Cierto o no, Bloom apunta a valorar la condición integradora y creativa del portugués, el valor de la ironía y el humor, y la reflexión oportuna. Saramago es de los pocos novelistas que tienen acendrada formación filosófica. Se asomó con retraso a la condición de escritor, pero para consagrarse con cada uno de sus libros y en el de ahora: "El viaje del elefante" (Ed. Alfaguara, 2008).

En esta obra Saramago recrea viaje de Lisboa a Viena de Salomón (o Solimán, también nombrado), elefante de obsequio en el siglo XVI por el rey Juan III al archiduque Maximiliano de Austria, con acompañamiento del respectivo séquito. Obra que interrumpió en su escritura por grave enfermedad que lo tuvo asomado a la muerte, pero a los meses con veinte kilos menos de peso la continuó como si nada hubiera pasado, y nos entrega otra buena producción, como todas las suyas, la que el mismo autor califica de "metáfora de la condición humana", en la forma de un cuento largo. Elefante y cornaca son originarios de la India, que se unen para emprender el alucinante viaje, por mandato real, en la compañía de comitiva cortesana. Van por caminos de riesgo, llanos los unos y empinados los otros, con enfrentamiento de la nieve y sus avalanchas, con pasos peligrosos, y aprendizaje de milagrería de ocasión. La obra es amena, de fácil lectura, con toques propios de burla ingeniosa y hasta de ridiculizar, pero también con reflexiones serias sobre la vida y el destino. Principia por adjudicarle risa a la vida, por lo incierto de los augurios, con lugar más a las palabras como refugio de los miedos.

Hay búsqueda del destino, el que considera asociado con fortaleza a la suerte y a la casualidad. El narrador deja escapar atributo de la condición humana que favorece bajos intereses por encima de valores auténticos. Y andando el camino valora las enseñanzas de la gente elemental, pero con el infortunio de irnos modelando más con semejanza a las desdichas que a las cualidades positivas. También involucra enseñanzas de la tradición como aquella de mejor prevenir que remediar, con el contraste de reconocer lo generalizado de actitudes públicas al jurar en vano y decir cualquier cosa sin saberse nada. O el dicho de ser más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, con la comprensión contraria.

En las páginas finales el autor se pone en evidencia de manera directa para pedir disculpas por el derroche de imaginación al contar la historia, con relleno de vacíos de carácter discriminatorio en vez de selectivo, en lucha continua por la coherencia, con realidades endemoniadas que pugnan por ser explicadas y por tener debido lugar. Vuelve al tema de la moral, con la advertencia de no ser siempre lo que parece, incluso pudiendo ser efectiva con manifestaciones contradictorias. Y salta la buena enseñanza: "el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera vida de relaciones y afectos."

El destino final se cumple con la llegada a Viena, en medio de la algarabía por la novedad en la presencia del proboscidio, que muere a los dos años, distante de su manada y de los recursos de recuerdo de la especie. De por medio está la condición que anota el narrador con referencia al alma humana, la que ve mejor representada en la noción borgesiana de laberinto. No otro fue ese vagabundear por Europa con incógnitas a cada paso. Por otra parte, establece la manera como las palabras llegan a nosotros gastadas en su carácter vital, después de tanto recorrido por el tiempo y por manos no siempre generosas.

La reflexión se acentúa. La vida se interpreta como un juego de barajas, con cartas que saltan de manera inesperada. Y la lección en general del elefante es la de avanzar a paso lento y sostenido, puesto que el tiempo se agota y habrá que disfrutarlo, así sea en medio de jornadas extenuantes.

El libro se cierra, y queda el sabor de la persistente maestría del autor, quien no decae en creación de narrativas en sus finos 86 años, auncuando en la obra se perciben dos ritmos: en las primeras tres cuartas partes hay minucia en el relato, y en la parte final se siente el afán por concluir, con pasajes que se omiten o apenas se insinúan. Y como el elefante Saramago espera arribar a su destino ineludible, lo que advierte en el epígrafe, del supuesto “Libro de los itinerarios”: “Siempre acabamos llegando a donde nos esperan”. ¿Alguien aguardará a los humanos en el destino final? ¿Alguna mano compasiva nos enjugará el frío sudor y cerrará nuestros ojos para sumergirnos en la oscuridad total, en la nada? La espera de Saramago es un fiel deseo por el justo apego a la vida, a pesar del escepticismo que lo ha acompañado, que aparece en la obra referida con la sentencia de no confiarnos mucho en la naturaleza humana. Sinembargo, también piensa que si cada uno hacemos bien las cosas, el mundo irá mejor.

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