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Razón de la desventura

Ref.: Diario “La Patria”, Manizales, Col., domingo 14.IX.08; p. 5-a [www.lapatria.com]

Épocas cruciales son las de la humanidad, unas más que otras, pero siempre en estado de ansiedad, angustia y tensión. Ahora quizá en mayor grado por la preponderancia que han cobrado en la sociedad los medios de comunicación, muy a pesar de su capacidad demostrada para investigar y poner en evidencia pública problemas de corrupción, en la concupiscencia del poder. Las noticias que ameritan extenso desarrollo son aquellas provenientes de lo conflictivo, de lo más cruel, con torturante reiteración durante horas y días, en palabras e imágenes morbosas que describen el siniestro con efecto mayor, incluidos los de la “política” y derivados. Y de pronto, el silencio, o el cambio de motivo para la distracción pública, por aquellos tinglados de los intereses ocultos. Los artefactos se perfeccionan y van con cada uno en todas las horas, bajo el afán de la “conectividad”. Resistimos cada vez menos la soledad y el silencio, tan propicios para la reflexión y la configuración de serenidad en el espíritu, de ambiente favorable para elaborar los pasos siguientes, las cuestiones del quehacer.

Tiempos de tropeles son estos que los medios magnifican, sin dejar espacio para desarrollar los ejemplos de logro positivo y de bondad que se dan en la vida de personas y colectividades. Olvidamos el saber acumulado, obtenido en arduos procesos, por escalones de ascenso en la condición humana. Hace falta volver a los autores regios, incluidos los clásicos desde los más antiguos, para tomar distancia del drama de lo inmediato. Ortega y Gasset, por ejemplo, tuvo sentido al caracterizar al ser humano entendiéndolo en estado de inteligencia conducente a la continua invención técnica, y no tanto como un ser de necesidades. Comprensión que hoy se agudiza con el imperio de mecanismos que condicionan el accionar de la vida, con excesos por lo pronto irremediables, en la barahúnda del consumismo.

Es necesario insistir en la reformulación de objetivos para la vida desde la educación, pero bien poco se hace en la formación intensa y comprometida de maestros, para todos los niveles. Conviene acudir a otro pensador significativo de nuestro tiempo: Edgar Morin, quien desarrolló la idea de ética como resistencia contra la crueldad, donde quiera se manifieste, para dar paso a virtudes que nos harían mejores como la comprensión, la magnanimidad, la clemencia, incluso el perdón. Y es la educación la constructora y reconstructora de esas cualidades, con maestros de conciencia en alto, laboriosos, abnegados y una sociedad que los reconozca y estimule en su valioso desempeño.

La Universidad tiene papel preponderante en articular el conjunto de la educación, compromiso por ahora ajeno entre nosotros. Por el caso recuerdo al científico social Orlando Fals-Borda (1925-2008), académico de la Universidad Nacional, pionero de la Sociología en Colombia, practicante del método de investigación por la acción solidaria, hacia la convivencia, la justicia y la creación, imbuido por filosofía positiva de vida y de trabajo. En sus contribuciones al congreso mundial IAP (“Investigación Acción Participativa”, Australia 2000) se ocupó, entre otras, del futuro de la Universidad, con invocación de valores inspirados en la participación de todos para llevar adelante la institución milenaria, con principios, proyectos y didácticas apropiadas, desburocratizada, más simétrica, “con mayor trabajo en equipo y menos labor de genios autistas, egoístas y engreídos”, que fomente la conversación y la amistad en su propio ámbito, haciendo gala de más alegría y sin solemnidades estériles.

No debemos dejarnos amilanar por las tensiones que generan las altisonancias de poderes, incluidos medios y personas. Nuestra sociedad merece, por sufrida, la paz y la concordia, entrelazar esfuerzos para alcanzar los objetivos comunes de trabajo, salud, techo y educación, con dosis merecidas de bienestar (¿felicidad?). La educación tiene que ser el medio catalizador para alcanzar una sociedad más justa, laboriosa y creadora, con la poesía, las letras en general, la música, las artes plásticas, la arquitectura, el teatro, la danza, la lectura recreada y compartida, en el centro de la vida social. El espíritu humano no debe de ser objeto de castigo en marginalidad y depresión, sino de la creación, el gozo, y de la condición reflexiva.

Además de un acuerdo de contendores en concertación de paz, lo que debe de haber es una alianza de los medios de comunicación para superar con autocrítica la cadena de insolencia y desatino, y ejercer con responsabilidad tarea pedagógica de (re)construcción de sociedad. La peor violencia es la de la palabra encendida. El aludido Edgar Morin también nos ha enseñado que perdonar implica la asimetría de devolver bien por mal, y no solo podría suponer la renuncia al castigo.

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