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Matilde Espinosa: serena grandeza


Su poesía en conjunto es un gran mural espiritual, con espectros que cubren posibilidades inmensas, desde la interpretación social hasta el intimismo.

La poesía es consustancial a la vida. Desde el comienzo de los siglos la naturaleza ha buscado expresiones múltiples en la belleza, con formas, luz, acciones, sonidos, balbuceos,... silencios,... la palabra. Armonía en la expresión, o disonancias que van al encuentro de nuevos pasos. Homero, Dante, Goethe, Hölderlin, Rilke, Pessoa, Baudelaire, Éluard, Whitman, Rosario Castellanos, Octavio Paz, León de Greiff, Silva, Vallejo, Neruda,... han quedado visibles como invitación a explorar sus obras, testimoniales y valederas. La poesía hace parte por igual de la arquitectura, la escultura, la pintura, la danza..., los crepúsculos. La necesidad de belleza ha acompañado al ser humano desde los orígenes. Personas llegan al mundo de la cultura en sucesión ilimitable, miran, estudian, asimilan y emprenden su propio camino con referentes monumentales del pasado.

Esto se me ocurre para recordar a Matilde Espinosa (1911-2008), quien murió al filo de los 97 años. Mujer singular nacida en montañas distantes, en medio de una cultura aborigen, donde se nutrió de tradiciones que le sirvieron para afirmarse en la vida y haber emprendido el cubrimiento de su propio destino, en la educación, en el servicio comunitario y en la ansiedad por encontrar las maneras de expresarse, con delicadeza y hondura. Portadora de sufrimientos que antes que distraerla en su ansiedad por la belleza y la solidaridad, le modelaron espíritu y voz para compartir y salir adelante, como en efecto lo consiguió.

Mujer patriota, pacifista, desposada muy joven con pintor payanés, Efraín Martínez, con quien fue a dar a Francia, donde tuvo a sus hijos. A los siete años regresa a Colombia, su patria, con divorcio a cuestas, signo de su valentía espiritual al rebelarse contra tiranía sobre su alma sensible. Joven abogado de prestigio, Luis Carlos Pérez, la acompañó en el proceso de separación, con el que termina en segundas nupcias, con unión prolongada, la de su vida, de entrega compartida en los trajines cotidianos y en las ambiciones intelectuales. Unión que por décadas fue ejemplo social, hasta que la muerte se lleva al varón y ella queda prendida de los recuerdos, de los libros, de la palabra... Hijos suyos murieron víctimas de la violencia. Y en soledad encumbró la voz en la madurez de espíritu, con duros años a cuestas.

La obra de Matilde Espinosa, poeta esencial, tiene la trayectoria de su propia vida, ligada a los acontecimientos sociales al comienzo y luego, con proceso de interiorización, sus versos fueron decantándose en la otra dimensión del alma, la de la propia intimidad. Sus primeros poemas estuvieron ligados a su manera de percibir el mundo, discretos y sonoros, singulares en la forma, con el sello de propia grandeza, ajenos al lenguaje de consigna. Su poesía en conjunto es un gran mural espiritual, con espectros que cubren posibilidades inmensas, desde la interpretación social hasta el intimismo.

A pesar del símbolo que representó para las mujeres, nunca estuvo seducida por el “feminismo” de cartel. Su visión de las personas superaba las apreciaciones de género. Grupos de mujeres estuvieron siempre cerca de ella, en tertulias, escuchándole consejo, compartiendo lecturas y comentarios sobre la obra de otras. Los jóvenes, de ambos géneros, no la desampararon nunca. Sus opiniones estaban lejos de ser dogmáticas, apenas valorativas en su sentir, con respeto a las diferencias en creencias y estilos. Matilde Espinosa ha dejado obra sólida, sin el amparo de editoriales mercantilistas que fabrican “best-sellers” y autores para la fugacidad de cócteles y de las vitrinas de revistas y periódicos. Distante con ejemplaridad del arribismo y de la mendicidad intelectuales, su vida se desarrolló en la íntima independencia de un ser privilegiado, cuya personalidad atraía por la sabiduría, por la delicada manera de comportarse, con el encanto de voz que cautivó a interlocutores y a nutridos auditorios en sus recitales. De conversación cautivadora, en especial cuando decía sus propios versos, puesto que les daba la entonación y modulación exactas en mandato de espíritu selecto, fino, delicado, que compartió con generosidad.

Recibió en vida algunos significativos homenajes y condecoraciones, pero sin connotaciones de mediación burocrática o política. A distancia del poder, mantuvo el compromiso con los olvidados y con las víctimas de la injusticia y la violencia. Su poesía es portadora de un espíritu ajeno a las trifulcas de intereses partidarios o grupales, y distante de escuelas de moda, con sentido de trascendencia y apego a sus convicciones más profundas. Quedan quince libros suyos, de portentoso valor poético, testimoniando esa aleccionadora trayectoria espiritual por el mundo, y ese hálito de esperanza que nos irrigó a diario, desde “Los ríos han crecido” (1955) hasta “Uno de tantos días” (2007).

["La Patria", Manizales, 8.VI.2008;  lapatria.com]

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