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El tolanio en lo profundo de la vida

Ref.: Diario “La Patria”, Manizales, Col., domingo 9 de marzo de 2008; p. 5-a [www.lapatria.com]

El nombre de Amos Oz (1939) es familiar para lectores en el mundo, con obras fundamentales en novela y ensayo que le han merecido postulación reiterada al Premio Nobel, en las que aborda el conflicto Israel-Palestina con características autobiográficas. Sus lúcidos escritos sobre el fanatismo cobran cada día mayor vigencia, en un mundo de polaridades resistente a entablar diálogos para construir acuerdos disipadores de las guerras y abrir camino a la coexistencia en pluralidad, que recuerdan textos como los de Karl Popper sobre democracia y respeto.

Su novela "De repente en lo profundo del bosque" (Ed. Siruela-FCE, México 2006) es un relato redondo para niños, jóvenes y para todas las edades, por la manera pedagógica de reconstruir valores sustantivos, de urgencia en la sociedad contemporánea. En un pueblo del común donde impera, como en todas partes, la discriminación al diferente, alguien se rebela y huye llevando tras de si a los animales para instalarse en lo profundo del bosque, en diálogo con la naturaleza, no sin causar sustos a los moradores de abajo con la intimidación de sombra que en las tardes merodea por calles. La gente asume la costumbre, por miedo, de recogerse temprano en las viviendas.

Dos niños, Maya y Mati, despiertan interés por develar el misterio con el solo conocimiento de los animales por fotografías en la escuela, y huyen del pueblo para subir a la montaña siguiendo el curso del río. Se topan primero con el chico afectado por la "relinchitis", Nimi, habitante de una cueva, quien también había escapado por ser víctima de la discriminación, adoptando el relincho como protesta y defensa. Por fin encuentran al personaje más temido que resulta ser hombre amable, quien aprendió el lenguaje de todos los animales para entenderse con ellos: perrés, gatí, palomán, grillol, ranés, cabrés, pecí, abejino,..., y descubrió fruto en el bosque, el tolanio, como sustituto de la carne, lo que permitió que unos animales no tuvieran que alimentarse de otros, ni el ser humano de ellos. Nehi, el personaje de los temores, pasea a los dos niños por los lugares para que asimilen ese mundo y al regreso lleven mensaje sobre la posibilidad real de la convivencia, con la insistencia de no contagiarse de la enfermedad del desprecio y la burla, a la vez que deberán propalar el cultivo y consumo del tolanio para que se respeten las vidas. De igual modo con el llamado a deponer cualquier venganza y asumir de multiplicadores del trabajar, amar, pasear, cantar, jugar, charlar, sin depredar ni ser depredados, y sin burlas de unos a otros.

Los niños regresan al pueblo al anochecer con la incertidumbre de si deben contar lo visto, puesto que temen ser ignorados, al igual que discriminados y rechazados. Es una parábola que se abre con evidencia de los problemas y con cierre en el encuentro de respuestas, pero a la expectativa de si estas se asumen socialmente, el escollo mayor. En lo teórico las soluciones están, pero chocan con los intereses económicos, ideológicos y aun religiosos, primando lo individual y de grupo sobre lo social o colectivo.

Nos quedamos sin saber si Maya, niña echada para adelante, y Mati, tímido y temeroso, consiguieron enfrentar a los dirigentes del pueblo, para convencerlos del camino equivocado que transitan, al mostrarles las ventajas de la convivencia con base en el respeto.

La razón construye argumentos que se exponen en diálogos y debates, pero el muro infranqueable es la falta de transparencia en las relaciones y de compromiso con la primacía del interés general, tan invocado en los recitados de propaganda. Como siempre hemos vivido en la discriminación, sin tomar en cuenta que hay de por medio un sentido de la justicia.

Amos Oz cree, con razones de peso, que llegar a un acuerdo, no capitulación, es intentar encontrarse con el otro en algún punto a mitad de camino, y que los acuerdos suelen conllevar algo o demasiado de insatisfacción, porque las partes habrán renunciado a poco o mucho. Hay acuerdos a los que hay que llegar con dolor, para conquistar el derecho a la vida y sus posibilidades reales. Y para lograrlos el mismo autor establece que es indispensable quebrantar la superioridad moral que esgrime el fanático. Y albergamos con él la esperanza de reducir con imaginación el fanatismo que se lleva dentro.

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