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La tristeza del pensamiento

Notas de lectura

 

 

George Steiner. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, FCE, Centzontle-Siruela, México 2007; 84 pp.  Formato: 12x18 cms., pasta dura.  Traducción del inglés: María Condor.  ISBN: 978-968-16-8402-0


En un curioso libro de George Steiner se plantean diez posibles razones con las que se demostraría que el pensamiento conlleva melancolía o tristeza, lo que supone de entrada que el pensamiento es triste, con apoyo en antecedentes como el de Schelling quien atribuye tristeza fundamental, ineludible, a la existencia humana, y en Parménides quien fue el primero en identificar el pensamiento con el ser.

El autor examina, en un intento provisional según dice, los motivos que originan la tristeza o melancolía en los modos de pensar, como en especie de desentrañar la tautología de pensar el pensamiento, desde las raíces cosmológicas y de las actuaciones del homo sapiens, en la religiosidad que le es propia.

Enseguida trato de recoger esas razones, resumidas al principio como desenlace de cada uno de los apartados del libro, seguidas de mis comentarios:


1. "Escuchad atentamente el tumulto del pensamiento y oiréis, en su centro inviolado, duda y frustración." (pp. 19-20)

Se parte de la base de la imposibilidad de no pensar. El pensamiento se desarrolla en condiciones de intención y también ajenas a la voluntad. Fluyen de manera continua las palabras y las imágenes, en especie de represtación de la propia vida, con los recuerdos, las experiencias, las interpretaciones. Y en ese acto incesante de pensar, el ser humano se ha propuesto el control de la naturaleza, lo que conlleva logros y frustraciones. En medio de las satisfacciones pasajeras quedan las marcas en desolación, en tristeza, manifiestas en primer término en el pensar, así se traduzcan luego en palabras de compartir. El autor se pregunta acerca del por qué de lo inevitable en la tristeza del pensamiento, y asegura la falta de concordancia entre pensamiento y realidad, sin poderse saber hasta donde llega el primero en función de la propia realidad. Las preguntas se suceden, por ejemplo al suponer que buena parte de las elaboraciones racionales pueden estar afectadas por ficciones pueriles, por cuanto tiempo y para cuanta gente fue válida la creencia de ser plana la tierra, incluso hasta preguntar por el origen del universo y si la vida tiene sentido.

De este modo, Steiner elabora la primera razón, con base en tanta duda que ensombrece el pensamiento, no dejándolo disfrutar de alguna sucesión de aciertos, en el trajinar por la vida y sus circunstancias.

 

2. "La gran mayoría de las veces, sinembargo, el pensamiento ordinario es una empresa chapucera y de aficionados." (p. 25)

El pensamiento, de la manera incontrolada como se ocurre, se manifiesta en especie de latido, con elementos de verdad intraducibles, y se acude a la música en su significación inexpresada para hacer notar ese aspecto con la participación del subconsciente. El control del transcurrir del pensamiento, también se advierte, no es cuestión consecutiva, sino intermitente, con recorridos desarticulados, anárquicos. Destaca la singularidad de personalidades en determinadas disciplinas que tienen la facilidad de sustraerse totalmente del medio para dedicarse a su hacer: el ajedrez, la cirugía, la lógica formal, la matemática, la relojería, la música... Pone por caso de representación de este estado, las partitas de Bach para instrumento solista. Muy a pesar, considera Steiner que se trata de singularidades, de difícil extensión en número y en el tiempo de las mismas vidas. Y en la generalidad aprecia el fluir involuntario y polimorfo del pensamiento como bastión de seguridad, con capacidad de reservas mentales en el contexto neurológico.

Este contraste deja la sensación de irrupción de la tristeza en alcance sostenido del pensamiento, pero a la vez debería ser satisfacción por la capacidad de salvaguardar su ejercicio para usos no frecuentes de realización plena, con el predominio generalizado de un ejercicio pedestre del pensamiento.

 

3. "Pensar es algo supremamente nuestro; se halla oculto en la más íntima privacidad de nuestro ser. Es también el más común, manido y repetitivo de los actos. La contradicción no puede resolverse." (pp. 34-35)

La singularidad de la persona reposa en el hecho de ser ella la que piensa lo que piensa, sin que pueda ser posible conseguir que otra piense por uno lo que uno piensa. Existe el carácter de impenetrable en los pensamientos, en tanto ocurren en el sitio de origen, algún rinconcito del cerebro. Ni la tortura puede arrancar los pensamientos más íntimos. De igual modo que nadie puede morir por mí, con similitud desde el punto de vista ontológico. Esa circunstancia de impenetrabilidad del pensamiento en cualquier persona, es lo que hace que tengamos la única posesión segura. Steiner representa esa condición, de conjunto, con parodia que hace del trajinado principio de Descartes, para quedar: "Respiro, luego pienso".

Sinembargo, hay un contexto común en las vidas que se comparten, por el carácter social del ser humano, donde la comunicación pone en predominio lenguajes, formas, expresiones que se intercambian en especie de lugares comunes, con alcances de repetición que Steiner establece como limitadas, con presencia esquiva de la originalidad, que toma como base la tradición de leyendas y mitos que se recrean en sucesión por las culturas, con especie de estructura de temas y variaciones, que alimentan la literatura en Occidente.

Entonces surge otro motivo para alentar la tristeza del pensar, en la continua busca que hace Steiner. Tristeza que se pega a las personas por la multiplicidad de contrastes sin solución, o apenas circunstancial y esporádica.


4. "Esta fundamental antinomia entre las pretensiones que tiene el lenguaje de ser autónomo, de estar liberado del despotismo de la referencia y la razón -pretensiones que son fundamentales para la modernidad y la deconstrucción-, por una parte, y la desinteresada búsqueda de la verdad, por otra." (p. 41)

Parte de estimar la imposibilidad de disponer de verdades definitivas, con base en los capítulos anteriores, en lo que se refiere al pensamiento subjetivo, en contraposición al afán que inauguró Parménides de buscar verdades objetivas. Registra como en la época actual, con todos los avances científicos y técnicos, hay un bajo continuo de nostalgia que se manifiesta en el pensamiento abstracto y en los procedimientos epistemológicos, por el hecho de quedarse siempre corto el pensamiento, con la idea de no ser suficiente para completar la tarea de explicar y desarrollar lo nuevo que se avizora, abriendo campo a las suposiciones, incluso con pensamientos contrarios a los hechos.

Esa antinomia que surge con las pretensiones del lenguaje y las conquistas de verdad, da como resultado un motivo más para la tristeza, a pesar de los alcances obtenidos por Spinoza, Frege y Wittgenstein.


5. "¿Cuántos reconocimientos se desperdician en la indiferente avalancha del pensamiento desatendido, en el soliloquio no oído u oído por casualidad de la emisión cerebral de cada día y de cada noche? ¿Por qué somos incapaces de condensar, de almacenar ordenadamente y con todo su potencial -como hace una batería eléctrica- el voltaje, posiblemente fructífero, generado por los insomnes arcos y sinapsis de nuestro ser mental? Es precisamente esta generación, infinitamente derrochadora y ruinosa, lo que no podemos, hasta ahora, justificar. Pero el déficit está más allá de todo cálculo." (pp. 47-48)

Steiner se apoya en estudios científicos sobre los intentos por localizar y evaluar la producción del cerebro como ondas, como cuantos de energía o como impulsos electromagnéticos, en correspondencia con el pensamiento. Establece que en muy alta proporción los procesos mentales son difusos, sin objeto, dispersos e inexplicados, donde campean el despilfarro y el déficit, que califica de monstruosos en el sentido de la economía. Alude a los regímenes totalitarios, quienes como censores temen al pensamiento anárquico, juguetón y despilfarrador, con búsqueda de sentidos ocultos en los textos escritos. Pero Steiner reitera las mismas creencias de Einstein y de Heidegger, en el sentido de las pocas ideas, una o dos, que un genio como ellos genera para pasársela reiterándolas a lo largo de toda su obra. Y a la vez manifiesta la inquietud sobre cuantas oportunidades se desperdician en ese continuo fluir de pensamiento, despiertos y dormidos, sin capacidad alguna de almacenar sistemáticamente los procesos mentales.

Entonces, en todo esto encuentra Steiner un motivo más para afirmar la nostalgia o tristeza del pensamiento, por la frustración que aquellos procesos conllevan.


6. "El eros humano es pariente cercano de una tristeza hasta la muerte. Si nuestros procesos mentales fueran menos apremiantes, menos gráficos, menos hipnóticos (como en los ratos de masturbación y sueño diurno), nuestra constante desilusión, el gris pegote de náusea que hay en el corazón del ser, sería menos incapacitante. Los colapsos mentales, las evasiones patológicas a la irrealidad, la inercia del enfermo mental son tal vez, en lo esencial, tácticas contra la desilusión, contra el ácido de la esperanza frustrada. Tales son las fallidas correlaciones entre pensamiento y realización, entre lo concebido y las realidades de la experiencia, que no podemos ni vivir sin esperanza... ni superar el dolor y la burla que conllevan las esperanzas fallidas. 'Esperar contra toda esperanza' es una expresión vigorosa pero en última instancia condenatoria de la sombra que arroja el pensamiento sobre la consecuencia." Y en el "vivir sin esperanza" alude a Coleridge en dos últimos versos de un soneto: "Trabajo sin esperanza recoge néctar en un cedazo,/ y esperanza sin un objeto no puede vivir". (pp. 54-55)

También en este apartado Steiner muestra lo desconsolador del pensamiento cuando se aventura a la realidad, con actos que muchas veces no alcanzan a reproducir la intención de aquel, identificando una especie de "sombra" que se atraviesa entre el pensamiento y la acción.

A su vez señala la tan socorrida expresión de no tener palabras suficientes para expresar lo que se quiere, lo que a su vez es motivo de pesadumbre tanto para el poeta, como para el filósofo, como para el enamorado. En esa insuficiencia se atreve a conceptuar que "la perfección es un sueño no realizado de pensamiento", o "una abstracción conceptual", en semejanza a lo que es el infinito. Aparece también la insatisfacción al no conseguir o no alcanzar aquello que desde el pensamiento se delinea. Entonces, de igual modo establece que "un virus de insatisfacción vive en la esperanza". No hay en el sentido de esperar alcanzar lo presumido, la capacidad completa de logro, por consiguiente aparecerá de manera inevitable el sentimiento de no quedar satisfecho. Da un paso adicional al considerar que "esperar, tener expectativas o esperanza, es un azar", para terminar de redondear la idea de esperanza como forma de la impaciencia.

Aparece asimismo la sensación de vacío, de tristeza, incluso -apelando a Goethe y a Proust- en las oportunidades que coronan en satisfacciones, como efecto. La desilusión parece estar como constante en la vida, en la continua confrontación del acto de pensar con lo alcanzado en la realidad. Esperar aun en la desesperanza, pasa a ser elemento de rechazo al espectro o fantasma que el pensamiento lanza sobre sus efectos.

 

7. "El pensamiento más inspirado es impotente ante la muerte, una impotencia que ha generado nuestros escenarios metafísicos y religiosos. El pensamiento vela tanto como revela, probablemente mucho más." (p. 62)

Hay una constante en Steiner en este libro singular, al considerar como procesos humanos indetenibles, el respirar y el pensar, auncuando es posible suspender un poco más la respiración que el proceso de pensamiento. E insiste en la continuidad sin pausa en el pensar, de día y de noche, situación a la que le adjudica condición de "despotismo" y de "servidumbre". El pensamiento se ocurre con desenfreno, tan solo conducido por la lógica para la elaboración de razonamientos, con cierta sintaxis, pero se hacen evidentes los frenos o cortapisas en la hazaña de pensar con cierto orden, al chocar con limitaciones en el lenguaje, o con saltos, o sobresaltos tan propios de la condición humana. Situación advertida por científicos y artistas al expresar en determinado momento la imposibilidad de penetrar en la intimidad de lo que se busca para formular o expresar. He ahí otra circunstancia para la tristeza del pensamiento.


8. "Ninguna luz final, ninguna empatía en el amor desvela el laberinto que es la interioridad de otro ser humano... Al final, el pensamiento puede hacer que seamos unos extraños los unos para los otros. El amor más intenso, quizá más débil que el odio, es una negociación, nunca concluyente, entre soledades." (pp. 66-67)

Se reitera el carácter individual en los pensamientos, con la enorme dificultad en penetrar los de otros, para tener seguridad de ellos. Pone por caso el amor de pareja, donde a pesar de la compenetración afectiva se tiene la imposibilidad de advertir el pensar del otro, haciendo notar "las inciertas relaciones entre el pensamiento y el amor". Incluso observa extrañeza entre seres humanos cercanos, con grados mutuos de desconocimiento.

Pone en evidencia el temor, el miedo, el odio, la reacción espontánea ante lo cómico o chistoso, en la "dinámica de lo involuntario". Ni el amor transparenta la interioridad del otro, así haya una entrega total, lo que manifiesta el que seamos unos extraños los unos con los otros. De ahí que el amor sea una continua negociación entre soledades. Otro motivo para la tristeza del pensamiento.


9. "... No hay democracia en el genio; solamente una terrible injusticia y una carga que amenaza la vida. Están los pocos, como dijo Hölderlin, que se ven obligados a aferrar el relámpago con las manos desnudas./ Este desequilibrio, junto con sus consecuencias, el desajuste del gran pensamiento y la gran creatividad con los ideales de la justicia social, es una novena fuente de melancolía." (p. 74)

No todos tenemos la capacidad de generar pensamientos merecedores de ser pensados por originalidad y, en mayor grado, de ser expuestos ante los demás, y preservados, también por el rigor en su elaboración. Y tampoco es prolífica o pródiga la incorporación de esas ideas en la cultura habitual de las comunidades. La autenticidad del pensamiento es, a su vez, la manifestación de logros en características de originalidad y rigor.

Se habla del pensamiento innovador y transformador, pero no es posible enseñar a producirlo con esperado éxito, pero sí son transmisibles las herramientas o los medios como la sintaxis, símbolos, convenciones y técnicas para las ciencias básicas y las artes, lo que no garantiza producir masivamente genios que den pasos adelante en el conocimiento transformador.

Anota Steiner que allí radica un desequilibrio o desajuste entre el pensamiento y los resultados de gran creatividad con impacto, por ejemplo, en la justicia social, motivo de otra tristeza.

 

10. "Es a mi juicio la música, ese medio seductor de una intuición reveladora más allá de las palabras, más allá del bien y del mal, en el cual el papel del pensamiento tal como podemos comprenderlo sigue siendo profundamente elusivo. Pensamientos demasiado profundos no tanto para las lágrimas como para el propio pensamiento./ Es muy posible que Sófocles ya hubiera dicho todo esto en la oda coral sobre el hombre que incluye en Antígona. El dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los demás seres vivientes. Sinembargo, lo deja convertido en un extraño para sí mismo y para la enormidad del mundo." (pp. 82-83)

A la altura de este punto final, Steiner se plantea problemas sustantivos sobre la vida y la muerte, sobre el sentido, sobre el avance en el conocimiento de lo fundamental, si de verdad podremos estar un poquitín más adelante de las comprensiones alcanzadas por Parménides y Platón, acerca del "enigma de la naturaleza" y de si tiene finalidad nuestra existencia.

Las más potentes mentalidades, como "Platón, san Agustín, Dante, Spinoza, Galileo, Marx, Nietzsche o Freud" han creado "sistemas teológicos y metafísicos de fascinante sutileza y sugestivo propósito". Subraya que antes de la modernidad, los alcances en pensamiento, arte y ciencia estuvieron soportados por interrogantes sobre la existencia, la muerte y lo divino, en lo que también advierte la razón como el vértigo de preguntar que a su vez da sentido a la vida como sujeto de examen.

Hace notar que los notables avances de la ciencia, por la capacidad expositiva racional, al incorporar procedimientos de verificación y de refutación, han marcado signos de progreso y de prestigio ante la sociedad, con creciente dominio en la cultura, pero todo ello conlleva manifestaciones de trivialidad que califica como "soberana", al intentar dar respuesta a cuestiones esenciales que son debidas al espíritu humano.

Steiner resalta que no es el debate teológico o filosófico el que pueda llevar el pensamiento hasta el límite, sino la música, medio de "intuición reveladora" que supera las palabras, donde el pensamiento es elusivo. Alude a la "oda coral sobre el hombre", en "Antígona" de Sófocles, como posibilidad de contener estas preocupaciones asumidas por el autor, con exaltación del ser humano sobre todos los restantes seres vivos, sin dejar de ser extraño para sí mismo y ni se diga para el mundo.

Completa de esta manera el panorama de la tristeza debida al pensamiento, replicada en diez ocasiones.

Después de leer el libro, queda la sensación de cierta esterilidad en el oficio de pensar, auncuando está la apertura de singularidad en momentos, y en exclusividades, para el logro de avances, con rigor de coherencia y resultados de impacto en el medio.

De todas maneras está palpable la sensación del pensar como una rutina en continuidad absoluta, que no se declina, con los devaneos incontrolados por cuanto resquicio pueda asomarse esa función cerebral, y apenas en muy pocos momentos con el control consciente para la interpretación, la elaboración, o el simple deleite que no se descarta, hasta para los deliquios en pesadumbres.

La tristeza en el acto de pensar termina por radicar en esa proliferación incontrolada, con apenas asomos de conciencia, y resultados dispersos y dispares. Por consiguiente, la vida parece continuar por senderos de azar, o de difícil interpretación de sentido. Huye la comprensión como huye la vida, en un exilio sin término.

La otra cara de la moneda

Jorge Wagensberg (n. 1948) es físico, profesor, investigador y divulgador con sede en Barcelona; autor, entre otros, de un delicioso libro bajo el sugestivo título: "El gozo intelectual - Teoría y práctica sobre la inteligibilidad y la belleza" (Ed. Tusquets, Barcelona 2007), en el que recopila artículos suyos bajo el hilo conductor que da sentido al título de la obra. Su preocupación está centrada en mirar la naturaleza, lo circundante, con mente inquisitiva y razonamiento alerta, para descubrir las bondades del pensar y del consiguiente hacer, con el efecto de la alegría, al reconocerse el científico, el artista, el profesor..., el intelectual, como seres en reflexión. El placer radica en la capacidad de comprender y de asimilar los alcances de lo meditado, en estado de solidaridad; es decir, en consonancia con el compromiso social de llevar a los más amplios sectores los resultados de las indagaciones, con actitud de gozo, el mismo que se siente al saberse la persona útil, desde el conocimiento y la creación.

Wagensberg incorpora en aquel libro su artículo: "El gozo intelectual y la tristeza esencial del pensamiento" (pp. 63-73), para discutir el libro de Steiner. Parte de reconocer euforia en el pensamiento de Nietzsche, en contraste con la actitud de pensadores como Schelling y Schopenhauer, entre otros, para quienes el acto de pensar está inexorablemente asociado a la tristeza. Hay escepticismo en la utilidad del pensamiento, o más bien, en los procesos de reflexión, quizá por percibir que todo conduce a la misma parte, al desdén, a la soledad, frente a la crueldad del mundo.

A cada una de las supuestas razones de la tristeza del pensamiento, Wagensberg contrapone razones para el gozo intelectual, incluso desentrañando que hay razones en Steiner que en simultaneidad son motivos para el disfrute intelectual, para el gozo: las dos caras de la misma moneda, en especie de coexistencia de tristeza y gozo.

A la primera razón, especie de "tristeza insuperable", le contrapone: "El pensamiento es presuntamente infinito; un conocimiento inteligible es necesariamente finito." Aceptar que no tenemos la capacidad de abarcar lo infinito es razón bien fundada para sentir frustración, impotencia, tristeza. Pero al darle la vuelta a la moneda, sabremos que lo comprensible es finito, es decir, alcanzable, y ahí estaría el sentimiento de satisfacción, con el reto de avanzar en la conquista gradual de conocer lo conocible.

A la segunda razón contrapone la convicción de disponer de un cerebro con capacidad de obsesionarse por una cuestión concreta, tarea en la cual se invierte esfuerzo y persistencia. Lo que es motivo de satisfacción, de gozo.

En la tercera razón para la tristeza encuentra, de igual modo, ocasión para voltear la moneda. El reconocernos en individualidad, como partícula insignificante, da también motivo para percibir que en esa individualidad, incluso en soledad, es donde se da la creación personal, con originalidad, y allí hay nuevo motivo para el disfrute, en mayor grado con la posibilidad de compartir a otros lo alcanzado.

Steiner se ocupa en la cuarta razón de la turbulencia y el caos en los procesos de pensamiento, en lucha con el lenguaje, en cierta forma similar a la oposición amor-odio. Wagensberg da desarrollo al tema al distinguir desesperación de melancolía, como ámbito de la reyerta entre pensamiento y lenguaje. Más bien se le ocurre al segundo que en esa confrontación lo que debe de haber es satisfacción al reconocer que se tiene capacidad para afrontarla, y con logros, lo que le lleva a expresar: "Cuanto más dura sea la batalla del lenguaje para dominar el pensamiento, más dulce es la victoria de comprender."

En la quinta razón aparece la tristeza en no tener la posibilidad de amortiguar el consumo de energía por la actividad continua del pensamiento, pero, al contrario, Wagensberg observa en ello una cualidad insustituible, al equiparar ese funcionamiento incesante con un horno de despliegue continuo. La felicidad debe estar motivada por el reconocimiento y aprovechamiento en el ejercicio inextinguible del pensamiento, sin dar tregua, y en ese convencimiento estará la potestad de aprovecharlo mejor, sin la limitación de horarios. Es otra manera del gozo intelectual.

En relación con lo anterior está el funcionamiento automático del pensamiento, de sucesión ajena a alguna forma de predisposición o de planeación, salvo contadas excepciones en las que se podrá lograr cierto grado de comprensión, como razón sexta en la tristeza que explora Steiner. Pero a su vez Wagensberg observa la necesidad del cerebro en experimentar cambios, auncuando exista incertidumbre, la cual no podrá despejarse del todo, y bajo esta condición la tarea intelectual tendrá ocasión de disfrute, de gozo.

Hay preguntas que vienen con nosotros al nacer y que nos acompañan toda la vida sin encontrarles respuesta, lo que ocasiona tristeza, o desencanto, como séptima razón. Wagensberg voltea de nuevo la moneda y encuentra que en ello hay oportunidad de alivio con experiencias místicas, de trascendencia, al margen del pensamiento racional, lo que produce gozo. Se trata de aceptar limitaciones de la mente humana y desencadenar la imaginación para suplirlas. Los oficiantes de religiones encuentran en sus prácticas el sustituto. Y no solo exclusivamente en ellas, también en las actitudes libres de quienes se proponen meditar en los misterios de la vida, del mundo, del universo, y trascender a las limitaciones, forjándose un estado anímico de placidez, por momentáneo que sea. Sinembargo, Wagensberg encuentra que el argumento puede ser forzado, por lo cual plantea que aún con esas cuestiones insolubles hay motivo para el gozo intelectual.

En las consideraciones de Steiner, aparece en octava razón la imposibilidad de comunicación entre las mentes, con lo que también quiere significar las limitaciones en poder llegar a conocer, en totalidad, el pensamiento de otros. A lo que repone Wagensberg expresando que habría más tristeza al llegar a conocer plenamente el pensamiento de otras mentes, lo que a su vez acabaría con las oportunidades de diálogo, de conversación. E interpreta esta situación más como oportunidad para el gozo, puesto que queda abierta la posibilidad de interlocución, para la exploración conjunta en el conocimiento. Y emplea en esta consideración la figura "gozo intelectual pedagógico".

La novena razón la encuentra Steiner en el insistente choque de pensamiento y lenguaje, bajo la imposibilidad en la existencia de una pedagogía, o un método, que permita forjar las grandes ideas, como quien dice formar genios. A su vez Wagensberg, notando razón en esa aparente ocasión para nueva tristeza, voltea otra vez la moneda y afirma que sí puede haber una pedagogía para el gozo intelectual, en cuyo caso se subsanaría aquella tristeza.

Finaliza el contrapunteo, con la décima razón, tomándose los temas más inquietantes planteados por Steiner, como pensar la nada, el vacío, el cero, la muerte..., sobre la base, por ejemplo, de la pregunta abrumadora formulada por Leibniz: ¿por qué existe algo en lugar de nada?  Actitud que al asumirse produce angustia, desolación, tristeza. Se identifica en el vacío, en la nada, especie de agujero negro del pensamiento, intraducible en palabras. Asimismo, Wagensberg encuentra que sí es posible expresar en palabras de comprensión cuestiones trascendentales. Entonces, lo que puede ser una tristeza justificada se cambia por gozo en el reto que se asume para enfrentar aquellos problemas de difícil solución, así pueda interpretarse como ilusión de esperanza. Está, en estos términos, la posibilidad de soñar, de idear oportunidades que animen la intuición para dar respuestas, así sea con el surgimiento de una idea, auncuando no resulte útil para el desarrollo de alguna teoría científica.

La disquisición de Wagensberg concluye compartiendo experimento con "resonancia magnética funcional", para ubicar zonas del cerebro donde se producen reacciones ante percepciones externas. El caso referido en especial es el de dos personas, la una música entrenada y activa, y la otra lego en música, a quienes por igual se les pone a oír la "Sinfonía del Nuevo Mundo" de Antonin Dvorak, detectando las reacciones cerebrales y el lugar donde se producen. Para el lego, el asunto no tiene mayor incidencia que la ocasionada por el ruido del paso de un vehículo. Y para la profesional, resultan tres zonas cerebrales con despliegue de reacciones. En esta línea de investigación se ha puesto en marcha, entrado el siglo XXI, grandioso proyecto para encontrar más funciones, localizables, del cerebro humano. Y el autor no pierde la esperanza de llegarse a encontrar la correspondiente manifestación en el cerebro de lo que él ha venido llamando el "gozo intelectual".

La polémica está abierta, y hay razones de parte y parte. Natural en la condición humana el presentarse momentos de tristeza ante situaciones de difícil manejo, donde la sensación de impotencia se hace manifiesta. A la vez, hay oportunidades para la alegría, en mayor grado cuando se consigue por métodos pedagógicos, en el sistema educativo, abrir el espíritu, haciéndolo favorable en mayor grado al disfrute, al entusiasmo, a la alegría, en medio del trabajo de cada persona, de su trajinar, y también en los momentos de meditación sobre temas cruciales de la vida, los generales y los propios.


[6.I.08; 24.IX.09]

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